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Portada

Arroz
con bogavante
La
octava maravilla
Vlady Kociancich
Nueva
arquitectura
Martínez de Pisón
El
libro de las ciudades
Guillermo Cabrera Infante

Tintalabios
Entrevistas a:
Alberto
Olmos
Ángel Petisme
Rolando Revagliatti
Sólo café,
solo
Pavese:
amor y muerte en la ciudad
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Texto
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Cómo conseguir sus
libros en la red:
El único libro que se puede adquirir a través de la
red es A bordo
del naufragio
...............................
Alberto
Olmos en la red:
Se encuentran accesibles los siguientes artículos sobre viajes,
publicados en El Mundo:
La
Alcarria
Segovia
Toledo
Menorca
San
Sebastián
Varsovia
Tonga
............................... |
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Fotografías:
Hiromi Hasegawa.
Entrevista a Alberto Olmos
«¿Se imagina alguien un pastelero
trotskista que no coma pasteles?»
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

Conversar electrónicamente con Alberto Olmos
resulta edificante, sobre todo si se trata de hablar de los fenómenos
(literarios) paranormales que acontecen en España. Cuanto leerán
en esta entrevista no alcanza sino a ser un bosquejo de las idas y venidas
del fluido intercambio mantenido entre ambos en los últimos tiempos.
Algún día veremos de publicar las caras B y el cómo
se hizo, al más puro estilo dvd. Este segoviano itinerante a
su pesar, según confiesa, nacido en 1975, espiga con soltura
y desenfado cualquier pregunta. Su ironía y mordacidad garantizan
una lectura entretenida, ya sea de sus artículos de viajes, ya
sea de su novela más encontrable.
Ciudades y libros
PREGUNTA: A bordo
del naufragio lo escribiste en 1996, es decir, cuando tenías
21 años, y fue publicado en 1998. ¿Ha cambiado mucho tu
pensamiento desde entonces?
RESPUESTA: Sí, ahora soy más tonto; porque sé
más cosas. En 1996 era tan ignorante que era capaz de escribir
una novela sin saber cómo se hacía. Ahora sé cómo
se hace y no soy capaz de hacerlo bien. La ignorancia, después
de todo, tiene sus ventajas. Si tienes demasiada conciencia del idioma,
de la estructura y de todo lo que se ha escrito antes de nacer tú,
te ahogas. Por eso, los que mejor escriben son los analfabetos: esas
cartas llenas de palabras truncadas, sin puntos ni comas... No saben
qué es el idioma y su habla está pegada a sí mismos,
no es una pantalla ni un tránsito, como en los eruditos. Mi abuela
escribe mejor que Joyce.
¿Qué significó
para ti la hazaña de quedar finalista del Premio Herralde tan
joven? ¿Estás contento con la repercusión obtenida
por A bordo del naufragio en los medios de comunicación
especializados? ¿Fue traducida la novela a otros idiomas?
Nada. Como digo, al no saber ni qué era el mundo editorial,
no me enteré de que finalizar el Herralde era tremendo. Es ahora
cuando, sabiendo quién va y quién viene y cuántos
van y vienen babeando por un premio, veo la suerte (sí, suerte)
que tuve.
Y, claro, leí las críticas, que no me dijeron cosa alguna
de interés; y también leí alguna puñalada
gratuita y cobarde en una revistucha, que me puso al día de cómo
se las gasta determinada gentuza. Lo de las traducciones, aún
hoy ignoro cómo funciona. En ese campo, mi novela no fue bendecida
por la suerte. En todo caso, hay gestiones avanzadas para que mi libro
sea traducido al japonés, al coreano y, posiblemente, al mongol.
¿Qué sucedió
con tu segunda novela, Así de loco te puedes volver? ¿Obtuvo
buenas críticas? Por cierto, no la pude encontrar.
