La incertidumbre, el perfecto combustible de la apisonadora ecológica neoliberal

¿Guerras del agua?

Colaboración

Un mundo donde disminuyen los riesgos pero proliferan los peligros, por Francesc Jesús Hernàndez i Dobon

Una vieja crítica al industrialismo, que increpa con fuerza al presente, por José Beltrán Llavador

Entrevista:

Ana Esther Ceceña, economista
«Hay lucha contracultural que cuestiona la apropiación tecnológica de la naturaleza»


 

Algunas fuentes consultadas

Anthony Giddens. Más allá de la Izquierda y la Derecha. El futuro de las políticas radicales. Ediciones Cátedra, 1994.

Zygmunt Bauman. En busca de la política. Fondo de cultura económica, 2002.

Ecología política. Naturaleza, sociedad y utopía, editado por el Grupo: Ecología Política de CLACSO y compilado por Héctor Alimonda

Serge Latouche. Ecofasismo o ecodemocracia. Edición española de Le monde Diplomatique, noviembre de 2005.

Ricardo García Zaldivar. ¿Tiene futuro la humanidad? Edición española de Le monde Diplomatique, noviembre de 2005.

Ignacio Ramonet. El ecosistema en peligro. Nuevos miedos, nuevas amenazas. Artículo en Frente a la razón del Más fuerte, Galaxia Gutenberg, 2005.

Mar Asunción Higueras. Cambio climático: el impacto de nuestro modelo energético. Revista Archipiélago nº61.

Enlaces para ampliar el tema

Ensayos sobre recursos naturales de Ana Esther Ceceña, economista.

«El levantamiento zapatista ha impedido que Chiapas estuviese ya en manos de las transnacionales». Entrevista a Ana Esther Ceceña en La Fogata Digital.

Revista Sin permiso. Artículos de ecología.

Ecología política. Naturaleza, sociedad y utopía.

Tiempo para la vida. La crisis ecológica en su dimensión temporal, por Jorge Riechman (PDF).

Sección ecología de la revista La Insignia.

Ecologismo: una fuerza política, entrevista a Noam Chomsky.

Medio Ambiente: Enfoque ético-religoso.

Los actuales desafíos de la ecología política, por Jean Zin.

Informe reducción del riesgo a desastres: un desafío para el desarrollo.

Medio Ambiente On Line


 

 

ACCIÓN POLÍTICA Y CRISIS MEDIOAMBIENTAL

La incertidumbre, el perfecto combustible de la apisonadora ecológica neoliberal

 

 

El futuro propio y del planeta es desconcertante para la mayoría de las personas, lo cual resulta nefasto para las acciones colectivas. Esto le sienta perfectamente al poder económico, que así fija su propio rumbo, ignorando el bienestar general. Por ello incentiva una forma de vida destructiva de los lazo sociales e insiste con la idea de que no existen alternativas a este sistema de desigualdades económicas y de expoliación de la naturaleza. Más allá de la posibilidad de consumir, la libertad implica capacidad de establecer los propios límites y de autodeterminar los modelos de vida deseados.

 

Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

 

Sólo a un suicida se le ocurriría oponerse a términos como naturaleza, ecología, medio ambiente... Todo lo que remite a verde es sagrado, palabras siempre embanderadas bajo cualquier (o ningún) argumento para quedar bien posicionado en una reunión informal o en un encuentro político.

Pocos son ya los científicos y ciudadanos de a pie, cada cual con distintos niveles de conocimiento pero con la misma preocupación, que dudan de las repercusiones de la acción del hombre en el entorno natural. Pero, ¿cristalizan esas preocupaciones en estrategias personales o colectivas, o se agotan en buenas intenciones o en posturas temerosas?

El problema hace referencia a dos dimensiones entrelazadas: una moral y otra política. En primer lugar, ¿cuáles son los límites del hombre con respecto al medio ambiente? En segundo, ¿cómo definir colectivamente esos límites y, en ese caso, cómo aplicar la medidas necesarias para que se cumplan? Tales preguntas flotan en la dañada atmósfera de un mundo donde el rasgo determinante parece ser la incertidumbre.

