|
Entrevista
- Alberto Olmos
"¿Se
imagina alguien un pastelero trotskista que no coma pasteles?"
Por
Rubén A. Arribas
Conversar
electrónicamente con Alberto Olmos resulta edificante, sobre todo
si se trata de hablar de los fenómenos (literarios) paranormales
que acontecen en España. Cuanto leerán en esta entrevista
no alcanza sino a ser un bosquejo de las idas y venidas del fluido intercambio
mantenido entre ambos en los últimos tiempos. Algún día
veremos de publicar las caras B y el cómo se hizo, al más
puro estilo dvd. Este segoviano itinerante a su pesar, según
confiesa, nacido en 1975, espiga con soltura y desenfado cualquier
pregunta. Su ironía y mordacidad garantizan una lectura entretenida,
ya sea de sus artículos de viajes, ya sea de su novela más
encontrable.
Ciudades y libros
PREGUNTA:
A bordo del naufragio lo escribiste en 1996, es decir, cuando tenías
21 años, y fue publicado en 1998. ¿Ha cambiado mucho tu
pensamiento desde entonces?
RESPUESTA: Sí, ahora soy más tonto; porque sé
más cosas. En 1996 era tan ignorante que era capaz de escribir
una novela sin saber cómo se hacía. Ahora sé cómo
se hace y no soy capaz de hacerlo bien. La ignorancia, después
de todo, tiene sus ventajas. Si tienes demasiada conciencia del idioma,
de la estructura y de todo lo que se ha escrito antes de nacer tú,
te ahogas. Por eso, los que mejor escriben son los analfabetos: esas cartas
llenas de palabras truncadas, sin puntos ni comas... No saben qué
es el idioma y su habla está pegada a sí mismos, no es una
pantalla ni un tránsito, como en los eruditos. Mi abuela escribe
mejor que Joyce.
¿Qué
significó para ti la hazaña de quedar finalista del Premio
Herralde tan joven? ¿Estás contento con la repercusión
obtenida por A bordo del naufragio en los medios de comunicación
especializados? ¿Fue traducida la novela a otros idiomas?
Nada. Como digo, al no saber ni qué era el mundo editorial,
no me enteré de que finalizar el Herralde era tremendo. Es ahora
cuando, sabiendo quién va y quién viene y cuántos
van y vienen babeando por un premio, veo la suerte (sí, suerte)
que tuve. Y, claro, leí las críticas, que no me dijeron
cosa alguna de interés; y también leí alguna puñalada
gratuita y cobarde en una revistucha, que me puso al día de cómo
se las gasta determinada gentuza. Lo de las traducciones, aún hoy
ignoro cómo funciona. En ese campo, mi novela no fue bendecida
por la suerte. En todo caso, hay gestiones avanzadas para que mi libro
sea traducido al japonés, al coreano y, posiblemente, al mongol.
¿Qué
sucedió con tu segunda novela, Así de loco te puedes
volver? ¿Obtuvo buenas críticas? Por cierto, no la pude
encontrar.
Sucedió lo que siempre en mi vida: yo estoy sentado sin hacer
nada y alguien me llama para que haga algo. Ignacio Sanz, escritor y ceramista
segoviano, me llevó de tour por la capital castellana y, ya puestos,
me animó a darle algún manuscrito para sopesarlo en la Tertulia
de los Martes, nombre de la editora patrocinada por la Caja de Ahorros
de Segovia. La votación para publicar fue bien y salió el
libro, que me gusta mucho porque es el tipo de texto que al mismo tiempo
me apetece leer: no es un historia, simplemente una persona escribiendo
honestamente sobre lo que le rodea y lo que le corroe (algo como Mortal
y rosa, Héroes o niños). Creo que sólo hubo una crítica,
en El Cultural, no muy allá. El libro, como todos los publicados
por las Cajas de Ahorros, sólo se puede encontrar si abres una
cuenta corriente en esa Caja de Ahorros.
De
Segovia (España) a Moka (Japón), pasando por muchas otras
ciudades y países. ¿Por qué tantas ciudades? ¿Qué
te aportan, qué buscas en ellas? ¿Cuál es tu favorita?
