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Estómago metrónomo |
Valeria Iglesias
Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro
solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
Siempre se ha puesto la lupa sobre los resultados de los viajes: ese cúmulo de sensaciones y descubrimientos que irremediablemente nos cambian. Todo viaje externo supone un viaje interno en el que uno, fuera del contexto habitual, se descubre otro. Ahora bien, rara vez nos paramos a pensar en los cambios previos a una partida, aquellas mutaciones necesarias que propiciarán tanto el arrojo hacia otros mundos, como el deseo de atravesar sustancias diferentes para recibir ese bautismo regenerador. El mono tuvo que convertirse en cadáver para aceptar la invitación. Aun así, deberá dejarse mecer por los brazos del río y los palos del muelle antes de encontrar para qué, por dónde y cuándo viajar. Entonces, quizás, lo que vemos como resultado es algo que empezó a gestarse mucho antes de reparar siquiera en nuestras intenciones. Cuando finalmente salimos del cascarón dispuestos a explorar el mundo, ya no somos un mono que teme al agua, sino que hemos acumulado una energía capaz de consumir la vida de este simio en un instante. La muerte en esta imagen no tiene necesariamente una connotación negativa. La descomposición que le sigue podría traducirse en signo de ebullición vital. Todo depende de cómo empleemos esa fuerza. Como sea, una vez que hemos salido de casa, el que regresa del viaje no es nunca uno mismo, pues no ha sido uno mismo el que ha partido. Mucho antes de habernos hecho a las aguas, empezamos con nuestro proceso interior y todo lo que éramos cambió de sitio haciendo que la explosión del deseo matara al mono hidrófobo. El texto del principio está tomado de Zama,
Antonio Di Benedetto
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