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Sarah Kane, Complete plays: Blasted. Phaedra’s love. Cleansed. Crave. 4:48 psychosis. Skin

Editorial Methuen, www.methuen.com
ISBN 0-413-74260-1

por rubén a. arribas

Hablar de este libro, que sólo pude encontrar en inglés y a un precio escandaloso para ser de tapas blandas, es un paso más dentro del proceso personal de acercamiento a esta autora fascinante. Mi descubrimiento fue no hace mucho, a raíz de ir al teatro y ver 4:48 Psicosis, dirigida por Guillermo Heras y representada por Teatro del Astillero; hasta ese momento desconocía por completo quién era Sarah Kane. Como el noventa por ciento de las veces, sin leer el programa de mano (que suelo leer en el camino de vuelta a casa para saber si hemos visto la misma obra), entré en la sala Rialto a ver qué pasaba. Lo que sucedió es que me encontré con un texto que sentí como propio; hacía tiempo que no encontraba algo tan personal y tan vivo como esa manera de escribir que tiene Sarah Kane. Imagino que la traducción y dramaturgia de Carla Matteini tuvo su cuota de responsabilidad; por ello: gracias y felicidades.

Le decía Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik, otra escritora suicida, en una carta donde hablaba sobre la publicación por parte de ésta de Los trabajos y las noches: «Me dolió tu libro, es tan tuyo, sos tan vos en cada línea, tan reticentemente clara, tan por debajo y por adentro.» Un sentimiento semejante es lo que uno encuentra cuando lee a Sarah Kane. Y subrayo: hablo de sentimiento. Hablar de este libro es querer desmenuzar un sentimiento de dolor que es de por sí inabarcable; leer sus 267 páginas es asegurarse un viaje lisérgico por el lado más salvaje y brutal de la vida: el que habla con propiedad de la insoportable desesperación que puede suponer el acto de vivir y que obliga a ciertas personas a dejar en negro sobre blanco una ansiedad a la que no hay manera de poner freno, y que echa abajo todas las puertas de otra lógica que no sea la de la compulsión de las emociones. Cada obra es una expectoración continua: frases cortas y contundentes (apenas hay algún monólogo), palabras llenas y directas a ahondar en la crueldad de que es capaz un ser humano con otro, golpes cargados de rabia que buscan en la propia necesidad de golpear una explicación a por qué se golpea para poder sobrevivir. Los personajes hieden, exudan lo peor de que somos capaces, no hay lugar prácticamente al gesto amable: estamos llenos de mierda hasta las orejas y no sabemos sacárnosla de encima si no es tirándosela a los demás. No hay concesiones.

La manera de escribir de Sarah Kane es precisa; podría decirse que incluso minimalista: hay pasajes en que los personajes intercambian líneas de diálogo donde tan solo alternan síes y noes, en Crave, o donde uno de los personajes repite y repite una frase hasta casi dar la sensación de volverse loco: «¿Qué me han hecho?», Crave. Los textos plantean situaciones que buscan pegar desde el inicio a quien las enfrente y ponerlo contra las cuerdas; no hay tiempo que perder, sugiere la autora mientras da rienda suelta a su espíritu transgresor, que parece hablarse gran parte del tiempo a sí mismo sobre la imposibilidad de relajarse un solo segundo, y de la necesidad de comprimir lo más intensamente posible la ansiedad de que es capaz en cada palabra que se escupe.

Phaedra’s love comienza con Hippolitus masturbándose. Cleansed comienza con un tipo que luego resultará ser un sádico redomado, Tinker, calentando una cucharilla... Crave se abre con las siguientes líneas de diálogo:

«C.—Estás muerto para mí.
B.—Mi voluntad dice: jode esto y te perseguiré el resto de tu puta vida.
C.—Él me está siguiendo.
A.—¿Qué quieres?
B.—Morir.
C.—En algún lugar fuera de la ciudad, le dije a mi madre: Estás muerta para mí.»

4:48 Psychosis, la obra donde Sarah Kane habla a tumba abierta sobre el suicidio, empieza con un largo silencio, y luego: «Pero tienes amigos (silencio largo). Tienes muchos amigos. ¿Qué les das a tus amigos para que te apoyen tanto?».

De las seis obras, la primera, Blasted, es la que encuentro más floja en relación a las otras; pero es porque estas tiene momentos auténticamente soberbios. Phaedra’s Love tiene una escena, la sexta, por la que daría mi mano y al igual que Cleansed, en conjunto, es de tal contundencia y es tan contestataria que los Sex Pistols más anarquistas, aun en sus mejores tiempos, quedan a la altura de los Teletubis. Crave es una gozada en cuanto a ritmo y experimentación en la escritura. 4:48 Psychosis es una obra de madurez, íntima, que compendia el sentimiento general que transmite el resto de sus obras. Skin es sencillamente demoledora en cuanto a su contenido social y emocional, además de espléndida en su riqueza de imágenes.

