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POLÍTICA Y MORAL

La importancia del conflicto político

La política sin conflicto de intereses no puede entenderse. La búsqueda de la eliminación de la contradicción y de un consenso estable atenta contra los principios básicos de la política. De ahí las diferencias en las relaciones de la política con la ética y la moral.

Por Lucio Latorre (lucioteina@yahoo.es)

Según el pensador Gilles Lipovetsky, la actual es una edad posmoralista caracterizada por la «yuxtaposición de un proceso desorganizador y de un proceso de reorganización ética que se establecen a partir de normas en sí mismas individualistas», y por lo cual –dice- se debe considerar esta etapa como «un caos organizador» en el que conviven «por un lado, el individualismo unido a las reglas morales, a la equidad, al futuro; por el otro, el individualismo de cada uno para él mismo y del después de mí el diluvio; o sea, en términos éticos, individualismo responsable contra individualismo irresponsable».

Esta descripción resulta bastante práctica en el momento de intentar comprender esas paradójicas situaciones que suceden en la actualidad, y en las cuales encontramos casos donde las acciones de las personas muestran una total falta de apego a cuestiones morales, pero donde también se advierten reivindicaciones, muchas veces radicales, de lo moral como patrón a reestablecer en todas las esferas.

Así, en palabras de Lipovetsky, podemos ver cómo «oscilando de un extremo a otro, las sociedades contemporáneas cultivan dos discursos aparentemente contradictorios: por un lado el de la revitalización moral; por el otro, el del principio de la decadencia que ilustra el aumento de la delincuencia, (...) los progresos de la corrupción en la vida política y financiera». Y agrega que «sin dudas, los lazos entre estos dos polos no faltan, ya que la efervescencia ética puede ser interpretada como reacción a la decrepitud de los comportamientos».

Y si hay un ámbito en el que claramente se manifiestan estas tendencias contradictorias, ese es el de la política.Si bien la de Lipovestky es una descripción que recoge parte de la realidad y tiene validez, habría que hacer una sustancial aclaración antes de profundizar y crear confusiones. Aunque están íntimamente relacionados, los conceptos de ética y moral no son lo mismo, pese al uso indistinto que de ellos hace el autor francés. Por lo tanto, al ser dos cosas distintas, su relación con la política debe entenderse también por separado. Hay que distinguir, entonces, la ética de la política de la moral de lo político.

Por definirlos de alguna manera habría que señalar que la moral se refiere a las costumbres y a la manera de hacer y entender el bien que compete a cada persona. Pertenece, por ello, al ámbito de lo privado. Al tiempo que la ética concierne también a la corrección de las costumbres y conductas públicas basadas en valores compartidos y aceptados, y es de carácter público. Así, las morales pueden ser múltiples (de hecho lo son), puesto que al concernir al ámbito privado existen tantas morales como personas hay. No ocurre lo mismo con la ética. Por definirlo de una manera más gráfica que académica, morales hay muchas pero ética una sola.

Partiendo de este punto hay que ver entonces la relación entre moral y política y destacar que la principal diferencia está dada por los ámbitos en que cada una rige.

Al analizar las diferencias entre discurso moral y discurso político, Hanna Pitkin explica que «si bien ambos hacen referencia a la acción de las personas, únicamente el político se refiere a la acción pública». Según esta autora, «el discurso moral es diálogo moral, mientras que el discurso político concierne a un público, a una comunidad, y en general tiene lugar entre los miembros de ese público, de esa comunidad. Por tanto, requiere una pluralidad de puntos de vista con los que empezar, la interacción de estas perspectivas variadas y su reconciliación en una única política pública, aunque la reconciliación será siempre temporal, parcial y provisional».

Con el surgimiento y consolidación de las democracias modernas, la idea (bastante utópica por cierto) de un único bien común para la sociedad se fue desvaneciendo, al tiempo que también se consiguió la separación del dominio de lo moral (ámbito privado) y el de la política (ámbito público). Pero si bien este cambió permitió una mayor libertad individual, es cierto que en política ha tenido igualmente efectos negativos.

