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Texto de Alberto Olmos Tienes que centrarte, así no vamos a ningún sitio. Nadie te ayuda, y si tú no lo haces la llevas clara. ¿Dónde estás? (Lo primero es saber dónde se está.) ¿En qué lugar del mundo te encuentras?, ¿qué rige aquí?, ¿qué prima?, ¿qué llevan las niñas los domingos para ir a misa? Ésas son las preguntas importantes. Encuentra las respuestas y cálzatelas como puedas. No puedes salir a la calle con los zapatos que tú mismo fabricas. Todos se van a reír de ti. Viste su misma marca, su misma sonrisa, sus mismos tópicos, sus mismas rebeliones. Ya sabes que lo importante es que no sepan que estás loco. Te encerrarían, como a Linda Hamilton en Terminator II, dirían que estás como una puta regadera (vesania lo llaman ellos, queda más fino, más respetuoso. Ya conoces toda esa mierda del lenguaje políticamente correcto. Tu desearías que el lenguaje fuera primero correcto, o sea preciso, y luego ir poniéndole adjetivos. Aquí nadie piensa como tú). Lee sus libros, los primeros de las listas, y deja los prohibidos para tu pecera, para tu soledad anónima, allí donde nadie pasa las páginas por ti. Hay en el mundo demasiados gilipollas diciéndote lo que tienes que hacer. Incluso los que te dicen que hagas lo que quieras, esperan en realidad dirigirte. Engáñales, apréndete la música de la canción, sílbala, tararéala, pero nunca aprendas la letra, diles que tienes mala memoria, cualquier mentira vale; pero no aprendas la letra. Desconfía de todo lo que no venga de los labios marchitos de tu abuela. Ella ha visto morir a un hombre y sabe lo que dice. Otros también han visto morir a uno, dos o tres hombres, pero no son tu abuela, no son nadie, en todo caso famosos, es decir, gente que te dice lo que tienes que hacer para que ellos sigan siendo famosos. No los odias. En realidad te importa un huevo que haya tanto profesional de la fama, pero, joder, que no sean tan conocidos, que sean famosos entre los famosos, que no se inmiscuyan en el detergente que usas para lavar los calzoncillos sucios, en las compresas que usas para limpiar las vaginas sucias, en la cerveza que usas para desparasitar los estómagos sucios, en las causas nobles que usas para blanquear conciencias sucias. Que te dejen en paz, que se vayan todos de vacaciones dos o tres meses, que quieres oír tu voz, que quieres saber qué es lo que tú piensas, si es que algo piensas. ¿Piensas algo tú? Todos creen que no piensas. El que está callado piensa mucho, pero el que está triste no piensa, sólo está triste. Ellos lo saben. La aflicción no está especialmente dotada para el raciocinio o la cordura. La aflicción es más bien simplota, más bien monotemática, se concentra en una idea y la vivisecciona sin éxito ni otro fruto que el aumento del dolor y la mayor cercanía de la locura. La locura, ¿te asusta esa palabra? La locura está bien si es para anunciar refrescos de cola o vaqueros rotos; pero estar locos de veras, en serio, cuerdamente loco, está mal, muy mal. Ellos lo dicen. Estar loco supone que algo no te funciona dentro de la cabeza. Ellos pueden arreglar la lavadora y el contestador automático, pero si estás loco te encierran y ahí se acaba todo. No es bueno estar loco, la gente se desconcierta ante la locura, no la entienden. No la entienden porque viene de dentro, de ese sitio al que nadie quiere mirar. Pero no temas, si consigues sonreír en los momentos adecuados, no te descubrirán. Aprende a dominar el petróleo de tu sesera. No es fácil (lo sé), pero tienes que hacerlo. Si no, te descubrirán y te llevarán a uno de esos sitios acolchados por todas partes donde sí te vuelves loco intentando averiguar cuál es la cama. Y, sin embargo, hay algo legendario en la locura. ¿Qué quiere decir legendario? No lo sabes, pero es una palabra bonita. Nictémero también es un palabra bonita. Y nefelibata. Y cornucopia. Y bulbul. Y tantas otras palabras cuyo significado olvidas para poder perder el tiempo. Si te quedas con él dentro, puede darte un cólico al riñón o una gastroenteritis aguda. Somos seres que cagamos pasado y devoramos futuro. No puede quedarte con nada en el recto. Te han enseñado a cambiar de coche y de ropa y de trabajo y de canal y lo han hecho por tu bien, para que no pienses demasiado. No estás siguiendo sus consejos. Vas a descubrir que la vida es una putada. Te van a entrar deseos de sentarte y dejar que se caduquen todos los postres. Eso es peligroso. Ellos saben que la vida no tiene sentido, pero creen que es un defecto subsanable, entre otras cosas, porque es el único defecto de la vida. ¿Qué otros defectos tiene?, te dirán, ¿encuentra usted alguno?, ¿no le gustan los libros de Antonio Gala?, pues lea uno de Umbral, tenemos para todos los gustos; ¿no le apetece el teatro?, pues vaya al cine, o váyanse de putas, hacemos la vista gorda, hasta dejamos que viole usted a niñas de tres años; ¿no le gusta la televisión o sólo algo de la televisión?, le ponemos a W. C. Fields de madrugada, le ponemos a Bogart de madrugada, sabemos cómo le gusta ver cine a altas horas de la noche, sí, sabemos que le encanta sentirse mártir de la cultura, el último erudito; ¿qué más quiere, hombre de Dios?, la vida carece de sentido: ¡pero eso es todo!, déjelo de nuestra cuenta, nosotros le haremos olvidar, elija, elija, elija, tenemos un póster cojonudo de David Bowie.
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