Los alcances de la intervención científico técnica y de la explotación económica despiadada de la naturaleza dieron lugar a un denominador común: el miedo a los rumbos que pueda tomar la historia. Un miedo que a veces puede servir de pegamento social, sí, pero un pegamento débil que no encuentra proyectos claros que lo consoliden o, en todo caso, poder para llevarlos a la práctica. Peor aún, corre el riesgo de dispararse hacia las consecuencias y desapercebir la cuestión de fondo que lo genera.

VIDAS INESTABLES

Para el escritor polaco Zygmunt Bauman el «problema contemporáneo más siniestro» está encapsulado en el significado del término alemán Unsicherheit, que en español condensa precisamente las palabras incertidumbre, inseguridad y desprotección. La angustia es una de sus consecuencias: los hombres y mujeres requieren unos mínimos de seguridad, en cuanto al valor de lo conseguido y la estabilidad de sus circunstancias; un mínimo de protección, ante cualquier peligro extremo del que no puedan defenderse, y de certeza para distinguir lo correcto de lo incorrecto a la hora de elegir una dirección. Estas necesidades parecen hoy menos satisfechas que nunca, pese a los supuestos progresos de los últimos siglos. ¿Paradójico?

Aunque la incertidumbre forma parte de la existencia misma, el devenir de la modernidad —del sistema de producción industrial, el capitalismo y, más tarde, el recrudecimiento de éste como neoliberalismo— la potenció en naturaleza y cantidad. No en vano, el sociólogo inglés Anthony Giddens propuso el concepto incertidumbre fabricada, según el cual muchos riesgos existentes representan efectos directos o secundarios de la actividad humana. Y los escenarios a los que abren paso son bien conocidos: inseguridad laboral, desigual distribución de las riquezas, surgimiento y globalización de enfermedades, extensión de la pobreza (pese a vivir la etapa más rica de la historia humana), explotación ilimitada de los recursos naturales del planeta, alarmas medio-ambientales, desastres ecológicos...

SOCIEDADES DEL RIESGO

La idea moderna aseguraba que el conocimiento de la naturaleza y su control conducirían a un mayor bienestar de la sociedad. Amén de los incontables avances científicos favorables a la especie, ese control también generó nuevos peligros. Una suerte de círculo vicioso donde las secuelas de la intrusión científica pretenden paliarse con más aplicaciones tecnológicas que, a su vez, generan nuevos riesgos. El sistema de producción industrial, gracias al cual el mundo actual goza de la mayor cantidad de riqueza nunca vista (aunque pésimamente distribuida), funciona sobre la base de la energía extraída de los hidrocarburos: hoy la economía planetaria requiere 82 millones de barriles de petróleo al día. A pesar del bienestar que genera para algunos grupos humanos, este modelo trajo aparejadas graves consecuencias para el medio ambiente: el calentamiento del planeta.

La ciencia reside en el origen de la incertidumbre fabricada, de los riesgos modernos, aunque paradójicamente prometa seguridad. Por eso el sociólogo Ulrich Beck denominó a la sociedad contemporánea como sociedad del riesgo, donde la industrialización es capaz de «destruir todo tipo de vida sobre la tierra». En esta sociedad los desastres resultan imprevisibles e incalculables, es decir, las catástrofes existieron siempre pero lo difícil ahora es saber cuándo ocurrirán y qué alcance tendrán. Nadie se imaginó realmente un Chernóbil.