Sucedió lo que siempre en mi vida: yo estoy sentado sin hacer
nada y alguien me llama para que haga algo. Ignacio Sanz, escritor y
ceramista segoviano, me llevó de tour por la capital castellana
y, ya puestos, me animó a darle algún manuscrito para
sopesarlo en la Tertulia de los Martes, nombre de la editora patrocinada
por la Caja de Ahorros de Segovia. La votación para publicar
fue bien y salió el libro, que me gusta mucho porque es el tipo
de texto que al mismo tiempo me apetece leer: no es un historia, simplemente
una persona escribiendo honestamente sobre lo que le rodea y lo que
le corroe (algo como "Mortal y rosa", "Héroes"
o "Niños"). Creo que sólo hubo una crítica,
en El Cultural, no muy allá. El libro, como todos los publicados
por las Cajas de Ahorros, sólo se puede encontrar si abres una
cuenta corriente en esa Caja de Ahorros.
De Segovia (España)
a Moka (Japón), pasando por muchas otras ciudades y países.
¿Por qué tantas ciudades? ¿Qué te aportan,
qué buscas en ellas? ¿Cuál es tu favorita?
Bueno, a pesar de los sellos de mi pasaporte, no soy ni por asomo,
el típico joven viajero-aventurero-superarrojado. De hecho, yo
no voy a los sitios, simplemente me obligan a ir. Durante tres años
fui viajero a sueldo para el periódico El Mundo. Los reportajes
que hice fueron: Segovia, Toledo, La Alcarria, Menorca, Varsovia, Tonga,
San Sebastián, y para de contar. Sin embargo, viajé mucho
más: concretamente hice un crucero llamado Ship of the World
Youth, que me tuvo durante dos meses dando la vuelta al Pacífico:
de Tokio a Vladivostok, de ahí a Hawaii, Tahití, Tonga,
Nueva Zelanda y finalmente Singapore. Lo de los viajes a sueldo es la
ganga más escandalosa que me ha tocado en mi vida. Y, como todo,
vino sin buscarlo. Ya dice Miller (Henry) que las cosas sólo
salen mal cuando uno se esfuerza demasiado. Después del libro,
me llamaron de El Mundo y me metieron en varios aviones, con todos los
gastos pagados y hoteles de cuatro estrellas. Y yo, lo juro, no soy
el típico tío al que le gusta mucho viajar. ¡Y mira
dónde ando! Al Ship of the world me mandaron desde
El Mundo, sin saber dónde me metían. Fue una especie de
Gran Hermano con 290 personas. Cada año van países distintos
y España sólo ha ido tres o cuatro veces de las quince
o veinte ediciones. El gobierno japonés gasta mil millones de
yenes en este happening. Su línea editorial es hablar de lo mucho
que sufren en Chiapas, Filipinas, Fiji o Nigeria, mientras en el salón
majestuoso de la cubierta 4 espera un buffet napoleónico
servido por fámulos coreanos. De fondo solía sonar Heal
the world de Michael Jackson.
En fin, mi ciudad favorita del
mundo es Tokyo, especialmente el barrio de Harajuku.
«¿Por qué
lees tantos libros?» Con esta pregunta comienza A bordo del
naufragio; según avanza la novela, ésta se convierte
en más y más insistente. El personaje responde que así
sublima la soledad. ¿Por qué lee tantos libros el autor,
Alberto Olmos?
No lo sé. Debo de estar enfermo. De todo lo que uno puede
echar de menos al marcharse de su país nantal, lo que más
extraño en el Japón es la biblioteca Puerta de Toledo.
Cuando iba allí y sacaba tres novelas me sentía, al salir,
como si acabara de iniciar una amistad, o de conocer a alguien interesante,
que, luego, muchas veces (es cierto), me decepcionaba en la página
34, pero abandonar la biblioteca teniendo por delante 600 páginas
que leer era de los pocos placeres cotidianos que encontraba en Madrid.
Me sé las diversas respuestas sobre por qué se lee, que
si para no estar solos, que si para vivir otras vidas... Yo creo, más
sencillamente, que la lectura es el más básico alimento
intelectual, y que al igual que el cuerpo necesita aire y agua, la cabeza
necesita datos, ideas, experiencias que muevan su pequeño universo.
Las personas que no leen, ni van al cine, ni acumulan saberes de ningún
tipo, yo me pregunto: ¿qué tienen en esa parte del cerebro
donde yo tengo tantísima información? La respuesta creo
que es clara.
