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Dos mil argentinos temporales
Que por las implicancias sociales y económicas que tiene para esos extranjeros y sus familias la situación migratoria irregular en la que viven, resulta de un imperativo ético encontrar solución a su problema. A su espalda, hay varios carteles. Uno de ellos dice «Todas las consultas son personales», otro prohíbe fumar y un tercero bien podría ser la oferta del día de un supermercado coreano, una promoción de masajes shiatsu japoneses o la publicidad de algún diplomado en acupuntura china. Quién sabe. El caso es que muchos le echan un vistazo. La lógica indica que debería ser la traducción al mandarín del cartel de las consultas; sin embargo, faltan sus equivalentes a otros idiomas como el inglés, el francés, el alemán o el italiano. Resulta sospechosa tanta cortesía y tan exclusiva con los asiáticos. Puestos a elucubrar porque sí, podría ser la traducción de alguna frase de un prócer argentino especialmente cálido en eso del «imperativo ético» para recibir a los extranjeros. Con todo, esta última teoría no resulta descabellada; en septiembre de 2004 se repartieron tarjetas con los requisitos indispensables para conseguir la residencia temporal por dos años —permiso de trabajo incluido— en la Argentina. En esos cartoncitos azules y verdes, Presidencia de la Nación entrecomilló la siguiente frase: «... para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino...». (Así, a lo Alfred Hitchcok, con puntos suspensivos a ambos lados.) Por tanto, no resulta alocado que un extranjero crea que se trata de la traducción de la gloriosa frase del prócer de turno. Con la burocracia, uno nunca sabe. En cualquier caso, sea en mandarín o en castellano, a día de hoy nadie cree un exceso de afecto semejante por parte de los políticos. De hecho, el rimbombante Decreto de regularización de la situación migratoria de ciudadanos nativos de países fuera de la órbita del MERCOSUR, que al 30 de junio de 2004 residan de hecho en el territorio nacional, en realidad, es el eufemismo usado para regularizar la creciente inmigración asiática. A la vista del aspecto de la sala y de las listas de regularizados, resulta evidente que la etiqueta «fuera de la órbita del MERCOSUR» se puede usar como sinónimo de inmigrantes made in China. —¡45! Del otro lado de la mesa burocrática, decir 45 funciona como una palabra mágica: varias decenas de butacas de plástico crujen, algunos irregulares —así los llama el Decreto— se giran rápidamente y miran hacia el marcador que no funciona. Al mismo tiempo, varias manos caen desde los mentones a los bolsillos y rebuscan un papelito similar al del número de la carnicería. Como si fueran a embarcar en un vuelo internacional, la mayoría echa mano al bolsillo y comprueba que tiene el pasaporte cerca. Desde luego, últimamente la DNM parece una terminal de esa prolongación asiática en Europa que es el aeropuerto de Heathrow. Si ahora una azafata pidiera que embarcasen los pasajeros con destino a Pekín o a Seúl, de los más de sesenta posibles viajeros, apenas quedarían unos pocos en esta sala de espera: un solitario africano, cuatro monjas sacadas de alguna selva centroamericana, un hijo del Imperio Bush —con todos los accesorios: gorra de béisbol, mini disc, vaqueros, zapatillas Nike, pinta de leñador, etc.— y dos universitarios entre ecuatorianos y mexicanos. Lástima que Aero DNM no reparta bocadillos, café o caramelos; salir de esta sala con tantos inmigrantes y tan pocos burócratas parece que va a llevar su tiempo. (Continuará en Dos mil argentinos temporales 02.)
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