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El
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Guillermo Cabrera Infante

Tintalabios
Entrevistas a:
Alberto
Olmos
Ángel Petisme
Rolando Revagliatti
Sólo café,
solo
Pavese:
amor y muerte en la ciudad
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Poemas
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MP3.
Recitados del libro Propaga
Aire
Cómo se pianta la vida
En mi cabeza
Llegó para ubicar
Ojo mío
Me apego sonoramente
Sonidos al
De
lo trágico
Se
mató la voz
Fuegos
exclusivos
Aquí
no
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Biografía
Nació en Buenos Aires en 1945 y ha sido
incluido en antologías de la India, Estados Unidos, Brasil y la
Argentina. Coordinó ciclos de lecturas públicas en homenaje
a los poetas argentinos Nicolás Olivari, Julio Huasi, Luis Franco,
Carlos de la Púa, Susana Thénon y Horacio Pilar. Es el director
de la Revista Oral de Literatura Recitador Argentino.
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Libros
publicados:
- Dramaturgia: Las piezas de un teatro (1991).
- Narrativa: Historieta del amor (1991), Muestra en prosa
(1994).
- Poesía (entre 1988 y 2003): Obras completas en verso hasta
acá, De mi mayor estigma (si mal no me equivoco), Trompifai,
Fundido encadenado, Tomavistas, Picado contrapicado, Leo y escribo,
Ripio, Desecho e izquierdo, Propaga, Ardua, Pictórica, Sopita
y Corona de Calor.
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Cómo conseguir
sus libros en la red
Contacto del autor
Libro electrónico:
De
mi mayor estigma (si mal no me que equivoco)
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Rolando
Ravagliatti en la red
Autorexus
Cuentos
en Letralia
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Entrevista a Rolando Revagliatti
«Soy un hombre de
contradicciones muy firmes»
José Emilio Tallarico y Rubén A.
Arribas
jetallarico@hotamil.com
/ revistateina@yahoo.es

Rolando nos recibió en la sala donde pasa
consulta. Diván, cómodos sillones y estanterías
repletas de libros; también algo de ajetreo en la calle Bogotá,
pese a la lluvia. Allí, tras el enrejado para asegurar un mínimo
de intimidad, este psicoanalista de 59 años biológicos
nos recibió con la amabilidad que le caracteriza. Vive en plena
zona roja del barrio de Flores, donde al anochecer se alinean ellas
y ellos subidos a sus tacones, y ceban, con picardía, cualesquiera
extremidades eréctiles de su cuerpo a la curiosidad del viandante.
Ojalá disfruten de la entrevista tanto como José Emilio
y yo. La frase que da título a la entrevista no la encontrarán
aquí, pero la citó Rolando y pertenece a un verso suyo
de un poema concebido a partir de una película, Sin aliento.
Medicina
pro-paga
Comentabas hace poco que nunca has escrito
una reseña ni has prologado un libro, ¿a qué se
debe?
No me atrae. Además, esa posibilidad se encuentra muy inhibida
en mí. Debería abocarme, primero, a algún tipo
de ejercitación y así probarme. Pero no me calienta la
idea. Y es del todo improbable que a esta altura de mi vida yo me prenda
en asuntos que no me calientan lo bastante. También sucede que
mis modelos en cuanto a crítica literaria y prólogos y
epílogos andan demasiado lejos de mis capacidades.
¿Quiénes son esos modelos?
Mi tocayo Roland Barthes, por ejemplo, si de ensayo hablamos, o Borges
y sus prólogos ¡eso sí que son prólogos
degustables!. Abundan los prólogos laudatorios ejecutados
por compromiso y, por lo tanto, la cháchara. Reconozco que me
inhiben ciertas figuras debido a la admiración que les profeso.
¿Cómo allanarías esta
inhibición?
En su momento, recuerdo, me arrasó la compulsión por la
práctica de ejercicios dramatúrgicos. Lecturas y escrituras
concienzudas me posibilitaron esclarecerme, aunque sólo en mi
fuero interno, respecto de por qué son tan buenos quienes yo
considero como tales. ¿Por qué Griselda Gambaro es una
dramaturga excepcional? En el terreno de la narrativa, ¿por qué
la mayoría acepta que Bioy Casares es excelente?