El problema empeora cuando la naturaleza, y la humanidad contemplada dentro de ella, quedan expuestas a la caprichosa mano del mercado. En el modelo de desarrollo económico imperante la ciencia y la tecnología rinden cuentas a los capitales y apuntalan la búsqueda de beneficios económicos en detrimento del bien común. De ello deriva la inminente necesidad de sujetar las riendas del mercado a los intereses democráticos, sobre todo en aspectos esenciales para la vida. Si no, regirán los justificantes del dinero: la exportación de maderas en detrimento de selvas, la contaminación ambiental bajo excusa de mayor producción o la venta de patrimonio natural argumentando necesidades de ingresos.

PODERES SIN ROSTRO

La ecología es la interacción entre el medio ambiente y el funcionamiento económico, social y político de una comunidad. La lógica neoliberal prima la máxima del lucro ilimitado frente a esa interacción y convierte la economía en un fin en sí mismo, para el cual lo que carece de valor monetario carece de importancia. En el marco de esta concepción, el medio ambiente aparecería como un motivo de explotación comercial desligado de la sociedad y la política.

Para el economista Serge Latouche,  «estamos asistiendo al triunfo de la omnimercantilización del mundo», donde el «capitalismo generalizado no puede dejar de destruir el planeta del mismo modo que destruye la sociedad». La explicación es simple: el mercado se apoya en la desmesura y en el dominio sin límites y, por tanto, destruye la sociedad.

En su firme camino por consagrar una economía obsesiva por la competencia y el enriquecimiento ilimitado, el capital busca arrasar los mecanismos democráticos encargados de velar por el bien común. Para Bauman, las fuerzas libres del mercado no sólo causan incertidumbre existencial sino que demostraron una eficacia aterradora para, por un lado, «desmantelar los mecanismos forjados con el fin de limitarla y, por otro, tumbar los intentos de formular nuevas medidas colectivas para mantenerla a raya».

Así, «el discurso neoliberal se hace más fuerte a medida que avanza la desregulación, quitando poder a las instituciones políticas que, en principio, podrían hacer frente al libre juego del capital y las finanzas», sostiene Bauman. Además, afirma, ese discurso liquida la solidaridad, enfría las relaciones humanas, el cimiento básico de cualquier sociedad. Por ende, debilita la unión entre personas con el fin de pujar por objetivos comunes. Y es que, ¿cómo pueden ayudar las amistades, por ejemplo, cuando las raíces del problema de inseguridades como en el trabajo o en el medioambiente van más allá de la propia comunidad?

De este modo, ni protestar contra el asentamiento de una empresa concreta ni contra una fábrica que expulsa contaminantes alcanzarían para frenar los intereses anónimos e internacionales que impulsan la desregulación laboral o un sistema de producción nocivo arraigado en todo el mundo. Los mecanismos sociales y políticos instituidos asisten impotentes ante los antojos de la lógica económica imperante.

Al enemigo, demasiado abstracto, resulta imposible señalarlo con el dedo. A lo sumo aparecen chivos expiatorios que sirven de cabezas de turco (inmigrantes, pobres catalogados de delincuentes, religiones extrañas) para justificar acciones represivas o políticas cosméticas que demuestren que algo se está haciendo. Sólo espejismos para contrarrestar la sensaciones de inseguridad e incertidumbre de la ciudadanía. Pero de nada sirve expulsar cruelmente a inmigrantes o inaugurar un parque verde, si los poderes económicos vagan por el mundo incentivando la pobreza y la devastación del Amazonas.

OTROS CAMINOS, OTROS ESTILOS DE VIDA

Inquieta y desespera que las opciones, al menos las ofrecidas por las instancias oficiales, no escapen al tinte neoliberal: «Están con nosotros o en contra». Bauman explica que, junto con el poder, tanto la agenda de alternativas políticas ofrecidas a los habitantes como las reglas, los criterios, esgrimidos para sostener cada una pasaron del campo de las instituciones políticas al de los poderes económicos: los intereses privados son los que deciden las sendas posibles y exhiben los argumentos de por qué hay que tomarlas