Bueno, a pesar de los sellos de mi pasaporte, no soy ni por asomo,
el típico joven viajero-aventurero-superarrojado. De hecho, yo
no voy a los sitios, simplemente me obligan a ir. Durante tres años
fui viajero a sueldo para el periódico El Mundo. Los reportajes
que hice fueron: Segovia, Toledo, La Alcarria, Menorca, Varsovia, Tonga,
San Sebastián, y para de contar. Sin embargo, viajé mucho
más: concretamente hice un crucero llamado Ship of the World
Youth, que me tuvo durante dos meses dando la vuelta al Pacífico:
de Tokio a Vladivostok, de ahí a Hawaii, Tahití, Tonga,
Nueva Zelanda y finalmente Singapore. Lo de los viajes a sueldo es la
ganga más escandalosa que me ha tocado en mi vida. Y, como todo,
vino sin buscarlo. Ya dice Miller (Henry) que las cosas sólo salen
mal cuando uno se esfuerza demasiado. Después del libro, me llamaron
de El Mundo y me metieron en varios aviones, con todos los gastos pagados
y hoteles de cuatro estrellas. Y yo, lo juro, no soy el típico
tío al que le gusta mucho viajar. ¡Y mira dónde ando!
Al Ship of the world me mandaron desde El Mundo, sin saber
dónde me metían. Fue una especie de Gran Hermano con 290
personas. Cada año van países distintos y España
sólo ha ido tres o cuatro veces de las quince o veinte ediciones.
El gobierno japonés gasta mil millones de yenes en este happening.
Su línea editorial es hablar de lo mucho que sufren en Chiapas,
Filipinas, Fiji o Nigeria, mientras en el salón majestuoso de la
cubierta 4 espera un buffet napoleónico servido por fámulos
coreanos. De fondo solía sonar Heal the world de Michael
Jackson. En
fin, mi ciudad favorita del mundo es Tokyo, especialmente el barrio de
Harajuku.
«¿Por
qué lees tantos libros?» Con esta pregunta comienza A
bordo del naufragio; según avanza la novela, ésta se
convierte en más y más insistente. El personaje responde
que así sublima la soledad. ¿Por qué lee tantos libros
el autor, Alberto Olmos?
No lo sé. Debo de estar enfermo. De todo lo que uno puede echar
de menos al marcharse de su país antal, lo que más extraño
en el Japón es la biblioteca Puerta de Toledo. Cuando iba allí
y sacaba tres novelas me sentía, al salir, como si acabara de iniciar
una amistad, o de conocer a alguien interesante, que, luego, muchas veces
(es cierto), me decepcionaba en la página 34, pero abandonar la
biblioteca teniendo por delante 600 páginas que leer era de los
pocos placeres cotidianos que encontraba en Madrid. Me sé las diversas
respuestas sobre por qué se lee, que si para no estar solos, que
si para vivir otras vidas... Yo creo, más sencillamente, que la
lectura es el más básico alimento intelectual, y que al
igual que el cuerpo necesita aire y agua, la cabeza necesita datos, ideas,
experiencias que muevan su pequeño universo. Las personas que no
leen, ni van al cine, ni acumulan saberes de ningún tipo, yo me
pregunto: ¿qué tienen en esa parte del cerebro donde yo
tengo tantísima información? La respuesta creo que es clara.
El
personaje de ABDN se refiere a Madrid como La Gran Cacharrería,
y añora su pueblo; incluso odia a los capitalinos que pasan sus
vacaciones en el pueblo: los acusa de no haber mamado cuanto éste
significa. Muchos autores babean por Madrid y escriben panegíricos
sobre estas grandes cacharrerías Nueva York se lleva
la palma; ¿te sientes afín en esta cuestión
con tu personaje?