El personaje de ABDN se refiere a Madrid como La Gran Cacharrería,
y añora su pueblo; incluso odia a los capitalinos que pasan sus
vacaciones en el pueblo: los acusa de no haber mamado cuanto éste
significa. Muchos autores babean por Madrid y escriben panegíricos
sobre estas grandes cacharrerías Nueva York se lleva
la palma; ¿te sientes afín en esta cuestión
con tu personaje?
Yo nunca me he sentido de pueblo. No por prejuicio o complejo, sino
porque realmente no recuerdo haber hecho vida social en mi pueblo. Tampoco
me considero una persona urbana. En todo caso, he visto, quizá
también sufrido, la prepotencia de determinados retrasados mentales
cuyo único mérito para mirarte desde lo alto es que han
nacido en la gran ciudad. Menudo mérito. No es por ofender, pero
el concepto paleto, para mí, ha quedado ejemplificado
a la perfección precisamente en los bares de barrio de Madrid.
Y lo de la España negra, asesinatos múltiples por rencillas
familiares, tan del campo, no es nada comprarado con la sangre que corre
cada noche por el distrito de Usera, por ejemplo. De todos modos, he
de reconocer mi querencia por la gran urbe. Me gusta ver cosas civilizadas,
es decir, pervertidas por el pensamiento humano. Una montaña
está muy bien, el monte Fuji es maravilloso, pero no me dice
nada sobre mí. Un edificio con su ascensor, sus vecinos en las
ventanas, las antenas de la tele y una pintada de Gora Eta en
la fachada, me dice más cosas.
«Hay mucho cielo en
esta parte de la ciudad» (pág. 122). Me parece la frase
más poética del libro, además de una síntesis
aguda sobre la psicología del personaje. ¿Te sientes identificado
con este comentario?
La mejor frase del libro es: «Todo exceso es un sustitutivo
del sexo, incluido el exceso de sexo».
«La gente es bastante corta de entendederas y amplia de tragaderas»
(pág. 148). Hace poco, Juan Goytisolo glosaba un comentario de
Manuel Azaña: con la edad se aprende a dejar en paz a los imbéciles
y a no perder el tiempo con los mediocres. ¿Es ésta una
visión muy urbana de la humanidad que nos rodea?
Sinceramente, dudo mucho que los ancianos dejen en paz a nadie,
y menos a los imbéciles y a los mediocres. Mi experiencia de
la edad provecta me habla más bien de inquinas desaforadas, de
frustraciones camufladas bajo caracteres irritables, de ausencia de
bondad y de enconamiento destructor. Cuando uno se acerca a la muerte,
ya no teme nada, ni siquiera hacer el ridículo; y menos insultar
o ser injusto con alguien. De hecho, la frase en sí es de una
maldad exquisita; parece decir: aparte de toda la gente a la que critico
sin parar, quiero mancillar en conjunto a los que no critico, que no
crean que no me acuerdo de ellos, porque si no les he criticado es porque
son imbéciles y mediocres.
Maneras
de hablar
A bordo del naufragio y Así de loco te
puedes volver, ¿no son títulos un tanto heterodoxos?
No, ya no hay títulos heteredoxos. Titular bien es una de
las cosas que más se aprecia en un escritor. Yo le doy mil vueltas
a los títulos porque, sinceramente, como no sé de qué
coño va mi novela no acabo de dar con el más idóneo.
De hecho, le pongo un título al libro tras cada página
que escribo. Al principio me parecen fenomenales, pero llega el día
siguiente y el título elegido pierde significado por completo,
y sólo veo cacofonías, o falta de garra. Sin embargo,
los títulos de otros los taso a primera vista. Tokyo ya no
nos quiere, de Ray Loriga, es un buen título. No hay duda.
Pero si me se me hubiera ocurrido a mí, no habría llegado
a la imprenta: me habría desvelado pensando en ese "no nos"
tan tartaja.
Barboquejo, barbitaheño,
ojizarca, nictémero, superferolítico, nefelibata, espetera,
oriflama... En un artículo tuyo hablabas sobre la belleza del
término talabartería. ¿Eres un buceador eufónico?
¿Hay alguna otra intención detrás del uso de palabras
tan especiales?