Así lo manifiesta Chantal Mouffe: «Se ha ido relegando cada vez más toda preocupación normativa al terreno de la moral privada, al dominio de los valores, y se ha extirpado de la política todos sus componentes éticos (...). Esto llevó a la devaluación de la acción cívica, de la preocupación común». Mouffe cree necesario «reestablecer la conexión perdida entre ética y política», aunque siempre de un modo que sea compatible con el pluralismo moral.

Ante esta perspectiva, Lipovetsky advierte de los riesgos de caer en el eticismo, entendiendo esto como un moralismo único y sublime que se pretende imponer como la Verdad, aspiración que va además en sentido contrario a las sociedades democráticas ya que no da cabida al pluralismo en cuestiones morales.

En una sociedad a la que califica de posmoralista y en la cual los sermones y la retórica del sacrificio y el deber para con los demás genera rechazos, Lipovestky habla de la necesidad de establecer éticas inteligentes: «Sin darle la razón a las prédicas moralizadoras ni al fetichismo del self-interest, abogamos por la causa de éticas inteligentes y aplicadas, menos preocupadas por las intenciones puras que por los resultados benéficos para el hombre».

POLÍTICA Y MORAL: PROBLEMAS DE UNA RELACIÓN

Uno de los principales rasgos de las sociedades democráticas es la ausencia de un bien común único, situación propiciada fundamentalmente por la separación entre el dominio de la política y el dominio de la moral. Como ya se ha dicho, esta última, así como las creencias religiosas, quedaron confinadas al ámbito privado de las personas. A partir de ahí, la aspiración a un bien común único dejó de ser lo central en las sociedades democráticas y fue reemplazado por el pluralismo, y, al mismo tiempo, el aumento de las libertades individuales propiciado por el pluralismo derivó en «la disolución de las marcas de certezas», tal como Claude Lefort describe a la democracia moderna.

Las cosas no hubieran llegado a este estadio de no ser por el desarrollo del individualismo liberal. Como tantas otras corrientes ideológicas de fuerte inserción, ha sido objeto de numerosas críticas y cuestionamientos. De hecho, hay toda una línea de pensadores críticos hacia el individualismo liberal a los que comúnmente se conoce como comunitarios. El problema con estos es que algunos de sus referentes, como Alasdair McIntyre y Michael Sandel, «parecen creer que una crítica al individualismo liberal implica necesariamente el rechazo del pluralismo», sostiene Chantal Mouffe. Y avisa que la posición que esos autores defienden, y que propone el retorno a una política del bien común fundada en valores morales compartidos, «es claramente incompatible con la democracia moderna».

Basa lo categórico de tal afirmación en lo que se podría denominar como la «utopía del consenso permanente». Según esta pensadora es imposible aspirar a lograr un consenso permanente en política sin modificar la esencia, la naturaleza de esta última. Esta imposibilidad se da, básicamente, por una cuestión de definición. Mouffe entiende lo político como «conflicto, antagonismo, relaciones de poder». Y al igual que Carl Schmitt, piensa que el rasgo definitorio de la política es la lucha; es decir, lo político. Por lo tanto –dice-, querer hacer extensivo al campo de la política el mismo principio de tolerancia amplia que se aplica al terreno de la moral (donde el pluralismo aboga por la convivencia en la mayor armonía posible de valores morales diversos, y por evitar conflictos e imposiciones), equivaldría lisa y llanamente a una negación de la política.

«En política, el interés público siempre es un tema de debate, y es imposible alcanzar jamás un acuerdo final; imaginarse esa situación es soñar con una sociedad sin política», argumenta Mouffe, y sostiene que lo que se debe buscar no es la eliminación del desacuerdo, sino, por el contrario, su contención.

