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nacho vegas
por rubén a. arribas
Bienvenido, Nacho, a este territorio
híbrido de música y literatura desde el que esperamos que, en efecto,
Las cajas de música sean difíciles de parar. En el primer
número de teína, Sergio Algora nos decía que consideraba
las letras de sus canciones como «poesía de baja intensidad» frente
a los poemas que componía. ¿Cómo de lejos o de cerca te sientes
de eso?
No contemplo mis letras como poesía. Los
textos cobran vida dentro de la canción, y yo trato de que interactúen
con la música haciendo que ambas cosas formen un todo indivisible.
Una vez leí que Tom Waits decía, cuando le preguntaron si no había
contemplado la posibilidad de publicar sus letras en un volumen
como si fueran poemas, que eso sería como «arrancarle la cabeza
a un pájaro». Me siento cerca de eso. Siempre defiendo la canción,
el rock, como un lenguaje propio, que puede ser tan poderoso como
la literatura.
Actos inexplicables y Cajas
de música difíciles de parar: dos títulos bonitos y poéticos,
sobre todo el primero. En ambos discos apareces en la portada y
en los dos con una mirada que anuncia el contenido de los mismos.
Cantaba Dylan en All along the watchtower (más o menos):
«Hay muchos entre nosotros que creen que la vida no es sino una
broma [...] Así que déjanos ahora no hablar en vano». Si hubiera
que buscarle un subtexto a los títulos de ambos discos, ¿podría
ser Canciones inevitables, es decir, canciones que necesariamente
tenían que ser escritas?
También decía Dylan que las canciones ya
existían y que solo esperaban a que alguien las escribiera. Me gusta
verlo así, aunque una vez que capturas una canción la modelas
a tu antojo. Mmmm, ni siquiera estoy seguro de eso. El subtítulo
que le pondría a Cajas de música... sería Nuevos actos
inexplicables.
¿Cómo
compones: con lápiz y papel o sobre la guitarra? ¿Letra y música
emergen de manera simultánea o, por el contrario, una de las dos
muestra primero la cabeza y es la que actúa de guía para la otra,
más rezagada?
Antes utilizaba más el papel, tengo casi
todas las letras repartidas en varios cuadernos. Ahora procuro seguir
haciéndolo, porque me encantan esos cuadernos, pero ocurre a posteriori,
cuando la canción está casi acabada. Las letras están permanentemente
rebotando en mi cabeza hasta que las doy por terminadas, así que
las retengo con facilidad y no me suele hacer falta apuntarlas.
Generalmente la música está ahí y sí, luego es la letra la que va
guiando la canción, modificando la música si es necesario. La música
depende de encontrar un pequeño momento de magia, pero luego invierto
mucho más tiempo en las letras. Aunque podría decirse que a veces
surgen de modo simultáneo, porque me paso mucho tiempo en casa tocando
canciones con la guitarra.
Aparecen,
en fotos y versos de tus discos, vasos y botellas de bebidas espirituosas
con que ahogar las penas; también referencias a otras sustancias
capaces de alterar las puertas de la percepción... ¿De vez en cuando
formas parte del sindicato de los Huxley, Freud, Michaux y compañía?
No, no uso las drogas en ese sentido. Es
solo para que estar con uno mismo todo el rato no se convierta en
algo demasiado insoportable.
Imagino
que Gijón, con su clima húmedo y frío, tendrá parte de la culpa
de que tus letras se impregnen de esa climatología, que parece compañera
inseparable de la soledad: el más inexplicable de los sentimientos,
sobre todo si procede del desamor... ¿es este también el más inexplicable
de los actos?
La soledad en mis canciones no suele tener
mucho que ver con el amor. Es más solitude que loneliness.
En asturiano también existe la palabra solitú. Cualquier
acto moral tiene algo de inexplicable.
El primer disco de Diariu exuda frío
durante ese día en el que transcurren las cuatro canciones que lo
componen; Actos inexplicables, por ejemplo, se abre con una
preciosa carta que se llama Al norte del norte, en la que
nieva y hace frío; en el Cajas... cantas en Mark Spitz:
«Saboreo la humedad / que se pudre en las paredes» o en Gang
– bang: «Tú allí, en soledad, una lluvia fina muy fina golpea
tu cara». Volviendo un poco sobre la pregunta anterior: ¡cuánta
lluvia y cuánto frío hay en tus discos!, ¿no?
Es lo que tiene vivir en el norte y en
una casa vieja y llena de humedad, y ser tan vago como para llevar
dos años diciendo «Un día de estos tengo que pintar las paredes».
