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Karmelo Fernández
Gañán
Karmelo Fernández Gañán, Madame Lelann
se peina con el cuchillo de la carne
Viuda de Gutenberg editores. Difor Multimedia, S.L.
ISBN-84-922361-4-0
por rubén a. arribas
«A
los que se emocionan sin temor a ser descubiertos»: Así abre su
libro Karmelo Fernández Gañán. Este comienzo, lo bastante sugerente
como para una vez soltada dicha página inicial, dejar en manos del
propio libro la tarea de viajar hacia los pasajes que él creyera
más interesantes, me arrojó sin mayor dilación a las siguientes
palabras escritas sobre la arena blanca... «Sólo soy un náufrago
en las lagunas de tu memoria, un recuerdo sepultado bajo la losa
del olvido. He tratado de abandonar infinidad de veces esta isla
perdida en medio del inmenso páramo acuoso que me separa de ti,
pero mis más denodados esfuerzos sólo han conseguido la áspera respuesta
del silencio. Soy un recuerdo olvidado.» Levanté la vista
y vi sobre las estanterías otros libros que despertaban cierto interés
en mí, pero continué con la exploración del que tenía entre las
manos, que parecía ponerse interesante. Las últimas líneas pertenecían
a la página 47 y eran el comienzo del relato ¿Dónde habéis ido
a parar?
Hace frío en Pamplona: es febrero; sin
embargo, en la librería hace tal calor que he de desabrocharme el
abrigo para no sudar. Ni el autor ni la editorial los conozco. Ojeo
la solapa, leo la contraportada y, por supuesto, me fijo en cuánto
cuesta: «Tapas duras y precio algo elevado para un experimento;
hay que tomar más precauciones antes de que en el viaje de vuelta
vaya lamentándome de la compra a golpe de corazonada», me digo.
Entonces dejo al libro que sea él de nuevo quien anime mi curiosidad...
«Me miro las manos mientras arranco las plantas del jardín. Están
secas de no abrazar a nadie. Mis manos y las plantas, están secas.
Tienen llagas de sujetar con rabia esta hoz que decapita sentimientos;
pero los sentimientos no tienen cabeza, tienen sólo corazón. Un
corazón que bombea sangre amarga». El golpe es seco; la sensación,
intravenosa. He de reconocerlo: noto cómo el azar me ha inoculado
ya el virus y este comienza a reproducirse. Busco el título del
relato al que pertenecen esas líneas: Schneid mein Sichel
(Corta, hoz mía), basado en una canción medieval alemana.
Un título en alemán... No sé... «Sólo los reflejos saben que el
país de las ilusiones está cerca del infinito». De repente, las
primeras hebras del convencimiento se trasmutan en pegamento sobre
la yema de los dedos y el eterno mirar a ver cuánto cuesta y razonar
si merece la pena arriesgarse, además de un no menos insistente
recuento de los más de veinte libros sin leer en casa, termina por
convertir el «¿me lo compro?» en la pregunta existencial de la mañana.
Viendo el cariz que estaba tomando el asunto, decido tomar el mando
de las operaciones y pasar página yo mismo, suprimiéndole así al
libro algunas de las libertades que se había tomado. Tras un par
de devaneos me encuentro anclado en un nuevo pasaje: «’Mira, pues
si no hay siesta, un libro y un whisquecito no vendrían mal’, se
dijo León incorporándose del sofá. Abrió el mueble-bar y se sirvió,
sin hielo, por supuesto, no menos de seis dedos de un escocés pure
malt, tan fuerte que hasta al gaitero de la etiqueta le flaqueaban
las piernas. El primer sorbo fue Moderato assai, para degustar
el brebaje. La segunda embestida podríamos definirla como un Allegro
con brío, vamos, un tremendo lingotazo». Río, y vuelvo a ejecutar
esa monótona maniobra con que uno pretende parecerle inexpugnable
a los libros de los que no tiene referencias previas: censura inquisitorial
sobre el título, inspección rigurosa de los datos de la solapa,
observación minuciosa de la portada como si fuera un cuadro expuesto
en la sala de un museo, lectura y relectura sistemática de la contraportada
y mirada con lupa de aumento para congraciarse o no con el precio;
y así vuelta y vuelta a empezar, hasta que uno se da cuenta de que
conviene parar porque se está llegando ya a la patología y el libro
tiene una pinta excelente y que por ello hay que comprárselo.
«Me lo voy a llevar», digo entre dientes;
sin embargo reparo por quincuagésima vez en el título: un anzuelo
perfecto para mis debilidades por el surrealismo. Tanto es así que
lo siento tironear y forcejear con mis zapatos, suave pero con firmeza,
para llevarme hacia la caja antes de que me arrepienta. Resisto
y leo algunos pasajes más. «Mañana en el sermón de la misa el cura
volverá a advertir sobre los peligros del alcohol, el demonio del
vicio. ¿Qué sabrá ese idiota? No nos mata el vodka, Nikolashka.
Nos mata la soledad, el frío». No puede ser, abra por donde abra
el libro me muestra sus mejores galas. Esta vez el relato se llama
Blanco y está ambientado en Rusia. ¿Rusos también? Miro,
no sé por qué, el índice para contabilizar cuántos relatos hay,
y veo que uno de ellos se llama Tren a Kiev. Más rusos...
¡Y un texto basado en un poema de Yeats! «Me voy a llevar media
docena y los regalo», sueño. He pasado de la duda sobre si llevármelo
a la certeza de que estoy ante un descubrimiento de vital trascendencia
y que no me perdonaría jamás no habérmelo comprado. No puedo dar
crédito al hallazgo y al cómo se ha producido, y es esa indescriptible
sensación comfortable que dan las pequeñas victorias sobre la monotonía
de lo previsible lo que me está invadiendo.