Yo nunca me he sentido de pueblo. No por prejuicio o complejo, sino
porque realmente no recuerdo haber hecho vida social en mi pueblo. Tampoco
me considero una persona urbana. En todo caso, he visto, quizá
también sufrido, la prepotencia de determinados retrasados mentales
cuyo único mérito para mirarte desde lo alto es que han
nacido en la gran ciudad. Menudo mérito. No es por ofender, pero
el concepto paleto, para mí, ha quedado ejemplificado a
la perfección precisamente en los bares de barrio de Madrid. Y
lo de la España negra, asesinatos múltiples por rencillas
familiares, tan del campo, no es nada comprarado con la sangre que corre
cada noche por el distrito de Usera, por ejemplo. De todos modos, he de
reconocer mi querencia por la gran urbe. Me gusta ver cosas civilizadas,
es decir, pervertidas por el pensamiento humano. Una montaña está
muy bien, el monte Fuji es maravilloso, pero no me dice nada sobre mí.
Un edificio con su ascensor, sus vecinos en las ventanas, las antenas
de la tele y una pintada de Gora Eta en la fachada, me dice más
cosas.
«Hay
mucho cielo en esta parte de la ciudad» (pág. 122). Me parece
la frase más poética del libro, además de una síntesis
aguda sobre la psicología del personaje. ¿Te sientes identificado
con este comentario?
La mejor frase del libro es: «Todo exceso es un sustitutivo
del sexo, incluido el exceso de sexo».
«La gente es bastante corta de entendederas y amplia de tragaderas»
(pág. 148). Hace poco, Juan Goytisolo glosaba un comentario de
Manuel Azaña: con la edad se aprende a dejar en paz a los imbéciles
y a no perder el tiempo con los mediocres. ¿Es ésta una
visión muy urbana de la humanidad que nos rodea?
Sinceramente, dudo mucho que los ancianos dejen en paz a nadie, y
menos a los imbéciles y a los mediocres. Mi experiencia de la edad
provecta me habla más bien de inquinas desaforadas, de frustraciones
camufladas bajo caracteres irritables, de ausencia de bondad y de enconamiento
destructor. Cuando uno se acerca a la muerte, ya no teme nada, ni siquiera
hacer el ridículo; y menos insultar o ser injusto con alguien.
De hecho, la frase en sí es de una maldad exquisita; parece decir:
aparte de toda la gente a la que critico sin parar, quiero mancillar en
conjunto a los que no critico, que no crean que no me acuerdo de ellos,
porque si no les he criticado es porque son imbéciles y mediocres.
Maneras
de hablar
A
bordo del naufragio y Así de loco te puedes volver,
¿no son títulos un tanto heterodoxos?
No, ya no hay títulos heteredoxos. Titular bien es una de las
cosas que más se aprecia en un escritor. Yo le doy mil vueltas
a los títulos porque, sinceramente, como no sé de qué
coño va mi novela no acabo de dar con el más idóneo.
De hecho, le pongo un título al libro tras cada página que
escribo. Al principio me parecen fenomenales, pero llega el día
siguiente y el título elegido pierde significado por completo,
y sólo veo cacofonías, o falta de garra. Sin embargo, los
títulos de otros los taso a primera vista. Tokyo ya no nos quiere,
de Ray Loriga, es un buen título. No hay duda. Pero si me se me
hubiera ocurrido a mí, no habría llegado a la imprenta:
me habría desvelado pensando en ese "no nos" tan tartaja.
Barboquejo,
barbitaheño, ojizarca, nictémero, superferolítico,
nefelibata, espetera, oriflama... En un artículo tuyo hablabas
sobre la belleza del término talabartería. ¿Eres
un buceador eufónico? ¿Hay alguna otra intención
detrás del uso de palabras tan especiales?
No especialmente. Creo que hay una gran diferencia entre el escritor
que empieza y el escritor maduro. Digamos que la transición de
lector a escritor exige una cierta dosis de orgullo o fe en sí
mismo, y para conseguir esa confianza suele recurrirse a exhibicionismos
de tipo léxico. Luego, según el escritor va creciendo, normalmente,
va renunciando a usar palabras infrecuentes y trata de volverse más
comunicativo. Sin embargo, es imprescindible tener detrás un conocimiento
amplio de la lengua que te permita salir del paso en algunas situaciones,
con adjetivos de repuesto que salven una rima aquí o acomoden la
prosodia allá. Cuando escribí ABDN aquejaba yo un estupendo
furor léxico. Realmente deseaba aprenderme todas las palabras del
diccionario; aquello era una conquista alfabética. Y para conquistar
el diccionario, hay que usar las palabras, pues, al consultar simplemente
su significado, la definición no te aporta nada. Sólo encajando
tú esa palabra en una frase logras dominarla. Las palabras, en
el diccionario, son como mariposas clavadas en un cartón. Sólo
en el texto despliegan sus alas y viven.