Skin puede ser un buen ejemplo para poner de relieve alguno de los talentos de Sarah Kane como escritora. Esta obra, que ella subtitula Una película de diez minutos, contiene todo lo deseable para alguien que quiere contar una historia de una manera original y además quiere contarla bien. Primera escena: en apenas una hoja tamaño A5 por delante y por detrás, con una limpieza, elegancia y concreción dignas de elogio, logra presentar todos los elementos que luego le permiten desarrollar y sostener la obra: Billy, un skin cuyo exceso de virilidad masculina, autoafirmada a través de sus sólidos principios xenófobos, le lleva a flirtear con su vecina negra de enfrente, Marcia; un contestador automático que dice que Billy está durmiendo; un colega que llama al protagonista y deja grabada la consigna para esa tarde «¡Machacar a los bastardos!»; Neville, un tipo negro y mayor que planta cannabis; una madre preocupada que llama por teléfono y deja un sencillo mensaje en el contestador de «estoy preocupada»; una narradora que deja caer, casi sin que uno se dé cuenta, que «él trata de aparentar ser duro». La escena se cierra con él pintándose una swastika en su puño derecho. Así de sencillo: genial. Luego, en veinticuatro escenas, en muchas de las cuales no hay diálogo, se arma una historia donde la brutalidad del personaje principal no resultar ser tan ilógica, sino que es un mero subterfugio en el que ponerse a cubierto frente a las carencias afectivas que lo desbordan. La manera de contar de Sarah Kane tiene eso: La historia parte con un personaje, como ella hace habitualmente, indeseable y odioso para el lector; y en algún momento esa brutalidad que muestra dicho personaje se quiebra y uno se ve obligado a sentir ternura frente al monstruo. Sentimiento agridulce. Uno de los grandes méritos de Sarah Kane es la verosimilitud con que es capaz de hilar tan fino y encontrar ese minúsculo hueco que incluso los personajes más sórdidos, por muy inmunes que se sientan gracias a su brutalidad y crudeza, acaban dejando a la vista por ser demasiado el sobreesfuerzo que exige fingir en la vida a tiempo completo... Es ese punto débil por donde espiar (y expiar) el sufrimiento, sin moralina ni ñoñería, tan solo la crudeza de sentirse y saberse vivo.

«Marcia.—¿Nunca tocaste antes a una mujer negra?
Billy.—Sólo con un bate de béisbol.»

Sin embargo la fuente de la debilidad es el deseo, así que escena tras escena asistimos a cómo la brecha abierta sobre Billy, inicialmente pequeña, se acrecienta hasta que es esa misma rigidez de sus sólidos principios, al encontrar la horma adecuada, lo que termina por hacerlo vulnerable. Así se justifica que aparezca en la escena cumbre travestido con las ropas de Marcia, la mujer negra, y diciendo una única palabra: «Mamá». Máxima concreción y poder detonador para una palabra y una imagen, contextualizados con absoluta maestría en el hilo narrativo de la obra. Sin que se pierda un ápice la tensión, las siguientes escenas conducen al intento de suicidio... después de haber consentido que ella le borrara los tatuajes nazis, símbolo último sobre la piel y que le une con su pasado más inmediato. Y todo el planteamiento de la historia es perfectamente lógico y a la vez alegórico; la coherencia impera, no hay lugar para lo idealizado: la realidad hiede donde ha de hacerlo y la ternura se derrama en las heridas exactas, con cuentagotas, pero en la medida justa para lubrificar una historia que si no podría chirriar de tan exagerada como es la violencia que hay en ella por momentos.

Sarah Kane equilibra muy bien los componentes que intervienen en sus obras, cualidad que además potencia con una capacidad poética muy rica en imágenes, las cuales son capaces de proponer varias lecturas en una sola; es decir, encontramos textos modernos en cuanto a lo situacional y clásicos en lo que se refiere a su trasfondo: lo que preocupa es lo universal, que es lo que nos tiene en vilo y sin dormir muchas noches a la mayoría. A eso, ella le une su incuestionable capacidad sintética y un excelente dominio técnico del ritmo dramático. Y no se trata de la insípida vanguardia de turno: es más fácil encontrar a Shakespeare dentro de cualquiera de las obras de Sarah Kane que a cualquier otro; quizá también, entre los contemporáneos, a Harold Pinter y su poética de la sustracción. Si uno se esfuerza hasta encuentra guiños literales: «I am not that I am, I am what I do», ¿revisando el  «I am that I am» del soneto de Shakespeare?

