Invitación al viaje
La Illacta Pichu

Estómago metrónomo

  
Estómago metrónomo

 

Jakob Gramms
jgramss@hotmail.com

 

Nuestras tripas se mueven, al menos cuando nada las altera, al ritmo constante de las funciones que les son propias: ingestión, digestión, evacuación y vuelta a empezar. Según los dietistas lo ideal es que funcionen como un reloj. Por ello, no es de extrañar que los momentos alimentarios hayan marcado el horario alrededor del cual se organiza la vida cotidiana. A lo puramente fisiológico, claro está, hay que añadir los aspectos casi ritual y eminentemente social que tienen las cosas de comer. Así, no cabe duda de que en los monasterios del medioevo el paso por el refectorio era tan importante como las oraciones (o incluso más que éstas) a lo largo del día para articular la cadencia vital de los frailes. Aún hoy en día se fijan citas a la hora de comer o para cenar sin precisar horas exactas, y funciona. Y el estómago sigue teniendo su importancia cuando se trata de colocar los valles entre los picos de la actividad diaria. Como una especie de luna que ejerce su fuerza de atracción para que suba o baje la marea del quehacer humano, y ello incluso en un entorno tan alejado de la naturaleza como es una ciudad.

Los diferentes acontecimientos gastronómicos marcan pausas en el ritmo urbano. Hay más silencio, pues los mensajeros aparcan sus motos para tomarse el cafelito de media mañana, los chóferes paran sus autobuses para comerse el bocadillo y las camionetas de reparto están estacionadas delante de los restaurantes al mediodía. El mundanal ruido se toma un descansito. Y lo hace en los remansos de un torrente de acción casi incesante, poniendo contrapuntos en el continuo avance del engranaje acústico de la ciudad. En piano pianissimo queda en esos momentos el teclear de las máquinas de escribir, el ronroneo de los motores, los bocinazos, las pisadas de miles de zapatos sobre aceras y asfalto, los quejidos de las impresoras en las oficinas, los timbrazos de los carteros, el tintineo de las cajas registradoras en las tiendas... Y, por contra, entra con más dinamismo otra sección de la orquesta metropolitana: El entrechocar de cubiertos y platos, los sonidos de morder, mascar y tragar, de verter las bebidas en los vasos, los sorbos, el arrastrar de las sillas, los gritos de las comandas a la cocina, el siseo de las máquinas de café y el murmullo amortiguado de las conversaciones entre bocados conforman entonces el particular perfil sonoro de los interludios del gran bullicio.

RRRdesayunoRRRRRalmuerzo
RRRRRcomidaRRRRRmerienda
R
RRRR
cenaRRR

Ésta sería la partitura esquemática de una sinfonía urbana dirigida por la batuta del estómago colectivo. Aquí, todo hay que decirlo, estaríamos hablando de un modelo de composición clásico y tradicional, característico de las sociedades que en el hemisferio norte denominaríamos como del sur; es decir, sociedades que todavía tratan de anteponer las necesidades del hombre y de su estómago a las del reloj y la máquina. El norte, más avanzado, ya está empezando a dejar de escuchar el compás que marca el metrónomo estomacal y a imponer el dictado de la tecnología al canto de la tripa.


Disritmia

Fast food, take away, comida rápida y para llevar, congelados, microondas, máquinas expendedoras de bebidas, precocinados, raciones unipersonales, comida para poder comer de pie, andando, en el puesto de trabajo, en el metro, al volante, a todas horas.

Pues es que la máquina no puede parar; siempre tiene que haber alguien que apriete sus botones. Por eso desincroniza a los hombres; según haga falta estira o encoge su tiempo. Pide y ofrece flexibilidad e individualismo. Y así, los hombres dejan de moverse al unísono. La ola ya sólo se hace en los estadios de fútbol. Por lo demás, cada cual sigue su propia onda cerebral y estomacal. Servicio 24 horas al día / 7 días por semana, ni caso al canto del gallo ni cerrado por descanso del personal y disculpen las molestias. A todas horas se puede parar a comer, a todas horas se puede no parar y comer igualmente. O más bien alimentarse. El hambre no se llega a presentar; la necesidad o el capricho tienen satisfacción inmediata. Entonces los momentos alimentarios se hacen dispersos y un sinfín de notas adicionales desdibuja la melodía: los pitidos de los coches coinciden con los de los microondas; no se sabe si se oye desgarrar el envoltorio del papel para la impresora o rasgar una bolsa de patatas fritas; el mordisco a una barrita energética se confunde con el crujir de los zapatos que alguien se prueba en una tienda... Ya nadie sigue la batuta, la orquesta pierde el compás. El ritmo es cosa del azar, el volumen está fuera de control. La entropía escribe la melodía, el caos hace los arreglos y la cacofonía pretende la armonía. El estómago ya ni compone ni dirige. Lo que percibe el oído es un gran ruido blanco que no para nunca, y cuando los tímpanos se han acostumbrado les suena igual que el silencio.

RRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR...........