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Nueva
arquitectura
Santiago Parres
voz@sparres.tk
Nuevo
plano de la ciudad secreta (1992) es casi un pretexto; como título,
no resume ni es identificativo de lo que encontraremos entre las páginas,
pero es atractivo, como todo aquello tras lo cual se adivina una realidad
oculta o distante.
Un buen primer paso al que le siguen otros no menos acertados.
Martín
es el mayor de dos hermanos, un niño que, como no podía
ser menos, se siente atraído por lo prohibido, por el juego y lo
pecaminoso. Las primeras páginas por la novela de Ignacio Martínez
de Pisón (Zaragoza, 1960) nos muestran, a través de la mirada
de Martín, e esos niños capaces de asombrarse, experimentar
y maravillarse con lo que les depara el mundo de los adultos y su propia
imaginación. Justamente por haber trazado un buen comienzo, podemos
pensar que el interés inicial irá en declive; conjetura
incierta, pues a lo largo de las doscientas páginas de la novela
no hay lugar para el aburrimiento; Martínez de Pisón no
defrauda en su historia, en ninguna de las páginas, algo bastante
inusual en la literatura que nos ofrecen las librerías.
Mediante
un lenguaje llano -prosa carente de artificios verbales, perfectamente
accesible-, el autor dota de verosimilitud cualquier circunstancia o ambiente
en que quiera situar a sus personajes; de este modo podemos creer que
Martín desempeña esos trabajos que, por peculiares, vemos
siempre como distantes o ficticios, aun sabiendo que alguien debe desempeñarlos
(o al menos intuyendo su existencia). Al margen de la forma, de lo apacible
de su escritura y léxico, cuenta, eso sí, con ases en la
manga, pues sin duda es consciente de que es fácil identificarse
con un joven que se trastorna con esos amores sin freno hacia lo inaccesible,
ante un peldaño demasiado alto como para ser escalado con comodidad,
hacia alguien que le supera en edad, experiencia e ideas, y también
en malicia.
En
la novela vemos detalles de la fragilidad del ser humano (Martín
tiene un hermano, mentalmente muy capaz, pero limitado por su parcial
inmovilidad), de la decadencia o involución que suele acompañar
a la vejez (aquella tía suya que seguía viendo objetos donde
ya no estaban), y desvaríos que pueden provocar tanto la risa como
el llanto, quizá por sabernos tan lejanos (o tan cercanos e iguales)
a quienes tienen sus facultades disminuidas. Mediante anécdotas
nos muestra cómo siendo racionales en nuestra animalidad, el raciocinio
tiene un límite que no lo marca la inteligencia, sino la edad o
incluso la obnubilación.
Es
también una historia de desasimiento; Martín no acaba de
encontrar la acogida entre las personas que deberían darle el calor
de una familia. El autor sabe de las miserias inherentes a las personas,
y lo dados que somos a sentirnos atraídos por lo desconocido, así
como el valor que damos a lo inalcanzable: «Con frecuencia nos ocurre
que admiramos lo que no acabamos de entender porque adivinamos en ello
una riqueza recóndita a la que nos gustaría poder acceder»,
dice cuando habla de su tío, de hermetismo donde la tradición
ubicó amor familiar, desapego que igualmente percibe de su idolatrada
prima Alicia: bella, astuta, ególatra, manipuladora... capaz de
dar propinas con cartera ajena.
La vida en la ciudad se le va haciendo cuesta arriba a Martín.
Se le desmontan las estructuras y opta por la reconstrucción en
torno a una idea urbana; es una arquitectura inventada, no en tres dimensiones
sino en dos y a mano alzada, a la que el protagonista decide llamar «plano
de la ciudad», porque la necesita como una nueva base para sustituir
todo lo que se perdió entre sus quimeras y la realidad.
Antofagasta
(1987), como título, también nos remite a una huida, a una
idealización. Esta novela son en realidad dos nouvelles,
como indica la contraportada, que perfectamente se podrían leer
y valorar por separado: en la primera de ellas, La última isla
desierta, narrada en tercera persona, se nos presentan las peripecias
de un enamorado de su ex, y de cómo la pasión le conduce
por el terreno del engaño y la picaresca; definida la historia
como una alegoría, en la trama confluyen tres personajes, como
tres son las bolas que intervienen en una carambola en el billar francés.
En la segunda nouvelle, esta vez narrada en primera persona, el
protagonista es un inteligente buscavidas que debe encontrar su lugar
entre la mediocridad y la tradición de la enseñanza.
Es loable la habilidad que tiene el autor para que las historias de amor
estén tan alejadas del romanticismo. No sólo prescinde de
tintes rosas, sino que aprovecha, mediante sus personajes, para
criticar sin muchos asomos de piedad al sector editorial como elemento
de producción industrial, y abiertamente descubre «la férrea
tiranía de la copia sobre la creación». A través
de un negro literario de los ministros y diputados del régimen
franquista y de la transición, tilda a los políticos de
iletrados, para quienes el protagonista escribe discursos en los que atribuye
con saña frases a quienes no pertenecían, o introduce sentencias
de dictadores con la convicción de que no será descubierto.
Es mordaz con las instituciones y con la conveniencia de tragarse el orgullo
para vivir cómodamente en un abandono a la tradición, en
una clara denuncia del triunfo de lo mediocre sobre la verdadera creatividad.
En ambas nouvelles, Antofagasta se presenta como un lugar que aspira
a ser paraíso al que huir del entorno hostil. En las dos novelas
(Antofagasta y Nuevo plano...) desempeña un papel
fundamental el engaño, como base del argumento y generador de tensión.
En ambas hay un personaje movido por la malicia y el interés, y
sobrevuela por sus páginas el temor a que sean descubiertos y los
sentimientos de culpa como merecida penitencia. En la segunda nouvelle,
Antofagasta, traza el arquetipo del poder y de qué forma
se desarrollan las artimañas de la humillación; ante tal
situación, surgirá necesariamente la idea de la venganza.
Toda la urdimbre trazada por sus páginas terminará en un
desenlace acorde a las expectativas del lector.
Tanto
en Nuevo plano de la ciudad secreta como en Antofagasta
se observa un salto del medio rural (identificado en los dos títulos
con la infancia) al urbano, lo que en sí se podría traducir
como una idea de renovación, un avance hacia la madurez o el conocimiento
a través de un cambio de medio. En las dos obras se mueve por la
picaresca, incluye historias de infidelidad, de miedo a la soledad, de
la mentira como medio justificado, de la astucia, del peligro acechante,
de la huida.
Ignacio Martínez de Pisón es capaz
de retratar caracteres con aguda sencillez, y de mantener en el lector
un estado de gratitud a lo largo de la novela, mediante la seducción
de sus argumentos llenos de matices. Asimismo, sabe contar con el factor
sorpresa mediante giros inesperados que también son de agradecer.
Aun sabiendo de ciertas similitudes entre ambas novelas, no deja lugar
para el bostezo gracias a unas historias ágiles y muy atractivas,
donde nada está de sobra. Es más, al acabar desea uno seguir
descubriendo las maquinaciones de otros personajes que haya podido idear
el autor.

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