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Erasmo de Rotterdam,
Elogio de la locura
por santiago parres
versión imprimible (pdf) en
http://www.inicia.es/de/diego_reina/moderna/revolcient/erasmo_locura.htm
Ya en el prefacio
a su amigo Tomás Moro, el humanista Erasmo de Rotterdam (1469-1536)
le avanza que su Elogio de la locura (Moriae encomium,
1511) puede ser tomado como una frivolidad indigna de un teólogo.
Auguraba el autor que su nuevo escrito no iba a pasar inadvertido,
para bien o para mal.
Erasmo había sido
clérigo, y a los veinticuatro años, convencido de ser un extraño
entre ignorantes, resolvió dedicarse al estudio de las letras. En
esta obra deja patente su conocimiento de los clásicos casi en cada
página, pues las citas de los poetas y trágicos antiguos, como también
de la mitología, son constantes, en ocasiones para mostrar su desacuerdo,
en otras como arquetipos plausibles, y a veces como mera referencia.
No en vano se ocupó de la traducción al latín de los clásicos griegos.
Erasmo, que preveía la que podía caerle encima, se curó en
salud haciendo alusión a su derecho a divertirse y a ser irónico
y aun sarcástico con temas serios, apoyado en la mordacidad que
asegura tuvieron también los clásicos. Divertir -escribe- antes
que morder; esa será su línea a seguir.
Desde la primera línea, es la Locura
el personaje que toma la voz y nos conducirá a lo largo de la narración
con su sabiduría (si bien la Sabiduría es otro personaje)
y su talante crítico y observador. Dice la Locura cuánto
de bueno tiene, para cualquiera, el contacto con ella: alegra las
caras y es motivo de alegría, locura como arma para combatir el
tedio y la monotonía, la locura como fuente de la que emanen obras
originales, la locura como forma de vida.
La Locura de Erasmo de Rotterdam
no tenía pelos en la lengua, y con una agudeza extraordinaria en
la época de la Reforma, vierte cosquillas, bilis y puyas sobre cualquier
gremio, sobre cualquier pose, sobre todas las afectaciones con que
los seres humanos, pretendidamente cuerdos, se visten para representar
su papel de persona digna, formal, absurda, intelectual, cabal,
didáctica, piadosa...
Ante la sensatez del clero, mantenida con
viejas y sanas costumbres, más comprometida por salmos y palabrería
de tradición oral que por actos y ejemplos pragmáticos, Erasmo llega
hasta la cúspide de la calaña que vive de la encomendación a las
buenas obras, y lo hace de este modo tan claro: «Si los Sumos Pontífices,
que hacen las veces de Cristo en la Tierra, se esforzaran en imitar
su vida, su pobreza, trabajos, doctrina, su cruz y desprecio del
mundo [...] ¿Quién querría alcanzar este honor a tal precio y conservarlo
por medio de la espada, el veneno y todo género de violencias?».
Para evidenciar
que un humanista difiere en gran modo de los filósofos y de su sabiduría
clásica, no tiene reparo en aludir a Platón y a sus conceptos equivocados:
«aquella famosa frase de Platón: “Las repúblicas serían felices
si gobernasen los filósofos o filosofasen los gobernantes”. Sin
embargo, si consultáis a los historiadores, veréis que no ha habido
príncipes más pestíferos para el Estado que cuando el poder cayó
en manos de algún filosofastro o aficionado a las letras.»
Tal como presumió su autor, que había dejado
la vida monástica por sentir que los religiosos carecían
de cultura crítica, y reacio a aceptar cualquier dogma basado en
irracionalidad, no fue escasa la polvareda que levantó Elogio
de la locura, habida cuenta del poder eclesiástico de la época,
porque tanto para los religiosos como para los filósofos tuvo Erasmo
una especial atención y una mordacidad cuasi vengativa, no exenta
de sabiduría y tino.
El autor, que ya había obtenido un razonable
éxito con su compilación de adagios de los clásicos, prolífico escritor
y traductor, maestro de lenguas, viajero infatigable, vio cómo su
elogio se convertía en un referente en Europa a una velocidad impensable,
y su libertad de pensamiento dio lugar al humanismo erasmista, cuyos
seguidores abogaban por una visión crítica de la creencia religiosa
imperante y de la teología. Su influencia abarcó la literatura,
la religión, la política, y nos resulta útil todavía, medio milenio
después, como referencia para comprender su legado y su época, como
método crítico o como simple divertimento.
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