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rodolfo godino
por josé emilio tallarico
¿Cuál sería la manera más ajustada
de definir tu poesía en tanto singularidad, es decir, convendría
considerarla desde el punto de vista de su estructura, de su composición,
de sus posibles parentescos con otras poéticas (intentando demostrar
un estilo), o atender aquello que nos sugiere a partir de
lo más notorio de su temática?
La singularidad, esquivo ropaje
que en algún momento persiguen casi todos los que entran al teatro
de las formas poéticas –pues de eso se trata, de vestidura– creo
que no merece una consideración detenida como no sea en tanto habilidad.
Obviedad, perogrullada: cuando se da por amor el matrimonio forma
/ contenido se produce el único destello, hay unión honesta.
Aquí seré arbitrario: creo que tan solo los que han hecho su noviciado
clásico y explorado, incluso imitando las irrepetibles singularidades,
las que en ese limbo mansamente esperan las improbables visitas
de los nuevos adictos, pueden con derecho juzgar la oportunidad
actual de acentos, de medidas, de ritmos, del soneto, vaya por caso,
aunque en el camino hayan, por real necesidad, buscado la libertad
de su verso, su estilo en fin, su singularidad. En cuanto
a los parentescos, poco hay para decir: en el cuerpo universal de
la poesía legada se encuentran todas las líneas que nos nutren;
todo tiene precedente. ¿Qué nos queda?: acatar el don, no traicionarlo,
no corromperlo. Y si convicciones similares fueran aprovechadas
como clavos para colgar rótulos del tipo elitistas, esteticistas,
los eventualmente heridos deben celebrar el trance: los estarían
empujando con las zonas más resplandecientes de las obras de elitistas,
etc., del calibre de Góngora, Donne, Eliot, Benn, Montale, Cavafis,
Cernuda, Michaux, Char y otros cientos de empecinados rastreadores
del ser cuyo genio y obcecación impiden, pese a las astucias y vilezas
de la época, que la poesía sea convertida en sirvienta de las ideologías
de turno.
«El
verdadero lector, el que importa es, hoy más que nunca, otro poeta».
Esta respuesta tuya al poeta Javier Adúriz me pareció sumamente
valiente y no recuerdo haber escuchado algo parecido al respecto.
Es evidente que surge de un proceso de meditación acerca de los
lectores de poesía ¿Qué más podrías decirnos sobre este tema?
Si hubo un proceso de meditación fue, para
usar una palabra cara a Borges, módico. En realidad se impondría
llamarlo comprobación, apenas una mirada alrededor,
a la espesura de libros, revistas, presentaciones y lecturas públicas,
ferias, internet, antologías de inclusión paga, conmovedores
«talleres», concursos promovidos por comerciantes que posan de editores
y también, gracias a Dios, las obras muchas veces admirables –primerizas
o en desarrollo o maduras- de los que ven a través, entregados a
un servicio misteriosamente compensatorio. Entre ellos, minoría
y multitud (recibo al menos dos libros cada semana) están los que
buscan, consumen, juzgan, los que tal vez nos salven. Tengo confianza:
la poesía siempre aplicó, cruel pero sabiamente, la selección natural.
Ella, en apariencia tan vulnerable y silenciosa, a la larga siempre
paga, siempre subsiste.
El poema: ¿nubla o despeja la realidad?
Creo, sí, que el poema tiene (o debiera
tener) relaciones con lo que nos rodea, quizás tangenciales. A esta
altura de mi vida no podría aceptar ni entender poéticas no asentadas
en lo generalmente sentido como real; tampoco las que pretenden
que los ejercicios de la imaginación bastan al poema. Imprevisible
objeto hecho de percepciones, sentimientos, impurezas, palabras,
el poema no aclara ni oscurece la realidad; quizás a veces la modifique,
y nunca deja de crear la que el poeta necesita.