No especialmente. Creo que hay una gran diferencia entre el escritor
que empieza y el escritor maduro. Digamos que la transición de
lector a escritor exige una cierta dosis de orgullo o fe en sí
mismo, y para conseguir esa confianza suele recurrirse a exhibicionismos
de tipo léxico. Luego, según el escritor va creciendo,
normalmente, va renunciando a usar palabras infrecuentes
y trata de volverse más comunicativo. Sin embargo, es imprescindible
tener detrás un conocimiento amplio de la lengua que te permita
salir del paso en algunas situaciones, con adjetivos de repuesto que
salven una rima aquí o acomoden la prosodia allá. Cuando
escribí ABDN aquejaba yo un estupendo furor léxico. Realmente
deseaba aprenderme todas las palabras del diccionario; aquello era una
conquista alfabética. Y para conquistar el diccionario, hay que
usar las palabras, pues, al consultar simplemente su significado, la
definición no te aporta nada. Sólo encajando tú
esa palabra en una frase logras dominarla. Las palabras, en el diccionario,
son como mariposas clavadas en un cartón. Sólo en el texto
despliegan sus alas y viven.
Expresiones como muslos de
pan, trasero alto y frutal, ojos entre palisandro y Rioja, labios rojos
loreal o vientre agudísimo las utilizas para tus sutiles descripciones
femeninas. Escribes: «entonces comprendió que la causa
de todas las miserias es el deseo» (pág. 45). ¿Es
ABDN una novela sobre el deseo? Por cierto, ¿en quién
pensabas? ¿En Uma Thurman?
El deseo como causa del dolor es la idea axial del pensamiento budista
(al que, quiero decirlo cuanto antes, no tengo la menor afición).
Mi novela, si algún sentimiento merodea especialmente, es el
de la soledad. Por tanto, no pensaba en Uma Thurman, sino en cómo
se siente uno sin Uma Thurman.
«Tu desearías
que el lenguaje fuera primero correcto, o sea, preciso, y luego ir poniéndole
los adjetivos.» Esto suena un tanto a Raymond Carver y su famosa
regla de si puedes escribirlo con 15 palabras no lo hagas con 20. ¿Concuerdas
con esta suerte de planteamiento carveriano?
La regla de si lo puedes escribir con 15 palabras mejor que con 20,
sintiéndolo mucho, está en las antípodas de mi
prontuario. Thomas Bernhard es una prueba de que lo literario está
más en el relleno que en la fibra, más en el cómo
que en el qué. Esa norma es perfecta para el periodismo, pero
para la literatura que a mí me interesa, no. De hecho, si fuera
así, las novelas serían cuentos: bastaría la sinopsis.
Sin embargo, se necesitan 400 páginas para que algo que puede
resumirse en 400 palabras llegue al lector. Lo cual no obsta para que
Carver me haya gustado cuando lo releí... También me gusta
lo que dijo Carver de que no escribiría novela, simplemente,
porque no se sentía capaz. Es lo que yo creo que les pasa a casi
todos los cuentistas acérrimos. Sin embargo, casi ninguno se
atreve a reconocerlo y encima camuflan su condena diciendo que el cuento
es el género más difícil, mitad prosa mitad poesía,
bla bla bla bla. Por lo demás, no sé si había leído
a Carver cuando escribí lo que escribí. Sí sé
que no me gustó al principio, pues estaba de lo más exigente
en cuanto a estilo creativo. Luego me agradó, pero no tanto que
lo ponga en un altar... Porque eso de tener que leer un texto como quien
analiza químicamente una roca marciana, para que no se te escape
que el personaje es hombre o mujer, o que ésta está embarazada,
o que él es cojo, me parece un esfuerzo excesivo para el lector.
Hay que tratar que el esfuerzo lo haga el escritor y que el lector no
ande de detective por el texto.
En la página 138 aparece
coadyubar. Según el DRAE, lo correcto es 'coadyuvar'.
A poco que revisemos cualquier libro publicado por una editorial española,
no resulta difícil encontrar una cantidad de erratas vergonzosa.
¿Qué opinión te merecen los correctores de estilo
de las editoriales españolas?
Aunque no te lo creas, cometo faltas de ortografía cuando escribo,
pero casi nunca (salvo ese coadyubar que me acompañará
hasta la tumba) cuando releo o reescribo. Por lo demás, hoy en
día difícilmente usaría una palabra tan antipática.
