La
moral privatizada del hombre actual
Hay un denominador común en los comportamientos
cotidianos: todo es relativo, cada uno atiende su juego. Las explicaciones
a esta situación de pareceres plurales y múltiples enfrentamientos
recaen, desde diferentes perspectivas, en el devenir de los últimos
siglos. En un mundo donde lo social se resiente ante las preferencias
individuales y la guerra muestra nuevamente sus fauces, sin lo racional
y la idea de valores universales no parece posible diseñarse un camino
de salvación.
Por Juan
Pablo Palladino (juanpabloteina@yahoo.es)
Las responsabilidades
individuales en tanto miembros de un colectivo; los derechos; las
obligaciones; los límites a la conducta privada; la adhesión a valores
universales que tiendan a contribuir a una mejor convivencia internacional,
intercultural e, incluso, intracultural... Temas que flotan en el
éter de una época donde las argumentaciones cotidianas a la conducta
personal redundan en frases del tipo: «Yo hago lo que me sienta
bien» o «Primero está mi felicidad». Exclamaciones frecuentes en
sociedades donde se acusa al individualismo de erosionar cada vez
más el tejido social y donde los proyectos comunes (la misma
idea de bien común) habrían detonado.
El mundo
contemporáneo se muestra así controvertido, embrollado en lo que
a creencias morales se refiere, hasta tal punto que algunos no omiten
hablar de una crisis, que se ve reflejada en el choque interminable
de posturas en torno a múltiples temas, y en el desconcierto general
en cuanto a las guías de acción, tanto personales como colectivas.
En definitiva, una profunda falta de acuerdo que inundaría las
sociedades contemporáneas y que tiene insoslayables consecuencias
para la estabilidad social de las mismas.
Una cosa
está clara: La preocupación por definir las buenas conductas, aquellas
que llevan a una vida justa, buena, feliz -y por definir los propios
conceptos de justicia, bien y felicidad- se remontan a las raíces
mismas de la reflexión filosófica y sus resultados han ido variando
con el correr de los siglos.
«La filosofía
reconstruye el pasado para entenderlo en su propia atmósfera, pero
también para entender y analizar el presente (...) acudimos al ayer con la preguntas y los problemas de hoy»
1, escribía la filósofa española Victoria Camps hace
algunos años.
No estaría
mal, entonces, viajar en el tiempo para analizar, a partir de diferentes
opiniones, los cambios que se fueron dando en los últimos siglos
y que coadyuvaron a configurar la moral2
del hombre actual; siquiera, el que forjó la cultura occidental.
Hay un punto
de inflexión al que ningún análisis sobre el tema escapa: la
Modernidad occidental, período cuyo despegue se sitúa en los siglos
XVII y XVIII como una concepción de la historia entre los
intelectuales, propiciada por avatares científicos, industriales,
tecnológicos y socioeconómicos3.
Se da aquí
la caída de los esquemas religiosos que brindaban al hombre
la representación del mundo y, con ello, las respuestas a los
grandes planteos existenciales de la especie: Cuál es el origen
de la vida, por qué y para qué.
Es el contexto
(de pluralidad cultural y, por tanto, de concepciones morales) donde
tiene lugar el Proyecto Ilustrado, cuyo epicentro fue la Razón como
matriz principal de las ideas que intentarán responder a aquellos
interrogantes, escapando así al marco teológico, religioso, que
había signado la vida de las sociedades premodernas. Los campos
científico, ético y estético se convertirán en adelante en esferas
independientes donde darán a luz sus interpretaciones del mundo,
ahora, libradas de los antiguos dogmas (Iglesia y Rey).
Fue esta
época a la que Nietzsche caracterizó como «la muerte de Dios» y
a la que Weber se refirió con la frase «desencantamiento del
mundo».
El proceso
de secularización donde el mundo deja de ser representado en
virtud de la palabra divina a través de los textos bíblicos, y pasa
a serlo desde la racionalidad tecno-científica, determinará el curso
de los últimos siglos.
Nacen los grandes relatos Verdana;'>, los
meta discursos que le imprimirán un sentido a la historia de la
humanidad y, sobre todo, es el surgimiento de un tipo inédito de
subjetividad encarnada en la figura del individuo.
