Poemas de Ángel Petisme

seleccionados por Jesús Jiménez y Rubén A. Arribas,


Año 2000

La gente lleva la cuenta y dice:
quedan dos años para el año 2000.
Quedan dieciocho meses, queda poco.

Y más ballenas piloto se dejan arrastrar hacia las playas,
y las sectas se suben a los cometas,
y los pequeños terremotos nocturnos
no son nada comparados al odio sin agua que vendrá.
Y los telediarios no le dedican un segundo
al hombre en llamas que buscaba trabajo,
y Jonás, dentro de la ballena,
soplará las velas con los ojos cerrados en el año 2000.

Todos tenemos algo roto en nuestras vidas.
Y lo guardamos en secreto
como la fórmula de la cocacola.

La gente lleva la cuenta y dice:
faltan cuarenta días para el año 2000,
faltan veintiocho, faltan dieciséis.
Y el viejo Sísifo sigue atado a su piedra
y no se tira al mar porque no hay mar.
Y los enfermos terminales piden un cóctel Bronston,
de morfina, jarabe y alcohol.
Y los periódicos no le dedican una sola línea
al sueño que tuvo anoche nuestro gato.
Y el que no encuentra el amor entre los vivos,
no es fácil que lo encuentre entre los muertos.

Todos tenemos algo roto en nuestras vidas.
Y lo guardamos en secreto
como el número de la 4B.

 

El desierto avanza

Todos los vientos del mundo:
el mistral, el siroco, el ébola, el amor,
la tramontana, el simún, los alisios,
la desmemoria, las galernas solares,
me traen esta noche a mi trinchera
un sofocante olor a naftalina y uniformidad.

Y lo repiten los ecologistas, los alopécicos,
y hasta Hillary, después del orgasmo susurra:
Oh, Bill, debemos hacer algo, porque el desierto avanza.

Todos los vientos, con sus camisas de fuerza 12:
la vanidad, el levante, la desidia, el mal gusto,
la Corriente del Niño, el nordeste, los céfiros del sueño,
y el cierzo de mi niñez y mis exilios,
soplan dentro de mí, despiden ese tufo
de cerraduras de seguridad, tubos catódicos, verdugos, onanistas...

Lo repiten el butanero y los vigías de la red,
el hígado de Ginsberg y la chica de la bufanda roja.
Lo repiten los folletos de viajes a Saturno
y los bebés con sida que no adopta ni dios.
Lo dice todo el mundo menos tú, para no hacerme daño.

Y yo escribo sin tregua, para dejar constancia
de que, si bien nací para cambiar el mundo,
ya incendié el universo amándote;
y porque la vida, aunque inútil pasión,
debe ser algo más que meneársela
frente a los coños del ciberespacio.

 

Encuentro casual en Saldos Arias

Chico —me dijo— por ti no pasa el tiempo:
la misma gabardina, la misma flor barata en el ojal,
los mismos ojillos de merluza hervida
y el mismo rictus de guardián centenario.
Tú, sin embargo, cambiaste de perfume,
se diría que te has reconciliado con la vida,
pero la misma herida respira en tu palabra.
Seguirás tan estúpida, ajena a los temblores,
en tu limbo de moscas celulíticas.
Y eso le dije mientras se alejaba
por la línea amarilla de la Juventud,
y la vi confundirse entre los maniquíes
con raquetas de tenis y pelucas eléctricas.
La escalera mecánica me condujo a la planta
donde el aire y la luz están menos viciados.
Allí, en Oportunidades, entre estampados, gafas de bucear,
hules, llaveros, fajas con ballenas,
batas de guata y monederos de plástico,
por esos colores de mi infancia frugal
y esa poesía kitsch e inverosímil,
el tiempo, como si nadie respirara, se detuvo.
Yo habría dado la vida por aquella mujer,
las piedras podían hablar de aquel fuego insaciable,
de aquel deseo y unidad detenidos...
Luego, ya de bajada, me la topé de nuevo
entre jarrones, biombos y bonsáis
deprimidos, pero nos evitamos
como ya satisfechos enemigos.

Me marché de ese infierno sin haber encontrado
una jaula adecuada para mis grillos locos.