El aparato cultural imperante se encarga de generar consenso para legitimar esas vías o, en todo caso, recalcarlas hasta que las audiencias se convenzan de que son inexorables. La concepción consumista de la vida forma parte de su discurso, un dogma bien estudiado que proclama la adquisición de bienes como fórmula ritual para alcanzar el sosiego del alma. Así, los feligreses se regodean con la idea de habitar una época de libertades consagradas, aunque el ritual aprendido los convierta en esclavos de su propia devoción y lo que menos sean es libres. Porque lo que omiten los sacerdotes neoliberales es que la libertad comprende la aptitud de fijarse límites, de poseer autonomía individual y colectiva para determinar los estilos de vida deseados y no resignarse a los impuestos; la libertad de gestionar razonablemente los recursos naturales (y lo razonable no se mide en términos de éxito comercial neoliberales).

Sin embargo, quizá la arenga más intensa de las últimas décadas es que la única forma de alcanzar las condiciones de una vida digna es por medio de la producción desmedida y del comercio irrestricto. Con todo, plantear a los países pobres la idea de que las exportaciones despreocupadas y la lógica productiva actual resulta nociva para la salud del planeta quizá suene irónico: la lucha por obtener ingresos con los cuales paliar el hambre es feroz. Destrucción y desigualdad son los únicos resultados observables en la aplicación a rajatabla de tales principios. En este contexto, conviene, al menos, otorgar margen a la duda cuando en nombre del progreso los poderes políticos dan mano libre al mercado. El razonamiento de Alain Liptiez refuerza la necesidad de desconfiar: así como la modernidad ha aprendido a dominar la naturaleza, ahora «debemos aprender a dominar el progreso».

Una cosa es afirmar que faltan valores u opciones y otra muy distinta que falta convicción de los responsables políticos o, en última instancia, las condiciones para plasmar alternativas. Volver a producir en equivalentes materiales de hace tres décadas para reducir el impacto ecológico, estimular la producción de bienes ecológicos, penalizar energéticamente los gastos publicitarios o poner a la ciencia al servicio de la ecología y no de los intereses de la concentración irracional de riquezas a cualquier coste, son algunos ejemplos que menciona por su parte Serge Latouche. Propuestas que escapan a los calificativos de utópicos que el imaginario colectivo, debidamente adoctrinado, les asigna.

El trabajo de la amansadora ideológica es impecable: si cada vez más gente en los países privilegiados sólo tiene tiempo para evadirse en la agobiante carrera por alcanzar los niveles mínimos del modelo de vida instaurado en las sociedades de consumo, ¿qué queda para la mitad del planeta que nada en la pobreza? ¿Cómo articular las voluntades disidentes, a través de qué mecanismo, en torno a qué proyectos? El trabajo más eficaz de la ideología neoliberal fue aniquilar la esperanza de otro mundo posible.

El poder es la cuestión. «Las máquinas de producir dividendos, anónimas y funcionales, no van a renunciar a la depredación de no mediar coacciones que las obliguen», asegura Latouche. El autor reivindica al final nuevas formas democráticas locales, a las que considera más realistas que a una democracia mundial. Nuevas fórmulas como la de los zapatistas que luchan por la protección y autogestión de bienes comunales y la autoorganización de las regiones. Estrategias de resistencia con mayores posibilidades de resistir al capital que a través de las vías tradicionales.

Como Latouche, hay muchos otros autores que descreen de la impotencia colectiva y observan con buenos ojos el surgimiento de luchas puntuales. Luchas que engarzan frecuentemente en movimientos internacionales que reclaman otro mundo. Quizá sean intentos incipientes de autodeterminación colectiva, guiados más por las ansias de libertad que por sus posibilidades concretas. Y para existir demandan compromiso, información, y confianza en el prójimo. Por ello, precisamente, la mano invisible del mercado neoliberal (o sea, la tiránica ley del más fuerte) exprime los lazos sociales: cuantos más solos y desconcertados los seres humanos, más fáciles de convencer y más campo libre que arrasar

 

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