HOMOGENEIDAD
PREMODERNA
¿Eran las
sociedades anteriores a las modernas más estables en cuanto a creencias
y comportamientos morales?
Victoria
Camps, catedrática de Filosofía Moral en la Universidad de Barcelona,
responde a Teína que seguramente lo eran, ya que «las tradiciones,
las costumbres, las instituciones, tenían menos dinamismo». Indica
asimismo que se trataba de comunidades «más jerárquicas» donde «lo
que fuera el bien o el mal lo determinaban los que tenían poder
para hacerlo».
Hoy en día
–contrasta-, la pluralidad de percepciones de la realidad que brinda
la comunicación y la libertad existente permiten la coexistencia
de un mayor número de opciones. «También tememos más el dogmatismo
y los puntos de vista infundados, todo produce más incertidumbre»,
añade.
El catedrático
de la misma disciplina en la facultad de Filosofía de la Universidad
de Salamanca, José María García Gómez Heras, explica a esta revista
que las colectividades que precedieron a la era Moderna «tenían
una idea del bien común más universalmente compartida y con mayor
carga de certidumbre, porque esa idea estaba basada en convicciones
generalizadas cuya legitimación era indiscutible». Así, en el medioevo
la concepción de la felicidad estaba directamente vinculada a creencias
religiosas: Dios es el bien supremo y por tanto la felicidad reside
en el gozo de la Divinidad. Ello no impedía, aclara, que «junto
a estas certezas incuestionables que venían avaladas por la gente
que sabía, también existiera una ética popular». Enrique López Castellón,
catedrático de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Madrid,
apunta que la homogeneidad de las sociedades premodernas
se debía a la «coacción» que se ejercía para eliminar las diferencias
y lograr una «uniformidad». Y establece una comparación demostrativa:
«En el mundo de hoy, esas sociedades no solo serían anacrónicas
sino esencialmente inmorales porque negarían el respeto a la libertad
de la persona que es el fundamento del orden moral, al mantener
la homogeneidad coaccionando a los disidentes sinceros y honrados».
Aunque tachado
de retrógrado, conservador y utópico por la receta que da para salir
de una realidad de interminables conflictos de puntos de
vista, y donde no ve límites con los cuales juzgar las buenas y
malas acciones, Alasdair MacIntyre ha realizado en su obra Tras
la virtud un análisis de la moral de las sociedades contemporáneas
teñido de cierta nostalgia.
Su teoría
acusa una fracaso del Proyecto Ilustrado por no haberle podido encontrar
una justificación racional a la moral. La Ilustración, al barrer
con los esquemas tradicionales de las sociedades premodernas –donde
confluían arquetipos morales aristotélicos y cristianos- que le
proporcionaban al hombre un telos, un fin en la vida, dio
como resultado un lenguaje moral desordenado donde cohabitan retazos
conceptuales, teorías y doctrinas pertenecientes a épocas diferentes.
Como única
respuesta posible a esta mezcolanza aparece la moral del emotivista:
«El emotivismo es la doctrina según la cual los juicios de valor,
y más específicamente los juicios morales, no son nada más que expresiones
de preferencias, de actitudes o sentimientos en la medida en que
estos posean un carácter moral o valorativo»4.
Al carecer de criterios racionales de
valoración5, el yo emotivista moderno no encontraría límites
para esbozar sus juicios de valor. Las disputas contemporáneas se presentan como inabarcables
porque no hay forma de decidir entre pretensiones opuestas, dando
lugar a una dinámica conductual determinada por la «arbitrariedad
privada»6.
En su incisivo
diagnóstico, MacIntyre llega a afirmar que los Derechos Humanos
–producto de la Modernidad- no existen, por el simple hecho de que
el Proyecto Ilustrado no ha podido demostrar racionalmente
su existencia, de la misma manera que con «las brujas y unicornios»,
y, por ello, los cataloga de «ficción moral».