Lo que sí te reconozco es que las editoriales españolas
dan el visto bueno a cualquier dislate ortográfico de manera
increíble. Basta leer las críticas que hace Ricardo Senabre
para llevarse las manos a la cabeza. El último premio Nadal se
ha publicado con la palabra andara, en lugar de anduviera
o anduviese, lo que resulta inadmisible. Por otro lado, he llegado
a ver en el periódico digital de El Mundo la palabra Nicaragüa,
que ya es geografía.
A bordo de la literatura
Milan Kundera apunta que los personajes son egos experimentales del
autor. Flaubert, harto ser preguntado por la mujer que le inspiró
Madame Bovary, se despachó con un contundente «Madame Bovary
soy yo». Al personaje de ABDN no le falta de nada (cito del texto):
varón, 22 años, virgen, calvo, feo, ratón de mierda
de biblioteca, adicto a los pasteles, periodista aspirante a escritor,
licenciado en soledad, doctorado en silencio y máster en masturbación.
Dime, por favor, que no es autobiográfico...
No, no es autobiográfico. Si lo parece es porque sí hay
algo de autoideológico. Es como si, no sé, se te
muere la novia y escribes un libro sobre un personaje al que se le muere
la madre, y pones tus sentimientos al servicio de ese argumento aunque
tu referente sea la novia. Nadie lo puede notar y el dolor queda plasmado
de manera más verosímil. Es como el método ese
actoral de llorar pensando en algo que te da pena aunque eso no tenga
nada que ver con tu papel. Creo que ese tipo de sinceridades camuflables
escasean en la literatura actual. La gente crea personajes puramente
formales, como diseñados por ordenador, se olvidan de los procesos
mentales, que, según Thomas Bernhard, es lo único que
importa en la literatura. Por otra parte, lo de los egos experimentales
suena bien, pero es bastante falso. En el momento en el que se empieza
a recrear nuevos personajes, fuera del alter ego, casi siempre
se recurre a la propia familia, a los amigos o a gente que se ha visto
en la calle o en la tele. De hecho, muchos problemas legales de escritores
vienen porque alguien se reconoce en su personaje: Truman Capote se
enfrentó con ese problema en Plegarias atendidas. Por
no hablar de toda la balumba de novelas históricas, novelas a
cleff o de los relatos reales, que sin duda desmienten eso
del yo experimental. Aunque, claro, también pudiera ser que la
apreciación de Kundera quiera decir que en el fondo, por teoría
silopsista, uno no se conoce más que a sí mismo y, entonces,
todo personaje es en cierta medida uno mismo.
«A veces deseas drogarte
porque Baudelaire o Michael Stipe lo hicieron. A veces te alegras de
no drogarte porque la mayoría de los gilipollas lo hacen. Hay
una gran diferencia entre no haber probado nunca las drogas y haberlas
probado. Es como la diferencia entre el nueve y medio y el diez: hay
más diferencia entre ellos que entre el cinco y el siete. Es
cuestión de todo o nada. El diez es la perfección, el
todo; el nueve y medio es casi diez, pero no es diez. Tampoco son diez
el cinco, el seis, el siete, el tres. Todos ellos son la nada, la parte
negativa, el no. Las drogas son el sí y la virginidad alucinatoria
es el no.» (pág. 45) Muchos asocian una escritura visceral
con la ingesta de drogas. ¿De dónde procede la turbulencia
de tu escritura en ABDN? ¿Hay demasiada mitología (y negocio)
alrededor de la droga y la literatura?
Creo que el autor que quería ser yo con 21 años tenía
miedo, al ser completamente inocente en el consumo de drogas, a que
el editor de 56 años no le publicara porque, hombre, ni siquiera
te has metido una rayita. Lo que lía entonces (véase por
ejemplo la primera frase de determinada novela de Jaime Bayly) me daba
a entender que para ser escritor antes había que ser cocainómano,
cuando uno creía que para ser escritor antes había que
escribir algo. Por lo demás, el tema drogas en la literatura,
salvo excepciones de lucidez excepcional (no sé: Burroughs, De
Quincey... pirados así) es un tema puramente morboso para lectores
asustadizos y pequeñoburgueses. Más o menos lo mismo que
el tema sexo descarnado. Antes que leer una novela de heroína,
recomendaría a los interesados probarla; antes de leer una novela
de coitos constantes, les citaría, sin perdón, la frase
que más me gusta de ABDN (ver arriba).