Expresiones
como muslos de pan, trasero alto y frutal, ojos entre palisandro y Rioja,
labios rojos loreal o vientre agudísimo las utilizas para tus sutiles
descripciones femeninas. Escribes: «entonces comprendió que
la causa de todas las miserias es el deseo» (pág. 45). ¿Es
ABDN una novela sobre el deseo? Por cierto, ¿en quién pensabas?
¿En Uma Thurman?
El deseo como causa del dolor es la idea axial del pensamiento budista
(al que, quiero decirlo cuanto antes, no tengo la menor afición).
Mi novela, si algún sentimiento merodea especialmente, es el de
la soledad. Por tanto, no pensaba en Uma Thurman, sino en cómo
se siente uno sin Uma Thurman.
«Tu
desearías que el lenguaje fuera primero correcto, o sea, preciso,
y luego ir poniéndole los adjetivos.» Esto suena un tanto
a Raymond Carver y su famosa regla de si puedes escribirlo con 15 palabras
no lo hagas con 20. ¿Concuerdas con esta suerte de planteamiento
carveriano?
La regla de si lo puedes escribir con 15 palabras mejor que con 20,
sintiéndolo mucho, está en las antípodas de mi prontuario.
Thomas Bernhard es una prueba de que lo literario está más
en el relleno que en la fibra, más en el cómo que en el
qué. Esa norma es perfecta para el periodismo, pero para la literatura
que a mí me interesa, no. De hecho, si fuera así, las novelas
serían cuentos: bastaría la sinopsis. Sin embargo, se necesitan
400 páginas para que algo que puede resumirse en 400 palabras llegue
al lector. Lo cual no obsta para que Carver me haya gustado cuando lo
releí... También me gusta lo que dijo Carver de que no escribiría
novela, simplemente, porque no se sentía capaz. Es lo que yo creo
que les pasa a casi todos los cuentistas acérrimos. Sin embargo,
casi ninguno se atreve a reconocerlo y encima camuflan su condena diciendo
que el cuento es el género más difícil, mitad prosa
mitad poesía, bla bla bla bla. Por lo demás, no sé
si había leído a Carver cuando escribí lo que escribí.
Sí sé que no me gustó al principio, pues estaba de
lo más exigente en cuanto a estilo creativo. Luego me agradó,
pero no tanto que lo ponga en un altar... Porque eso de tener que leer
un texto como quien analiza químicamente una roca marciana, para
que no se te escape que el personaje es hombre o mujer, o que ésta
está embarazada, o que él es cojo, me parece un esfuerzo
excesivo para el lector. Hay que tratar que el esfuerzo lo haga el escritor
y que el lector no ande de detective por el texto.
En
la página 138 aparece coadyubar. Según el DRAE, lo
correcto es 'coadyuvar'. A poco que revisemos cualquier libro publicado
por una editorial española, no resulta difícil encontrar
una cantidad de erratas vergonzosa. ¿Qué opinión
te merecen los correctores de estilo de las editoriales españolas?
Aunque no te lo creas, cometo faltas de ortografía cuando escribo,
pero casi nunca (salvo ese coadyubar que me acompañará
hasta la tumba) cuando releo o reescribo. Por lo demás, hoy en
día difícilmente usaría una palabra tan antipática.
Lo que sí te reconozco es que las editoriales españolas
dan el visto bueno a cualquier dislate ortográfico de manera increíble.
Basta leer las críticas que hace Ricardo Senabre para llevarse
las manos a la cabeza. El último premio Nadal se ha publicado con
la palabra andara, en lugar de anduviera o anduviese,
lo que resulta inadmisible. Por otro lado, he llegado a ver en el periódico
digital de El Mundo la palabra Nicaragüa, que ya es geografía.
A
bordo de la literatura
Milan Kundera apunta que los personajes son egos experimentales del autor.