El suceso tuvo lugar en la calle Comedias,
de Pamplona, en una bonita librería que hace esquina de cuyo nombre
el pacharán del tiempo, imagino, me impide acordarme, y a la que
entré un lunes de febrero por la mañana sin saber muy bien qué es
lo que buscaba, pero de la que salí con este magnífico libro que
después devoré en el camino de vuelta a Valencia.
De las muchas otras cosas que se me ocurren
decir de esta colección de relatos que componen Madame Lelann
se peina con el cuchillo de la carne, hay una que me parece
inevitable: léanlo; dudo de que se vayan a arrepentir. Karmelo es
un buen narrador, preciso y sobrio, un tanto matemático en algunos
momentos por lo conciso que se muestra, pero que no rehuye del lirismo
ni de la ironía, aun cuando se trate de enfrentar las veredas más
dolorosas: el suicidio o la soledad, por ejemplo. Hay sustancia
y cosa rica que llevarse a la boca en su libro, como quedó reflejado
más arriba; sin embargo, esa carnaza no está dejada caer así sin
más, sino que viene bien administrada por un estilo narrativo capaz
de generar una sensación de equilibrio en todo momento y que logra
conducir el relato de manera verosímil, aun habiendo partido de
una situación pasada de rosca, como en Pastel de brócoli,
lo que permite disfrutar al lector de vez en cuando del hallazgo
de la aguja en el pajar: en medio de la aparente tranquilidad se
puede encontrar con frecuencia un destello, un reflejo que revela
dónde está escondida una de esas agujas.
En Pastel de brócoli, Karmelo arma
una divertidísima historia, cuyo trasunto explica el barón y protagonista
J.P. Koobs, al hilo de los gases que son provocados por el pastel
de brócoli: «Los gases son mi perdición, pero he decidido unilateralmente
desdramatizar su mala aceptación popular». En este relato hay tiempo
para que el barón J. Koobs provoque la admiración de la concurrencia
con una sonora ventosidad, hable de la localización de las facultades
intelectuales y morales en el córtex cerebral, revise aquello del
alma única e inmaterial de Descartes, o acabe, a modo de corolario,
dando su propia definición de hombre: «El hombre no es más que una
máquina, sencillamente una compleja y romántica acumulación de moléculas.»
Por supuesto el protagonista tiene tiempo para esto... y también
para flirtear con la fogosa Condesa P. Sola, enamorarla perdidamente
en dos minutos, embarazarla perpetrando un adulterio acto seguido
y abandonarla finalmente. En fin, Boris Vian se hubiese sentido
orgulloso de este relato.
Hay en cada texto, de manera permanente,
un querer meterlo todo, como decían en su momento Virgina
Woolf y luego Cortázar, que dinamiza la prosa de Karmelo Fernández
y que, aun cuando no todos los relatos están al mismo nivel, sí
que le permite a uno pescar siempre algún pececito en río tan revuelto.
Karmelo salta de la soledad al sexo; del sexo al suicidio; del suicidio
a lo absurdo; de lo absurdo a lo lírico (de Beckett a Yeats y tiro
porque me toca); de lo lírico a lo hiperreal, como en Raquel;
de la prosa al poema en prosa; animándose tanto con la vida cotidiana
como con escenas de un clásico ruso o con paisajes oníricos, llegando
incluso a trufar un relato policíaco con algunas líneas sobre
la construcción de ideas y la demolición de los muros ideológicos
que formamos, que parece poner en circulación a algún semiólogo
francés (¿Roland Barthes?).
Al final del libro, en lo que Karmelo llama
el Epizafio, encontramos algunas claves para interpretar
los diferentes niveles o lenguajes que aparecen solapados en los
relatos. El Lobo lobotomizado, El Licántropo Misántropo, La Pitonisa
Concisa, El Terrorista poético, El Metafísico Cuántico y la Inefable
Xgfdgtrythyttercy son las diferentes personalidades que parecen
haber alimentado desde lo invisible de la oscuridad las invocaciones
del autor frente al oráculo; ese oráculo que es la mente o, usando
las palabras del autor y alterándolas ligeramente: ciénaga repleta
de sentimientos en la que alguien subyace en sus áreas menos exploradas.
¿Se entiende ahora por ejemplo lo necesario de la lobotomía? Son
esos personajes los que componen para Karmelo lo que uno
de sus personajes llama textos híbridos, a los que el lector les
buscará un sentido y para los que este, siempre según el protagonista
de Tren nocturno a Kiev, encontrará la relación interesada
que justifica sus demandas, pues «las palabras carecen de sentido»
y son «los significados quienes flotan en el limbo de las sustancias
amorfas y luchan en un vertiginoso pandemónium hasta que se adhieren
y preñan a algún significante despistado». Así aparecía en mitad
del relato, como quien no quiere la cosa.
¿Comprenden ahora por qué tuve que salir
de la tienda con el libro bajo el brazo?
PS: Intenté ponerme en contacto con la
editorial para entrevistar a Karmelo, pero nunca obtuve respuesta.
Mala suerte. A través de la red tampoco he logrado localizar nada
ni de él ni de la editorial. Si alguien quiere localizar el libro,
supongo que con el ISBN será suficiente. La dirección de correo
postal es: Grupo Aiega, nº 15. 48530 Ortuella, Bizkaia.
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