Cloacas de Taipei

Estrellas: usar la villa 21 de Barracas para otra cosa
Entrevista a Federico León


 


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Cloacas de Taipei

En 1998, Ming-liang Tsai presentó la película El agujero, donde constata que el mundo podría ser un lugar mucho peor.


Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

Una lluvia persistente cae sobre Taipei. El agua golpea las azoteas y las fachadas de los edificios; luego corretea entre las grietas y baja piso a piso hasta los cimientos. Los inquilinos cierran ventanas —no sin antes echar la basura desde las alturas—, secan paredes húmedas y tapan goteras: se esconden en sus casas de un chaparrón continuo y de sus propios vecinos.

En la película El agujero (Dong, 1998), la población de Taiwán sufre el avance imparable de una extraña epidemia. Las autoridades sostienen que el virus se transmite a través del agua potable y responsabilizan a las cucarachas de transportarlo por toda la isla. De hecho los enfermos se comportan como dichos insectos, arrastrándose por el suelo de sus hogares hacia zonas oscuras y húmedas donde quedar resguardados. Ante esta situación el gobierno pone en cuarentena regiones enteras de la isla, y la compañía de agua potable anuncia cortes en el suministro para obligar a la evacuación de las zonas más afectadas. No obstante, hay vecinos que no quieren marchar a recintos municipales, y se arriesgan a contraer la enfermedad por mucho que hiervan el agua que beben.

El agua y el virus condicionan la vida de los protagonistas, dos vecinos —chico y chica—, que viven solitarios en la misma finca. Ambos soportan las horas de vigilia como pueden: Mientras ella se entretiene con la televisión o el teléfono, él se encharca de licor o baja a la calle a dar de comer a un gatito hambriento. Llevan una vida apática, tumbados en el sillón mientras escuchan el contínuo goteo. Por si fuera poco, la humedad es sofocante, lo que reduce a la mínima expresión la actividad de estos jóvenes y la del vecindario.

Pero la vida de los protagonistas cambia con la aparición de un agujero en el techo que comunica sus hogares. Un día el fontanero acude al piso del chico para echar un vistazo a las cañerías, porque la vecina de abajo tiene pan mojado por paredes. Mientras el fontanero trabaja, el joven se ausenta y cuando vuelve, para su sorpresa, descubre el suelo del salón abierto alrededor de las tuberías.

A través del agujero la vida de estos vecinos confluye y la intimidad de sus viviendas desaparece —sobre todo la de ella—. El chico se aficiona a fisgonear el piso de abajo a falta de otros quehaceres, y ella sufre sus ruidos y excentricidades. A partir de entonces, la alarma del despertador, el olor a insecticida, la tos o la televisión se comparten en uno y otro piso a pesar de los esfuerzos de ambos. Por si fuera poco, el muchacho agranda el agujero para inmiscuirse más en la vida de su vecina, mientras ella espera ansiosa la vuelta del fontanero para que repare los desperfectos. Al fin resulta que el chico está enamorado y que ella también siente cierta atracción por su vecino de arriba.

Precisamente el amor es lo único que ilumina una ambientación claustrofóbica. El protagonista siente hacia su vecina un «quiero y no me atrevo» y la joven sueña con el amante de su vida; de hecho imagina una serie de escenas musicales donde interpreta las canciones románticas de una antigua actriz china (Grace Chang). Asimismo el sexo es el segundo pilar sobre el que Ming-liang Tsai —el director— apoya su optimismo. En un lugar donde la humedad y los chapoteos son constantes, el tedio de los personajes se traduce en atracción sexual: no les queda otra fuente de placer que alimente sus vidas a parte de la masturbación.

Hay una escena muy reveladora en ese sentido. El muchacho está tan ocioso que agranda el agujero del techo, pule los desperfectos del suelo del salón e introduce con sumo cuidado la pierna por aquel boquete. Se trata de una penetración sexual en toda regla: el chico lo hace con suavidad hasta sumergir toda la pierna e invadir el espacio íntimo de su vecina. Su objetivo es conseguir placer, aunque provenga de la invasión, de lo prohibido o del riesgo. Otro tema es cómo sacar de ahí luego la pierna —que lo suyo le cuesta.

CONCLUSIÓN

Ming-liang Tsai es un nombre que suena a chino, pero en realidad es taiwanés. Éste desconocido pertenece desde sus comienzos al club del «cine de autor», ese grupo de directores etiquetados así para promocionar un cine de venta dudosa. ¿Cómo lo hizo? Pues poniendo a prueba la paciencia de sus espectadores con planos eternos, diálogos escuetos y situaciones originales.

De hecho, Woody Allen sufriría un colapso si tuviese que escribir el guión de una película de Ming-liang Tsai: las conversaciones son minúsculas, la vida social que ofrece el contexto de sus películas es ínfima. En el caso de El agujero, el silencio humano es tal que no se concibe la existencia de una comunidad de vecinos... Ni siquiera de una sociedad urbana. Se compara la vida humana con la de las cucarachas, pero es que tal y como viven los personajes no cabe ni siquiera dicha comparación: si los seres humanos fuesen himenópteros, serían bichos perdidos, sin matriz ni conexión alguna, como hormigas sin antenas; condenados a una decadencia mortal sólo superable mediante el amor.

 

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