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El pueblo más joven de la Argentina
Otra vez en el aire. Ya van cinco horas. Paradojas de las escalas, ahora remonto el continente hacia El Calafate, en Santa Cruz. De allí, un trote sostenido me garantiza una plaza en la primera 4x4 que parte hacia El Chaltén. Pronto se desvanece la ilusión de divisar, con la complicidad de las inciertas luces del atardecer patagónico, las agujas del macizo de Fitz Roy, custodio granítico del pueblo más joven de la Argentina. Resulta que los 220 kilómetros que restan cubrir por tierra demandarán cuatro horas de espasmódico avance por un carretera que, en verdad, no es más que una huella serpenteante de guijarros huérfanos. A la vera de la ruta, se apiña la maquinaria que llevará el asfalto hasta las barbas mismas del campo glaciar. Se sabe: el afán de progreso es porfiado. * No debe existir, en el mundo, inmensidad más austera y, a un tiempo, desaforada que la estepa patagónica. Yerma y sufrida, no basta con definirla como inhóspita. En realidad, es una tierra que se quiere maldita, que se regodea al ofrecer, con siniestra indiferencia, poco más que mojones macilentos de arbustos achaparrados. Si se tolera la sensación de ahogo que provoca el paisaje, y se observa con paciencia detallista, se avista una manada de choiques en estado contemplativo o un águila mora suspendida en el cielo índigo. Aquí y allá, visiones fantasmagóricas de los lagos Argentino y Viedma anticipan las maravillas de postal que esconde el Parque Nacional Los Glaciares. * Cuando la noche se abisma, El Chaltén se intuye. Dan cuenta de este paraje —hasta hace 30 años sólo conocido, contraseña mediante, por los andinistas más avezados— haces de luz en ramillete desigual. Pese al desencanto de mi espíritu de turista de manual —que indica que conviene llegar a destino con el sol como testigo—, gozo de una visión impensable meses atrás, cuando el servicio eléctrico permanente ni siquiera calificaba como ilusión. El trazado urbano es una expresión de deseo. Los 300 habitantes de este oasis habitan casas desperdigadas, a razón de una o dos por manzana. Resulta que el ser gregario admite matices. Hay algunas pintorescas hosterías, el esqueleto del primer hotel de lujo (que cortará cintas en la primavera), un restaurante, un par de cervecerías, varios maxikioscos, una chocolatería, locales de artesanías, algún minimercado, una capilla y un locutorio, que es el lugar de encuentro y solaz. En estas coordenadas, los celulares más sofisticados demuestran su falibilidad y el acceso a Internet depende del antojo del viento que siempre, a toda hora, avanza —con saña— por el cañadón, antigua cuenca glaciar en que asienta sus reales el poblado. Algunos dicen que es la venganza del vecino Fitz Roy, un monte de 3.405 metros venerado por los montañistas más intrépidos debido a sus picos verticales, que quitan el aliento. * Me cuentan que El Chaltén nació, oficialmente, el 12 de octubre de 1985, como un hito de soberanía en momentos en que la Argentina y Chile amagaban con el inicio formal de hostilidades (las refriegas eran focales, silenciadas) para decidir quién se alzaba con el título de propiedad del campo de hielos continentales, con el Lago del Desierto —ubicado a tan sólo 37 kilómetros del poblado— como prenda de disputa emblemática. * Los ecos del conflicto que no fue siguen vibrando en cada habitante de El Chaltén. Aquí, todo sabe a gesta patriótica. Sólo así se comprende que sus habitantes permanezcan, tozudamente, encerrados en sus casas entre mayo y octubre, cuando las nevadas incontinentes y los vientos furibundos obligan a ponerle tranca a un pueblo aislado por definición. * Me entero de que, actualmente, El Chaltén figura en las guías y revistas especializadas en deportes de montaña como el mejor lugar de Sudamérica donde practicar senderismo. Claro que, de entrecasa, responde al mote pomposo de Capital Nacional del Trekking. Su emplazamiento en una porción liberada del área de reserva del Parque Nacional Los Glaciares invita a realizar caminatas sobre esas masas de gélida eternidad. Pero también seducen las trochas de trazado irregular que abrevan en chorrillos cantarines y son irresistibles las huellas de recorrido incierto que se inmiscuyen en bosques milenarios de ñires y coihues, que tiñen la mirada de ocre. * Trepo, me arrastro y me deslizo. Rasgo un par de pantalones que se aquerencian más de lo debido con alguna rama rebelde del camino, me embarro, me astillo las uñas, bebo del agua prístina del río de las Vueltas hasta que los labios se me adormecen. Y me dejo arrullar por el discurrir del Lago del Desierto, que hace remolinos en una orilla pedregosa... Cuando despierto, estoy cubierta de aguanieve. * El mandato indica que conviene tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol para obtener el certificado de plenitud existencial. Reemplazaré alguno de los postulados por el de caminar sobre un glaciar. Acabo de marcar ese casillero con mi debutante experiencia de ice-trekking sobre el glaciar Viedma. Navego por el lago tocayo. Es una delicia dejarse mecer por esas aguas esmeralda, densas, cremosas. Desembarco en el promontorio rocoso que se deja acometer caminando casi en cuclillas. A la media hora estoy, cara a cara, frente al glaciar Viedma. No reprimo el impulso de estirar la mano y acariciarlo, de rendirle tributo. Es el momento de calzarme los crampones y aprender a caminar: sobre la superficie traicionera de un glaciar, conviene afirmar cada pisada antes de dar la siguiente, encarar los ascensos y descensos de costado y en diagonal y flexionar las rodillas todo el tiempo. Cuando le pierdo el miedo al resbalón, es el turno de aprender a observar. Se suceden cuevas, laberintos, grietas. Son inverosímiles, subyugantes. ¡Y azules! * Siento que me caigo del mapa. Así debe de ser el limbo. Entregarse a la certeza de estar flotando, resignarse a la sospecha de que uno se escurrirá, sin más. No habrá huella. Apenas, la sensación de ser una pelusa a merced del viento.
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