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Entrevista
a Rolando Revagliatti
«Soy un hombre de contradicciones muy firmes»
José
Emilio Tallarico y Rubén A. Arribas
Rolando
nos recibió en la sala donde pasa consulta. Diván, cómodos
sillones y estanterías repletas de libros; también algo
de ajetreo en la calle Bogotá, pese a la lluvia. Allí, tras
el enrejado para asegurar un mínimo de intimidad, este psicoanalista
de 59 años biológicos nos recibió con la amabilidad
que le caracteriza. Vive en plena zona roja del barrio de Flores, donde
al anochecer se alinean ellas y ellos subidos a sus tacones, y ceban,
con picardía, cualesquiera extremidades eréctiles de su
cuerpo a la curiosidad del viandante. Ojalá disfruten de la entrevista
tanto como José Emilio y yo. La frase que da título a la
entrevista no la encontrarán aquí, pero la citó Rolando
y pertenece a un verso suyo de un poema concebido a partir de una película,
Sin aliento.
Medicina
pro-paga
Comentabas
hace poco que nunca has escrito una reseña ni has prologado un
libro, ¿a qué se debe?
No me atrae. Además, esa posibilidad se encuentra muy inhibida
en mí. Debería abocarme, primero, a algún tipo de
ejercitación y así probarme. Pero no me calienta la idea.
Y es del todo improbable que a esta altura de mi vida yo me prenda en
asuntos que no me calientan lo bastante. También sucede que mis
modelos en cuanto a crítica literaria y prólogos y epílogos
andan demasiado lejos de mis capacidades.
¿Quiénes
son esos modelos?
Mi tocayo Roland Barthes, por ejemplo, si de ensayo hablamos, o Borges
y sus prólogos ¡eso sí que son prólogos
degustables!. Abundan los prólogos laudatorios ejecutados
por compromiso y, por lo tanto, la cháchara. Reconozco que me inhiben
ciertas figuras debido a la admiración que les profeso.
¿Cómo
allanarías esta inhibición?
En su momento, recuerdo, me arrasó la compulsión por la
práctica de ejercicios dramatúrgicos. Lecturas y escrituras
concienzudas me posibilitaron esclarecerme, aunque sólo en mi fuero
interno, respecto de por qué son tan buenos quienes yo considero
como tales. ¿Por qué Griselda Gambaro es una dramaturga
excepcional? En el terreno de la narrativa, ¿por qué la
mayoría acepta que Bioy Casares es excelente?
¿Hasta
dónde llegaste con ese tipo de cuestionamiento?
Ojalá supiera transmitirlo. Me asomo a lo que intelijo, que es
la cocina de lo que otros hacen y así discierno el por qué
me fascinan los que me fascinan.
¿Depende
del lenguaje usado por el autor, o de la mirada de éste sobre las
situaciones?
De la combinatoria de ambos. Muchos carecen de la astucia necesaria para
llevar al lector a lo que se halla instalado en el texto.
En
la mayoría de tus poemas se observan grandes podas: ¿estás
en contra de los excesos de la retórica?
Salpullido me saca la mera retórica. Soy lo que muchos avispados
somos: podador. Y si me subo al caballo de la retórica, soy avieso:
la uso para burlarme o desembozar.
¿Qué
poetas te dieron vuelta la cabeza?
Según las épocas, las respectivas fascinaciones. Con algunos
me desfasciné. De otros me quedó una sobria valoración.
Sin ser demasiado rebuscado cito a César Vallejo, entre los inagotables.
También a Nicolás Olivari y a Julio Huasi. Entre los imprescindibles:
Kato Molinari y a Jorge Leonidas Escudero.
Poética
sonoramente mínima
¿Por
qué repetís el título en el primer verso? ¿No
sentís que ahí desperdiciás una bala, sobre todo
debido a la brevedad de tus poemas?
Si no encuentro un título que dé cuenta de algo que necesito
destacar, opto por el primer verso, o parte del primer verso, a menudo.
Y siempre me lo logro justificar. Admiro a los autores que con sus títulos,
a veces muy largos y yo también, en ocasiones, los he utilizado
completan una atmósfera, inclusive extemporánea al
poema.
Tus
textos sugieren la idea de objeto verbal, dada su retórica y estructura
tan características. ¿Adherís a la idea del poema
- artefacto popularizada por Nicanor Parra hace algunos lustros?
¡Vaya si adhiero! Y añado en este sentido el quehacer poético
de un argentino y psicoanalista, radicado en Madrid, Martín Micharvegas.
Él lo denomina Parajodas.
¿Considerás
hermética tu escritura?
