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Multiculturalismo
y espacio público Transitar
la ciudad Saskia
Sassen Jesús
Martín Barbero Miguel
Ángel Aguilar |
«La sociedad actual produce los objetos con una obsolescencia más rápida; todo está hecho para ser desechado velózmente »
Para Martín-Barbero, en la ciudad, «el espacio de encuentro colectivo todavía es muy valorado por la mayoría». Dice que no es la televisión la que atrinchera a la gente en el ámbito privado sino la degradación de lo público. Habla de la pauperización de los lazos sociales y de la pérdida de la memoria relacionada con la naturaleza de caducidad con que se fabrican las cosas.
Juan Pablo Palladino
Son los ciudadanos los que le dan forma, las maneras como convivimos o no», dice Jesús Martín Barbero, para quien la ciudad no está hecha sólo de hormigón, puentes y avenidas. En esta entrevista que, vía telefónica, mantuvo con Teína, Barbero revisa anteriores análisis propios y examina la ciudad desde diferentes planos: la privatización del espacio público; el papel de los medios de comunicación; la pérdida de la memoria, relacionada con el ritmo con que el sistema económico mundial impone la obsolescencia de las cosas; las formas de participación ciudadana en la construcción de la ciudad y el papel que ésta cumple en la renovación democrática. Se habla de una reducción del espacio público como espacio de dominio social y colectivo. ¿Cree que ésta ha sido una tendencia general en las ciudades occidentales? Toda generalidad es muy difícil de afirmar. Porque si bien en América Latina se ha dado de forma bastante generalizada esa tendencia de reducción del espacio disfrutable por la mayoría, en Europa hubo un movimiento inverso. Esto es: recuperar, devolver a la gente espacios públicos que tenían perdidos, privatizados. Y de esto último también ha habido algunas muestras en América Latina: el caso de Bogotá (en Colombia), por ejemplo, donde algunas alcaldías [municipios] han desprivatizado buena parte de espacios que habían sido adquiridos por los sectores más pudientes. Así, si bien en el caso latinoamericano se podría generalizar cierta predisposición reduccionista, también hay que rescatar la presencia de la otra; que es mucho más pequeña, sí, pero que se está produciendo y que demuestra una mayor consciencia ciudadana de lo que simboliza, no sólo de lo que presta, el espacio público. No obstante, se habla de una creciente americanización de la sociedad, de una inclinación hacia un individualismo excesivo y una reclusión en ámbito privado por parte de las personas. Yo ahí difiero; creo que hay que ver dos tendencias. Una que se refleja en este crecimiento abrumador de centros comerciales privados que, de alguna manera, para buena parte de la población, comienzan a sustituir a las plazas y los parques. Y no porque éstos desaparezcan sino porque la inseguridad urbana es mucho más enfrentable en términos pragmáticos a través de este tipo de ciudadelas amuralladas, que de alguna manera le permiten a la gente sentir una sensación parecida a la que tenían en el espacio público pero que, indudablemente, la someten a una serie de presiones comerciales. Ahí sí hay una tendencia general. Ahora bien, por otro lado, hay que tener cuidado con este tipo de aseveraciones, pues todavía en el caso de América Latina se evidencia algo muy claro: la gente disfruta compartiendo su entretenimiento, su diversión e incluso su mundo de preocupaciones. Todavía el espacio de encuentro colectivo es muy valorado por la mayoría. O sea, que las tesis que advierten de un individualismo egoísta exacerbado en la cultura occidental exageran. Es indudable que en la medida en que el sistema político-económico general va atrapándonos a todos en ciertas redes de imaginarios, nos contagiamos de ese individualismo y solipsismo de la cultura anglosajona y, sobre todo, norteamericana. Pero, realmente, pienso que generalizar esto es perder de vista lo que está pasando en la calle: todavía la mayoría valora, goza, mucho más en común que en privado. Recuerdo hace muchos años cuando (Manuel) Castells comenzó a estudiar los procesos de transformación tecnológica en España y llamó la atención sobre esto cuando dijo: cuidado, no traspasemos de una vez ciertas formas de percibir la subjetividad y de expresarla en el mundo anglosajón, y sobre todo en el estadounidense, muy ligado a la soledad, al individualismo. Él ponía entonces el ejemplo de los norteamericanos que se suicidaban por la desaparición de un personaje de una tira cómica y lo contrastaba con el caso español, por lo difícil que resultaba en su país, y en el mundo latino en general, que sucediera algo