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Estómago metrónomo |
Juan Pablo Palladino
Fueron cuatro días de caminata. Atravesamos montañas tratando de emular el recorrido que alguna vez los Incas habían hecho: el turismo tiene ese tremendo poder de despertar en los viajantes la ilusión de ser protagonista de la historia.
Descendimos del vehículo al pie de un río, que nos acompañaría por tramos hasta nuestro objetivo; corriendo embravecido a un costado -a veces más abajo, a veces más arriba- fiel al capricho de las montañas. Nos alistamos. Habíamos alquilado tiendas de campaña e impermeables, porque el clima, allí, es fluctuante como el devenir mismo. Las mochilas no debían ser pesadas: se trataba de un camino de cuestas pronunciadas. Además, la altura sobre el nivel del mar hace que uno sienta dos veces su propio peso, pero con las mismas fuerzas de siempre. Recomiendan nada de alcohol, nada de drogas; si se quiere, sí, hojas de coca, para contrarrestar el apunamiento, que le dicen: malestar, pesadez, vómitos, mareos. Comenzamos a andar. Como hormigas, circulamos por un sendero que alguna vez había sido inhóspito; al menos al resto del mundo que no tuviera que ver con los incaucas de esa parte del Perú, de Cuzco y alrededores.
La travesía del Pichu es explotada hoy por el mercado. Algo no muy diferente a lo que sucede con el resto de los patrimonios históricos en todo el mundo a donde la industria del turismo pueda llegar. Uno debe cuidarse de
no atropellar a los demás aventureros, porque a medida que avanza
hay gente que va a paso de Son cuatro días de caminata por un verdor intenso que acompaña a una morfología variable. Difícil de retener por su abundancia y extravagancia. Montañas imponentes que se aparecen de pronto al alcanzar una loma y que hacen de todo aquello algo infinito y paradisíaco. Las nubes, a veces invitándote a saltar sobre ellas, configuran uno de los posibles paisajes extraordinarios que alientan aún más la necesidad de conservar esos momentos. Y entonces la técnica se pone al servicio de la memoria. Clic por aquí, clic por allá, y uno va haciéndose a la idea de que los testimonios fotográficos servirán para justificar la propia vida, cuando hurguemos en el pasado para ver qué hicimos cuando éramos. Son días de gran esfuerzo
físico. Algunos sufren desde el primer día, porque el camino no es fácil,
y el clima no ayuda. Eso, sin embargo, colabora a sentir que la aventura
es más real. Y lo mejor es no traer a Durate las cuatro jornadas de caminata me adelanté al resto, por lo que generalmente viajaba solo. La naturaleza era imponente y me despegaba obligadamente de mi universo simbólico ordinario. Así, me mantenía absorto tratando de digerirme a mí mismo: problemas, sueños, necesidades. Un escape. Mentalmente se sugieren formas futuras en que ese momento trascenderá: ¡Las cosas que tengo para contar! (¿Se podrá transmitir tanta belleza en palabras o en imágenes? ¿Tiene algún sentido?) De noche nos juntábamos en los puntos de asentada. Allí todos, grupos con guías concertados -que explicaban cada tramo como si se tratara de un manual viviente, de una clase práctica- o independientes -pero igualmente presos de la inevitable ilusión mercantil del explorar-, desplegábamos las tiendas de campaña. Cenábamos, reíamos, y descansábamos pensando en el itinerario del día siguiente.
Sabíamos el final del viaje, sabíamos el final de la aventura. Nada era incierto, salvo los pequeños momentos, los más íntimos, los ligados a la forma de vivir las cosas y de darles sentido en el fuero interno. El escenario de la naturaleza y la ilusión del viaje indeterminado, libre de guías, nos brindaba la posibilidad de sentirnos únicos exploradores en tierras vírgenes. Pero, aunque queríamos creerlo así -y mayormente lo conseguíamos (como, probablemente, a lo largo de nuestra vida)-, en nada había realmente secreto. La era de la información habría desterrado de cualquier tipo de enigma la distancia. Todo estaba por confirmarse con la propia experiencia (quizá esto último, en el fondo, es un aliciente de que la información no ha logrado matar todo encanto a la vida). Confirmaríamos algo que incluso en mi caso había estado planeando desde hacía un año y medio: averiguando precios de desplazamiento y alojamiento; itinerarios posibles; etcétera. El contrarrelato de la recreación artificial de la aventura es la propia historia, con sus verdades inescrutables. La Illacta (ciudad) del Pichu, contra lo que se imagina ahora, un lugar de convergencia de turistas internacionales, fue, durante el corto pero poderoso imperio Inca (alrededor de 90 años), un «genuino secreto militar», según el historiador Waldermar Spinoza Soriano. Pichu, verdadero nombre de esta Illacta, fue redescubierta en 1911 por Hiram Bingham, quien la rebautizó con el nombre de MachuPichu. Su recóndita ubicación, a la que se llegaba (en su momento) por confidenciales caminos que sólo un grupo determinado de incacunas conocía, y sobre todo el hecho de que los cronistas españoles no la mencionaran, hace pensar que los colonizadores europeos no supieron de su existencia. De hecho, a diferencia del resto de las Illactas Incas que se encontraban en vías troncales del imperio (como el propio Cuzco) con el fin de ejercer un control económico, político y militar del resto de las tribus, Pichu estaba remota.
Pichu cumplió el papel de ser un escondite, un secreto imperial. Ahora todos queríamos revivirlo, sentir que también eramos parte de la impredecibilidad histórica. Recorreríamos un par de horas las ruinas intentando imaginar cómo se había erigido en el pasado una ciudad hecha para durar (quizá antípoda de las ciudades actuales) a lo largo de los siglos. Luego bajaríamos a Aguas Calientes, un pequeño poblado a la vera del MachuPichu, para buscar albergue, tomar un baño y arroparnos. La aventura habría finalizado. La ilusión se habría cumplido una vez más.
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