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Copenhagen
HEISENBERG: Y de nuevo camino por el sendero
de grava hacia la puerta de la casa de los Bohr, y llamo al timbre.
¿Por qué he venido? Lo sé muy bien. Tan bien
que no es necesario que me lo pregunte. Y de nuevo se abre la puerta...
BOHR: Ahí está, frente a
mí, cegado por la luz que sale de la casa. Hasta este momento
sus pensamientos estaban en todas y en ninguna parte, como las partículas
cuando no se las observa, atravesando todas las ranuras de la parrilla
de difracción. Ahora han de ser observadas y especificadas.
HEISENBERG: En un instante, todas las claras
intenciones que se agolpaban en mi cabeza dejan de tener una forma
definida, y se desperdigan por todas partes.
BOHR: ¡Mi querido Heisenberg!
HEISENBERG: ¡Querido Bohr!
BOHR: Pasa, pasa, adelante.
HEISENBERG: Cuán difícil
resulta ver incluso lo que uno tiene ante sus ojos. Todo lo que
tenemos es el presente, y el presente no deja de disolverse en el
pasado. Bohr se aparta mientras saludo a Margrethe.
MARGRETHE: Niels tiene razón. Has
envejecido.
BOHR: Supe que habías tenido ciertos
problemas.
HEISENBERG: Margrethe es de nuevo historia.
Mientras yo vuelvo a mirar a Bohr. Pero es tan difícil descubrir
el más mínimo atisbo de lo que se esconde tras los
ojos de una persona. Aquí estoy, en el centro del universo,
y lo único que puedo ver son dos sonrisas que no me pertenecen.
MARGRETHE: ¿Cómo está
Elisabeth? ¿Y los niños?
HEISENBERG: Muy bien. Os envían
un abrazo, claro... Puedo sentir una tercera sonrisa en la habitación,
muy cerca de mí. ¿Es quizá esa sonrisa que,
durante un instante, he visto en el espejo? Y ese extraño
que sonríe, ¿qué relación tiene con
la presencia que siento en la habitación? Esa presencia desapercibida,
envolvente.
MARGRETHE: Observo las dos sonrisas que
hay en la habitación... una resulta extraña y zalamera,
la otra pasa de cálida a simplemente educada. Hay también
una tercera sonrisa... lo sé. Es una sonrisa cortés,
inalterable, que se mantiene en guardia.
HEISENBERG: ¿Y has podido ir a esquiar?
BOHR: Miro a Margrethe durante un instante
y me doy cuenta de que ella ve algo que yo no puedo ver... A mí
mismo, y mi sonrisa que se desvanece debido a la pregunta de Heisenberg.
HEISENBERG: Les miro mientras ambos me
observan y, durante un instante, puedo ver a esa tercera persona
tan claramente como los veos a ellos. Un invitado inoportuno, que
dice una estupidez tras otra, mientras espera el momento de dar
un mensaje igualmente inesperado e inoportuno.
BOHR: Le miro mientras me observa, ansioso
por rememorar los viejos tiempos, y puedo ver lo que él ve...
Y si... ahora lo entiendo... falta alguien en la habitación.
Puede verme a mí. Puede ver a Margrethe... Pero no puede
verse a sí mismo.
HEISENBERG: De lo único que puedo
estar seguro es de lo que veo ante mis ojos ahora mismo.
BOHR: Hay algo sobre sí mismo que
ni siquiera él conoce. Algo que, durante un instante, puede
ver con el rabillo del ojo, y que se desvanece cuando se gira para
verlo.
HEISENBERG: Dos mil millones de personas
en el mundo, y el que tiene que decidir su destino es él
único que siempre se esconde de mí.
BOHR: ¿Decías algo de un
paseo?
HEISENBERG: ¿Recuerdas Elsinore?
La oscuridad que encierra el alma humana...
BOHR: Salimos. Caminamos por las calles
oscuras, bajo los árboles otoñales.
HEISENBERG: Ahora ya no existe nadie en
el mundo excepto Bohr y ese otro invisible. ¿Quién
es esa presencia envolvente en la oscuridad?
MARGRETHE: La partícula errante
que vaga en la oscuridad, nadie sabe hacia dónde... Está
aquí, esta allí... En todas partes y en ninguna.
BOHR: Fingiendo causalidad, hace la pregunta
que lleva preparada.
HEISENBERG: ¿Tiene un físico
el derecho moral de trabajar en la aplicación práctica
de la energía atómica?
MARGRETHE: La gran colisión.
Texto extraído de la obra Copenhagen
de Michael Frayn, ©copyright de la versión castellana
de Juan V. Martínez Luciano.
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