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Multiculturalismo,
un debate falsificado
«La cuestión real no es
el esclarecimiento de los conceptos de cultura o identidad, sino la dificultad
de gestionar democráticamente (en términos de igualdad e inclusión política)
las manifestaciones del pluralismo».
Por Javier de Lucas Martín
(*)
Siempre que me piden hablar de multiculturalismo
comienzo por evocar la vieja fórmula de Cohn-Bendit y Schimd: «un
laberinto de equívocos». Todavía hoy, el debate acerca de multiculturalidad
y multiculturalismo está lleno de prejuicios, sofismas y simplificaciones.
Por avanzar lo que pretendo decir, resumiré mi propósito en estos
dos argumentos. El primero, que en la discusión estorba cada vez más lo
que me parece un exceso de perspectiva académica y culturalista.
El segundo, que, asimismo a mi juicio, lo interesante en ese debate es
la función que desempeña en las propuestas políticas concretas. Porque
creo que la cuestión real no es el esclarecimiento de los conceptos de
cultura o identidad, sino la dificultad de gestionar democráticamente
(en términos de igualdad e inclusión política) las manifestaciones del
pluralismo, comenzando por la tentación de utilizar la diferencia cultural
para justificar discriminación jurídica y política, desigualdad en el
acceso y en el ejercicio del poder y de la riqueza.
Prefiero hablar, por tanto, de multiculturalidad,
de manifestaciones y de factores de multiculturalidad, que configuran
a su vez diferentes sociedades multiculturales. No es cierto que la multiculturalidad
sea un fenómeno nuevo, y, menos aún, que se vincule exclusivamente a los
actuales flujos migratorios, Hay multiculturalidad y las sociedades son
multiculturales si en un mismo espacio social (para ser exactos, en una
misma comunidad política) coexisten individuos y grupos que se caracterizan
a sí mismos (y son identificados por los demás) como diferentes de la
mayoría en atención a determinados rasgos culturales: lengua, religión,
tradiciones y prácticas sociales, nacionalidad, cultura.
Eso quiere decir que prácticamente
todas las sociedades que conocemos son multiculturales. Y que según el
tipo de agentes de la multiculturalidad, los aspectos visibles de ésta
serán unos u otros. En algunos países se trata sobre todo de la presencia
de pueblos indígenas. En otros, de minorías nacionales o culturales de
diferente tipo. En otros, la presencia de individuos (y grupos) que proceden
de flujos migratorios. Y puede que coincidan varios factores a un tiempo.
Es el caso de España, hoy, aunque nuestro país es uno de los que más visiblemente
ha sido multicultural desde su fundación como Estado moderno, si bien
sería más justo decir que esa fundación se construyó sobre la base de
hacer invisible la multiculturalidad.
Quiere
decir, también, que no hay una receta, que no existe la teoría verdadera
sobre cómo responder al hecho multicultural. Que no vale imitar otra experiencia,
aunque se pueda siempre aprender de ella. Por ejemplo, para aprender que
el supuesto melting-pot de los EEUU es una falacia que a duras
penas esconde un proyecto de hegemonía cultural de uno de los grupos en
liza y que quizá el mosaico canadiense es, pese a las diferencias,
una solución mucho más próxima y aceptable para nuestras necesidades.
Porque
la cuestión es ésta, cómo gestionamos esa realidad multicultural.
Y sucede que la respuesta dominante consiste en negar, eliminar u ocultar
la multiculturalidad: genocidios, apartheid, subordinación/discriminación,
son las recetas más frecuentes en la historia. Y sucede que, pese a los
prejuicios y a los tópicos negativos, gana crédito cada vez más que la
forma de gestionar no puede ser ninguna de esas si queremos coherencia
con los principios de democracia y respeto de los derechos humanos, que
exigen inclusión política en el marco del máximo de libertad, del máximo
de respeto al pluralismo, compatible con esos principios.
Por esa razón, he planteado en muchas
ocasiones que la gestión de los desafíos que plantean las sociedades multiculturales
en el orden jurídico y político, si queremos ir más allá de la retórica
y hacer posible la adopción de soluciones aceptables para todos, requiere
a mi juicio tres condiciones: realismo, paciencia, y voluntad de negociación
sin exclusiones, en el marco de los principios de legitimidad democrática.