así. Ahí también hay dos procesos que se deben estudiar juntos. Primero, yo siempre planteé que no es la televisión la que atrae sino que la calle, con la inseguridad, la que expulsa; es ésta, con su falta de acogimiento, con su fealdad y suciedad. En otras palabras: la degradación de nuestras ciudades relacionada con el déficit de las finanzas públicas y la enorme dificultad de equilibrar los presupuestos para asumir determinados desafíos que el crecimiento de estas urbes suponen. No es tanto una operación de la televisión sino una operación de la ciudad, incluso más: de la sociedad. Entonces, la televisión no tiene la culpa. Ahora bien, esa operación de la que hablo es re-funcionalizada por la televisión. Y, ciertamente, hoy la pantalla chica se constituye en una ciudad: la gente circula cada vez por menos territorio de la ciudad, tiene miedo, desconfianza, sale cansada del trabajo... y la televisión comienza, en serio, a fagocitar tiempo y espacio y, en cierta medida, a desvalorizar simbólicamente el espacio público en tanto ofrece «sustitutos culturales». En ese sentido sí favorece esa tendencia a la desvalorización del lugar común. Pero no es una iniciativa que parta de ella, sino que, más bien, se muestra muy capaz y consciente de ese déficit de posibilidad de disfrutar el espacio público con tranquilidad y confianza hacia los demás, y genera sustitutos. ¿Esto funciona para la sociedad en general? No hay que perder de vista una cosa: las mayorías empobrecidas empiezan a tener una enorme dificultad económica para ir al cine, al fútbol, a los grandes espectáculos que en los años sesenta y setenta eran accesibles a la mayoría de la población, al menos, semanalmente. Esto hoy se ha perdido en gran medida, y, entonces, la televisión termina siendo el único mediador cultural: es a través de ella que mucha gente puede ver cine, fútbol, y que puede pasear por la ciudad. Pero en definitiva, las causas no están en los medios sino en la ciudad, en la sociedad, cada vez más insegura, y ya no sólo para los ricos sino para los pobres. Los medios aprovechan esto para hacer negocio, tanto en el sentido económico como ideológico. Porque evidentemente cuanto más tiempo se pasa delante de la televisión más expuesto se está a la publicidad. Y si usted tuviera que trasladar ese análisis a los países del sur de Europa, donde el nivel de vida y las desigualdades no son tan extravagantes como en los países latinoamericanos, ¿cómo explicaría la tendencia hacia la reclusión en el ámbito privado? También esas ciudades del sur de Europa, por una serie de razones, están sufriendo un deterioro de las condiciones de seguridad, o al menos de los imaginarios. En uno de mis viajes residí un semestre en Barcelona y tuve mucho contacto con el Observatorio, donde tenían unos mapas del miedo que mostraban cómo las zonas realmente más peligrosas no coincidían con los mapas subjetivos del miedo, los imaginarios que representaban el temor de la gente. En otras palabras: más allá de la localización de la delincuencia y los asaltos, existen otros imaginarios de la inseguridad, y esas cartografías mostraban que esa tendencia a la disparidad entre lo real y lo subjetivo había ido creciendo. Este fenómeno lo patrocinan los medios directa o indirectamente —debo aclarar aquí que yo soy muy poco partidario de las teorías conspirativas donde los malos atentan contra los bobos buenos de la mayoría—. Y los medios juegan para sí mismos cuando favorecen esos imaginarios de la inseguridad. La gran diferencia de los países del sur de Europa con América Latina es que todavía allí hay una sociedad del bienestar, que ha bajado enormemente su capacidad pero que aun así ha mantenido económicamente un cierto nivel de crecimiento y de redistribución social. Nada comparable con lo que ha acontecido en los países de este lado del Atlántico en las últimas décadas. Esta tendencia mediática a magnificar las problemáticas sociales, en todo caso, a simplificarlas demasiado, ¿es algo inherente a su naturaleza, o se trata de una política comunicacional determinada? Se da una mezcla de ambas cosas. Hay una tendencia al sensacionalismo y al morbo, que responde no sólo a lo que quieren los medios sino a lo que la sociedad enferma les pide a éstos; porque en gran parte, si no saben responder a lo que la gente pide fracasan. Ha habido un acostumbramiento a la violencia, al terror. El bombardeo mediático tiene que ver con una insensibilidad progresiva de la sociedad, y no es que no se planifiquen ciertas políticas sino que son más bien políticas de aprovechamiento de esta demanda social: lo que tiene éxito es lo que la gente espera, lo que le gente está esperando.