En el libro se alternan recursos
tipográficos y estilísticos. Utilizas espacios en blanco,
escribes en cursiva y sin signos de puntuación, o con tipografía
normal y puntuación correcta, e incluso ciertos fragmentos aparecen
con mayúscula. ¿Cómo manejas este tipo de recursos?
Esta es mi pregunta favorita. A un escritor habría que preguntarle
sobre su trabajo, no sobre el Estado español o el hambre en el
mundo. No sé por qué un escritor ha de pronunciarse sobre
determinados temas por el hecho de juntar palabras. No creo que tenga
más derecho a ello que un encofrador o un pastelero trotskista...
Bien: después de 500 años de novela resulta triste tomar
un molde gastado como el planteamiento-nudo-desenlace y sacar un libro.
Lo digo porque, de hecho, lo he probado, y es un asco. Como dicen en
Adaptation, la brillante película de Spike Jonze, el escritor
debe adentrarse en lo desconocido, no fabricar libros como una máquina
expendedora. La técnica, entonces, es el comecocos principal
de un escritor medianamente serio. Y no por paranoia de originalidad,
sino por algo que dijeron los estructuralistas rusos: la desautomatización
del texto. Lo que vas a contar, al final, es lo mismo, pero has de hacer
creer al lector mientras lee que no ha leído nunca algo así,
darle la información de una manera nueva. Una de las cosas más
insufribles de un libro son los diálogos: primero habla uno,
luego otro; dijo, contestó, preguntó
con una pregunta (como ironizaba Cabrera Infante en Tres tristes
tigres). En definitiva, hay que sortear la previsibilidad, desde
todos los puntos de vista. Por ejemplo, se encuentran el narrador y
un personaje; punto y aparte; y el lector sabe ya que en los párrafos
siguientes le va a contar cómo conoció al tipo ése
y dónde le perdió la pista. Insoportable. También
insoportable: biografismo: Juan nació el día X en X y
estudió en X y se casó y tuvo cuatro hijos, dos eran X
y otros dos X, y ... Sustituye las X por cualquier cosa y tendrás
el 70% de la novela actual. En ABDN, los diferentes textos tratan de
dar la información de manera directa. Lo que más me gusta
del libro es que no se presenta a los personajes, no se explica nada,
y sin embargo, no se echa en falta la explicación. Por lo demás,
la intuición en este libro fue mi principal guía. Según
lo iba escribiendo iba formando el sistema, al que fui fiel a partir
de que lo vi claro, tratando de llevarlo a sus límites (por ejemplo,
intercalando cursivas en mayúsculas cuando el lector ya está
acostumbrado a verlas sólo intercaladas en la letra normal).
Es un tema muy interesante éste del sistema. Su mejor exponente,
creo recordar, es Rayuela: su final, en el que remite de un capítulo
a otro sin fin, significa: nadie podrá imitar esto jamás.
De los nombres propios que
salpimentan el texto (Faulkner, Woody Allen, Kundera, Joe Pesci,
Robert de Niro...), ¿cuáles son los que te han influenciado
más?¿Cuál es tu autor favorito?
Sin duda, Faulkner, que es el más genial de todos los novelistas
en lo que a la estructura se refiere. Acabo de releer, pero en inglés,
Mientras agonizo, y no tengo dudas. Faulkner es grande. Curiosamente,
Nabokov le consideraba una nulidad... Bueno, Nabokov también
se encuentra entre mis autores favoritos, así como Pío
Baroja, Juan rulfo, Maupassant, Don Delillo, Albert Camus... Actualmente,
Thomas Bernhard es mi autor favorito de todos los tiempos. Antes de
leerlo ya me gustaban sus libros: A bordo del naufragio parece
escrito por alguien que conoce la obra del austríaco, pero yo
no sabía ni su nombre cuando escribí el libro.
La
piel del toro
El personaje de ABDN lanza duras diatribas contra lo que él
denomina el estereotipo castellano (abnegados trabajadores, temerosos
de Dios, ahorradores innatos y votantes de la derecha). ¿Es tan
férrea esa horma educativa como algunos la pintamos? ¿El
personaje de ABDN se rebela contra el arraigo del sentimiento de culpa
judeocristiano tan propio de la religión católica y de
la austeridad castellana?