Hasta cierto punto me gusta no entender del todo algunos de mis textos.
Y muchos de los textos de los demás. Una naranja se puede exprimir
de diferentes modos y el jugo brotará de una manera u otra (según
sea la presión ejercida, etc.). Insistamos: ¿no hay más
jugo? Ah, entonces comencemos con el no-jugo. ¿No podría
extraerse jugo del no-jugo? La cáscara: ¿por qué
no ha de tener también jugo la cáscara de la naranja? Y
la especulación respecto del jugo que podría aparecer de
la cáscara de la naranja, ¿no es jugo, digamos literariamente
hablando o como un recurso de la imaginación?
Has
compuesto varios poemas donde, aparentemente, definís un arte poética,
es decir, le hablás al lector sobre qué debe ser poesía:
¿cómo definirías tu poética?
No sabría definirla. Acaso sí indefinirla. He aquí
algo estimulante, a desarrollar, y que oscuramente me busca. No es adrede;
de hecho, nunca me animé a titular ningún poema como Arte
poética. Y subrayo: no me animé.
¿Quizá
esté más relacionado con el modo en cómo te atraviesa
la escritura y qué manera de escribir te acomoda mejor?
En mi libro Ripio hay eso. Allí incluyo unas cuantas consideraciones
sobre la escritura. Hay un poemita donde me tomo por un ripioso
y, a modo de chiste pareado incluido me digo: «De ripio
moriré / bien lo sé».
En
Propaga incidís sobre el poder resonante y transmisor de
la palabra. ¿Subyace una lectura de Roland Barthes? ¿De
ahí el título?
Toda expansión conlleva la subsiguiente expansión. Siento
que todos los textos que conforman Propaga se expanden, tienden
a filtrarse por debajo de las puertas, a divulgarse. No ignoro que el
título se me impuso de modo inefable.
El
actor es su cuerpo: ¿suena?
Al
hilo de algunos poemas de Propaga, me gustaría que hablásemos
sobre la sonoridad; pero no del sonido de las palabras, sino de cómo
suenan los fantasmas del otro. ¿Cómo es esa
búsqueda?
Algunos textos, pocos, de Propaga son reelaboraciones de otros
concebidos en mi etapa lejanísima de estudiante de
actuación teatral. Traté durante siete años de encontrar
las conexiones más íntimas con los resonadores de mi cuerpo
en aquella materia que se llamó Dinámica del esquema
corporal. «El actor es su cuerpo», afirmaba la creadora
de esta actividad. Yo, un retirado del teatro, procuro a veces que mi
cuerpo suene cuando leo poemas en público.
¿Puede
trazarse un paralelismo entre tu poesía y el arte contracultural
del mítico Instituto Di Tella de Buenos Aires? (recordemos a Marta
Minujín, Romero Brest, los dorados años sesenta)
Desde luego. Puede trazarse. Lo intentaría con dos exponentes actorales,
directrices y dramatúrgicos de aquellos años sesenta en
aquel Instituto: Norman Briski (un fuera de serie) y Berta Roth, quien
había presentado un espectáculo con el actor Óscar
Escobar a propósito de Oliverio Girondo.
Ese
tipo de referencias nos remite directamente al teatro de lo corporal:
¿te sentís influido en tu poética por referentes
teatrales como Stanislavski o Grotowski?
Leí gran parte de lo producido por ambos. Asistí en Córdoba
a varias conferencias de Grotowski. Propendía a traspasar la condición
actoral. Una nueva dimensión. Dejar estupefacto, fisurar los conceptos.
¿Relacionás
el teatro del absurdo con ese buscar las fallas del lenguaje propio de
vos?
La dramaturgia que escribí, toda ella, no sólo la que rescaté
en mi libro Las Piezas de un Teatro, se encuadra en esa corriente. Alberto
Ure me llegó a bautizar como El Beckett Gaucho.
Acá,
un recitador (¡¿estrambótico?!)
Sos
especial para leer tu poesía; es difícil leer un poema tuyo
sin pensar en cómo leés vos. Tu manera de recitar, ¿está
tan pegada a tu personalidad como parece? ¿Sos espontáneo
o hay mucho trabajo detrás? ¿Tenías algún
referente cuando comenzaste?
Allá por 1995, cuando comencé a circular por los ciclos
literarios, no leía exactamente como ahora. Hasta 1995 lo había
hecho de manera escasa y dispersa. Siempre me importó la oralidad.
