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Más al sur no se puede
por jakob gramss

Los altavoces del aeródromo de Río Gallegos crepitan y carraspean para anunciar que la salida del avioncito de la Fuerza Aérea Argentina a Ushuaia se va a retrasar de una a dos horas por los fuertes vientos en el aeropuerto de destino «no porque estos pongan en peligro la seguridad del pasaje, sino para garantizar la comodidad de nuestros estimados pasajeros». Menos mal, gracias por avisar. Luego, una vez en el aire: «Señores pasajeros, tengan a bien de hacer uso de los cinturones de seguridad». Y de las bolsas de mareo si lo estiman oportuno, pienso para mis adentros donde están pegando botes la gaseosa y los alfajores que nos ha distribuido el auxiliar de vuelo, encaramado con pies y manos entre el techo y el suelo del aparato que no es más grande que un autobús urbano. Cruzamos el estrecho de Magallanes y divisamos la mancha quemada de Tierra del Fuego. Un poco más abajo, en el lado que pertenece a Chile, tiene un mordisco de mar que se adentra mucho en la tierra: Magallanes pensó que tenía salida al Atlántico y se metió con sus barcos, pero nanay, de ahí que se llama Bahía Inútil. Algunos lagos contemplan como grandes ojos terrestres el cielo y reflejan en sus retinas el paso de nuestra ave metálica. Una sierra y estamos sobrevolando el Canal de Beagle, en cuyo extremo parece haber un gigantesco ventilador funcionando a toda marcha. No sabía que un avión también podía desplazarse de lado. Hasta el intrépido auxiliar de vuelo se ha puesto el cinturón.

Con su techo a dos aguas todo construido en madera, el aeropuerto tiene aspecto de refugio de montaña y la verdad es que después de haber sobrevivido el ascenso y descenso por un camino de cabras aéreo, uno agradece la acogida cálida en tierra. Acogedora también nuestra pensión en la esquina de la calle del Gobernador Deloqui con la del Gobernador Godoy; se ve que aparte de los gobernadores no hay muchos más personajes históricos a los que homenajear: el primer asentamiento estable de población blanca, allá a comienzos del siglo XX, se hizo con presidiarios recluidos en un extenso complejo de ladrillo rojo que hoy alberga la base naval. De los más de 10.000 aborígenes que vivían en Tierra del Fuego antes de la llegada del hombre blanco, no queda ni uno. Parece ser que los fuegos que los selk’nam, alakaluf, yamana y haush mantenían siempre encendidos, hasta dentro de sus canoas para combatir el frío, dieron origen al nombre de esta gran isla con forma de cráneo de jabalí. De esto y de muchas más cosas nos enteramos en el Museo del Fin del Mundo situado junto al muelle. Por ejemplo, de que la última descendiente de los selk’nam, una tal Rafaela Ishton, vivió hasta 1985 una cuadra más para allá, en una casa hoy convertida en restaurante, donde cenaremos esta noche.

Por ahora, nos conformamos con un contundente plato combinado en la Salchicha Austral junto al embarcadero. Poco después nos alejamos de Ushuaia por vía marítima, a bordo de un catamarán. La ciudad se refleja en las aguas de la bahía del mismo nombre (en lengua yamana: bahía que penetra hacia poniente), el colorido de las casas antiguas destaca sobre el trasfondo de las montañas oscuras que la protegen al norte: arriba del todo una mancha blanca, el glaciar Martial. Hacemos un alto en la Isla de los Lobos Marinos, grandes perezosos ante el señor que solo de vez en cuando se sacuden la modorra para pegarse mordiscos los unos a los otros, gruñir y montar un poco de escándalo; no es de extrañar porque están bastante hacinados en ese trozo de roca en medio del canal de Beagle. Por otro lado no parece importarles lo más mínimo nuestra presencia. Vamos, no nos hacen ni caso cuando queremos captar sus sonrisas con nuestra cámara fotográfica. Otro simpático lobo de mar, con barbas y gorro de capitán, nos cuenta su singladura por la Antártida y el Cabo de Hornos en un velero de 18 metros: en cinco semanas sólo tuvieron dos días de sol, el resto niebla, granizo, nieve, huracanes e icebergs a punta pala. Y para nosotros ya es toda una aventura avistar una ballena Mink que casi nos ducha con su fontana dorsal. En la playa, formación de honor de la corte de los pingüinos, todos de rigurosa etiqueta.

