teína
dossier
literatura
teatro
cine
itinerarios
música
archivo
publicaciones
suscríbete
Foro

 

el duelo

     tintalabios
anahí lazzaroni
rodolfo godino
nacho vegas
santiago parres
 




buscar >>


 

 

arroz con bogavante
erasmo rotterdam
karmelo f. gañán
ronald d. laing
m. yourcenar
sarah kane

   


 
   
 
 



Fuegos, Marguerite Yourcenar, 1935
Editorial Punto de Lectura, 2000
Traducción de Emma Calatayud
ISBN: 84-663-0150-X

por rubén a. arribas

Aunque sea obvio el juego de palabras al que se presta el título, no está de más comenzar por decir que sí, que este es uno de esos libros capaces de arder desde la primera hasta la última página y de aguantar y prolongar esa llama hasta que uno accede al destino final del libro y comienza, tarde o temprano, la relectura de los fragmentos que intentó cercar el grafito del lápiz. Aquí hay madera suficiente como para que uno, incluido Groucho Marx, «se despierte envuelto en el incendio de su propia sangre», tal y como dice la propia Marguerite cuando habla de la metáfora del fuego y el amor. Es un bosque tan poblado el que ofrece la autora, que sería mejor dejar que ella hablara a través de los recortes que hice de su texto, y hacer justicia así al ímpetu con que crepita cada una de sus líneas, en vez de tratar de comentarlas. Perdonen desde ya si las ramas no me dejaron ver el bosque: no pude contenerme.

Corría el año 1935 y Marguerite Yourcenar tenía treinta y dos años, cuando la crisis pasional de marras, sin la cual parece no haber literatura, teatro, música o vaya a usted saber qué cosas que nos conmueven tanto, la arrojó a los mares del desastre emocional, la ansiedad y la desesperación, cualidades muy humanas, por otro lado, en este tipo de situaciones tan desventajosas para el ánimo y que ponen la vida a transcurrir de un modo tan especialmente sensible. Desconozco, y además tampoco importan, los detalles de aquella ruptura, silenciados además en el sentido literal del texto, aunque no en todos los demás sentidos (¿Rimbaud?); sin embargo, lo que fascina y cautiva de este libro es la pureza en la formulación que alcanza Yourcenar durante el estado de completa donación y expectoración del desastre en que se convierte su vida, tras el hundimiento de toda esa carga de futuro de la que se hace depositario al amor, «Amor mi duro ídolo, tus brazos tendidos hacia mí son vértebras de alas»: ese diálogo que uno establece consigo mismo por pura necesidad de sobrevivir a la decepción, causada por ver cómo cae al vacío la posibilidad que se mantenía en vilo sobre la esperanza de vencer en compañía de alguien la soledad de saberse efímero y prescindible dentro de este mundo.

La decepción como elemento iniciador de la toma de conciencia; el amor, vitalismo humano donde los haya, que no sabemos bien lo que es aunque tengamos noticias de su capacidad para convulsionar los resortes existenciales del individuo; su escritura, la escritura sobre lo sucedido como mecanismo de defensa y ordenación, pero a la vez de demolición del pasado y de construcción del porvenir de uno mismo... «Casandra aullaba sobre las murallas, dedicada al horrible trabajo de dar a luz al porvenir». Puede que estos sean tres ejes válidos a los que referir la necesidad de la autora por saturar de color frase tras frase: cada palabra contiene en sí, a modo de pigmento para la pincelada, una ternura infinita, la cual busca limar las aristas cortantes que afila y estimula la obsesión por la felicidad que este tipo de rechazos despierta. Y el rechazo, en última instancia, es una invitación al conocimiento del por qué del mismo, es decir, aun sin quererlo o pretenderlo se convierte, junto a la decepción, en ofrenda para el rito iniciático que siempre supone conocer lo desconocido. O como dice la autora: «Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida». Casi nada.

La escritura de Marguerite Yourcenar guarda en el trasfondo ese desencanto brutal que ofrece no pocas veces la vida como moneda de cambio frente a las ilusiones, y que tan bien describió Cortázar en uno de sus poemas: «Esta ternura y estas manos libres [...] Entonces, ¿nadie quiere esto?» Si rebuscamos entre los textos de Fuegos, en Fedón o el vértigo, por ejemplo, podríamos encontrar muchas claves que avalen lo dicho anteriormente, entre ellas una especialmente significativa: «Pero aquel joven dios distraído me había comprado para agradar a Sócrates: por primera vez en mi vida me sentí rechazado, y aquel humillante rechazo me entregaba a la Sabiduría». Decepción. Rechazo humillante. Apertura inevitable al conocimiento. Son los términos de una ecuación ya conocida desde la antigüedad.

En la introducción, escrita por la propia autora, se hace un análisis estilístico del libro poco discutible por lo certero e ilustrativo del mismo. Según dice ahí, ese momento concreto de su vida le exigía escribir una prosa lírica con un estilo tenso y florido, saturado en ocasiones de «audacias verbales y juegos de palabras», tratando de encontrar así en esa suerte de expresionismo barroco, donde las metáforas incluso se superponen las unas a las otras, el fiel reflejo del fervor y la complejidad de las emociones. Es ella, la autora, quien incluso advierte al lector del riesgo de haber podido caer en el exceso y en la sobrecarga, incluso en algunas metáforas forzadas o en haber afectado demasiado alguno de los conceptos que necesitaba expresar. Si tenemos en cuenta que el libro fue escrito y publicado en 1935, revisado sin apenas cambios en 1957 y que la introducción a la que se hace referencia está escrita en 1967, encontramos por un lado que este libro, que ella quería que nadie leyese, fue piedra angular en su vida emocional y literaria y, por otro lado, que es esa Marguerite Yourcenar, la que habla en el prólogo más de treinta años después sobre aquella gran crisis, la que destila una pureza y exactitud en las palabras que solo puede ser explicada tras haberla buscado mucho tiempo antes y a través de un libro como este. O en palabras suyas: «Este baile de máscaras ha sido una de las etapas de una toma de conciencia».