Como remedio
a esta situación –y es esta parte de su teoría la que es tildada
de reaccionaria y utópica- el teórico propone volver a comunidades
locales que configuren nuevos tipos de moral que entrañen nuevas
virtudes, excelencias que ayuden a determinar las buenas conductas.
Estas morales locales –con lo cual se echaría por tierra la idea
de valores universales- permitirían mover a los ciudadanos, hoy
atomizados, en pro de nuevos proyectos comunes.
La de MacIntyre
no es la única ni la más consensuada explicación ni el diagnóstico
de la situación moral del mundo actual; aunque resulta interesante
a la hora de analizar los propios comportamientos, donde los sentimientos
parecen ser muchas veces la única justificación del accionar personal
y donde, quizá por ello, las confrontaciones en torno a temas diversos
resultan inagotables. Léase: aborto, drogas, conductas sexuales,
etcétera.
EMOCIONES
Y VALORES UNIVERSALES
¿Es viable observar a las sociedades
contemporáneas como un conjunto atomizado de individuos que actúan
bajo la única guía de sus emociones o sentimientos configurando
un desorden que va en detrimento de lo social, que socava las bases
del orden colectivo, en pro de una satisfacción egoísta?
López Castellón se muestra categórico
al afirmar que «no se puede confundir el emotivismo analítico con
el relativismo individualista, ni el individualismo con el egoísmo,
y condenarlo todo sin establecer distinciones».
En esta línea explica que, entendido
como personalismo kantiano y cristiano, el individualismo «ha considerado
a cada persona como portadora de derechos y, por tanto, merecedora
de respeto».
Según su opinión, el supuesto que
advierte de un individualismo extremo se ve «desmentido» por los
actuales movimientos pacifistas y ecologistas y por la creciente
militancia en ONGs. Y considera que siempre que se «mantenga una
ética de mínimos basada en la libertad e igualdad del ciudadano»,
por un lado, y en la «no interferencia del Estado en cuestiones
de moral personal», por el otro, el individualismo contemporáneo
será compatible con el mantenimiento de un orden social y moral.
En cuanto a lo emocional, sostiene
que los sentimientos morales «no tienen por qué ser disociadores
ni relativistas», sino que, al contrario, «tienen un carácter social»
asentado en «la solidaridad, la compasión, la caridad, la filantropía,
etcétera».
A su entender, la moral debe tener
un «componente sentimental que ha de ser educado» y que lo que se
debe fomentar sobre todo es la «sensibilidad al dolor ajeno».Y es
que la creencia propia de la Ilustración que concebía la moral
como una suerte de razón matemática que debía dar como resultado
conclusiones de tipo universal, se encuentra hoy desacreditada,
explica López Castellón. Ello –precisa, sin embargo- no debe significar
el abandono de la vía de los acuerdos racionales entre personas
de culturas o creencias diferentes sobre la base de «normas mínimas».
Victoria Camps considera que el emotivismo
consistió en una salida filosófica a una época marcada por
un positivismo extremo y «tiene el acierto de advertirnos de que
no es solo la razón, sino una razón emocional la que fundamenta,
en último término, nuestros juicios morales».
Recuerda que el individualismo surgido
en la Modernidad «tiene dos caras: la defensa de las libertades
y la salvaguarda de lo privado, que es la cara positiva,
y la evolución de un sistema económico de libre comercio que no
fomenta la cooperación».
Por su parte, García Gómez Heras comenta
que, aunque «no goza de gran prestigio» entre los intelectuales, el
emotivismo indudablemente existe en los comportamientos cotidianos
y se encuentra ligado a la privatización de la ética7, fenómeno vigente en las sociedades
actuales donde se evidencia un claro talante individualista.
Se trata de una forma de entender la ética que está en «contradicción
con el carácter universal y racional de esta», sentencia. La explicación
reside en que su lógica se relaciona con los sistemas de preferencias
de los sujetos morales. Y para García Gómez Heras «si hay algo que
no es universalizable son las emociones y las vivencias prerracionales
de cada persona.
En su opinión, lo universal está relacionado con «lo justo y lo racional,
porque es lo que conviene a todos» y refleja sus intereses; mientras
que «lo emotivo, lo pasional, la felicidad entendida como satisfacción
inmediata, en cualquier orden, tiene que ver con el egoísmo y con
una noción corta» de aquella.
