| |
Bowling for Columbine
Dirección: Michael Moore. Guión:
Michael Moore. Fotografía: Brian Danitz, Michael Mcdonough.
Música: Jeff Gibbs. USA- Canadá, 2002.
En 1937, el holandés Joris
Ivens exhibe en la Casa Blanca Spanish Earth, su último
trabajo documental; es un testimonio sobre la guerra civil española
y tiene a Ernst Hemingway como comentarista de excepción.
Al terminar la proyección, el por entonces presidente de
los Estados Unidos de América, Franklin Delano Roosevelt,
exclamará: «¡Es un film que todo el mundo debiera
ver!». Bowling for Columbine -que se sepa- no ha sido
proyectada en la mencionada residencia presidencial y, habida cuenta
del ramalazo fascistoide de su actual inquilino, todos creemos que
ha sido para bien de Michael Moore.
Solo una pirueta fantástica al más puro estilo borgeano
podría llevarnos a imaginar a George Bush Jr. recomendando
el visionado de semejante película. Y es que Bowling for
Columbine, con todo lo que tiene de libelo tendencioso y algo
maniqueo, engarza magistralmente todos los elementos necesarios
para hacer de este documental un alegato implacable contra la vertiente
más tenebrosa del american way of life. Tomando como
pretexto la matanza perpetrada en la Columbine High School de Littleton,
en 1999, por un par de estudiantes del propio centro, Moore hace
un minucioso repaso a la realidad norteamericana y lo que nos muestra
no deja lugar a ninguna duda: algo huele a podrido en los Estados
Unidos de América.
Quizá, en lo que se refiere a la forma de presentar hechos
y datos, Moore se nos muestra un tanto panfletario. Haciendo uso
y abuso de la forma asociativa nos hace comulgar, a ritmo de rock
transgresivo o melifluas melodías, con todo tipo de silogismos
carentes de premisa mayor. Nos muestra la cara más sucia
de cuanto quiere enseñarnos y luego suelta los perros (en
este caso la cámara) para que terminen el trabajo. Moore
es un personaje, un personaje que ha ido haciéndose a sí
mismo en documentales como Roger and Me y The Big One,
sus anteriores trabajos, y que ahora tiene la credibilidad de los
justicieros. Se le puede amar o se le puede odiar (aunque aquí
sean pocos los que le odian), pero no se le puede negar su implacable
trayectoria en pos de una idea de justicia con la cual, el que esto
escribe, no está en desacuerdo. Moore nos muestra las miserias
de su pueblo y, en cierto modo, nos está mostrando las miserias
del mundo: un psicópata que, al amparo de la ley, guarda
un revólver debajo de su almohada, un oscarizado octogenario
detrás de cuya glamourosa máscara se esconde la más
profunda de las mentalidades (atención: no confundir con
mentes); una entidad bancaria que, en un alarde de surrealismo promocional,
regala un arma a todo aquel que pase a formar parte de su cartera
de clientes; unos niños que mueren; un niño que mata;
una madre que llora; y una panda de hijos de puta que, en pos de
su particular idea de libertad, son capaces de justificarlo todo.
Moore apunta alto y con buen tino, y hace de la cámara un
ojo revelador e impertinente que, además de mostrarnos los
aspectos más cutres de una realidad inaceptable, se revela
capaz de cambiarlos. No en vano cabe recordar que Moore fue el principal
responsable de que Nike dejara de hacer uso de mano de obra
infantil en Indonesia. En esta ocasión consigue que una cadena
de supermercados retire de la venta el tipo de munición que
se utilizó en la escabechina de Littleton. Y todo porque,
en este caso, la imagen trabaja en contra de aquellos que suelen
hacer de ella su panoplia ética.
En su andadura algo quijotesca, algo gamberra, Moore pone de manifiesto
las miserias de un país aquejado por los males de la hipocresía,
el racismo y la brutalidad, y ridiculiza todo aquello que huele
a rancio en la sociedad norteamericana. Las entrevistas que realiza,
los datos que maneja, la realidad que muestra, evidencian lo que
algunos ya veníamos sospechando: estamos tratando con auténticos
fanáticos. La denuncia (no carente de un sentido del humor
digno de mención) efectuada por Moore es clara y contundente:
la lógica que gobierna el mundo es estremecedora, y para
percatarse de ello únicamente hay que prestar oídos
a los discursos que dicha lógica genera. De seguir por este
camino llegará el día en que, como predijo George
Orwell, «podrá leerse, adheridas sobre su blanca fachada
en letras de elegante forma, las tres consignas del partido: LA
GUERRA ES LA PAZ; LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD; LA IGNORANCIA ES
LA FUERZA». Hasta entonces, y mientras no ocurra lo peor,
al que esto escribe nada más le queda que romper una lanza
a favor del activismo político del que se hace gala en Bowling
for Columbine, y recomendarles que vayan a verla. Les garantizo
que pasarán un buen rato.
vicente
|
|