Hay modos y modos de comenzar un libro; este lo hace pisando el acelerador en la curiosidad del lector: «Espero que este libro no sea leído jamás». De ahí, hacia arriba. La única manera de poder disfrutar este libro es aceptar ser arrastrado por las turbulencias y las corrientes con que le desborda a uno cada frase. Intentar contener o cercar cualquiera de los textos y pretender un placer que resida exclusivamente en el análisis estrictamente literario, puede ser considerado una pérdida de tiempo: el deleite de este libro está en la virulencia del color, en los destellos de luz que irrumpen y que acompañan a una escritura orgánica, viva, sobre la que el lector no tiene control ni puede tenerlo. Valga el símil surfista, si lo que quiere es no perecer ahogado por parte de quien lee: hay que coger la ola, subirse encima y seguirla hasta el final, sea cual sea este. Cuando uno se convierte en destinatario privilegiado de un texto escrito desde la desesperación, desde la sensación del desastre emocional permanente, no queda otra solución que la valentía de dejarse arrastrar y ver adónde conduce el extravío de otros.

La desmedida en su expresionismo barroco se aparece frente al lector como un tanque avanzando por una gran avenida, listo para aplastar cuanto caiga bajo sus ruedas. En la conclusión del libro habla la autora de que «No puede construirse una felicidad sino sobre cimientos de desesperación». La desesperación de las aguas turbulentas girando sobre sí de manera incesante; la necesidad de devastar, de hacer caer a golpes lo que se antoja como innecesario e inútil, la lógica de las catástrofes, el absurdo de la vida como única manera de acercarse al elixir de la inmortalidad: la capacidad de asimilar el instante siguiente, la valentía de aceptar lo ahora inexplicable. Y todo ello cuando en la mirada se carga la pólvora de los amores no correspondidos. De ahí a las grandes explosiones hay un trecho muy pequeño; y, ya se sabe, de grandes explosiones nacen ciertos cuerpos celestes o las islas más bellas. Y es bello este libro porque, además de sublimación del dolor, se aprecia de manera palpable la búsqueda de la trascendencia a través de la comprensión del porqué de la herida, aunque por momentos puedan parecer sumamente desesperadas las palabras de la autora, como estas: «Se embriagaba con el sabor de lo imposible, único alcohol que sirve de base a todas las mezclas de la desgracia» o como estas otras, pura apología de la catástrofe: «Sólo la derrota encuentra llaves y abre puertas».

Yourcenar carga sobre la mitología griega, como ya han hecho otros autores, el peso de la búsqueda de las constantes universales, esa esencia de lo humano que siempre está y ha estado ahí pero que se resiste por igual a revelarse a cada generación: esas constantes que explican el difícil equilibrio que procede de la búsqueda de un intangible como es la felicidad (que siempre parece faltar) y de la incapacidad para concentrar la mirada en los hallazgos realizados hasta el momento de efectuar dicho balance existencial. Los puntos de referencia sobre los que Marguerite Yourcenar ancla la búsqueda de su noción del amor son: Fedra (desesperación), Aquiles (mentira), Patroclo (destino), Antígona (elección), Lena (secreto), María Magdalena (salvación), Fedón (vértigo), Clitemnestra (crimen) y Safo (suicidio). No hay una ilación como tal entre los diferentes textos, sino que cada narración, seguida de unos aforismos y breves pensamientos, muestra diferentes estados de maduración de una nueva idea, que busca demoler los cimientos sobre las que se asentaban las anteriores, las que se mostraron como fallidas.  

Este es un libro de los que reconforta —¿será por aquello de que el dolor y el sufrimiento igualan y acercan a los hombres?—, porque además del exabrupto propio del vómito de lo que no se quiere dentro del cuerpo, «Hay que triturar el corazón humano para extraer de él un dios», hay un envés mucho más calmo y menos desesperado, donde la maduración de la experiencia fabrica el elixir de la aceptación, donde a fuerza de «verter el vino del deseo y vaciar el frasco de los recuerdos (esos ángeles incorruptibles)», cada constatación del rechazo lo devuelve a uno a iniciarse en los siempre inhóspitos caminos de la sabiduría (maduración). Y aunque sea a fuerza de desgastar las palabras de la autora, vale decir que la escritura del libro se justifica cuando en el relato de Antígona o la elección se lee: «Todo el dolor al que uno se abandona, acaba por convertirse en serenidad». Y ese es el sentimiento que a uno le deja el libro cuando lo termina: tras muchas páginas de abandonarse al dolor, viene la serenidad; a fuerza de abandonarse a «los perros del miedo y a los lobos de la venganza», poco a poco, un día quizá lejano, como decía Rilke, uno se adentra en el camino a la respuesta; mientras tanto se ha de vivir las preguntas como si fueran habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extraña. Por ello hay que abandonarse a la tormenta de esta lectura, convencidos de aparecer unas pocas páginas más allá, meses después incluso, en la serenidad que ofrece su comprensión.