Pero de esas referencias en las canciones no deben desprenderse
sentimientos negativos. Cuando empecé a escribir Al norte del
norte había nevado en Gijón, algo no muy normal, y la playa
se veía muy bonita. Curiosamente una de las canciones que dejé fuera
del álbum comienza diciendo «El sol se pega a mi piel como un gusano
de mar...». Esa la escribí en Madrid, en agosto. Pero en Madrid
no hay mar, y nunca supe muy bien qué eran los gusanos de mar, si
es que existen fuera de mi cabeza. Más cosas inexplicables, vaya.
La escucha del Cajas de música...
logró mover el último resorte para hacer que Moby Dick retornara
a mi estantería, lugar del que desapareció durante una mudanza hace
ya muchos años. ¿Hasta dónde te caló Melville su arpón con este
libro, del que aparecen varias referencias en el disco?
No pude evitar que Ahab se colara en un
par de canciones, aunque a veces pienso qué derecho tenía yo a involucrarlo
en las batallas insignificantes que libran los personajes, pobres
idiotas, en mis canciones. Suelo responder este tipo de preguntas
abriendo Moby Dick por una página al azar y leyendo un párrafo,
pero no tengo ahora el libro a mano. Espera, que lo que si tengo
es un libro de cuentos de Melville... En los relatos no es tan poético;
Moby Dick es poesía, ensayo, novela... todo. Te tendrás que
conformar con los versos de la canción de Kris Kristofferson que
estoy escuchando ahora: «Why me, Lord / What have I ever done /
to deserve even one / of the pleasures I´ve known». Me encanta esa
rima.
El salitre es quizá mi canción
favorita de tu último trabajo (es que eso de tener al capitán Ahab
en los coros...). Ahí aparecen unos versos que me gustan mucho:
«Llegando aquí, ¿qué más nos puede pasar?
Podemos ir y preguntarle a la mar
para que nos responda con rugidos,
para que nos diga la verdad.»
En su libro Fuegos, dice Marguerite
Yourcenar: «¿Ingenio? ¿En el dolor? Puede ser, pues hay sal en las
lágrimas...» ¿Hacen buena pareja?
¿A qué pareja te refieres? ¿A mí y Marguerite
o al ingenio y el dolor? No sé, nunca he sido muy ingenioso. Tampoco
sufro demasiado. Soy muy feliz, especialmente cuando estoy de buen
humor.
Intercambio de cromos a propósito de
Melville; este está sacado de Benito Cereno (Editorial Juventud,
traducción de Frank Symons y Núria Fabrés. Barcelona, 1993): «En
lo que respecta a ejércitos, armadas, ciudades o familias, incluso
en la misma naturaleza, nada relaja tanto las buenas costumbres
como la miseria.» ¿Por cuál me lo cambias?
Ese no lo tengo. Vale, déjame seguir buscando
en El feliz fracaso y otros relatos. Ya lo tengo: «[...]
hay que esforzarse contra la corriente, tal como hacemos ahora.
La tendencia natural del hombre, tomado bajo la forma de la masa,
es seguir la corriente universal hasta llegar a la nada y el olvido.
[...] ¡Mientras haya vida, a partir de ahora habrá desesperación!»
Cantas en Monomanía que:
«Y así comienzo a novelar
la historia que será
cuando las cosas vayan a peor.
Y yo me veo casi igual que ahora
que no tengo nada
salvo la certeza del dolor.»
Otra de Marguerite Yourcenar (es que
la tengo reciente): «Se dice: loco de alegría. También podría decirse:
cuerdo de dolor.» ¿Es el dolor el precio que hay que pagar por la
lucidez? ¿Vale la pena ser lúcido y despertar en un mundo y una
sociedad como estos?
Pero la locura de Ahab también contenía
mucho sufrimiento. Y una lucidez extraordinaria, me atrevería a
decir. En la locura, como en la ebriedad, también vive la lucidez.
Pero vaya, ni siquiera hace falta estar muy lúcido para ser consciente
de que la sociedad occidental es despreciable.
En el Cajas..., la palabra dolor
resuena en los bafles del equipo de música con asiduidad. En Mark
Spizt hay un verso que dice «el terror que da vivir»; también
aparece, en tu canción Etcétera, una cita de Michel Houellebecq:
«Es casi mediodía y el terror se instala.» ¿Quizá resume esta canción,
cuya letra pulsa las cuerdas más tensas de lo existencial, el sentimiento
que anima el disco?
Creo que en el disco conviven un montón
de sentimientos, algunos de ellos muy contradictorios. De Etcétera
sólo puedo decir que, bueno, no fue fácil de escribir. Pero no me
gusta cargar las tintas sobre eso. Mis canciones no nacen del dolor,
ni del «terror de vivir». Si esas sensaciones aparecen en algunas
canciones es porque están ahí, al alcance de la mano. Carver decía
en poema: «Utiliza lo que tienes a tu alredededor. Todo. Utilízalo.»
Y eso hago. La humedad en las paredes, el quiosquero de la esquina,
el miedo a un día normal. Todo.