Es evidente que hay un carácter castellano, muy machista,
muy poco emocional y bastante aguerrido físicamente. No creo
que sólo se dé en las zonas rurales, pero ése es
su predio habitual. El sentimiento de culpa, dentro de ese carácter
no es de ascendente religioso (el castellano viejo de verdad es ateo,
o más bien, agnóstico, porque Dios es una cosa que, sinceramente,
no le entra en la cabeza), sino más bien una especie de condena
por no contribuir a que ese carácter perviva. Lo que quiere
un hombre de la Castilla eterna, un hombre que tiene, no sé,
tierras, o incluso un bar, o doce mil reses de ganado, es que su hijo
siga con ese negocio, sin moverse del punto geográfico donde
nació y viviendo una vida pautada por lo previsible: boda, hijos,
muerte. El personaje de ABDN no se rebela contra el gran Carácter,
sino que, más bien, se arroja bajo las ruedas dentadas de su
maquinaria.
«Si por ti fuera, no
habría un solo profesor en la universidad. Sólo habría
libros. ¿Quién necesita maestros si tiene ganas de saber
y libros donde saciarse?» (pág. 31) ¿Encontraste
tan deprimente y desolador el panorama universitario español
a tu paso por las aulas? ¿Es mejor ser un iconoclasta?
Mi experiencia universitaria fue infernal. Alumnos sin vocación
de aprender; profesores sin vocación de enseñar; ignorantes
todos y muy satisfechos además. Horas y horas perdidas en las
aulas. Asignaturas creas ad hoc para que el que no sabe nada
no moleste demasiado. Exámenes propios de lactantes. Libros de
texto de compra obligatoria que son chapuceros centones de otros mil
libros mediocres. Ese gilipollas que siempre saca Sobresaliente. Esa
niñata que sale elegida delegada porque se puso minifalda el
día de la votación. Esas paredes. Esas amenazas de bomba
que nunca se cumplen... En fin...
«Piensas que Buñuel
no es tan bueno como queremos creer los españoles y que, salvo
en pintura, somos un país mediocre» (pág. 32). Casualidades
de la vida: otro entrevistado de este número, Ángel Petisme,
piensa lo contrario, incluso le ha dedicado poemarios y discos a don
Luis ¿Por qué te parece que Buñuel no merece tanto
agasajo y elogio?
Por joder. En realidad, es un genio. Un tipo que consigue hacer una
buena película con una novela de Galdós tiene que ser
un genio. Nazarín es una de mis películas favoritas;
también Los olvidados. Sin embargo, el surrealismo de
La edad de oro o Un perro andaluz me parecen chorradas.
No en vano estaba Dalí detrás, que es el más chorra
de todos los artistas. Tristana también es excelente.
Y Mi último suspiro, las memorias de Buñuel, es
un texto maravillosamente transgresor.
Generación
X
«Cada generación escupe sobre la sombra de la generación
anterior. Cada hornada de humanos olvida los fetiches de sus progenitores,
o lo que es peor, los mete en un museo.» (pág. 132) ¿Logró
la generación española del 75 enclaustrar en el museo
a alguna gloria nacional? ¿Qué fetiches de nuestros progenitores
hemos olvidado?
Esta cita trata de la nostalgia. Un objeto, siendo algo fungible, tiene
su querencia de eternidad. Es decir, aloja el sentimiento de quien lo
usa o usó. Así, nuestros abuelos, viven en un mundo deshojado
de sentimientos, porque cada calle, cada rincón de la casa y
cada enser, ha cambiado. Dos ejemplos penosos: el vinilo y las pesetas.
¿Por qué un objeto vivo, como el disco de vinilo, ha de
morir? ¿Por qué un niño ya no puede coleccionar
monedas de los distintos países europeos? También eso
es un poco de manía mía: detesto comprar cosas, cambiar
de atrezzo, tener que amoldarme a un nuevo hábitat cotidiano.
Cada vez que asfaltan mi calle, se me cierran los poros.
