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La
octava maravilla
Por
Valeria Iglesias
viglesias@datafull.com
Alberto Paradella, el narrador y protagonista de La octava maravilla,
se siente acorralado ante la expectativa que su familia y su novia proyectan
en su carrera de abogado. Él sólo desea una casita en Villa
del Parque, los hijos que le dé su amada mujer y heredar el trabajo
en la carpintería de su padre. Para zafarse de la presión,
no tiene mejor idea que iniciar una farsa. Aunque termina con éxito
su doctorado en leyes, en la misma fiesta de egresado comienza a fingir
un papel adjudicándose el falso oficio de escritor: «estoy
escribiendo», confiesa para el asombro y la admiración de
sus familiares y amigos. Por otra parte, la novela que constantemente
vuelve sobre sí misma y reflexiona sobre el significado de la escritura,
la literatura y la relación creador/obra dice en boca del
mejor amigo del protagonista: «Ninguna ficción es limpia.
El escritor de ficción pisa en el barro». Todo escritor es,
por tanto, un impostor. Y Alberto lo es por partida doble.
Esta
dicotomía, que se prolonga en una apariencia que el narrador debe
sostener, y una identidad que debe dilucidar, anticipa el tema del desdoblamiento
de la personalidad encarnada en la figura del doppelganger (el
doble) de la literatura romántica alemana. Nada es arbitrario en
cada hebra que Vlady Kociancich elige para su trama. Una variada serie
de duplas alcanza su clímax en una Berlín que asemeja a
Buenos Aires y una Buenos Aires que le prepara el terreno a Berlín.
Los
trucos que eficazmente nos deslizan en ese estado de extrañamiento
propio del género fantástico son básicos y Kociancich
los maneja con maestría. Además del ya mencionado clásico
del doble, está el de incorporar el tiempo como cuarta dimensión:
«La única manera de saber que el tren, conmigo encima, avanzaba
hacia Buenos Aires, era mirar el reloj». O poner un manto de duda
sobre aquellos principios que aceptamos rutinariamente: «La vida
en la ciudad es una sucesión de actos de fe», dice Paradella.
Así explica la sensación de despertar en el departamento
de una gran metrópoli, donde no se ve el sol.
Pero
el cimbronazo maestro de la escritora tiene lugar cuando logra que nos
identifiquemos con el protagonista. Todo viajero, tenga la lista de viajes
que tenga en su currículum vitae, ha experimentado alguna vez esa
inquietante sensación de caminar por una calle a miles de kilómetros
de distancia de su hogar y, aun así, sentir que la geografía
encaja perfectamente en el rompecabezas de su ciudad de origen. En
La octava maravilla, ambas ciudades se yuxtaponen en pesadillas premonitorias
y alucinaciones febriles, logrando que los personajes de una tengan su
contraparte en la otra y poniendo estas situaciones al margen del tiempo
real. Se produce entonces una fisura que separa mundo real y apariencia
para volver a mezclarlos y confundirlos no sólo en la mente del
narrador, sino también en la percepción del lector que se
deja cautivar y acepta el juego. Por esto último es que también
se permite perdonarle a Kociancich el exagerado toque femenino del narrador
hombre y las escasas referencias a la dictadura militar en la Buenos Aires
de esa época.
La
octava maravilla, Vlady Kociancich
Alianza Editorial, 1982
ISBN 84-206-3085-3
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