Realismo
para no dramatizar de forma superflua (como cuando se identifica la multiculturalidad
como barbarie, como cáncer de la democracia), para entender a las demandas
reales y no sus caricaturas (las que equiparan siempre las reivindicaciones
multiculturales son exigencias incompatibles con los derechos humanos),
para evitar discusiones esencialistas. Realismo para reconocer que las
sociedades multiculturales plantean viejos problemas, aunque las exigencias
en que éstos se concretan varían según los agentes de cada forma
de manifestarse la multiculturalidad. Pues lo que plantean las demandas
de reconocimiento de la multiculturalidad no es tanto elaborar el catálogo
de las verdaderas identidades con derecho de presencia en nuestra
sociedad, sino algo mucho más importante y no precisamente novedoso:
los problemas de acceso y participación política, económica y cultural
de los diferentes grupos sociales y en particular de aquéllos que
no consiguen igual integración en la distribución del poder y de la riqueza,
precisamente debido a su diferencia cultural, real o presunta. La conciencia
de este trato injusto, de este déficit de reconocimiento que va más allá
de la mera discriminación y que no puede ser satisfecho con el sucedáneo
de la tolerancia ni con el sofisma de la neutralidad que deja intacta
la desigualdad constitutiva, es lo que cuestiona la suficiencia e idoneidad
de los mecanismos de la democracia liberal para hacer frente a la gestión
de la sociedad multicultural.
Paciencia,
que significa la necesidad de comenzar por aceptar el carácter multicultural
de nuestras propias sociedades y prepararse para gestionar democráticamente
sus consecuencias. Y eso obliga ante todo a descubrir y reconocer su multiculturalidad
interna -previa pero soterrada-, pues la gestión política de la diversidad
cultural ha consistido sobre todo en negar, en eliminar esa diversidad,
desde el modelo de los Estados nacionales- que en la mayoría de sus manifestaciones
históricas obedece a la obsesión de la homogeneidad y de unidad, e ignora
la distinción entre diferencia y desigualdad, entre igualdad y uniformidad,
entre cohesión y homogeneidad, entre unión y unidad. Paciencia, porque
obliga además a aceptar la complejidad, lo que añade dificultad a la gestión
democrática de esas sociedades. No valen las recetas simples, los atajos
(el del asimilacionismo brutal o el del ciego relativismo que ignora
los conflictos), y por eso aquí no hay soluciones mágicas, a corto plazo.
No todas las instituciones y prácticas culturales son la cliteroctomía,
ni todas las reivindicaciones de reconocimiento de derechos específicos
consisten en quemar a la viuda en la pira funeraria del marido. Pero
tampoco cualquier hecho añejo comporta derecho porque sí, por su
mera existencia o repetición. Y además, la primacía de los derechos no
es una receta simplista. Baste con pensar un momento, sin salir de nuestra
tradición cultural, en los dilemas que plantea el reconocimiento del derecho
a la vida y a la libertad personal.
Negociación
sin exclusiones. La democracia pluralista exige
una lógica garantista e inclusiva, que postula la noción de igualdad
compleja, de soberanía compartida o consociativa, de ciudadanía
diferenciada o multilateral, que cumpla con la función identitaria
sin eliminar la igualdad básica en soberanía y derechos. Postula asimismo
tomar en serio cultura y reconocimiento como bienes primarios, como necesidades
dignas de satisfacción, con consecuencias jurídicas y políticas. Y eso
nos obliga a discutir acerca de las condiciones para negociar la
participación igualitaria en el espacio público, desde la pluralidad,
sin que ello destruya ni la cohesión ni la igualdad.
Todo esto exige un debate sosegado,
político y jurídico, no metafísico o religioso, como he recordado en alguna
ocasión evocando a Rawls; es decir, un debate que se aleje del dogmatismo
y del prejuicio de quienes predican en favor o abominan en contra como
si fuesen virtudes teologales o pecados capitales. Un debate acerca de
la conveniencia de reconocimiento, por ejemplo, de determinados derechos
colectivos, allí donde no baste con medidas de discriminación positiva
o acción afirmativa para conseguir la integración de quienes, por el hecho
de su diferencia, se ven privados de participar en el espacio público
en términos de igualdad. Un debate que permita obtener acuerdos desde
el respeto a los derechos y a las reglas de juego democrático, lo que
exige ante todo el respeto por el disenso, que es el punto de partida
y no un molesto coste subsidiario.
(*) Javier de Lucas Martín
es director del grupo de Investigación sobre Inmigración de la Facultad
de Sociología y Antropología de la Universidad de Valencia.
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