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Fuegos,
Marguerite Yourcenar, 1935
Editorial Punto de Lectura, 2000
Traducción de Emma Calatayud
ISBN: 84-663-0150-X
por rubén a. arribas
Aunque sea obvio
el juego de palabras al que se presta el título, no está de más
comenzar por decir que sí, que este es uno de esos libros capaces
de arder desde la primera hasta la última página y de aguantar y
prolongar esa llama hasta que uno accede al destino final del libro
y comienza, tarde o temprano, la relectura de los fragmentos que
intentó cercar el grafito del lápiz. Aquí hay madera suficiente
como para que uno, incluido Groucho Marx, «se despierte envuelto
en el incendio de su propia sangre», tal y como dice la propia Marguerite
cuando habla de la metáfora del fuego y el amor. Es un bosque tan
poblado el que ofrece la autora, que sería mejor dejar que ella
hablara a través de los recortes que hice de su texto, y hacer justicia
así al ímpetu con que crepita cada una de sus líneas, en vez de
tratar de comentarlas. Perdonen desde ya si las ramas no me dejaron
ver el bosque: no pude contenerme.
Corría
el año 1935 y Marguerite Yourcenar tenía treinta y dos años, cuando
la crisis pasional de marras, sin la cual parece no haber literatura,
teatro, música o vaya a usted saber qué cosas que nos conmueven
tanto, la arrojó a los mares del desastre emocional, la ansiedad
y la desesperación, cualidades muy humanas, por otro lado, en este
tipo de situaciones tan desventajosas para el ánimo y que ponen
la vida a transcurrir de un modo tan especialmente sensible. Desconozco,
y además tampoco importan, los detalles de aquella ruptura, silenciados
además en el sentido literal del texto, aunque no en todos los demás
sentidos (¿Rimbaud?); sin embargo, lo que fascina y cautiva de este
libro es la pureza en la formulación que alcanza Yourcenar durante
el estado de completa donación y expectoración del desastre
en que se convierte su vida, tras el hundimiento de toda esa carga
de futuro de la que se hace depositario al amor, «Amor mi duro ídolo,
tus brazos tendidos hacia mí son vértebras de alas»: ese diálogo
que uno establece consigo mismo por pura necesidad de sobrevivir
a la decepción, causada por ver cómo cae al vacío la posibilidad
que se mantenía en vilo sobre la esperanza de vencer en compañía
de alguien la soledad de saberse efímero y prescindible dentro de
este mundo.
La decepción como
elemento iniciador de la toma de conciencia; el amor,
vitalismo humano donde los haya, que no sabemos bien lo que es aunque
tengamos noticias de su capacidad para convulsionar los resortes
existenciales del individuo; su escritura, la escritura sobre lo
sucedido como mecanismo de defensa y ordenación, pero a la vez de
demolición del pasado y de construcción del porvenir de uno mismo...
«Casandra aullaba sobre las murallas, dedicada al horrible trabajo
de dar a luz al porvenir». Puede que estos sean tres ejes válidos
a los que referir la necesidad de la autora por saturar de color
frase tras frase: cada palabra contiene en sí, a modo de pigmento
para la pincelada, una ternura infinita, la cual busca limar las
aristas cortantes que afila y estimula la obsesión por la felicidad
que este tipo de rechazos despierta. Y el rechazo, en última instancia,
es una invitación al conocimiento del por qué del mismo, es decir,
aun sin quererlo o pretenderlo se convierte, junto a la decepción,
en ofrenda para el rito iniciático que siempre supone conocer lo
desconocido. O como dice la autora: «Se llega virgen a todos los
acontecimientos de la vida». Casi nada.
La escritura de Marguerite
Yourcenar guarda en el trasfondo ese desencanto brutal que ofrece
no pocas veces la vida como moneda de cambio frente a las ilusiones,
y que tan bien describió Cortázar en uno de sus poemas: «Esta ternura
y estas manos libres [...] Entonces, ¿nadie quiere esto?» Si rebuscamos
entre los textos de Fuegos, en Fedón o el vértigo,
por ejemplo, podríamos encontrar muchas claves que avalen lo dicho
anteriormente, entre ellas una especialmente significativa: «Pero
aquel joven dios distraído me había comprado para agradar a Sócrates:
por primera vez en mi vida me sentí rechazado, y aquel humillante
rechazo me entregaba a la Sabiduría». Decepción. Rechazo humillante.
Apertura inevitable al conocimiento. Son los términos de una ecuación
ya conocida desde la antigüedad.
En la introducción,
escrita por la propia autora, se hace un análisis estilístico del
libro poco discutible por lo certero e ilustrativo del mismo. Según
dice ahí, ese momento concreto de su vida le exigía escribir una
prosa lírica con un estilo tenso y florido, saturado en ocasiones
de «audacias verbales y juegos de palabras», tratando de encontrar
así en esa suerte de expresionismo barroco, donde las metáforas
incluso se superponen las unas a las otras, el fiel reflejo del
fervor y la complejidad de las emociones. Es ella, la autora, quien
incluso advierte al lector del riesgo de haber podido caer en el
exceso y en la sobrecarga, incluso en algunas metáforas forzadas
o en haber afectado demasiado alguno de los conceptos que necesitaba
expresar. Si tenemos en cuenta que el libro fue escrito y publicado
en 1935, revisado sin apenas cambios en 1957 y que la introducción
a la que se hace referencia está escrita en 1967, encontramos por
un lado que este libro, que ella quería que nadie leyese, fue piedra
angular en su vida emocional y literaria y, por otro lado, que es
esa Marguerite Yourcenar, la que habla en el prólogo más de treinta
años después sobre aquella gran crisis, la que destila una pureza
y exactitud en las palabras que solo puede ser explicada tras haberla
buscado mucho tiempo antes y a través de un libro como este. O en
palabras suyas: «Este baile de máscaras ha sido una de las etapas
de una toma de conciencia».