En Elegías breves, el poema “A
sí mismo”, que cierra el libro, se me presenta como poema clave,
fundamentalmente por la mirada puesta en la tarea del poeta y en
esa posibilidad de que la palabra escrita sea agente de comunión
y enseñanza. Sé que desconfiás de los talleres literarios. Sin embargo,
tu poema roza un aspecto de la mítica y por ende maravillosa sociedad
conformada por el maestro y sus discípulos. ¿Podrías decirnos algo
sobre este asunto?
Ese
poema es quizás una muestra de las urgencias y balances de la madurez
o vejez, aceptación del destino impuesto, fe, reconocimiento a lo
desconocido y diálogo posible sólo después del final. Y la esperanza
de una modesta perduración a través de descendientes carnales y
espirituales. No trato de explicarlo. Tengo la ilusión de que la
línea central, «En el poema duras», es ingenuamente clara. Si no
lo es, a nadie puedo culpar.
Voy a reiterar una pregunta que te han
hecho y es sobre esa relación dificultosa con la realidad que parece
surgir de tu poesía. Por lo pronto: ¿coincidís con esta opinión?
No disputo con la realidad: es muy hermosa
en muchos de sus reinos. Pienso, sí, que es innecesariamente cruel
y ambigua. Por eso la salud de la poesía nos exige ciertos retoques.
Este proceso no es dificultoso, se da naturalmente y es ineludible.
Probablemente nosotros no hemos comprendido en plenitud las intenciones
del poder infinito que la creó, nos sujetó a ella y la hizo nuestra
casa. Y acaso la poesía sea el paliativo dispuesto para compensar
en parte esa limitación.
Hay una imagen que se ve con alguna
frecuencia y que alude a la llegada de lo poético, como si bajara,
como si descendiera del cielo. Incluso aquella cita de Gottfried
Benn que parafraseás en otro reportaje y que dice: «el poema ya
fue escrito, sólo que el poeta no conoce su texto», habla de una
presencia platónica en el ánimo del poeta. ¿Qué opinás de ello?
¿De qué manera aludir a la participación
de eso innominado que baja y entra al texto todavía informe
para completarlo o modificarlo? Todos, creo, alguna vez nos interrogamos
y cada uno consiguió una respuesta según sus sentimientos, a expensas
de su razón. La de Benn, tan directa, tan reveladora, merece ser
repetida cuantas veces sea necesario. No puedo ofrecer pruebas,
pero al volver sobre los poemas ya cerrados me cuesta cada vez más
reconocerme, reencontrar sus motivaciones profundas. Hay mucho de
otro en esos objetos pretendidamente personales.
El tema del voseo, que más de un dolor
de cabeza ha dado a poetas argentinos: ¿te afecta?, ¿no te interesó
incorporarlo a tus trabajos?
Nunca me lo he planteado. Realmente, decir
nunca lo he necesitado sería casi exacto.
¿Has notado cambios de importancia en
tus últimos tres poemarios? Por mi lado sentí menos énfasis, más
desapego del lenguaje en sí y una mayor materialidad e interés en
la exposición de los temas. De ser así, ¿tu trabajo apuntó a eso,
o se trata de un hallazgo que no altera en nada el rumbo natural
de tu poesía?
Es
probable que en los últimos libros (no me vigilo hasta ese extremo)
se haya afirmado algo más el tan difícil camino hacia la transparencia
ambicionada, siempre ambicionada.
Creo
que el encantamiento del lenguaje, al que siempre fui sensible,
no hace falta decirlo, ha cedido al empuje de las furias internas,
del tiempo que ha corrido y de la edad involuntaria, zonas que admiten
pocas distracciones y que conllevan una agotadora lucha con el pudor,
o con el falso pudor, si se quiere. Sin embargo, mi respeto por
el poder generador de la palabra es al menos tan alto como el que
siento por la verdad.
En el momento de corregir tus poemas:
¿los leés en voz alta?, ¿cuánta importancia das a la cadencia y
a la sonoridad en un poema?