Historia de un perdedor. Hay
una canción que se llama así en el último disco. En Todos ellos
cantas que:
«Y, amor mío, en la guerra
saber ser un buen perdedor
es más importante
que la paz y que el amor.»
Quizá merezca la pena detenerse un poco
a explicar qué entiendes por ser un perdedor... y si te sientes
como tal.
El viejo de El feliz fracaso solo
descansa cuando constata que al fin ha fracasado. Entonces se siente
feliz. Ahora en la tele venden un concepto del triunfo que me resulta
profundamente inmoral. Eso me parece mucho más dañino que si emitieran
porno todo el tiempo. Supongo que con el fracaso pasa un poco como
con lo que te decía antes de la soledad. Hay dos tipos: uno elegido
y otro impuesto. Cualquiera que no sea medio imbécil o un cabrón
preferirá ser un perdedor a triunfar tal y como la cultura de masas
entiende el triunfo. Pero si a una cría de quince años sus padres
no le dejan ir a ver a Bustamante, se sentirá una perdedora, una
inadaptada, la harán desgraciada y querrá matarse. Y con un poco
de suerte, tal vez alguna lo haga.
En el camino, ¿siempre en el camino
como Kerouac? En el Actos inexplicables se marcaba un rumbo
incluso: «Voy camino hacia el sol y vengo del camino». ¿Qué sentimiento
te deja el paso desde el álbum anterior a este nuevo, tanto a nivel
musical como a nivel de letras? ¿Sigues caminando hacia el sol?
Nunca tuve en mente En el camino
de Kerouac; la verdad es que no soy muy fan de esa novela. Este
álbum es eso, un paso más. Ahora procuraré dar otro. Bueno, no me
queda más remedio. Sin mirar atrás, como Dylan en la película.
Algunos
de los licores de los que confiesas haber bebido son Nick Drake,
Will Oldham, Bob Dylan o Townes van Zandt por ejemplo. ¿Añadirías
algún otro entre los más representativos? Y de los que hablan el
mismo idioma que nosotros, ¿hay alguien al que sigas con interés?
Bill Callahan es un gran letrista. Me encantan
Randy Newman y Tim Hardin. Y Fernando Alfaro y Albert Pla. Y como
intérprete, Bambino, que en paz descanse.
En tu primer disco con Diariu (el otro
no lo tengo, así que me ciño a este), en el que colaboró contigo
Ramón Lluis Bande, las canciones que ahí aparecen están escritas
y cantadas en bable. En Cajas de música... la canción que cierra
el disco, La canción de la duermevela, es la única que está
en bable, y está dedicada a este poeta. ¿Podrías hablarnos sobre
estas conexiones y quizá acercarnos un poquito así a la situación
de la cultura en bable en Asturias?
Esa canción iba a ser en un principio una
nueva de Diariu, así que se la dediqué a Ramón Lluis por ello y
por nuestra gran amistad. Por cierto, él no es poeta. Escribe mucho,
pero el lenguaje con el que más a gusto se siente desde hace años
es el cinematográfico, y creo que empezó en ello haciendo videos
para las canciones de Diariu. La lengua asturiana está condenada
a desaparecer, me temo, porque cada vez hay menos conciencia y menos
apoyo institucional. Pero gente como Ramón Lluis o Mus la han utilizado
desde críos de un modo natural y así siguen haciéndolo. Y a día
de hoy creo que lo hacen más por esa razón que por militancia.
Suena en boca de unos tipos cortazarianos
en su nombre, y que conoces bien porque tocaste con ellos en Restos
de un incendio (Acuarela, 2002), algo así como «Un puñado de
coincidencias... Un puñado de coincidencias, un romance embarrancado.
Parece que nadie por ahí hubiera sufrido mucho...»
Esto no lo cantaban por ti, ¿verdad?
Cuando hicieron esa canción ni siquiera
nos conocíamos. ¿Eso lo canta Abel? Nunca me había fijado...
¿Qué
es lo último que has leído? ¿Cuántos libros por leer tienes por
casa? Y una clásica: Los libros sin los cuales no hay manera de
explicar tu vida, ¿cuáles son?
La respuesta a las tres preguntas es: La
Biblia.
Tal y como cantabas en El ángel Simón,
¿sigues teniendo sólo miedo de tu propia vida?
Como más tarde me atrevía a confesar, también
estaban los zumbidos de los mosquitos. Pequeños hijos de la gran
puta, ellos.
Muchas gracias por atendernos y
feliz tránsito hasta el próximo encuentro. Si quedó algo sin resonar
en estas Cajas de música, por favor, pulsa ahora aquellas
cuerdas que creas oportunas.
Creo que estuvo bastante bien. Ahora me
voy, que tengo que sufrir un rato.
marzo de 2003
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