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Portada
por rubén a. arribas
Por mi parte, si existe la posibilidad
de que haya en mí una cosa excelente y aún no descubierta; si alguna
vez merezco, en este cochino mundo una fama verdadera a la cual
pueda aspirar sin pecar de irrazonable; si en adelante hago cualquier
cosa que, en conjunto, cualquier hombre preferiría haber hecho a
haberla omitido; si a mi muerte mis albaceas o, más exactamente,
mis acreedores, encuentran en mi escritorio algún precioso manuscrito,
desde ahora atribuyo todo su honor y su gloria a la caza de ballenas.
Porque una nave ballenera fue mi Universidad de Yale y mi Harvard.
Moby Dick o la ballena blanca, Herman
Melville
Sobran las palabras, al menos las nuestras,
sobre todo si nos conjuramos alrededor de un marino como Melville
en este segundo número para justificar ese nomadismo tan especial
y sugerente como es el de lanzarse a viajar. Cuánto tienen de terapéuticos
los viajes lo sabemos, y también sabemos que no siempre son necesarios
los destinos lejanos y exóticos para despistar al mal fario y el
desencuentro con los hados: un sencillo viaje más allá de las proximidades
de la pereza siempre logra reordenar de manera diferente la energía
con que uno se rodea; y eso no es poco, si de lo que se trata es
de buscar estímulos, ases en la manga y golpes de efecto que permitan
derrocar la monotonía en el gobierno de los días que se nos van.
En cualquier caso y para cualquier destino, lo que no hay que olvidar
es tener los ojos del recuerdo bien abiertos, y escribir, con buena
letra y pulso firme, las obsesiones y quimeras que a cada cual le
atropellan mientras está lejos de casa buscando no sabe bien qué.
Seguimos en ello.
Invitación al viaje
Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos
años —no importa cuántos exactamente—, con poco o ningún dinero
de mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra,
pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera
de disipar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que
la boca se me tuerce en una mueca amarga; cada vez que mi alma se
posa en un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me sorprendo
deteniéndome, a pesar de mí mismo, frente a las empresas de pompas
fúnebres o sumándome al cortejo de un entierro cualquiera y, sobre
todo, cada vez que me siento a tal punto dominado por la hipocondría
que debo acudir a un robusto principio moral para no salir deliberadamente
a la calle y derribar metódicamente los sombreros de la gente, entonces
comprendo que ha llegado la hora de darme al mar lo antes posible.
Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala.
En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada;
yo, tranquilamente, tomo un barco. No hay nada de asombroso en esto.
Pocos lo saben, pero casi todos los hombres, sea cual fuere su condición,
alimentan en un momento dado esos sentimientos que me inspira el
océano.
[...]
¿Por qué será que cualquier muchacho robusto
y saludable, que tenga dentro de sí un espíritu robusto y saludable,
en un momento dado se enloquece por darse al mar? ¿Por qué será
que, durante el primer viaje que hicieron ustedes como pasajeros,
sintieron un estremecimiento místico al enterarse de que ni el buque
ni ustedes ya no podían ser vistos desde tierra? ¿Por qué será que
los antiguos persas consideraban sagrado al mar? ¿Por qué será que
los griegos le destinaron una deidad especial, un hermano de Jove?
Sin duda, todo eso no carece de sentido. Y es aun más profundo el
significado del mito de Narciso que, al no poder ceñir la imagen
exquisita y atormentadora que veía en la fuente, se arrojó a ella
y se ahogó. Pero todos nosotros vemos esa misma imagen en nuestros
ríos y en nuestros océanos. Es la imagen del inasible fantasma de
la vida. Y esta es la clave de todo.

Moby Dick o la ballena blanca, Herman
Melville
Traducción de Enrique Pezzoni
Editorial Debate, 3ª edición, noviembre de 2001
ISBN-84-8306-472-3
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