Sin embargo,
esto no quiere decir que lo sentimental no desempeñe ningún rol
(ya que de todas formas pretender esto sería un imposible tratándose
de la naturaleza humana). La educación ética –precisa- «no
es solo un asunto de aprender ideas y conceptos sino un asunto de
practicarlo». Y es ahí donde lo emocional tiene su turno, en lo
que Ortega y Gasset denominaba capacidad estimativa para
«apreciar o despreciar determinados valores».
DERECHOS HUMANOS
Para García Gómez Heras no hay duda de que las diferencias culturales
deben subordinarse (que no soslayarse) a parámetros universales:
«Si hay una comunidad particular en donde la ablación es una práctica
dogmática, esa comunidad, en esa creencia al menos, tiene que claudicar
frente a una ética universal de carácter mucho más racional que hace
que la dignidad de la persona prevalezca sobre sus creencias o valores»,
ejemplifica.
En rigor, ve necesaria la existencia de una «ética universal, de mínimos
o intercultural» que está por encima de las diferentes esferas morales
y que se encuentra afirmada en valores comunes a todos los sujetos
tales como la paz, la justicia y la dignidad humana. Ideas estas que
se traducen en los Derechos Humanos, esos mismos que MacIntyre
consideraba inexistentes por no poder ser demostrados racionalmente.
A García Gómez Heras no le cabe duda de la constancia de tales derechos,
pero admite que en el cómo fundamentarlos radican las diferencias,
ya que ello puede llevarse a cabo desde diversas esferas tanto religiosas
como filosóficas.
Por ejemplo, Adela Cortina, catedrática de Filosofía Moral en la Universidad
de Valencia, propone una fundamentación racional de los Derechos Humanos
desde la óptica de la Ética Discursiva en contraste con la argumentación
de MacIntyre. Cortina advierte, por otra parte, que el emotivismo
acusado por ese autor «no es resultante del Proyecto Ilustrado, sino
más bien la consecuencia de una desviación con respecto» a sus metas.
Así, considera que el fracaso de la Modernidad es producto
de la infidelidad a sus propuestas y no a la lógica de las
mismas8.
López Castellón aboga por la noción
de un orden de valores universales que se encuentre por encima de
las diferencias culturales, ya que es la única manera, según él, de
que esas puedan convivir: «Se trata de globalizar el acuerdo de paz
y de respeto para posibilitar el desarrollo libre de las diferencias
culturales y de las comunidades concretas», señala.
La teoría de los Derechos Humanos,
expone, «secularizó ideas cristianas», sobre todo la de que «la
dignidad moral radica en la persona y no en la colectividad». Si
tales derechos no existen, argumenta en su defensa, es porque no
constituyen cosas sino «ideales a realizar y deberes que cumplir».
Y lo enuncia de este modo: «Un mundo justo es un mundo a construir,
no un mundo existente».
Camps, por su parte, comenta que los
Derechos Humanos vinieron a sustituir la idea de que «el valor de
la persona lo determina un Dios», pasando a cumplir este papel «algo
más secular, pero no menos metafísico: la naturaleza», que luego se
establecerá como la razón.
En el prólogo a Tras la Virtud, la intelectual refuta la tesis
del autor al indicar que el auténtico reto de este tiempo será el
saber conjugar la universalidad de esos parámetros con las diversas
formas de llevarlos a la práctica. «El paso del yo moderno al
nosotros que necesitamos, ha de asentarse en la reafirmación de unos
derechos humanos que son, por encima de todo, derechos del individuo
esté donde esté y se encuentre donde se encuentre», concluye.
RADIOGRAFIA MORAL
Juliana González advierte que el trance contemporáneo tiene un doble
sentido (teórico, de la ética, y práctico, de la moral) y sostiene
que este conflicto «pone en riesgo los valores, los ideales, las normas,
así como el fundamento de la ética»9.
su obra, donde realiza un análisis abordando con especial interés
las teorías del psicoanálisis, González acusa un agravamiento de los
males de la moral en el presente, a lo que suma «una pérdida del sentido
de la vida, con la cual, la moralidad en general no tiene ni siquiera
aseguradas sus condiciones de posibilidad».