Flaubert, harto ser preguntado por la mujer que le inspiró Madame
Bovary, se despachó con un contundente «Madame Bovary soy
yo». Al personaje de ABDN no le falta de nada (cito del texto):
varón, 22 años, virgen, calvo, feo, ratón de mierda
de biblioteca, adicto a los pasteles, periodista aspirante a escritor,
licenciado en soledad, doctorado en silencio y máster en masturbación.
Dime, por favor, que no es autobiográfico...
No, no es autobiográfico. Si lo parece es porque sí
hay algo de autoideológico. Es como si, no sé, se
te muere la novia y escribes un libro sobre un personaje al que se le
muere la madre, y pones tus sentimientos al servicio de ese argumento
aunque tu referente sea la novia. Nadie lo puede notar y el dolor queda
plasmado de manera más verosímil. Es como el método
ese actoral de llorar pensando en algo que te da pena aunque eso no tenga
nada que ver con tu papel. Creo que ese tipo de sinceridades camuflables
escasean en la literatura actual. La gente crea personajes puramente formales,
como diseñados por ordenador, se olvidan de los procesos mentales,
que, según Thomas Bernhard, es lo único que importa en la
literatura. Por otra parte, lo de los egos experimentales suena
bien, pero es bastante falso. En el momento en el que se empieza a recrear
nuevos personajes, fuera del alter ego, casi siempre se recurre
a la propia familia, a los amigos o a gente que se ha visto en la calle
o en la tele. De hecho, muchos problemas legales de escritores vienen
porque alguien se reconoce en su personaje: Truman Capote se enfrentó
con ese problema en Plegarias atendidas. Por no hablar de toda
la balumba de novelas históricas, novelas a cleff o de los
relatos reales, que sin duda desmienten eso del yo experimental.
Aunque, claro, también pudiera ser que la apreciación de
Kundera quiera decir que en el fondo, por teoría silopsista, uno
no se conoce más que a sí mismo y, entonces, todo personaje
es en cierta medida uno mismo.
«A
veces deseas drogarte porque Baudelaire o Michael Stipe lo hicieron. A
veces te alegras de no drogarte porque la mayoría de los gilipollas
lo hacen. Hay una gran diferencia entre no haber probado nunca las drogas
y haberlas probado. Es como la diferencia entre el nueve y medio y el
diez: hay más diferencia entre ellos que entre el cinco y el siete.
Es cuestión de todo o nada. El diez es la perfección, el
todo; el nueve y medio es casi diez, pero no es diez. Tampoco son diez
el cinco, el seis, el siete, el tres. Todos ellos son la nada, la parte
negativa, el no. Las drogas son el sí y la virginidad alucinatoria
es el no.» (pág. 45) Muchos asocian una escritura visceral
con la ingesta de drogas. ¿De dónde procede la turbulencia
de tu escritura en ABDN? ¿Hay demasiada mitología (y negocio)
alrededor de la droga y la literatura?
Creo que el autor que quería ser yo con 21 años tenía
miedo, al ser completamente inocente en el consumo de drogas, a que el
editor de 56 años no le publicara porque, hombre, ni siquiera te
has metido una rayita. Lo que lía entonces (véase por ejemplo
la primera frase de determinada novela de Jaime Bayly) me daba a entender
que para ser escritor antes había que ser cocainómano, cuando
uno creía que para ser escritor antes había que escribir
algo. Por lo demás, el tema drogas en la literatura, salvo excepciones
de lucidez excepcional (no sé: Burroughs, De Quincey... pirados
así) es un tema puramente morboso para lectores asustadizos y pequeñoburgueses.
Más o menos lo mismo que el tema sexo descarnado. Antes que leer
una novela de heroína, recomendaría a los interesados probarla;
antes de leer una novela de coitos constantes, les citaría, sin
perdón, la frase que más me gusta de ABDN (ver arriba).
En
el libro se alternan recursos tipográficos y estilísticos.
Utilizas espacios en blanco, escribes en cursiva y sin signos de puntuación,
o con tipografía normal y puntuación correcta, e incluso
ciertos fragmentos aparecen con mayúscula. ¿Cómo
manejas este tipo de recursos?
