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La
octava maravilla El
libro de las ciudades
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.............................. Ignacio Martínez de Pisón en la red: ............................... |
Santiago
Parres
Martín es el mayor de dos hermanos, un niño que, como no podía ser menos, se siente atraído por lo prohibido, por el juego y lo pecaminoso. Las primeras páginas por la novela de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) nos muestran, a través de la mirada de Martín, e esos niños capaces de asombrarse, experimentar y maravillarse con lo que les depara el mundo de los adultos y su propia imaginación. Justamente por haber trazado un buen comienzo, podemos pensar que el interés inicial irá en declive; conjetura incierta, pues a lo largo de las doscientas páginas de la novela no hay lugar para el aburrimiento; Martínez de Pisón no defrauda en su historia, en ninguna de las páginas, algo bastante inusual en la literatura que nos ofrecen las librerías. Mediante un lenguaje llano -prosa carente de artificios verbales, perfectamente accesible-, el autor dota de verosimilitud cualquier circunstancia o ambiente en que quiera situar a sus personajes; de este modo podemos creer que Martín desempeña esos trabajos que, por peculiares, vemos siempre como distantes o ficticios, aun sabiendo que alguien debe desempeñarlos (o al menos intuyendo su existencia). Al margen de la forma, de lo apacible de su escritura y léxico, cuenta, eso sí, con ases en la manga, pues sin duda es consciente de que es fácil identificarse con un joven que se trastorna con esos amores sin freno hacia lo inaccesible, ante un peldaño demasiado alto como para ser escalado con comodidad, hacia alguien que le supera en edad, experiencia e ideas, y también en malicia. En la novela vemos detalles de la fragilidad del ser humano (Martín tiene un hermano, mentalmente muy capaz, pero limitado por su parcial inmovilidad), de la decadencia o involución que suele acompañar a la vejez (aquella tía suya que seguía viendo objetos donde ya no estaban), y desvaríos que pueden provocar tanto la risa como el llanto, quizá por sabernos tan lejanos (o tan cercanos e iguales) a quienes tienen sus facultades disminuidas. Mediante anécdotas nos muestra cómo siendo racionales en nuestra animalidad, el raciocinio tiene un límite que no lo marca la inteligencia, sino la edad o incluso la obnubilación. Es también una historia de desasimiento; Martín no acaba de encontrar la acogida entre las personas que deberían darle el calor de una familia. El autor sabe de las miserias inherentes a las personas, y lo dados que somos a sentirnos atraídos por lo desconocido, así como el valor que damos a lo inalcanzable: «Con frecuencia nos ocurre que admiramos lo que no acabamos de entender porque adivinamos en ello una riqueza recóndita a la que nos gustaría poder acceder», dice cuando habla de su tío, de hermetismo donde la tradición ubicó amor familiar, desapego que igualmente percibe de su idolatrada prima Alicia: bella, astuta, ególatra, manipuladora... capaz de dar propinas con cartera ajena.
La vida en la ciudad se le va haciendo cuesta arriba a Martín.
Se le desmontan las estructuras y opta por la reconstrucción
en torno a una idea urbana; es una arquitectura inventada, no en tres
dimensiones sino en dos y a mano alzada, a la que el protagonista decide
llamar «plano de la ciudad», porque la necesita como una
nueva base para sustituir todo lo que se perdió entre sus quimeras
y la realidad. Antofagasta
(1987), como título, también nos remite a una huida, a
una idealización. Esta novela son en realidad dos nouvelles,
como indica la contraportada, que perfectamente se podrían leer
y valorar por separado: en la primera de ellas, La última
isla desierta, narrada en tercera persona, se nos presentan las
peripecias de un enamorado de su ex, y de cómo la pasión
le conduce por el terreno del engaño y la picaresca; definida
la historia como una alegoría, en la trama confluyen tres personajes,
como tres son las bolas que intervienen en una carambola en el billar
francés. En la segunda nouvelle, esta vez narrada en primera
persona, el protagonista es un inteligente buscavidas que debe encontrar
su lugar entre la mediocridad y la tradición de la enseñanza. Tanto
en Nuevo plano de la ciudad secreta como en Antofagasta
se observa un salto del medio rural (identificado en los dos títulos
con la infancia) al urbano, lo que en sí se podría traducir
como una idea de renovación, un avance hacia la madurez o el
conocimiento a través de un cambio de medio. En las dos obras
se mueve por la picaresca, incluye historias de infidelidad, de miedo
a la soledad, de la mentira como medio justificado, de la astucia, del
peligro acechante, de la huida.
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