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El duelo (a propósito
de Rilke)
«Y si un día se da cuenta de que
sus ocupaciones son infelices, que la profesión se ha petrificado
sin relación con la vida, ¿por qué no continuar mirando como un
niño lo extraño, desde lo profundo del mundo propio, desde la amplitud
de la soledad, que en sí misma es trabajo, jerarquía y profesión?
¿Por qué querer cambiar el sabio no-comprender de un niño por el
rechazo y el menosprecio, cuando el no-comprender significa estar
solo y, en cambio, el rechazo y el menosprecio significan participar
de aquello mismo de lo que uno quiere apartarse? Piense usted, querido
señor, en el mundo que lleva usted en sí mismo, y llame a este pensar
como usted prefiera —recuerdo de la propia infancia o anhelo de
futuro— y esté siempre atento a lo que se eleva en usted, y colóquelo
por encima de todo lo que observa a su alrededor. Su desarrollo
interior es digno de todo su amor, en él debe usted trabajar y no
ha de perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en justificar su
posición frente a los demás. ¿Quién le dice, después de todo, que
tenga una?»
Rainer María Rilke
Un hombre muy viejo
Era
un hombre tan viejo que no tenía ya amigos entre sus barbas. Cuando
se levantaba, cumplía de forma rutinaria, como desde aquel día que
no recuerda, con unas obligaciones que tenían mucho que ver con
un traje necesariamente caro, una corbata anudada por otras manos,
unos zapatos siempre prescindibles en la moqueta del despacho o
una dentadura irregular y amarilla por el tabaco. La confusión de
los propios recuerdos, desordenados como estaban, bien por la edad,
bien por mero descuido, no le dejaba hablar de otra cosa que de
sí mismo a tiempo completo, concediéndose una importancia que, como
cualquier otro ser humano, nunca vio colmada tal y como se merecía.
Creció alto y fuerte, pues se apoyaba en sólidas estadísticas; ellas,
las estadísticas, brotaban de sus labios sin el mayor reparo a encontrar
en el aire otra cosa que no fuera la admiración de quienes le acompañaban
y el eco, siempre adulador, de su propia voz en tantas y tantas
reuniones en las que nadie podía hablar sino él. Como ser envejecido
de forma prematura que era, nunca supo leer; aunque no dudó en ocultarlo
lo mejor que pudo: la lista de los libros de los que presumía era
prácticamente inmejorable —según él, elegidos
por la mano del que sabe (como cantaba don Amancio según
don Agustín, a quienes él posiblemente desconoce)—. Es de suponer
que él también leyó historias y vio películas que, como apuntaba
don Julio. Quizá incluso vivió circunstancias similares a... Incluso
puede que dichas circunstancias fueran como... Inexplicables, sí,
inexplicablemente inexplicables salvo para él, por cuyas manos se
conduce y reconduce todo argumento que se pueda adquirir en el mercado,
incluso sobre la intimidad de quienes preferirían no oírle, no al
menos con ese timbre soberbio y suficiente, de vil depredador velocípedo
y risa canalla, que se dice a sí mismo que ocupa el vértice de la
pirámide en un ecosistema complicado y brutal, como es este en el
que vivimos. Es esa felina astucia de saberse más débil en un hábitat
diferente al que él promueve, justifica e incluso subvenciona –como
todo poder que se precie de querer seguir siendo visible desde una
cima inalcanzable para otros—, la que intenta oprimir y no dejar
respirar a quienes trabajan con él. De hecho, desea que su enfervorecido
convidado más joven abra la boca, para mostrarle lo erróneo de cualquiera
de sus apreciaciones, no vaya a ser que siquiera se desmorone uno
solo de los peldaños de la escalera hacia tal veneración que él,
el gran hombre de éxito, con doble Montblanc en el bolsillo de la
camisa, a mano izquierda de la seda con que una corbata arroba la
admiración femenina, y estilizada berlina con nombre de virgen santa
y estrellita delantera por rosa de los vientos, cree merecer.