Para la autora, entre los elementos que han cooperado a la situación
presente, se cuentan, por un lado, el surgimiento de la tecnología,
los inventos atómicos y todo tipo de instrumento de destrucción, y
por el otro, las teorías modernas como las de Freud, Marx y Nietzsche
«que han venido a poner en tela de juicio el orden teórico de la ética».
En cuanto a Freud, González plantea
que su teoría cuestiona «los fundamentos de toda moral posible y
de toda proyección ética de la vida humana» al concebir la primera
como producto de la represión de los instintos y deseos sexuales
del hombre, ubicados en el inconsciente. De esta manera queda de
relieve «una contradicción entre la naturaleza humana que busca
la satisfacción egoísta y la fundamentación de una moral que
impulsa hacia el deber hacia otros».
Ante la desaparición de las sociedades
de código único de conducta, o de sistemas de valores unificados
y estables dentro del «pluralismo cultural y axiológico vigentes
en las sociedades contemporáneas» -las cuales, por tanto, presentan
un nivel de cohesión moral y ética mucho menor-, García Gómez
Heras apunta como característica de esta época el surgimiento de
«posiciones relativistas en donde las experiencias personales del
sujeto, su libertad, sus sentimientos, tienen mucho más protagonismo».
Lejos de hablar de desconcierto, López
Castellón prefiere referirse a la situación actual como de reorganización
valorativa, en el sentido de que «hoy hay más sensibilidad a ciertos
valores y menos sensibilidad a otros que hace un siglo». A su entender,
no son estos parámetros los que cambian, sino «la importancia que
se les concede a unos a expensas de otros». Un ejemplo lo constituye
el que actualmente indigne más que ayer «el dolor del inocente o la
catástrofe ecológica, y menos las conductas sexuales desviadas
de la norma general», ejemplifica.
Para Victoria Camps, en cambio, el
problema del desconcierto encuentra sus causas en «la falta de ideologías,
creencias universalizadas o, como se dice también, grandes narraciones».
Esto tampoco resulta negativo, indica, ya que «donde no ha ocurrido
aún florecen los fundamentalismos».
La historia, se dice, ya «no podría
dar cuenta de hacia dónde va y qué es lo que pretende»10.
Las grandes ideas como el progreso, la autodeterminación del hombre,
la superación de las desigualdades, la libertad, la conciencia crítica
frente al mundo, la educación, la protección de la naturaleza, la
consagración de los Derechos Humanos, entre otras, han quedado inconclusas
y sin respuesta por parte de Razón Ilustrada, la cual, con el tiempo,
ha evidenciado dos caras: una de «liberación de fuerzas creativas»,
reivindicable de todas aquellas ideas; y otra de «liberación
de fuerzas destructivas», donde se hizo manifiesta la racionalidad
absorbente que concibe al hombre como puramente racional, completamente
liberado de la exterioridad, que pretende dominar la naturaleza
y que va en contra de la pluralidad y las diferencias. «Es decir,
una Ilustración que se traiciona a sí misma»11.
Tras el fracaso del proyecto moderno
occidental para responder a los grandes interrogantes y dejar inconclusas
las altas metas que había fijado a la humanidad, hay quienes señalan
que la mejor imagen de la época actual es una «licuadora donde todo
se mezcla, alguien abre la tapa y todo se dispersa sin saber hacia
dónde va, una suerte de anarquía general del sentido»12.
Se vive el agotamiento de los paradigmas
vertebradores. Es lo que algunos teóricos llaman la posmodernidad.
El ensayista francés Jean François
Lyotard también explica el paso a esta instancia en la muerte de
los metarrelatos que daban «una guía de acción y sentido». El tiempo
actual, según él, estaría conformado por una pluralidad de «relatos
no totalizadores», parciales y «de lenguajes y variables que sirven
circunstancialmente en términos de eficacia para cada una de las
diferentes situaciones que uno vive»13.