La última hora de la tarde con su luz casi horizontal nos tiene callejeando por la ciudad, haciendo compras: un disco de la banda más austral del mundo, Ushuaia en rojo, un gorro de piel de foca (vale, no soy de la protectora de animales), unas gafas de sol última moda, y todo más barato: estamos en zona libre de impuestos, la Andorra del fin del mundo. A mí me recuerda también las ciudades del medio oeste americano; un poco destartalada, una mezcla abigarrada de antiguas casas de madera o de chapa ondulada pintada de colores, con edificios más modernos, y en medio los inevitables rótulos publicitarios. Entre el gentío, megáfono en ristre, repartidores de publicidad de los partidos políticos en campaña electoral con pinta de forajidos que traen a la memoria el comentario de un taxista bonaerense al pasar por la Casa Rosada: «Estamos en manos de delincuentes». Que no vuelva a ocurrir. Y seguimos con publicidad; un veterano de la guerra me entrega una octavilla que reivindica las Malvinas para la Argentina. El aeropuerto de Ushuaia se llama Malvinas Argentinas. Así que ya íbamos avisados y estamos todos de acuerdo. Y para celebrarlo nos vamos al restaurante que decía antes y nos comemos una riquísima centolla al estilo de la tía Elvira. Benditas las aguas del Atlántico Sur que dan este fruto y también benditas las manos de la sobrina de Elvira que lleva las sartenes del local.

Por la mañana del día siguiente queremos echarle un vistazo a Ushuaia desde arriba: un taxi-remise nos lleva hasta la estación del telesilla que no funciona y emprendemos el ascenso a pie, eso sí, acompañados por un perro espontáneo con unos preciosos e inquietantes ojos azules. Azules como el hielo del glaciar Martial. De la petaca me sirvo un whiskey on the rocks duty free para disfrutar de la vista. Al otro lado del canal de Beagle, la isla chilena de Navarino. Debajo de nosotros, la bahía, el puerto con los barcos de juguete, el tablero de las calles de la ciudad, un poco más lejos el aeropuerto internacional y, rodeando la ciudad como un cúmulo de maderas mostrencas, las naves de las ensambladoras de electrodomésticos. Cuando en los años setenta Tierra del Fuego fue declarada zona económica especial, surgieron por todas partes. Pero fue una burbuja que ya reventó. Lo sabe bien nuestro taxista que en su día vino del norte para trabajar en ellas y tuvo que dejarse de boludeces y cambiar de oficio. El perro vuelve con su dueño que pasa en una camioneta, mientras nosotros bajamos por las serpentinas de la carretera que en las afueras de Ushuaia divide la zona de chabolas a un lado de la de chalets versión mini de Falcon Crest al otro. Tierra del Fuego es también tierra de contrastes.

¡Y qué contrastes! Sobre todo, cuando cruzamos la verja del parque natural Tierra del Fuego a siete kilómetros de Ushuaia. Aquí, el bosque fueguino nos absorbe. Es un bosque muy competitivo donde todas las plantas crecen corriendo hacia arriba para tratar de ser los primeros en alcanzar la luz y, además, es un bosque caníbal que se devora constantemente a sí mismo. Antes de caer del todo, los árboles más viejos ya empiezan a descomponerse por dentro, y los parásitos hacen su pequeña pero importante labor en este eterno ciclo de vida y muerte. Líquenes cuelgan de los troncos, y en la escasa luz penumbrosa nos creeríamos cualquier cuento de hadas o, aquí más apropiado, todas las leyendas de fábula contadas por un viejo indio que comparte el picnic con nosotros. Salimos del bosque en la bahía Lapataia, a la orilla del mar, quieto como un espejo, transparente como cristal. La belleza del paisaje, con sus árboles que parecen bonsais gigantescos, con sus rocas y piedras en tonos pasteles dispuestas entre el musgo y la hierba por la mano de un divino jardinero zen, sus riachuelos murmurantes, sus fondos de altas montañas coronadas por motas de nieve eterna y la ausencia del más mínimo elemento que la pueda distorsionar, se nos hace casi dolorosa.

Junto a la carretera una caseta donde te cuñan el pasaporte: fin del camino, end of the road. Este es el final de la ruta no. 3, el punto kilométrico más meridional de la panamericana que en su recorrido desde Alaska viene a morir aquí. Más al sur no se puede. Miro a mi alrededor y ganas de volver al norte no tengo.