¿Hasta dónde llegaste con ese
tipo de cuestionamiento?
Ojalá supiera transmitirlo. Me asomo a lo que intelijo, que es
la cocina de lo que otros hacen y así discierno el por qué
me fascinan los que me fascinan.
¿Depende del lenguaje usado por el
autor, o de la mirada de éste sobre las situaciones?
De la combinatoria de ambos. Muchos carecen de la astucia necesaria
para llevar al lector a lo que se halla instalado en el texto.
En la mayoría de tus poemas se observan
grandes podas: ¿estás en contra de los excesos
de la retórica?
Salpullido me saca la mera retórica. Soy lo que muchos avispados
somos: podador. Y si me subo al caballo de la retórica, soy avieso:
la uso para burlarme o desembozar.
¿Qué poetas te dieron vuelta
la cabeza?
Según las épocas, las respectivas fascinaciones. Con algunos
me desfasciné. De otros me quedó una sobria valoración.
Sin ser demasiado rebuscado cito a César Vallejo, entre los inagotables.
También a Nicolás Olivari y a Julio Huasi. Entre los imprescindibles:
Kato Molinari y a Jorge Leonidas Escudero.
Poética sonoramente mínima
¿Por qué repetís el
título en el primer verso? ¿No sentís que
ahí desperdiciás una bala, sobre todo debido a la brevedad
de tus poemas?
Si no encuentro un título que dé cuenta de algo que necesito
destacar, opto por el primer verso, o parte del primer verso, a menudo.
Y siempre me lo logro justificar. Admiro a los autores que con sus títulos,
a veces muy largos y yo también, en ocasiones, los he utilizado
completan una atmósfera, inclusive extemporánea
al poema.
Tus textos sugieren la idea de objeto verbal,
dada su retórica y estructura tan características. ¿Adherís
a la idea del poema - artefacto popularizada por Nicanor Parra hace
algunos lustros?
¡Vaya si adhiero! Y añado en este sentido el quehacer poético
de un argentino y psicoanalista, radicado en Madrid, Martín Micharvegas.
Él lo denomina Parajodas.
¿Considerás hermética
tu escritura?
Hasta cierto punto me gusta no entender del todo algunos de mis textos.
Y muchos de los textos de los demás. Una naranja se puede exprimir
de diferentes modos y el jugo brotará de una manera u otra (según
sea la presión ejercida, etc.). Insistamos: ¿no hay más
jugo? Ah, entonces comencemos con el no-jugo. ¿No podría
extraerse jugo del no-jugo? La cáscara: ¿por qué
no ha de tener también jugo la cáscara de la naranja?
Y la especulación respecto del jugo que podría aparecer
de la cáscara de la naranja, ¿no es jugo, digamos literariamente
hablando o como un recurso de la imaginación?
Has compuesto varios poemas donde, aparentemente,
definís un arte poética, es decir, le hablás al
lector sobre qué debe ser poesía: ¿cómo
definirías tu poética?
No sabría definirla. Acaso sí indefinirla. He aquí
algo estimulante, a desarrollar, y que oscuramente me busca. No es adrede;
de hecho, nunca me animé a titular ningún poema como Arte
poética. Y subrayo: no me animé.
¿Quizá esté más
relacionado con el modo en cómo te atraviesa la escritura y qué
manera de escribir te acomoda mejor?
En mi libro Ripio hay eso. Allí incluyo unas cuantas consideraciones
sobre la escritura. Hay un poemita donde me tomo por un ripioso
y, a modo de chiste pareado incluido me digo: «De
ripio moriré / bien lo sé».
En Propaga incidís sobre el
poder resonante y transmisor de la palabra. ¿Subyace una lectura
de Roland Barthes? ¿De ahí el título?
