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amor y muerte en la ciudad
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Amor y muerte en la ciudad
Santiago
Parres
voz@sparres.tk

Para
Cesare Pavese (San Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950) la
ciudad representaba modernidad frente a la tradición agrícola
de los pueblos, como el que lo vio nacer. La editorial Bruguera editó
hace dos decenios una compilación de narraciones breves de Cesare
Pavese bajo el epígrafe La ciudad, junto a La playa,
Fiestas de agosto y La viña.
Se
diría que algunos cuentos de La ciudad nacen como una
mera necesidad de expresión; de escribir porque sí, como
llamado el autor antes por la creación que por la inspiración
de una idea. Y da la impresión de haber sido escritor, sin más
planteamiento previo que el de invertir el tiempo en algo mejor que
en las ideas recurrentes autodestructivas; de escribir por matar el
tedio antes de que el tedio acabe con la salud mental de uno, o para
sublimar las mortificaciones personales en el proceso de transcripción
de los sentimientos, como ocurre en el cuento Despertar, donde
se evidencia el agobio ante la realidad, y de qué modo obsesivo
se castigaba el autor con el recuerdo y la magnificación de errores
propios, imperceptibles, muy probablemente, para miradas ajenas.
Su confinamiento en 1935 por no adscribirse al régimen fascista
debió de pesar en su ánimo tanto como el hecho de que
la mujer que amaba (a quien renunció a delatar), se había
casado pocos días antes de su regreso. A partir de ese momento,
el hasta entonces poeta Pavese se vuelve un hombre taciturno y solitario,
alejado de su entorno y hasta de su familia, y sus sentimientos empiezan
a tomar forma como narraciones en prosa.
No
obstante este aislamiento voluntario, consecuencia de su desencanto
sentimental y político, en los relatos de La ciudad, escritos
entre junio de 1940 y octubre de 1943, en plena guerra, acostumbra a
utilizar el plural para narrar sus hábitos en la ciudad, que
son suyos y del grupo de amigos que siempre lo acompañan, como
ajeno el autor a concebir la soledad como algo narrable. Incluso el
sentimiento que describe suele ser grupal: el tedio, la empatía,
la esperanza de un cambio en sus vidas. Porque algo también deja
insinuar, y es una agonía vital, un constante no saber qué
hacer para mejorar el estado de ánimo y salir de una rutina que
hace aumentar el calor y alarga las jornadas de verano.
Es
dado a retratar la adolescencia, la de un muchacho voluble, a veces,
que se deja llevar por el mismo amigo al que luego es capaz de menospreciar,
o por alguna chica que no percibe como la más adecuada pero sí
capaz de satisfacer sus necesidades inmediatas. De su propio talante
depresivo da fe en frases que pone en boca de sus personajes: «las
humillaciones se me quedan más grabadas que las satisfacciones.
Soy como un crío» -manifiesta, consciente de sus propias
limitaciones emocionales. Pavese, estigmatizado por la pérdida
de sus amistades en las guerrillas, y, sobre todo, de su verdadero amor,
e incapaz de comprometerse, rechazó la realidad de su entorno
y llevó a cabo la idea que ya le rondaba desde hacía años,
después de abandonarse a un estado depresivo y de ayuno.
El 26 de agosto de 1950, con el pretexto de ir a pasar unos días
al campo, Cesare Pavese va con su maleta a una habitación del
Albergo Roma, no sin antes despedirse personalmente y por escrito de
sus amigos. Desde la habitación, y por teléfono, aún
intenta desesperadamente buscar compañía femenina entre
sus amistades. Con el pesar del último rechazo ingiere los somníferos
que le llevan a la muerte.
En su diario había escrito: «Basta de palabras. Un gesto.
No escribiré más.» Como despedida, justo antes de
vencerse al sueño eterno, escribió una nota: «Perdono
a todos y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagáis
demasiados comentarios.»

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