 

De El desierto avanza, Madrid-Zaragoza-Lanzarote 1997
incluido en el disco-poemario Cierzo (viento en la sangre), de Ángel Petisme

 

 

De Lisboa hay que huir

Anduve en Mnmosyne, mi musa amancebada
por la plaza de Rossío y Rua Garret,
hicimos mariposas en la bañera de un hotel
en ruinas
y nos marchamos sin pagar, pues la maldita visa
se la trago un cíclope.

(No olvido que el Atlántico —en Cascais— repetía tu nombre
y no entendía tu hermosura,
como un gran disco, neurótico y gris,
que se raya en el infinito...
Los bañadores eléctricos como algunas palabras,
los transistores atronando música colonial.
Un grupo de gorditas deprimidas, embalsamadas en protector 14,
se suspendían como bruma en el agua).

El ángel de Lisboa cauteriza los labios de sus rameras
y un sol de justicia acallas las escuelas...
Los gatos de Alfama son más brunos
que el corazón del capitán Ahab;
las huellas ebrias de nuestras sandalias, la ceniza, el misterio,
la humedad y la melancolía, el zarpazo de agosto.

Al llegar a San Jorge una pareja de angoleños me pide un cigarrillo, recuerdo a Bruno Ganz
e intuyo el desarraigo y lo infeliz
que sería aquí mi vida, entre fados y relojes detenidos.
Desde el castillo veo los cacilheiros
de un lado al otro del Tajo, cuerpos adormecidos
con un óbolo en los labios que Caronte recoge.
Y en ese momento Mnemosyne con los ojos cerrados, va y dice:
Vámonos de aquí... Dios mío, está lleno de muertos.

Abandonada la colina, Eiffel nos devuelve en el elevador
a los solares blanqueados del Chiado, que fueron antes,
añosas oficinas para el comercio de ultramar,
peluquerías: Olor a talco y perfumes victorianos,
navajas abiertas, cosas inútiles;
cafés antiguos (como el Arcada) por las esquinas
del desasosiego, donde señores, clónicos todos, con sombrero y gafitas,
pergeñan en un billete de tranvía versos como estos:
Nunca ouviste passar o vento.
O vento só fala do vento.
O que Ihe ouviste foi mentira,
E a mentira esta em ti.

Y Mnemosyne repite: Vámonos, no puedo más, vámonos de aquí...

De Lisboa hay que huir
como de una mujer que te toca en su sueño,
son tantas las trampas, lo eterno,
tanto vértigo provoca su belleza,
que hay escaparse a traición
para no quedar presos de un corazón tan triste...

Aunque nos suicidemos en París
como, a los veinticinco, Mario de Sá Carneiro.

 

De Amor y Cartografía, Ángel Petisme.
Lola Editorial, 1993.

 

 

Eros y Thanatos

Que su vientre es la mesa de póker
donde a veces se hipoteca mi alma
ahíta de placer y suavidad
sabe que el crisantemo se imanta con el fuego
y que prendas perversas no sabe camuflar
por eso me borro, me leo y me desdigo
en su sexo bendito de grandísima puta
porque no soy de piedra, ni caduco o perenne
he roto el hielo con sangre y candidez
y han estallado mis dientes en la fruta
en profundo silencio como un buen animal
y he empañado de vaho y he pringado de almíbar
sus perlas y sus muslos y ese culo
para que sienta adentro lo que afuera no es nada
en profundo silencio y enorme
haciendo guarrerías hasta el fin de los tiempos.

 

De La habitación salvaje, Ángel Petisme
Editorial Prensas Universitarias, 1990.

 

 

Yo vomité sobre Cantero Cuadrado*

«Mi alma salió por su palabra»
El Cantar de los Cantares. Salomón


Jugábamos a la tortura,
a cómo sufren los mayores
persiguiendo la felicidad
—una vaga noción del apego a la vida—.

Saltábamos las tapias del manicomio de Delicias:
Veíamos a los genios en sus prisiones de papel
de liar Cuarterón,
y encaramados a los árboles,
vestidos de marineros,
comíamos cerezas y nos rasguñábamos las piernas.
Por la noche el orinal del porcelana
reclamaba nuestra graciosa presencia.

