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nacho vegas (o algunos rasgos arbitrariamente elegidos por la mano de un desconocido)

«Hay entre ellos hombres que, bautizados con nombres de las Escrituras —hábito harto común en la isla— y habiendo absorbido naturalmente durante su infancia el solemne y dramático tuteo del idioma cuáquero, durante las audaces, temerarias e infinitas aventuras de su existencia sucesiva mezclan extrañamente a esas singularidades nunca olvidadas los rasgos de un carácter indómito que no serían indignos de un rey escandinavo o de un poético pagano de Roma. Y cuando todo esto se mezcla en un hombre poseedor que, por naturaleza, es muy superior a la corriente, en un hombre dotado de cerebro globular y corazón ponderoso, que llega a pensar de un modo independiente y sin prejuicios, gracias al influjo de la quietud y el aislamiento de muchas y largas vigías en las más remotas aguas bajo constelaciones jamás vistas aquí, en el norte; en un hombre que al recibir todas las impresiones suaves o violentas de la naturaleza recién salidas de su seno virgen, generoso y confidencial, logra aprender —apenas con la ayuda de algunas ventajas ocasionales— un lenguaje audaz, nerviosamente elevado, ese hombre será único en el censo de toda una nación: un ser digno de un solemne cortejo, de las más nobles tragedias. Y el hecho de que, por nacimiento o por otras circunstancias, tenga en el fondo de su naturaleza cierta morbosidad predominante, no puede disminuir su figura, considerada dramáticamente. Porque todos los hombres trágicamente grandes lo son por obra de cierta morbosidad.»

Herman Melville, Moby Dick o la ballena blanca.
Editorial Debate, 3ª edición, mayo de 2002.

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