Insiste en su reivindicación del conflicto y en el consecuente rechazo a las aspiraciones de trasladar a la política los intentos que en el campo moral se hacen para lograr una aceptación unánime. Para la intelectual, una perspectiva así está peligrosamente mal orientada, y advierte que las personas comprometidas con la democracia «deberían ser cautelosas con todos los proyectos que aspiran a alcanzar la unanimidad» en el terreno de la política.

Profundiza diciendo que «una posición pluralista democrática no puede aspirar a establecer, de una vez y para siempre, los principios y disposiciones definitivas que deberían aceptar los miembros de una sociedad». E insiste en que aspirar a confinar los asuntos conflictivos a la esfera privada y crear una sociedad pública de consenso pleno y sin tensiones no es más que una ilusión, y que tal intento podría conducir «a la eliminación de lo político y a la destrucción de la democracia».

ÉTICA

Así pues, mientras en el terreno de la moral el concepto de pluralismo apunta a la coexistencia de múltiples valores morales, en el terreno de lo político tal principio no puede verse aplicado; no al menos en idéntica forma. En política, si bien el pluralismo no busca recortar la diversidad de corrientes sino que las alienta, no puede aspirarse a la consecución de un acuerdo general amplio que integre los diferentes puntos de vista existentes evitando con ello, de manera forzada, cualquier posibilidad de conflicto o antagonismo. Esto, que es factible y recomendable en otros terrenos, no puede serlo en el de la política.

¿Cómo encajar, entonces, en medio de toda esta argumentación, las quejas de cada vez más amplios sectores de la sociedad por el poco apego a los valores éticos que se advierten en la vida política? Hay que señalar que las quejas por la falta de ética en el quehacer político y la consecuente reivindicación de los valores éticos son una constante de los tiempos actuales, lo cual no deja de ser llamativo en una época caracterizada por el hiperindividualismo y el pluralismo democrático en el que conviven concepciones morales de toda clase.

A priori hasta podría parecer contradictorio, pero no lo es. Es una característica sintomática de las sociedades democráticas modernas que, a la vez que encuentran su razón de ser en el irrestricto derecho a las autonomías individuales, apelan a una categoría superior para que el orden y ciertos valores públicos se mantengan.

Estas demandas éticas expresan el no va más de la cultura del todo está permitido y la necesidad de fijar y mantener determinados límites. Como expresa al respecto Gilles Lipovetsky, «asistimos a una recomposición de la cultura individualista: el ideal de autonomía individual es más legítimo que nunca, pero al mismo tiempo se impone la necesidad de contrarrestar la tendencia individualista a emanciparse de cualquier obligación colectiva». Y agrega que «el gesto ético es el que reacciona contra los excesos».

Pero también es cierto que ante los excesos reacciona lo que se podría llamar, siguiendo la lógica del autor francés, el gesto moralista, que se pretende puro y absoluto y busca imponerse. Lipovestky ve esto como un riesgo y subraya que es necesario huir de las morales categóricas y dogmáticas, ya que éstas, entre otras cosas, suelen poseer objetivos tan nobles y absolutos «que los vuelven poco realistas y no pueden ser aplicables al curso del mundo». Ante ello contrapone la necesidad de «éticas inteligentes, realistas (...) que sean menos puras y sublimes pero susceptibles de corregir con mayor celeridad los diferentes excesos o indignidades de las democracias».

La ética podría entenderse entonces como las reglas de juego necesarias para el desarrollo de una vida democrática que no reniegue del carácter constitutivo que en ella tienen el conflicto y el antagonismo. Estas reglas de juego deben leerse como la hegemonía en un momento dado de valores consensuados, pero no como un consenso absoluto, inmutable y perenne. Como dice Lipovetsky, «corresponde a la colectividad de los hombres fijar y corregir, en función de su voluntad y de los conocimientos disponibles, las normas que la rijan».