El poema elige su camino, encuentra su
forma, y los versos su cadencia y su sonido. La saludable humildad
obliga a reconocer que nuestra intervención es reducida y casi a
ciegas. Provisoriamente encarnado en palabras siempre en proceso
de aproximación, solo nos queda descubrir, y contadas veces admirar,
cómo la voz cuyo origen apenas sospechamos ha goteado su milagro
sobre nuestra necesidad de expresión, nuestra pequeñez, nuestro
vacío de creyentes receptivos.
Tengo tres preguntas de la poeta chilena
Solange Schiaffino, que ha leído buena parte de tu obra a través
de sitios de poesía de Internet:
· Su poesía
tiene una comunicación muy profunda entre el yo racional del hablante
y el del lector. De ahí que surja la inquietud de ¿cuán importante
es para usted la posibilidad de conmover con su poesía, o es que
se conmueve también con la a veces denostada lógica racional?
Agradezco a la
revista Teína la oportunidad de responder a las preguntas que me
hiciera llegar la poeta chilena Solange Schiaffino; ellas pueden
sumarse naturalmente a esta entrevista.
Conmover es,
intuyo, una comunicación recóndita con el lector en ambos planos,
razón y corazón. ¿Podríamos esperar otra recompensa, premio más
alto? Con todo, el objetivo último permanece oscuro aun para el
hablante, el mediador. Quizás el loco, subterráneo deseo
de no morir sea la razón excluyente.
· En su conciencia
del DON recibido a través de siglos de parentescos poéticos, usted
se ha manifestado con la necesidad de agradecer, de retribuir. ¿Cuál
cree usted que sería el principal aporte de Rodolfo Godino a los
parentescos que le sucederán?
He hablado, escrito
tal vez en exceso sobre el don, entidad auxiliar, adivinada,
y he recibido ataques muy variados. Unas veces se escarbaron supuestas
referencias a un obsequio celestial, otras al conjunto de
parentescos y precedentes o antecesores. No juraré por ninguno:
todos me han alimentado, siguen haciéndolo y lo menos importante
aquí son las definiciones, esquirlas de la ignorancia o de la soberbia
en la mayoría de los casos. No sé cuál será mi aporte a lo que vendrá:
espero que se me reconozcan fe, vida entregada, oficio y algunos
momentos en que creo haber conmovido al lector sin nombre,
único rastro que posiblemente dejaré. Perdón si el tono suena algo
melancólico, pero la pregunta obliga.
· ¿De
qué necesita despojarse el poeta para alcanzar la plenitud del poema?
¿Comparte el comentario de Gonzalo Rojas sobre la «necesidad de
despojarse de las voces que lo acompañan» al referirse a su etapa
actual de vida y las influencias?
Regreso a lo ya
dicho: las elecciones siempre corresponden al poema. Él define su
ruta, toma o se despoja según el curso lo exija. Podemos ayudar
alejando de nuestras cabezas las voces que nos acompañan
(tiene razón Gonzalo Rojas, envidiable poeta) aunque los hilos luminosos
de las primeras elecciones, del nunca agotado aprendizaje, de la
seducción de los antiguos magos que nos iniciaron, no sean fáciles
de cortar.
Por último:
¿qué opinión te merece la poesía de la gente más joven que se va
conociendo, tanto en el nuestro como en otros países de habla hispana?
Creo que pocas
veces –apartando las cíclicas, usuales ingenuidades ilusoriamente
«innovadoras»- se ha dado tal renacer, tan amplio registro de promesas,
tanto en Hispanoamérica como en España. Sólo espero que, de tanto
en tanto y venciendo prejuicios, se atrevan a mirar hacia atrás,
a sumergirse en el reservorio de lo que el tiempo respetó, en la
matriz de la poesía, fuente de la lengua.
Marzo
2003. Buenos Aires
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