Toda expansión conlleva la subsiguiente expansión. Siento
que todos los textos que conforman Propaga se expanden, tienden
a filtrarse por debajo de las puertas, a divulgarse. No ignoro que el
título se me impuso de modo inefable.
El actor es su cuerpo: ¿suena?
Al hilo de algunos poemas de Propaga,
me gustaría que hablásemos sobre la sonoridad; pero no
del sonido de las palabras, sino de cómo suenan los fantasmas
del otro. ¿Cómo es esa búsqueda?
Algunos textos, pocos, de Propaga son reelaboraciones de otros
concebidos en mi etapa lejanísima de estudiante de
actuación teatral. Traté durante siete años de
encontrar las conexiones más íntimas con los resonadores
de mi cuerpo en aquella materia que se llamó Dinámica
del esquema corporal. «El actor es su cuerpo», afirmaba
la creadora de esta actividad. Yo, un retirado del teatro, procuro a
veces que mi cuerpo suene cuando leo poemas en público.
¿Puede trazarse un paralelismo entre
tu poesía y el arte contracultural del mítico Instituto
Di Tella de Buenos Aires? (recordemos a Marta Minujín, Romero
Brest, los dorados años sesenta)
Desde luego. Puede trazarse. Lo intentaría con dos exponentes
actorales, directrices y dramatúrgicos de aquellos años
sesenta en aquel Instituto: Norman Briski (un fuera de serie) y Berta
Roth, quien había presentado un espectáculo con el actor
Óscar Escobar a propósito de Oliverio Girondo.
Ese tipo de referencias nos remite directamente
al teatro de lo corporal: ¿te sentís influido en tu poética
por referentes teatrales como Stanislavski o Grotowski?
Leí gran parte de lo producido por ambos. Asistí en Córdoba
a varias conferencias de Grotowski. Propendía a traspasar la
condición actoral. Una nueva dimensión. Dejar estupefacto,
fisurar los conceptos.
¿Relacionás el teatro del absurdo
con ese buscar las fallas del lenguaje propio de vos?
La dramaturgia que escribí, toda ella, no sólo la que
rescaté en mi libro Las Piezas de un Teatro, se encuadra en esa
corriente. Alberto Ure me llegó a bautizar como El Beckett
Gaucho.
Acá, un recitador (¡¿estrambótico?!)
Sos especial para leer tu poesía;
es difícil leer un poema tuyo sin pensar en cómo leés
vos. Tu manera de recitar, ¿está tan pegada a tu personalidad
como parece? ¿Sos espontáneo o hay mucho trabajo detrás?
¿Tenías algún referente cuando comenzaste?
Allá por 1995, cuando comencé a circular por los ciclos
literarios, no leía exactamente como ahora. Hasta 1995 lo había
hecho de manera escasa y dispersa. Siempre me importó la oralidad.
De niño quería ser speaker, es decir, quería
locutar noticias y avisos comerciales en la radio. En esa época,
recitaban en la radio Berta Singerman y Fernando Ochoa. Y mi padre recitaba
poemas gauchescos, y hasta grabó unos discos personales. Luego,
mi formación actoral, primero, a los quince años, con
Antonia Herrero. Confieso que lo que más me gustaba era cantar.
Pero lo hacía mal. Si hubiera podido elegir, sería un
solista. Y andaría por los escenarios del mundo desgranando tangos,
milongas, valsecitos,...
En relación al personaje público
que lee o actúa sus poemas, ¿hay tal personaje-poeta?
De ser así: ¿cómo trabajan en vos las tensiones
entre lo actuado y lo estrictamente textual del poema?
Ese personaje despliega al poeta, encarna la configuración del
texto. Practico la autocrítica. A veces eso me mortifica; sin
embargo, se ha convertido en el motor de mi poética. Cuando me
escucho en las grabaciones, descubro momentos de la lectura donde estoy
desconectado de mí. Eso sí, cada vez me sucede menos.