Esta es mi pregunta favorita. A un escritor habría que preguntarle
sobre su trabajo, no sobre el Estado español o el hambre en el
mundo. No sé por qué un escritor ha de pronunciarse sobre
determinados temas por el hecho de juntar palabras. No creo que tenga
más derecho a ello que un encofrador o un pastelero trotskista...
Bien: después de 500 años de novela resulta triste tomar
un molde gastado como el planteamiento-nudo-desenlace y sacar un libro.
Lo digo porque, de hecho, lo he probado, y es un asco. Como dicen en Adaptation,
la brillante película de Spike Jonze, el escritor debe adentrarse
en lo desconocido, no fabricar libros como una máquina expendedora.
La técnica, entonces, es el comecocos principal de un escritor
medianamente serio. Y no por paranoia de originalidad, sino por algo que
dijeron los estructuralistas rusos: la desautomatización del texto.
Lo que vas a contar, al final, es lo mismo, pero has de hacer creer al
lector mientras lee que no ha leído nunca algo así, darle
la información de una manera nueva. Una de las cosas más
insufribles de un libro son los diálogos: primero habla uno, luego
otro; dijo, contestó, preguntó con una
pregunta (como ironizaba Cabrera Infante en Tres tristes tigres).
En definitiva, hay que sortear la previsibilidad, desde todos los puntos
de vista. Por ejemplo, se encuentran el narrador y un personaje; punto
y aparte; y el lector sabe ya que en los párrafos siguientes le
va a contar cómo conoció al tipo ése y dónde
le perdió la pista. Insoportable. También insoportable:
biografismo: Juan nació el día X en X y estudió en
X y se casó y tuvo cuatro hijos, dos eran X y otros dos X, y ...
Sustituye las X por cualquier cosa y tendrás el 70% de la novela
actual. En ABDN, los diferentes textos tratan de dar la información
de manera directa. Lo que más me gusta del libro es que no se presenta
a los personajes, no se explica nada, y sin embargo, no se echa en falta
la explicación. Por lo demás, la intuición en este
libro fue mi principal guía. Según lo iba escribiendo iba
formando el sistema, al que fui fiel a partir de que lo vi claro, tratando
de llevarlo a sus límites (por ejemplo, intercalando cursivas en
mayúsculas cuando el lector ya está acostumbrado a verlas
sólo intercaladas en la letra normal). Es un tema muy interesante
éste del sistema. Su mejor exponente, creo recordar, es Rayuela:
su final, en el que remite de un capítulo a otro sin fin, significa:
nadie podrá imitar esto jamás.
De
los nombres propios que salpimentan el texto (Faulkner, Woody Allen,
Kundera, Joe Pesci, Robert de Niro...), ¿cuáles son los
que te han influenciado más?¿Cuál es tu autor favorito?
Sin duda, Faulkner, que es el más genial de todos los novelistas
en lo que a la estructura se refiere. Acabo de releer, pero en inglés,
Mientras agonizo, y no tengo dudas. Faulkner es grande. Curiosamente,
Nabokov le consideraba una nulidad... Bueno, Nabokov también
se encuentra entre mis autores favoritos, así como Pío Baroja,
Juan rulfo, Maupassant, Don Delillo, Albert Camus... Actualmente, Thomas
Bernhard es mi autor favorito de todos los tiempos. Antes de leerlo ya
me gustaban sus libros: A bordo del naufragio parece escrito por
alguien que conoce la obra del austríaco, pero yo no sabía
ni su nombre cuando escribí el libro.
La
piel del toro
El
personaje de ABDN lanza duras diatribas contra lo que él denomina
el estereotipo castellano (abnegados trabajadores, temerosos de Dios,
ahorradores innatos y votantes de la derecha). ¿Es tan férrea
esa horma educativa como algunos la pintamos? ¿El personaje de
ABDN se rebela contra el arraigo del sentimiento de culpa judeocristiano
tan propio de la religión católica y de la austeridad castellana?