El
joven sigue callado y come despacio, como a él le gusta y, de vez
en cuando, comenta algo a su compañero de la izquierda, que no es
ni mucho menos tan joven, pero que tampoco puede hablar sin recibir
su ración de desprecio y rabia mal curada por parte del gran hombre
envejecido. «La comida es estupenda —piensa el joven—, esto es lo
único que nos salva». Lo cierto es que ese hombre sabe más
que el resto, y por eso gana más dinero y no es bueno discutirle,
ni tan siquiera contestar de forma benevolente a sus bromas, o desatará
tarde o temprano el causa-consecuencia que lleve, ahora sí, los
huesos del joven y su ignorancia a un estado no deseable
frente a la compañía del gas, del agua, del teléfono e incluso de
quien le alquila la casa. El resto de comensales hacen fuerza con
los ojos y las comisuras de los labios, y sujetan los puños desnudos
del boxeador más joven; aunque sólo logran frenarlo después de haber
lanzado éste, de nuevo, un par de golpes directos al mentón del
viejo cuando retiraban el primer plato y el camarero comenzaba a
servir el segundo. Mientras, el alcohol llama por fin a las puertas
del subconsciente.
Terminados ya los postres y alargada
la sobremesa por imposición de lo que es normal, la aduana
de lo permisible hace la vista gorda; la lengua habla del cansancio
de no poder soltarse más a menudo: los policías de la vergüenza, invadidos
por la euforia, levantan al fin las barreras que obstaculizaban el
tránsito, y las mercancías de valor fluyen ahora sin dificultad de
dentro afuera. Son los milagros de la malta escocesa, que multiplica
los panes y las penas. Ahora sí, él, el gran hombre, para el que el
mundo aún no ha encontrado un acomodo lo suficientemente digno y reconocido
–todo pódium es siempre escaso para un gran atleta como él con ansias
de posteridad—, muestra, sin trampa ni cartón, esa convicción de creer
que se tienen en la mano todas las explicaciones, y al fin encuentra
una salida tras otra al complicado laberinto que es el cerebro humano
y su existencial problemática; se advierte en lo iridiscente de sus
palabras, porque a esa edad, porque con esos viajes, porque con el
primer aliento de la muerte ya en el fondo del cuarto vaso uno debe
de haberse encontrado a sí mismo y a todas sus frustaciones en tantos
y tantos aeropuertos, que no queda más remedio que demostrarlo de
una manera convincente: A partir de ciertas edades no existen las
equivocaciones; es un hecho científicamente probado, parece sugerir.
El más joven debe callar, y con él el resto. Las mujeres deben encontrar
una mejor argumentación que la suya, dice él, lanzado a dirimir cada
gran problema como si fuera un eminente estadista y tecnócrata, pues
las tozudas estadísticas demuestran lo que demuestran, relincha; también
los negros; también los que ahora callan, apostilla. Él, solo él comprende.
Él. Y los homosexuales hay que ponerlos en la lista, exhala vehemente;
porque él también es un homófobo consumado, como debería serlo cualquier
otra naturaleza viril que se precie de ello, observa. Él. Tampoco
se olvida de deportar hacia el exterminio a los inmigrantes y a otros
muchos, cuyos nombres son igualmente previsibles: junkies,
putas, maleantes y parados. Todos han de contemplar y considerar como
fenómeno sobrenatural al gran cacique y morderse los labios ante el
malabarismo de la obviedad, seguido por unos fuegos artificiales cuya
pólvora es incapaz de reventar la realidad y dar un acceso feliz hacia
la imaginación. El gran artista de circo, alentado por el valor que
le infunde la malta, expectora por fin las grandes verdades
que, como puños, incubaba a modo de un sarampión infantil que ya tardaba
demasiado en manifestarse, pese a lo evidente de los síntomas. Y sin
embargo, las manos cálidas de una mujer le pondrán un pañuelo con
colonia para su dolor de cabeza mañana por la mañana. Él se encargará
del paracetamol y de doblar la dosis del acetilsalicílico, pese a
las protestas de ella, y tomará un poco de leche para anestesiarse
también la úlcera. Su hija pequeña vendrá a besarle a la cama y a
darle los buenos días. El fin de semana será apacible frente al televisor,
leyendo las noticias de economía de sus diarios preferidos en el gran
salón de casa. El domingo por la tarde, después de oír los resultados
de los partidos de fútbol y haberse fumado un puro, mirará en la agenda
cuándo ha de subirse de nuevo al púlpito para salvar al mundo de la
mediocridad que lo corrompe. Dará las buenas noches y se sabrá un
ganador, envejecido hasta las barbas y sin amigos, pero un ganador.
rubén a. arribas
Roma, 29 de octubre de 1903
Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke
Editorial Magoria, 3ª edición, abril de 2000
Traducción de Antoni Pascual i Piqué y Constanza Bernad Ribera
ISBN 84-7720-575-5
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