Yo trocaba mis gusanos y las hojas de morera
del descampado de las Balsas
por insondables cromos de los cinco magníficos...
Hasta que una tarde,
en la iglesia de San Pablo,
—¡Dios mío, comíamos tantas cerezas!—
vestido, debidamente contrito y repeinado
para el sacramento de la confirmación,
cuando ya llegaba mi turno en la fila,
una masa viscosa y encarnada, una lengua de fuego,
de mi boca salió y fue a derramarse fatalmente
por la estentórea casulla del prelado...
Y el Dios de Abraham, Jacob y Jeremías
me retiró la Palabra
y, mosqueado, se desquitó de mí,
negándome cualquier signo de generosidad para el futuro,
y vi su espalda en llamas, por todos los altares,
mientras mi tía, encendida de vergüenza,
tiraba de mi mano para llevarme a casa

 

De Amor y cartografía, Ángel Petisme.
Lola Editorial, 1993.

*Arzobispo de Zaragoza, Procurador en Cortes y miembro del Consejo de Regencia a la muerte de Franco

 

 

Cuando escribo

Sucede cuando escribo
que me muestro taciturno y ausente,
fumo mucho,
hablo poco y fatal,
con hipérbatos, hiperbólicamente,
me vuelvo hermeneuta y un poco hermafrodita,
y mi triste corazón babea en la popa,
mi corazón está lleno de tabaco,
como dice Rimbaud.

Sucede cuando escribo
que pienso mucho en Fausto y en su condenación,
duermo poco y, si sueño,
me coloco una moneda debajo de la lengua
para no caer en los colmillos
de ese perro (¿Cerbero?) de cincuenta cabezas
que guarda la Otra Orilla.

Sucede cuando escribo
que me quiero, no necesito espejos,
sólo hojas en blanco,
que ni apenas me lavo ni me afeito
y me paso por el forro de los cojones
que todo esté dicho y que vinimos demasiado tarde
como quería La Bruyère.

Más bien: Aquí hay un hombre único y singular,
una emoción intransferible, una expresión
que da sentido a toda una vida.

Sucede cuando escribo
que el Caballero Salvaje se hace verdugo
de sí mismo;
me rapo el pelo al cero
(una buena pintura no necesita marcos)
para obtener la fuerza
y acariciar mejor los sentimientos,
las palabras secretas, la memoria,
y si el impulso nihilista llega
facilitar una lobotomía.

Sucede cuando escribo
que se pasan por casa Frank Zappa y San Juan de la Cruz,
(levitamos con cannabis del bueno),
Teresa de Calcuta, Genet y Monty Cliff,
y a veces, por sorpresa, Gil de Biedma.
Discutimos acaloradamente de jardinería,
el 0.7, la independencia de Euskadi, yo qué sé,
y acabamos con toda la existencia,
todas las existencias
de tequila.
Sucede cuando escribo
que hay saqueos y extravíos que evito recordar
para no ver quimeras, basiliscos y demás monstruos míticos
en mi árbol genealógico de debilidades,
y sobre todo para no confundir
las fotocopias con el original.

Sucede cuando escribo
que pretendo mis palabras como constelaciones,
luces temblorosas
entre las cubiertas y la escarcha del congelador
que firmo una paz verde con el mundo,
obro de buena fe y creo en lo imposible,
igual que San Bernardo en las Cruzadas
que reclutó un ejército
predicando en una lengua que nadie entendía.

Sucede cuando escribo,
pero a veces también cuando me dices:
"Fóllame, enséñame las lunas de Júpiter, mi amor",
o cuando, por puro despiste, al hacer la colada,
doy vueltas y más vueltas en la espuma del Tiempo
y miro al exterior desde el ojo de buey
hasta centrifugarme y volver a nacer:

Ni rastro de manchas. Blancura total.

 

De Constelaciones al abrir la nevera, Ángel Petisme.
Editorial Hiperión, 1996.

 

Autorretrato

Dicen que a la sombra
de los eucaliptos
un koala como yo
puede sentirse optimista.

 

De La habitación salvaje, Ángel Petisme
Editorial Prensas Universitarias, 1990.