De niño quería ser speaker, es decir, quería
locutar noticias y avisos comerciales en la radio. En esa época,
recitaban en la radio Berta Singerman y Fernando Ochoa. Y mi padre recitaba
poemas gauchescos, y hasta grabó unos discos personales. Luego,
mi formación actoral, primero, a los quince años, con Antonia
Herrero. Confieso que lo que más me gustaba era cantar. Pero lo
hacía mal. Si hubiera podido elegir, sería un solista. Y
andaría por los escenarios del mundo desgranando tangos, milongas,
valsecitos,...
En
relación al personaje público que lee o actúa sus
poemas, ¿hay tal personaje-poeta? De ser así: ¿cómo
trabajan en vos las tensiones entre lo actuado y lo estrictamente textual
del poema?
Ese personaje despliega al poeta, encarna la configuración del
texto. Practico la autocrítica. A veces eso me mortifica; sin embargo,
se ha convertido en el motor de mi poética. Cuando me escucho en
las grabaciones, descubro momentos de la lectura donde estoy desconectado
de mí. Eso sí, cada vez me sucede menos. Encuentro muy interesante
esto de la desconexión: si estableciéramos una analogía
con la comida, cabría preguntarse si uno, cuando come, degusta
la comida durante todo el tiempo. A mí muchas veces me interrumpen
mi hija o el teléfono, y noto que se produce una desconexión
en el acto degustatorio. Más claro sería el ejemplo sexual:
en mitad del acto amoroso, aunque uno siga conectado de manera mecánica,
una repentina y mínima brizna un ¡ay! como pensar
en que se debe madrugar al día siguiente es capaz de provocar esa
desconexión. Es sólo una vacilación, aunque esté
todo bien, ¿no?, un mínimo instante del cual uno se recobra
y sigue como si nada; pero la irrupción aparece, se produce. Eso
sucede en la transmisión del poeta-actor cuando se conecta con
seres humanos que, supuestamente, oyen.
¿Cómo
encontrás la reacción del público cuando leés?
Me consta que muchas veces se ríen, aunque en el poema no hayas
incluido ningún elemento irónico o gracioso. ¿Interfiere
ahí tu idea de lo estrambótico?
Sí, cierto, no siempre existe ese elemento. El humor debe servir
para conjurar el dolor. Y lo estrambótico, según la oportunidad,
la astucia para infringirlo, gana por afano. Aún lo mejor es efímero;
no sólo porque nos vamos a morir: las intensidades mueren, decaen.
Lo del público depende del lugar donde leo. Sin embargo, me sucede
a veces que leo textos serios y me llega una pizca de decepción
por parte del público. Y me molesta pensarlo, porque ese sector,
que festeja tanto lo festejable, no me concede credibilidad suficiente
como para hablar de cuestiones íntimas y serias.
¿Qué
pensás que producís en el lector común con tu poesía?
¿Buscás promover pensamientos, es decir, algo vinculado
con la especulación intelectual, o tratás de producir imágenes
(situaciones visuales o sensoriales)?
Con cierta zona coloquial y audaz algo produzco. Me gratifica imaginar
que los oxigena la impronta, el modo de desacralizar, la huella de mordida
que dejo en el lugar común (común, común...) del
que me apropio. Produzco textos que provocan en una dirección los
más abstractos y textos que provocan desde el punzar lo que
está al alcance. Seguramente se producirán otros efectos,
que desconozco.
Tus
textos, en muchas ocasiones, dejan entrever el placer del autor al componerlos.
Sé que es un tema gastado, pero ¿podés hablarnos
del placer que te causa el proceso de la escritura?
El curso del proceso suele ser arrasador. Febril. No estaba y ahora está.
Y mientras creés que está lo que no estaba, mientras creés
que se sostiene y que desde allí (¿qué allí?)
te sostiene: te arrasa.
El
psicoanálisis soy yo
Sos
psicoanalista con muchos años de experiencia clínica: ¿qué
podés decirnos de este proceso del poeta que implica un escarbar
en la propia historia y un mostrar luego el producto de esa búsqueda
como si nada?
Que cuando escarbo como si nada es cuando escarbo como si todo. ¿O
no? Eso es escarbar. Recuerdo que de niño era muy tímido.
Y que desde entonces se me forjó el analizador, como
si no me quedara otra opción. Imagino que la circunstancia de ser
hijo único (aunque todo hijo, ya sabemos, es único), agravaba
el problema. Ya de preadolescente me atrajo Freud. En Corazón,
de Edmundo d'Amicis, me estacionaba en la psicología de los personajes.