Sarah Kane escribe maravillosamente bien. Su extrema lucidez y su sensibilidad, que tan malas pasadas le jugaron, le permiten disparar cada una de sus palabras con una precisión terrible para quien las recibe. En ella está presente ese difícil equilibrio entre lo patológico de ciertas compulsiones y obsesiones, a raíz de carencias afectivas muy íntimas y determinantes, y la extraordinaria lucidez con que determinadas personas reaccionan frente a ello y que la lógica, asustada, llama locura. Es un umbral peligroso y que está restringido solo a unos pocos: aunque la vida de Sarah Kane fuera el mayor de los desastres, su escritura manifestaba un equilibrio envidiable; y por ello su escritura duele, porque sabe cómo doler: hay en ella un refinamiento exquisito a la hora de volver fértil los páramos arrasados en otro tiempo por el dolor, un saber escribir, una técnica depurada en lo que Alejandra Pizarnik podría haber dado en llamar la extracción de la piedra de la locura. Además, detrás de su escritura hay una necesidad compulsiva de hacerlo, que la dota de un vigor que otros no tienen: sus personajes son pura necesidad de vomitar, follar y masturbarse, a modo de expectoración. Como dice el negro Neville a Billy, al final de Skin, tras vomitar este último la sobredosis de pastillas ingeridas para suicidarse: «Es mejor fuera que dentro, hijo. Estás bien.» Alegoría moderna para el descenso a los infiernos. Ante todo expectorar, si se quiere salir; lástima que la autora quedara atrapada. Y aunque sea redundar, valga Crave como ejemplo, pues es una suerte de ametralladora donde cuatro personajes, que son perfectamente intercambiables entre sí, disparan uno tras otro lo primero que se les viene a la cabeza. No hay acotaciones, no hay acción, no hay sino un discurso polifónico, multifrenia pura y dura, una necesidad de aclarar el discurso a fuerza de escupir y vomitar palabras.

Dicho lo dicho hasta llegar aquí, quizá sí sea el momento de encarar el hecho de que Sarah Kane se suicidó a los veintiocho años, el 20 de febrero de 1999. No oculto que ese hecho me conmueve, y no solo por proximidad temporal. Su vida no fue precisamente un camino de rosas, por lo que se puede leer tanto en la introducción del libro como en diverso material que hay por la red. En este sentido me parece acertado lo que dice Carla Matteini en el díptico donde se presentaba la obra de teatro: Sarah Kane murió de imposibilidad de vivir; las modernas medicinas de los psiquiátricos no pudieron detener el deterioro progresivo de su capacidad de resistir un sufrimiento que terminó por convertirse en excesivo. El sufrimiento arroja a uno a la lucidez y a tomar conciencia; un sufrimiento excesivo lo entrega a uno directamente a la muerte. ¿Alguien tiene la receta para mantener el equilibrio? No hay nada de heroico en el arquetipo del artista suicida, por mucha aura de malditismo que se levante alrededor cuando este ya está muerto y sólo su texto sobrevive, salvo reflexionar lo mucho que da que sentir una autora que podría haber estado y ya no está, como tantos otros. Este mundo, y nosotros con él, es una máquina perfecta e insensible de aniquilación, que parece no reparar en que vivimos y morimos en él y que lo sentimos hostil gran parte de ese tiempo... Algunos tan hostil e insoportable, que necesitan marcharse antes que otros. No hay nada ahí que promover o promocionar para que otros lo imiten: es una decisión personal. A quien le toca, le toca y bastante sufre ya con su incapacidad para superar la soledad, la depresión o dominar su espíritu autodestructivo, como para convertirlo en un referente; preferiría que Sarah Kane estuviese viva a que hubiese escrito estas seis magníficas obras. Tal y como aparece en un artículo de Aleks Sierz sobre esta autora, «Es la misma depresión la que afecta tanto a los artistas como a las cajeras de los supermercados; así que, ¿por qué canonizamos a unos y estigmatizamos a otros? La enfermedad mental no respeta las profesiones.»

Para terminar, cantaban Los Planetas en su primer disco, Super ocho, a modo de homenaje a Ian Curtis, cantante de Joy Division (uno de los grupos favoritos de Sarah Kane), y que se suicidó también colgándose, algo como esto:

«Hay un cuerpo girando en la cocina. El final de una cuerda atado a una vida. Toda la tarde viendo películas. Hoy es 18 y ella se ha ido. Hace demasiado tiempo; ahora ya no está conmigo... Demasiado tiempo metido en este sitio. Y ahora estoy hablando sin sentido: la vida pendiente de un hilo. Me gustará saber lo que has sentido, si nunca nadie ha entendido. Estaba dando vueltas por toda la casa, he encontrado algunas fotos que hace tiempo no miraba; esos recuerdos parten mi alma. Si hubiera encontrado las palabras, ahora no estaría solo en casa; tan solo dos palabras sensatas, pero no pude decirte nada. Qué puedo hacer, si no puedo hacer nada para acabar con algo que no acaba.»

Disorder. Desorden.