Hay modos y modos
de comenzar un libro; este lo hace pisando el acelerador en la curiosidad
del lector: «Espero que este libro no sea leído jamás». De ahí,
hacia arriba. La única manera de poder disfrutar este libro es aceptar
ser arrastrado por las turbulencias y las corrientes con que le
desborda a uno cada frase. Intentar contener o cercar cualquiera
de los textos y pretender un placer que resida exclusivamente en
el análisis estrictamente literario, puede ser considerado una pérdida
de tiempo: el deleite de este libro está en la virulencia del color,
en los destellos de luz que irrumpen y que acompañan a una escritura
orgánica, viva, sobre la que el lector no tiene control ni puede
tenerlo. Valga el símil surfista, si lo que quiere es no perecer
ahogado por parte de quien lee: hay que coger la ola, subirse encima
y seguirla hasta el final, sea cual sea este. Cuando uno se convierte
en destinatario privilegiado de un texto escrito desde la desesperación,
desde la sensación del desastre emocional permanente, no queda otra
solución que la valentía de dejarse arrastrar y ver adónde conduce
el extravío de otros.
La desmedida en su
expresionismo barroco se aparece frente al lector como un tanque
avanzando por una gran avenida, listo para aplastar cuanto caiga
bajo sus ruedas. En la conclusión del libro habla la autora de que
«No puede construirse una felicidad sino sobre cimientos de desesperación».
La desesperación de las aguas turbulentas girando sobre sí de manera
incesante; la necesidad de devastar, de hacer caer a golpes lo que
se antoja como innecesario e inútil, la lógica de las catástrofes,
el absurdo de la vida como única manera de acercarse al elixir de
la inmortalidad: la capacidad de asimilar el instante siguiente,
la valentía de aceptar lo ahora inexplicable.
Y todo ello cuando en la mirada se carga la pólvora de los amores
no correspondidos. De ahí a las grandes explosiones hay un trecho
muy pequeño; y, ya se sabe, de grandes explosiones nacen ciertos
cuerpos celestes o las islas más bellas. Y es bello este libro porque,
además de sublimación del dolor, se aprecia de manera palpable la
búsqueda de la trascendencia a través de la comprensión del porqué
de la herida, aunque por momentos puedan parecer sumamente desesperadas
las palabras de la autora, como estas: «Se embriagaba con el sabor
de lo imposible, único alcohol que sirve de base a todas las mezclas
de la desgracia» o como estas otras, pura apología de la catástrofe:
«Sólo la derrota encuentra llaves y abre puertas».
Yourcenar carga sobre
la mitología griega, como ya han hecho otros autores, el peso de
la búsqueda de las constantes universales, esa esencia de lo humano
que siempre está y ha estado ahí pero que se resiste por igual a
revelarse a cada generación: esas constantes que explican el difícil
equilibrio que procede de la búsqueda de un intangible como es la
felicidad (que siempre parece faltar) y de la incapacidad para concentrar
la mirada en los hallazgos realizados hasta el momento de efectuar
dicho balance existencial. Los puntos de referencia sobre los que
Marguerite Yourcenar ancla la búsqueda de su noción del amor son:
Fedra (desesperación), Aquiles (mentira), Patroclo (destino), Antígona
(elección), Lena (secreto), María Magdalena (salvación), Fedón (vértigo),
Clitemnestra (crimen) y Safo (suicidio). No hay una ilación como
tal entre los diferentes textos, sino que cada narración, seguida
de unos aforismos y breves pensamientos, muestra diferentes estados
de maduración de una nueva idea, que busca demoler los cimientos
sobre las que se asentaban las anteriores, las que se mostraron
como fallidas.
Este es un libro
de los que reconforta —¿será por aquello de que el dolor y el sufrimiento
igualan y acercan a los hombres?—, porque además del exabrupto propio
del vómito de lo que no se quiere dentro del cuerpo, «Hay que triturar
el corazón humano para extraer de él un dios», hay un envés mucho
más calmo y menos desesperado, donde la maduración de la experiencia
fabrica el elixir de la aceptación, donde a fuerza de «verter el
vino del deseo y vaciar el frasco de los recuerdos (esos ángeles
incorruptibles)», cada constatación del rechazo lo devuelve a uno
a iniciarse en los siempre inhóspitos caminos de la sabiduría (maduración).
Y aunque sea a fuerza de desgastar las palabras de la autora, vale
decir que la escritura del libro se justifica cuando en el relato
de Antígona o la elección se lee: «Todo el dolor al que uno
se abandona, acaba por convertirse en serenidad». Y ese es el sentimiento
que a uno le deja el libro cuando lo termina: tras muchas páginas
de abandonarse al dolor, viene la serenidad; a fuerza de abandonarse
a «los perros del miedo y a los lobos de la venganza», poco a poco,
un día quizá lejano, como decía Rilke, uno se adentra en el camino
a la respuesta; mientras tanto se ha de vivir las preguntas como
si fueran habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua
extraña. Por ello hay que abandonarse a la tormenta de esta lectura,
convencidos de aparecer unas pocas páginas más allá, meses después
incluso, en la serenidad que ofrece su comprensión.
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