Frases del tipo «Enrique, has ofendido a tu madre» o «Le
has levantado la voz a tu padre» me absorbían, me descuajeringaban
(y yo era bastante descuajeringable). Otro rasgo: más que la anécdota
propiamente dicha, me inclino por el cómo los personajes transitan
por sus pasarelas. Les cuento también lo que me sucede con los
noticieros televisivos: me extasío escudriñando, no tanto
el cebo de la noticia sino los gestos de los involucrados y la dicción
de locutor, o las personas que aparecen por detrás de lo que es
principal en las imágenes.
¿Reconocés
dónde aparece la influencia del psicoanálisis en tu poesía?
¿Le robás conflictos a tus pacientes?
No se trata en modo alguno de una aplicación directa. Sí
que me instilan ideas a desarrollar. En mi primer libro, Obras completas
en verso hasta acá irónico pero literal: cuando
envié los poemas al editor me había quedado sin un solo
poema, una las cuatro secciones se titula Los papás queman.
Esto procede de una intervención mía mientras coordinaba
una sesión grupal en una clínica psiquiátrica.
En
tus poemas aparecen muchas voces femeninas, incluso como protagonistas:
¿son necesarios conocimientos sobre la teoría del psicoanálisis
para entender tus poemas?
No, no son necesarios. A lo sumo, algunos (ésos) podrán
regodearse más con algunas sutilezas.
Por
ejemplo, en el poemario Ardua aparecen varias mujeres...
Personajes. Textos que produzco desde esas voces y esas luchas.
Actor
de reparto
Otra
característica original de tu obra pasa, en buena medida, por la
apropiación de elementos de la historia de la cultura: cine, literatura,
pintura, etc. ¿Cuál sería el disparador poético
en estos casos?
En algunos casos, la identificación. En otros, la consubstanciación.
En otros, la imaginación. La consubstanciación al poder...
Lindo título para producir algo que revele la peculiar atrocidad
de estos tiempos. El cine, por ejemplo, me interesa desde mi infancia.
Lo único original, que yo sepa, apenas, es que concebí 333
poemas a partir de sendas películas. Éstos se encuentran
repartidos en cuatro libros: Trompifai, Picado contrapicado,
Fundido encadenado y Tomavistas. Otros autores argentinos
que concibieron textos a partir de largometrajes son Zulma Liliana Sosa,
César Cantoni, Carmen Bruna, Alejandro Schmidt y Claudia Masín.
Se
me ocurre: ¿te identificás con Woody Allen? ¿Y con
otros cineastas?
Soy un incondicional de Woody Allen. Me identifico con él hasta
en cómo presenta a los actores y a los demás intervinientes
de sus películas: con un mismo rango, uno tras otro, con fondo
negro, nada de efectos. En una película se juega a tratarla con
cámara al hombro, en otra desarrolla un musical, en otra recrea,
sin renunciar a sus obsesiones, las atmósferas terroríficas...
Renueva su apuesta. La redobla. Como Polansky, como Godard. De ellos admiro
el eclecticismo, la capacidad de probar en todos los terrenos, la solvencia
para cada despliegue.
«Libre / pero en un manchón / transculturizado / me revuelco».
Es recurrente en vos la pregunta sobre la cultura. Diríamos que
incluso tiene algo de lacaniano. ¿Te intriga cómo es atravesado
el pensamiento poético por la cultura del momento?
Cómo es atravesado... y cómo es crucificado. Y cómo
se las rebusca para inseminarse con la crucifixión.
Tus
poemas se alejan del tratamiento grandilocuente de los temas existenciales
de otros poetas, y se centran en aspectos menudos, secundarios. ¿Por
qué esa fijación?
Esa fijación y esa apetencia. En unos cuantos de mis cuentos y
relatos de Historietas del Amor y Muestra en Prosa denoto
la cosa chota, los aspectos menores. Siempre me identifiqué
con los antihéroes (Dustin Hoffman en Los Perros de Paja).
Recuerdo que en mi juventud conocí a una prostituta a la cual frecuentaba,
me dijo, Nicolás Olivari. En mi poema La musa merodeadora
reflejo ese recuerdo.
¿Es
realidad o fantasía?
Mezcla. Que mi otro yo porta alguna condición de porquería,
de infame, de deleznable, lo sé... Jugar con esto no es malo. Inmiscuirse
en esto como lo hacía Henry Miller no es malo. Realidad y fantasía.
Algo
de ese espíritu se nota en cómo elegís tus poetas
para los ciclos, ¿no?
Espíritu que se despliega en mi necesidad de formalizar una propuesta
no sectaria. Tanto con poetas vivos invitables como con poetas muertos
homenajeables. Me gratifica aportar este tipo de granito de arena a quienes
les interesa la poesía
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