Encuentro muy interesante esto de la desconexión: si estableciéramos
una analogía con la comida, cabría preguntarse si uno,
cuando come, degusta la comida durante todo el tiempo. A mí muchas
veces me interrumpen mi hija o el teléfono, y noto que se produce
una desconexión en el acto degustatorio. Más claro sería
el ejemplo sexual: en mitad del acto amoroso, aunque uno siga conectado
de manera mecánica, una repentina y mínima brizna un
¡ay! como pensar en que se debe madrugar al día siguiente
es capaz de provocar esa desconexión. Es sólo una vacilación,
aunque esté todo bien, ¿no?, un mínimo instante
del cual uno se recobra y sigue como si nada; pero la irrupción
aparece, se produce. Eso sucede en la transmisión del poeta-actor
cuando se conecta con seres humanos que, supuestamente, oyen.
¿Cómo encontrás la reacción
del público cuando leés? Me consta que muchas veces se
ríen, aunque en el poema no hayas incluido ningún elemento
irónico o gracioso. ¿Interfiere ahí tu idea de
lo estrambótico?
Sí, cierto, no siempre existe ese elemento. El humor debe servir
para conjurar el dolor. Y lo estrambótico, según la oportunidad,
la astucia para infringirlo, gana por afano. Aún lo mejor es
efímero; no sólo porque nos vamos a morir: las intensidades
mueren, decaen. Lo del público depende del lugar donde leo. Sin
embargo, me sucede a veces que leo textos serios y me llega una pizca
de decepción por parte del público. Y me molesta pensarlo,
porque ese sector, que festeja tanto lo festejable, no me concede credibilidad
suficiente como para hablar de cuestiones íntimas y serias.
¿Qué pensás que producís
en el lector común con tu poesía? ¿Buscás
promover pensamientos, es decir, algo vinculado con la especulación
intelectual, o tratás de producir imágenes (situaciones
visuales o sensoriales)?
Con cierta zona coloquial y audaz algo produzco. Me gratifica imaginar
que los oxigena la impronta, el modo de desacralizar, la huella de mordida
que dejo en el lugar común (común, común...) del
que me apropio. Produzco textos que provocan en una dirección
los más abstractos y textos que provocan desde el
punzar lo que está al alcance. Seguramente se producirán
otros efectos, que desconozco.
Tus textos, en muchas ocasiones, dejan entrever
el placer del autor al componerlos. Sé que es un tema gastado,
pero ¿podés hablarnos del placer que te causa el proceso
de la escritura?
El curso del proceso suele ser arrasador. Febril. No estaba y ahora
está. Y mientras creés que está lo que no estaba,
mientras creés que se sostiene y que desde allí (¿qué
allí?) te sostiene: te arrasa.
El psicoanálisis soy yo
Sos psicoanalista con muchos años
de experiencia clínica: ¿qué podés decirnos
de este proceso del poeta que implica un escarbar en la propia historia
y un mostrar luego el producto de esa búsqueda como si nada?
Que cuando escarbo como si nada es cuando escarbo como si todo. ¿O
no? Eso es escarbar. Recuerdo que de niño era muy tímido.
Y que desde entonces se me forjó el analizador,
como si no me quedara otra opción. Imagino que la circunstancia
de ser hijo único (aunque todo hijo, ya sabemos, es único),
agravaba el problema. Ya de preadolescente me atrajo Freud. En Corazón,
de Edmundo d'Amicis, me estacionaba en la psicología de los personajes.
Frases del tipo «Enrique, has ofendido a tu madre» o «Le
has levantado la voz a tu padre» me absorbían, me descuajeringaban
(y yo era bastante descuajeringable). Otro rasgo: más que la
anécdota propiamente dicha, me inclino por el cómo los
personajes transitan por sus pasarelas. Les cuento también lo
que me sucede con los noticieros televisivos: me extasío escudriñando,
no tanto el cebo de la noticia sino los gestos de los involucrados y
la dicción de locutor, o las personas que aparecen por detrás
de lo que es principal en las imágenes.
¿Reconocés dónde aparece
la influencia del psicoanálisis en tu poesía? ¿Le
robás conflictos a tus pacientes?
