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LA
CIUDAD INESTABLE
La
ciudad no es otra cosa que nosotros mismos, y lo que nos horroriza de
ella está dentro de nosotros. La ciudad es estresante y nosotros
vivimos estresados. La ciudad es una vorágine y dentro de nosotros
reina el caos y la angustia.
«Me
siento incapaz de llevar siempre el ritmo que esta ciudad me exige para
ser exitoso. Me siento inestable en esta ciudad que crece muy rápido».
Éstas son algunas de las motivaciones del primer montaje de Teatro
Inestable que hace un par de meses abrió un nuevo espacio teatral
en Valencia. Usamos como punto de partida estas premisas para hablar de
la presencia de la ciudad como protagonista, tanto en las puestas en escenas
como en la dramaturgia contemporánea.
Alejandra
Garrido Buzeta
Siempre
que necesites mi espacio (te lo voy a dejar) se titula este montaje de
Espacio Inestable, que se estrenará en Valencia a fines de marzo,
y es el primer paso que da esta compañía amateur para insertarse
en el medio profesional. Nació en el ambiente universitario con
el nombre de Tres Teatre, y en los últimos ocho años ha
venido trabajando sin parar en más de 20 montajes en la búsqueda
de un lenguaje propio. Vienen de un ambiente favorable. Muchos teatros
experimentales han surgido de aulas universitarias, en este caso
son ex estudiantes de filología de la Universidad de Valencia.
Se
suele identificar el teatro experimental con el teatro comprometido, y
al hablar de compromiso no nos referimos solamente a teatro político
o panfletario, sino a uno que está constantemente escuchando la
época en que se vive e intentando dialogar o confrontar con ella,
ya sea a través de los contenidos o las formas con que éstos
se aborden. La tecnología ha hecho que de golpe todo avance a gran
velocidad, y se exige un modelo de hombre a la altura de estos avances,
algo difícil de lograr en las escasas 24 horas que tiene un día.
Es
lógico que el teatro reaccione ante lo que le preocupa y le produce
angustia: en este caso la ciudad. Esto no es nada nuevo, porque el entorno
siempre ha sido un motivador de conflictos en todo el arte, pero en este
caso nos referimos a una ciudad en concreto: la ciudad posmoderna.
teína
dialogó con el director de Siempre que necesites mi espacio…,
Jacobo Pallarés, para quien la ciudad es «un laberinto donde
la vida es muy complicada, con un ritmo frenético, un ritmo en
el que el 90% de la gente está, sobre todo la gente que trabaja».
Cuando
se habla de ciudad actual resulta inevitable que en los imaginarios aparezca Nueva
York como paradigma de la ciudad posmoderna. Muchos escritores la han
tomado como espacio para los más diversos y ejemplificadores relatos
de personajes atrapados en el ritmo trepidante de sus calles, rascacielos,
multitudes y luces, intentando coger con violencia su lugar o apartándose
lo más lejos posible para no contaminarse. Ya en Ciudad de Cristal,
Paul Auster describe: «Nueva York era un espacio inagotable, un
laberinto de interminables pasos… cada vez que daba un paseo sentía
como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose
al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba
escapar a la obligación de pensar… el mundo estaba fuera
de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la
que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna
cosa por mucho tiempo.»
La
idea de ciudad laberinto coincide con la sensación que también
pretende cristalizar la puesta en escena de Espacio Inestable. Como grupo
en constante búsqueda, opta por un lenguaje no clásico.
Dicen estar muy influenciados por los grandes reformadores del teatro
del siglo XX, Artaud, Barbas y Grotowski, y también por creadores
contemporáneos como Rodrigo García. Buscan constantemente
la innovación en escena: «dar algo nuevo». En el caso
de este montaje proponen una puesta en escena arriesgada, en la que el
texto no es más que un guión dramático, como lo define
su director, para enlazar las imágenes que cobran fuerza poética
en la representación. No hay una historia que seguir, o si la hay
no esta contada a la manera convencional. Sin embargo, el texto es de
fuerte contenido poético y sí se ven personajes y conflictos
motivados explícitamente por la invasión de la ciudad en
las casas y vidas de éstos.
La
sensación de inestabilidad que provoca esta invasión está
presente también en la corporalidad de los actores que parecen
estar a punto de perder el equilibrio constantemente.
Según
señala Pallarés, «en la obra hay espacios muy concretos
como la casa, que no está dibujada como una casa sino simplemente
como concepto abstracto que está ahí, que es la casa, un
espacio intermedio que puede ser el porche, y la calle, la ciudad, fuera.
Y la ciudad poco a poco, con el elemento concreto que son los mapas va
entrando poco a poco al portal, y del portal a la casa hasta inundarlo
todo, hasta destrozar una pareja, que está sometida a un estrés
porque tiene que comprar un piso, tiene que pagar unas hipotecas, y la
ciudad es también esas hipotecas, ese piso, esa búsqueda
de un trabajo, y los números rojos de la ciudad golpean a la mujer
y acaban destrozándola».
Pero
también aclara que la ciudad no es un ente que está dado
por sí mismo, sino que la ciudad es algo que nosotros creamos.
O sea, que nosotros podemos parar ese ritmo, o hacer que el ritmo vaya
como nosotros queramos, la ciudad no existe, somos nosotros. «La
ciudad hace, y cuando digo hace es que hacemos que vaya a ese ritmo»,
sostiene.
MÁXIMA
VELOCIDAD
Muchos
son conscientes de la angustia que produce llevar el ritmo de la ciudad.
Sabemos que hay que parar pero, o lo hacemos todos, o reventamos todos.
Por eso nos producen un cierto placer los acontecimientos que paralizan
una ciudad, generalmente las tragedias (terremotos, aluviones, atentados,
etc.). Son una justificación para detenerse, nadie pide explicaciones
sobre esa detención, pero nos pone a todos al mismo nivel, por
unos instantes al menos. Tanto en la literatura como en la dramaturgia
contemporánea se ven intentos de paralizar este ritmo, de alienarse.
En la mencionada Ciudad de Cristal, un padre aísla a su hijo de
tres años en una habitación donde durante nueve años
no tendrá contacto alguno con el mundo exterior, con la idea de
probar si existe un lenguaje puro, el lenguaje de Dios. Auster elige Nueva
York, pero no es el único. El dramaturgo británico contemporáneo
Martin Crimp también desarrolla su obra El Tratamiento en nueva
York, y a través de sus personajes muestra la corrupción
y el daño que puede hacer la ciudad en los individuos.
Así
se lo explica Simon, uno de los personajes, a Anne en escena: «Me
he escondido en la ciudad y sé que ésta degrada más
de lo que ennoblece… es por eso que debemos mantenernos puros y
buenos…».
Hemos
citado ejemplos en los que la ciudad, con su ritmo vertiginoso, excluye
y hace que de entre los marginados surjan seres perversos y corruptos.
En la propuesta de Espacio Inestable es la ciudad misma la que invade
a estos personajes violentando directamente su cotidianeidad. Aquí
los personajes son víctimas de la ciudad, no han sabido mantener
su propio ritmo y han sido absorbidos por el ritmo de la urbe hasta que,
sin darse cuenta, son vencidos y arrastrados en su laberinto. «Es
la pareja que poco a poco va siendo invadida por la ciudad hasta perder
todos sus espacios en común. Sin darse cuenta la ciudad los termina
separando y eso se ve en una imagen concreta en que quedan cada uno a
un lado del espacio de representación con la ciudad por medio»,
concluye Pallarés.
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