Es evidente que hay un carácter castellano, muy machista,
muy poco emocional y bastante aguerrido físicamente. No creo que
sólo se dé en las zonas rurales, pero ése es su predio
habitual. El sentimiento de culpa, dentro de ese carácter
no es de ascendente religioso (el castellano viejo de verdad es ateo,
o más bien, agnóstico, porque Dios es una cosa que, sinceramente,
no le entra en la cabeza), sino más bien una especie de condena
por no contribuir a que ese carácter perviva. Lo que quiere
un hombre de la Castilla eterna, un hombre que tiene, no sé, tierras,
o incluso un bar, o doce mil reses de ganado, es que su hijo siga con
ese negocio, sin moverse del punto geográfico donde nació
y viviendo una vida pautada por lo previsible: boda, hijos, muerte. El
personaje de ABDN no se rebela contra el gran Carácter, sino que,
más bien, se arroja bajo las ruedas dentadas de su maquinaria.
El
abuelo de ABDN se ponía del hígado con la cuestión
autonómicas, en concreto estereotipa al español que
abomina del separatismo de catalanes y vascos. ¿Qué opinión
te merece la situación actual? ¿Está en crisis la
identidad de España?
Vivo en Japón, ¿qué me estás contando? ¿La
identidad de España? ¿A quién coño le importa?
«Si
por ti fuera, no habría un solo profesor en la universidad. Sólo
habría libros. ¿Quién necesita maestros si tiene
ganas de saber y libros donde saciarse?» (pág. 31) ¿Encontraste
tan deprimente y desolador el panorama universitario español a
tu paso por las aulas? ¿Es mejor ser un iconoclasta?
Mi experiencia universitaria fue infernal. Alumnos sin vocación
de aprender; profesores sin vocación de enseñar; ignorantes
todos y muy satisfechos además. Horas y horas perdidas en las aulas.
Asignaturas creas ad hoc para que el que no sabe nada no moleste
demasiado. Exámenes propios de lactantes. Libros de texto de compra
obligatoria que son chapuceros centones de otros mil libros mediocres.
Ese gilipollas que siempre saca Sobresaliente. Esa niñta que sale
elegida delegada porque se puso minifalda el día de la votación.
Esas paredes. Esas amenazas de bomba que nunca se cumplen... En fin...
«Piensas
que Buñuel no es tan bueno como queremos creer los españoles
y que, salvo en pintura, somos un país mediocre» (pág.
32). Casualidades de la vida: otro entrevistado de este número,
Ángel Petisme, piensa lo contrario, incluso le ha dedicado poemarios
y discos a don Luis ¿Por qué te parece que Buñuel
no merece tanto agasajo y elogio?
Por joder. En realidad, es un genio. Un tipo que consigue hacer una
buena película con una novela de Galdós tiene que ser un
genio. Nazarín es una de mis películas favoritas;
también Los olvidados. Sin embargo, el surrealismo de La
edad de oro o Un perro andaluz me parecen chorradas. No en
vano estaba Dalí detrás, que es el más chorra de
todos los artistas. Tristana también es excelente. Y Mi
último suspiro, las memorias de Buñuel, es un texto
maravillosamente transgresor.
Generación
X
«Cada
generación escupe sobre la sombra de la generación anterior.
Cada hornada de humanos olvida los fetiches de sus progenitores, o lo
que es peor, los mete en un museo.» (pág. 132) ¿Logró
la generación española del 75 enclaustrar en el museo a
alguna gloria nacional? ¿Qué fetiches de nuestros progenitores
hemos olvidado?
Esta cita trata de la nostalgia. Un objeto, siendo algo fungible,
tiene su querencia de eternidad. Es decir, aloja el sentimiento de quien
lo usa o usó. Así, nuestros abuelos, viven en un mundo deshojado
de sentimientos, porque cada calle, cada rincón de la casa y cada
enser, ha cambiado. Dos ejemplos penosos: el vinilo y las pesetas. ¿Por
qué un objeto vivo, como el disco de vinilo, ha de morir? ¿Por
qué un niño ya no puede coleccionar monedas de los distintos
países europeos? También eso es un poco de manía
mía: detesto comprar cosas, cambiar de atrezzo, tener que
amoldarme a un nuevo hábitat cotidiano. Cada vez que asfaltan mi
calle, se me cierran los poros.