INDIVIDUALISMO IRRESPONSABLE
En El crepúsculo del deber,
el filósofo francés Gilles Lipovetsky realiza un análisis de la
moral del hombre posmoderno. Partiendo de la Ilustración, Lipovetsky
marca dos etapas en el devenir de la ética hasta estos días.
La primera se encuentra signada por la renuncia a la religión como
esfera determinante de la moral, renuncia que no implicó otra cosa
que la transferencia de los imperativos divinos a la esfera
terrenal. Esto quiere decir que no se dio una abdicación de
la «tradición moral de renuncia a sí» que caracterizaba a la moral
religiosa, sino que las obligaciones superiores hacia Dios fueron
trasladadas al ámbito humano-profano. El sentido del deber
seguirá vigente aunque con otra naturaleza.
Pero a este primer ciclo, al que
define como «religión del deber laico», sobrevino otro, el actual,
que rompió con la forma religiosa del esquema anterior, estableciendo
lo que denomina la era del posdeber característica de las
sociedades posmoralistas: «Entendemos por ella una sociedad que
repudia la retórica del deber austero, integral, maniqueo y, paralelamente,
corona los derechos individuales a la autonomía, al deseo, a la
felicidad»14.
El contraste que muestra Lipovetsky
es clarificador: con la Modernidad el individuo se convierte en
el valor supremo; los deberes, lejos de desaparecer, emanan de los
derechos declarados de aquel, y la felicidad se transforma en un
ideal social pero siempre sometido «al orden superior de
los deberes de olvido de sí mismo» que caracterizaba la forma religiosa
de la moral laica. Por el contrario, dice, «nuestra época ha trastocado
la jerarquía moralista de las finalidades, el placer se ha vuelto
en parte autónomo respecto de las reglas morales, la felicidad subjetiva
es la que irriga la mayor parte de la cultura cotidiana».
Para el filósofo, la secularización
de la moral iniciada por el proceso moderno continúa en la actualidad,
pero en el contexto de una cultura posmoralista que se expresa en
todos los ordenes de la vida, y que ostenta un cambio significativo
y hondamente determinante de los comportamientos: se libera a
la moral de un resto religioso. Consecuencia: «las prohibiciones
de hoy ya no son las prescripciones de antaño y los valores ya no
constituyen imperativos heroicos».
Lipovetsky aclara que, no obstante
el cuadro anterior, no se viven tiempos morales de anarquía generalizada:
«La época de la felicidad narcisista –señala- no es la del todo
está permitido, sino la de una moralidad sin obligación ni sanción».
Así se explicarían, por ejemplo, donaciones masivas, campañas a
beneficio, participación en ONGs, protestas contra medidas tendentes
a agravar la desigualdad en el mundo; protestas ante los desastres
ecológicos, entre otros fenómenos colectivos en boga que evidencian
conductas solidarias y apelaciones para un mundo más justo.
En una parte del libro, el autor
se pregunta: «¿Quiere esto decir que nuestras sociedades ya no tienen
ningún punto de referencia, que estamos condenados al relativismo
total de los valores?». Y responde de inmediato: «Sí y no». Y es
que, por un lado, la autonomía individual que supone una moral «librada
de la impronta de los dioses» da como inevitable resultado un debate
sin fin de los derechos que le corresponden y los límites de esa
libertad, dejando cualquier tema sujeto a un choque permanente
de pluralidad de opiniones. Pero, por el otro lado, la era posmoralista
funciona como un caos organizador donde la «conciencia
moral común exige restricciones, límites, umbrales de protección».
En este orden, el espíritu indoloro
del neoindividualismo, librado de la idea del deber que caracteriza
a las democracias contemporáneas, a la par de significar más derechos
subjetivos, reclama también más protección de la persona por
la ley.
Dos tipos o tendencias de individualismo
propios de la momento posmoralista son los identificados por Lipovetsky:
uno responsable y organizador y otro «autosuficiente, sin regla,
desorganizador», irresponsable. Advierte: «No soñemos, no habrá
salida final en el combate que libran esas dos lógicas», que continuarán
coexistiendo en una cultura que consagra los derechos subjetivos
y reduce los deberes.