«Es que parece que
sólo puede escribirse de exceso y no de miedo, que es lo principal,
el miedo/vértigo que llega con el cambio de edad, la incertidumbre
diaria, esas cosas, en fin, de las que nadie ha escrito, nadie de hoy,
se entiende, porque no saben escribir, sino sólo sumar viñetas
costumbristas» (pág. 89) ¿Qué autores (a
los nombres me refiero), según tu opinión, escribieron
sobre el exceso y olvidaron hacerlo sobre el miedo? ¿Sientes
que hubo una generación encasillada por cierta manera de hacer
cine, música y literatura?
En la segunda mitad de los noventa, el fenómeno Kronen
(novela, por lo demás, bastante potable; y Mañas, uno
de los pocos escritores con cojones de España) dio paso a un
torrente de tonterías moderadas por Jesús Hermida y propaladas
convenientemente por los suplementos dominicales y los periodistas sin
imaginación. El tema de esta tontuna era que los jóvenes
se drogaban y, jo, qué miedo si mi hijo es uno de ellos. Yo,
como era joven, me tenía que sentir involucrado en el debate,
pero el debate me daba bastante igual. Sin embargo, la industria editorial
espigó los textos más acordes al sedicente debate de marras
y los puso en los escaparates de El Corte Inglés. Así,
cada vez que abría un libro, en aquellos años, alguien
dentro del libro se iba de copas, lo que resultaba verdaderamente desagradecido.
Nombres. No sé, ya me olvidé. Una tal Violeta Hernando,
adolescente; los siguientes libros de Mañas, algún premio
Nadal, la basura italiana, Trainspotting, Lucía E., Arde
Babilonia... Esas cosas. (Nota para daminificados: que mo me gusten
tus libros no significa que no podamos ser amigos).
«Y es que ya se sabe
que éste es un país reacio a reconocer a sus genios, propenso
a matar de hambre o a tiros el talento, inclinado a canonizar la cochambre,
abierto a todo tipo de foráneos, devoto de la holganza, matrimoniado
con la necedad, inimicísimo de la razón, sublimador de
enanos, sufragador de dispendios; y así es normal que tú
tampoco creas en Cervantes.» (pág. 50). El personaje de
ABDN no siente especial simpatía por la literatura española
que se publicaba en ese momento. ¿Coinciden personaje y autor
en esta apreciación? ¿Qué opinión te merece
la literatura que se publica hoy día en España?
«Me encanta que me hagas esa pregunta...» Acabo de
leer por quinta vez en lo va de mes una entrevista donde un escritor
(en este caso, Unai Elorriaga) dice no leer literatura contemporánea.
Espero que sea una respuesta-refugio, para no crearse enemistades. ¿Se
imagina alguien un pastelero trotskista que no coma pasteles, un director
de cine que no vaya al cine, una peluquera que no se carde el pelo?
¡Menudo ejemplo! En fin, a lo que íbamos: la literatura
española actual goza de la misma salud que la de cualquier otra
época. Lo normal es que que la mayor parte de lo que se escribe
no sea genial, porque lo genial sólo existe sobre la base de
lo mediocre. Yo, que sí leo y mucho todo lo que se
publica, encuentro joyas de vez en cuando que justifican mi seguimiento
del panorama. Ventajas de viajar en tren, de Orejudo; Tu rostro
mañana, de Marías; Ciclos, de FM; Niños,
de Jordi Martín Jurado; Cien botellas en una pared, de
Ena Lucía Portela; Mi primer bikini, de Elena Medel; La
matriz y la sombra, de Ana Prieto Nadal... Por otra parte, he leído
Soldados de Salamina dos veces y todavía no lo entiendo.
Como le dijo el cuerpo a la cabeza después de caer la guillotina:
¿Me estoy perdiendo algo?
Ya por último, ¿qué
nuevos proyectos tienes? ¿Tienes intención de publicar
un tercer libro dentro de poco?
Quiero escribir un libro. Ése es mi proyecto. Luego, escribir
otro. Y luego, otro más. Y cuando me canse, sólo espero
que alguien siga escribiendo libros. Lo de publicar es más difícil.
Nunca se sabe. Pero si no fuera difícil no merecería la
pena.
Gracias por tu amabilidad.
Si deseas añadir algo, dispones del espacio necesario.
Pues aprovecho para daros las gracias por hacerme saber que, después
de seis años, mi primer libro sigue hablando mal de mí.
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