No se trata en modo alguno de una aplicación directa. Sí
que me instilan ideas a desarrollar. En mi primer libro, Obras completas
en verso hasta acá irónico pero literal: cuando
envié los poemas al editor me había quedado sin un solo
poema, una las cuatro secciones se titula Los papás
queman. Esto procede de una intervención mía mientras
coordinaba una sesión grupal en una clínica psiquiátrica.
En tus poemas aparecen muchas voces femeninas,
incluso como protagonistas: ¿son necesarios conocimientos sobre
la teoría del psicoanálisis para entender tus poemas?
No, no son necesarios. A lo sumo, algunos (ésos) podrán
regodearse más con algunas sutilezas.
Por ejemplo, en el poemario Ardua
aparecen varias mujeres...
Personajes. Textos que produzco desde esas voces y esas luchas.
Actor de reparto
Otra característica original de tu
obra pasa, en buena medida, por la apropiación de elementos de
la historia de la cultura: cine, literatura, pintura, etc. ¿Cuál
sería el disparador poético en estos casos?
En algunos casos, la identificación. En otros, la consubstanciación.
En otros, la imaginación. La consubstanciación al poder...
Lindo título para producir algo que revele la peculiar atrocidad
de estos tiempos. El cine, por ejemplo, me interesa desde mi infancia.
Lo único original, que yo sepa, apenas, es que concebí
333 poemas a partir de sendas películas. Éstos se encuentran
repartidos en cuatro libros: Trompifai, Picado contrapicado,
Fundido encadenado y Tomavistas. Otros autores argentinos
que concibieron textos a partir de largometrajes son Zulma Liliana Sosa,
César Cantoni, Carmen Bruna, Alejandro Schmidt y Claudia Masín.
Se me ocurre: ¿te identificás
con Woody Allen? ¿Y con otros cineastas?
Soy un incondicional de Woody Allen. Me identifico con él hasta
en cómo presenta a los actores y a los demás intervinientes
de sus películas: con un mismo rango, uno tras otro, con fondo
negro, nada de efectos. En una película se juega a tratarla con
cámara al hombro, en otra desarrolla un musical, en otra recrea,
sin renunciar a sus obsesiones, las atmósferas terroríficas...
Renueva su apuesta. La redobla. Como Polansky, como Godard. De ellos
admiro el eclecticismo, la capacidad de probar en todos los terrenos,
la solvencia para cada despliegue.
«Libre / pero en un manchón
/ transculturizado / me revuelco». Es recurrente en vos la pregunta
sobre la cultura. Diríamos que incluso tiene algo de lacaniano.
¿Te intriga cómo es atravesado el pensamiento poético
por la cultura del momento?
Cómo es atravesado... y cómo es crucificado. Y cómo
se las rebusca para inseminarse con la crucifixión.
Tus poemas se alejan del tratamiento grandilocuente
de los temas existenciales de otros poetas, y se centran en aspectos
menudos, secundarios. ¿Por qué esa fijación?
Esa fijación y esa apetencia. En unos cuantos de mis cuentos
y relatos de Historietas del Amor y Muestra en Prosa denoto
la cosa chota, los aspectos menores. Siempre me identifiqué
con los antihéroes (Dustin Hoffman en Los Perros de Paja).
Recuerdo que en mi juventud conocí a una prostituta a la cual
frecuentaba, me dijo, Nicolás Olivari. En mi poema La musa
merodeadora reflejo ese recuerdo.
¿Es realidad o fantasía?
Mezcla. Que mi otro yo porta alguna condición de porquería,
de infame, de deleznable, lo sé... Jugar con esto no es malo.
Inmiscuirse en esto como lo hacía Henry Miller no es malo. Realidad
y fantasía.
Algo de ese espíritu se nota en cómo
elegís tus poetas para los ciclos, ¿no?
Espíritu que se despliega en mi necesidad de formalizar una propuesta
no sectaria. Tanto con poetas vivos invitables como con poetas muertos
homenajeables. Me gratifica aportar este tipo de granito de arena a
quienes les interesa la poesía.

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