Sin embargo, aclara que el sentido
de la responsabilidad no se ha perdido, sino que se construye sobre
nuevas bases que giran en torno a la realización del ego
y que «el verdadero problema que se plantea en nuestros días es
actuar de manera que, en el antagonismo entre los dos individualismos,
sea el responsable (conciencia profesional, preocupación por el
otro, sentido del interés general y del futuro) el que se adelante
a la libertad sin regla».
RELATIVISMO NOCIVO
Aristóteles advirtió que el hombre sólo puede vivir dentro de un contexto
social, en aquel entonces la Polis (solo una bestia o un dios podrían
no hacerlo). Con el correr de los siglos todavía queda claro que ningún
ser humano es completamente autosuficiente: necesita vivir en
sociedad.
¿Podría subsistir la humanidad si la
única vara para medir las acciones consiste en nociones egoístas de
felicidad, de bien, determinadas casi siempre en términos de placeres
inmediatos?
Probablemente,
la cultura de cada cuál que atienda su juego, del desinterés
hacia lo público y el excesivo resguardo de lo privado que impregna
a la moral de gran parte de las sociedades contemporáneas -con seguridad
de las occidentales-, no esté del todo desligada de los grandes
problemas.
Hoy el mundo
se encuentra expectante ante las consecuencias de una guerra
que se juzga, precisamente, inmoral, y que en un principio se
había lanzado bajo el aplastante nombre Justicia Divina.
Si bien se
critica a la Ilustración no haber podido alcanzar las metas propuestas
en los grandes proyectos, y, por el contrario, encaminar a la especie
humana hacia momentos críticos para su existencia (enormes desigualdades
socioeconómicas, explotación ilimitada de la naturaleza, contaminación
y, aún más, terribles maquinarias bélicas de poder incalculable);
no deberían desoírse lúcidas reflexiones como las del filósofo Jünger
Habermas, para quien en este contexto es necesario reencontrar
un proceso de «racionalización explicativa frente a los
peligros que entraña salir del camino de la razón»15.
Aunque esté
en boga la idea de una moral privada donde el yo hedonista es lo
único que cuenta, el relativismo autocomplaciente de los individuos
que pueblan las sociedades del siglo XXI no parece contribuir a
que otro mundo, donde exista mayor respeto hacia la vida, sea
posible.
Algo de la
intelectual argentina Beatriz Sarlo puede resultar ilustrativo:
«El relativismo absoluto, cuando juzga que los valores de los distintos
grupos están igualmente cerca de Dios (ya que finalmente no hay
Dios ni verdad), abandona el movimiento de la sociedad a las razones
más particulares y, muchas veces, incompatibles con el principio
mismo de relativismo y respeto universal de los valores. Cuando
cada uno persigue su felicidad, el resultado no es (salvo en la
teoría) una sociedad más equilibrada ni feliz»16.
1
Prólogo a la obra Historia de la Ética, tercer tomo: la ética
contemporánea.
2
Aunque en el lenguaje vulgar ambos términos se utilizan como sinónimos, el profesor
Omar França-Tarragó de la UCU en Montevideo señala en un
artículo que «entre aquellos que diferencian la Ética de la Moral
están los que sostienen (postura con la cual el académico concuerda)
que Ética sería la disciplina filosófica que se ocupa de la fundamentación
racional del comportamiento moral del hombre, mientras que Moral
sería todo lo que se refiere a los valores en tanto asumidos y vividos
por la gente, o sea, a la dimensión subjetiva o a la moralidad vivida
de hecho por los individuos o grupos determinados». Además, agrega,
otros han preferido distinguir los términos, diciendo que la Ética
se ocuparía del conjunto de principios inalterables (defensa de
la vida, alivio del sufrimiento, respeto por la persona humana,
confidencialidad, etc), mientras que la Moral sería la dimensión
subjetiva de quien asume esos principios. En cualquier caso -continúa
más adelante- cuando la ética reflexiona no se preocupa por buscar
cuales son -sociológicamente hablando-, las distintas sensibilidades
morales subjetivas que se dan en las sociedades, sino que intenta
buscar aquellos criterios universales que eliminen la arbitrariedad
de las relaciones humanas y lleven a que el ser humano se haga cada
vez más plenamente hombre».