«Es
que parece que sólo puede escribirse de exceso y no de miedo, que
es lo principal, el miedo/vértigo que llega con el cambio de edad,
la incertidumbre diaria, esas cosas, en fin, de las que nadie ha escrito,
nadie de hoy, se entiende, porque no saben escribir, sino sólo
sumar viñetas costumbristas» (pág. 89) ¿Qué
autores (a los nombres me refiero), según tu opinión, escribieron
sobre el exceso y olvidaron hacerlo sobre el miedo? ¿Sientes que
hubo una generación encasillada por cierta manera de hacer cine,
música y literatura?
En la segunda mitad de los noventa, el fenómeno Kronen
(novela, por lo demás, bastante potable; y Mañas, uno de
los pocos escritores con cojones de España) dio paso a un torrente
de tonterías moderadas por Jesús Hermida y propaladas convenientemente
por los suplementos dominicales y los periodistas sin imaginación.
El tema de esta tontuna era que los jóvenes se drogaban y, jo,
qué miedo si mi hijo es uno de ellos. Yo, como era joven, me tenía
que sentir involucrado en el debate, pero el debate me daba bastante igual.
Sin embargo, la industria editorial espigó los textos más
acordes al sedicente debate de marras y los puso en los escaparates de
El Corte Inglés. Así, cada vez que abría un libro,
en aquellos años, alguien dentro del libro se iba de copas, lo
que resultaba verdaderamente desagradecido. Nombres. No sé, ya
me olvidé. Una tal Violeta Hernando, adolescente; los siguientes
libros de Mañas, algún premio Nadal, la basura italiana,
Trainspotting, Lucía E., Arde Babilonia... Esas cosas.
(Nota para daminificados: que mo me gusten tus libros no significa que
no podamos ser amigos).
«Y
es que ya se sabe que éste es un país reacio a reconocer
a sus genios, propenso a matar de hambre o a tiros el talento, inclinado
a canonizar la cochambre, abierto a todo tipo de foráneos, devoto
de la holganza, matrimoniado con la necedad, inimicísimo de la
razón, sublimador de enanos, sufragador de dispendios; y así
es normal que tú tampoco creas en Cervantes.» (pág.
50). El personaje de ABDN no siente especial simpatía por la literatura
española que se publicaba en ese momento. ¿Coinciden personaje
y autor en esta apreciación? ¿Qué opinión
te merece la literatura que se publica hoy día en España?
«Me encanta que me hagas esa pregunta...» Acabo
de leer por quinta vez en lo va de mes una entrevista donde un escritor
(en este caso, Unai Elorriaga) dice no leer literatura contemporánea.
Espero que sea una respuesta-refugio, para no crearse enemistades. ¿Se
imagina alguien un pastelero trotskista que no coma pasteles, un director
de cine que no vaya al cine, una peluquera que no se carde el pelo? ¡Menudo
ejemplo! En fin, a lo que íbamos: la literatura española
actual goza de la misma salud que la de cualquier otra época. Lo
normal es que que la mayor parte de lo que se escribe no sea genial, porque
lo genial sólo existe sobre la base de lo mediocre. Yo, que sí
leo y mucho todo lo que se publica, encuentro joyas de vez
en cuando que justifican mi seguimiento del panorama. Ventajas de viajar
en tren, de Orejudo; Tu rostro mañana, de Marías;
Ciclos, de FM; Niños, de Jordi Martín Jurado;
Cien botellas en una pared, de Ena Lucía Portela; Mi
primer bikini, de Elena Medel; La matriz y la sombra, de Ana
Prieto Nadal... Por otra parte, he leído Soldados de Salamina
dos veces y todavía no lo entiendo. Como le dijo el cuerpo a la
cabeza después de caer la guillotina: ¿Me estoy perdiendo
algo?
Ya
por último, ¿qué nuevos proyectos tienes? ¿Tienes
intención de publicar un tercer libro dentro de poco?
Quiero escribir un libro. Ése es mi proyecto. Luego, escribir
otro. Y luego, otro más. Y cuando me canse, sólo espero
que alguien siga escribiendo libros. Lo de publicar es más difícil.
Nunca se sabe. Pero si no fuera difícil no merecería la
pena.
Gracias
por tu amabilidad. Si deseas añadir algo, dispones del espacio
necesario.
Pues aprovecho para daros las gracias por hacerme saber que, después
de seis años, mi primer libro sigue hablando mal de mí.
|