3
Nicolás Casullo, La Modernidad como autorreflexión en Itinerario
de la Modernidad, Eudeba, 1999.
4
Alasadair MacIntyre, Tras la Virtud, 1984.
5
Y es que en esta época de pluralidad de nociones morales, ni siquiera
existiría una concepción única de hombre.
6
Alasadair MacIntyre, Tras la Virtud, 1984.
7
García Gómez Heras sostiene que «moral es más bien lo que concierne a las comunidades particulares» y que está
relacionado con las «convicciones religiosas, tradiciones culturales,
experiencias o vivencias personales», en tanto que «ética es lo
que corresponde a una conducta de valor universal».
8 Adela Cortina.
La Etica Discursiva. Historia de la Ética, tercer
tomo: la ética contemporánea. Ediciones, Victoria Camps.
1 Prólogo a la obra “Historia de la Etica”, tercer tomo:
la ética contemporánea.
2 Aunque en el lenguaje vulgar ambos términos se utilizan
como sinónimos, el profesor Omar França-Tarragó de la UCU en
Montevideo señala en un artículo que “entre aquellos que diferencian
a la Etica de la Moral están los que sostienen (postura con la
cual el académico concuerda) que Etica sería la disciplina filosófica
que se ocupa de la fundamentación racional del comportamiento
moral del hombre, mientras que Moral sería todo lo que se refiere
a los valores en tanto asumidos y vividos por la gente, o sea,
a la dimensión subjetiva o a la moralidad vivida de hecho por
los individuos o grupos determinados”. Además, agrega, otros han
preferido distinguir los términos, diciendo que la Etica se ocuparía
del conjunto de principios inalterables (defensa de la vida, alivio
del sufrimiento, respeto por la persona humana, confidencialidad,
etc), mientras que la Moral sería la dimensión subjetiva de quien
asume esos principios. En cualquier caso, continúa más adelante,
cuando la ética reflexiona no se preocupa por buscar cuales son
-sociológicamente hablando-, las distintas "sensibilidades"
morales subjetivas que se dan en las sociedades, sino que intenta
buscar aquellos criterios universales, que eliminen la arbitrariedad
de las relaciones humanas y lleven a que el ser humano se haga
cada vez más plenamente hombre”.
3 Nicolás Casullo, “La Modernidad como autorreflexión”
en Itinerario de la Modernidad, Eudeba, 1999.
4 Alasadair MacIntyre, “Tras la Virtud”, 1984.
5 Y es que en esta época de pluralidad nociones morales,
ni siquiera existiría una concepción única de “hombre”.
6 Alasadair MacIntyre, “Tras la Virtud”, 1984.
7 García Gómez Heras sostiene que “moral es más bien lo que concierne a las comunidades particulares”
y que está relacionado con las “convicciones religiosas, tradiciones
culturales, experiencias o vivencias personales”, en tanto que
“ética es lo que corresponde a una conducta de valor universal”.
8 Adela Cortina. La Etica Discursiva. “Historia
de la Etica”, tercer tomo: la ética contemporánea. Ediciones,
Victoria Camps.
9 Comentario de la obra de Juliana González, “El malestar
en la moral, Freud y la crisis de la ética” (México, UNAM), por
parte de Andrea Sánchez Hernández, investigadora del Colegio de
Filosofía de la DGEMAM DF.
10 Nicolás Casullo. La escena presente: debate modernidad-postmodernidad.
Itinerarios de la Modernida, Eudeba, 1999.
11 Ricardo Forster. Luces y sombras del siglo XVIII.
Itinerarios de la Modernida, Eudeba, 1999.
13 Nicolás Casullo. La escena presente...
14 Gilles Lipovetsky, “El crepúsculo
del deber (La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos).
Eiditorial Anagrama 1994.
15 Nicolás Casullo, La escena presente...
16 Beatriz Sarlo, Escenas de la vida posmoderna.
Editorial Ariel 1994.