Usted habla de otra inseguridad no ligada precisamente a la delincuencia: una pérdida de la memoria cultural a causa de la urbanización salvaje, que produce angustia cultural y pauperización psíquica, las cuales resultan fuentes de la agresión de todos. ¿Se podría con esta teoría, y a riesgo de generalizar demasiado, explicar ciertas manifestaciones de violencia que inundan las sociedades actuales? Sí, pero con mucho cuidado porque nos estamos metiendo en un terreno de metáforas y éstas, evidentemente, no tratan de ser explicaciones científicas; aunque sí son formas de percibir algunos movimientos profundos de la sociedad. Yo acepto la hipótesis de la angustia cultural: hay una angustia que van padeciendo las poblaciones a medida que, al salir de sus casas, se encuentran con una ciudad que les pertenece cada vez menos; no sólo en términos de privatización del espacio público sino en el sentido de que se va borrando la memoria, la ciudad en la cual nacieron, en la cual crecieron; una ciudad que era todavía un gran palimpsesto que mezclaba la memoria de muchas épocas y que ha sufrido un arrasamiento de barrios enteros. Esto me preocupa mucho y sí creo que esa pauperización psíquica va más al fondo que el puro miedo al delincuente, a la agresión física: tiene que ver con el respeto mutuo, con la confianza. Aquí sí la ciudad está produciendo, o es uno de los grandes causantes, la degradación del respeto mutuo, y por tanto un empobrecimiento radical de lazos sociales. Estamos asistiendo a procesos de perversión de las relaciones sociales en grados que no sé hasta qué punto somos capaces de analizar. La contra-metáfora de todo esto es la realización de los realities shows, de esa televisión que pretende traspasarnos la vida cotidiana tal y como discurre y que de alguna manera trata de convertirse en espejo, deformante en cierto aspecto, de todos los niveles de conflictividad cotidiana. Estas características que señala: la pérdida de la memoria, el caos urbano en general, ¿encuentran responsables concretos? Porque da la impresión de que las causas se pierden en explicaciones abstractas. Es decir: ¿puede ligarse esta degradación a factores concretos relacionados, por ejemplo, con la globalización, y que son difíciles de tratar por parte de los estados nacionales? Esto que usted dice es clave. Sin duda que esos problemas están ligados a tendencias muy claras de la economía. Por ejemplo, le digo una que parece muy abstracta pero que no lo es de ninguna manera: yo viví un proceso de memoria, vi cómo objetos de mi niñez pasaban a convivir con otros objetos de otra generación y, al revés, objetos últimos que iban al desván; yo viví un proceso de memoria, de conversación con otras generaciones. Hoy día, en cambio, la mayoría ha nacido en apartamentos nuevos o en los que los anteriores dueños no dejaron la menor huella. En otras palabras: la sociedad produce los objetos con una obsolescencia más rápida; todo está hecho para ser desechado rápidamente. Aquí tenemos una presión gigantesca del sistema, porque si nosotros no cambiamos de frigorífico, de zapatos, de ropa, de automóvil a medida que el sistema lo necesita, éste colapsa. Y eso no es nada abstracto, es muy concreto. Se trata de procesos antropológicos: durante una largo período la humanidad produjo los elementos para que duren y en determinado momento comenzó a hacerlo a la inversa, porque la única manera de que evolucione el modelo actual de economía política es ese. O sea, que la rueda económica necesita de la fugacidad de los productos para girar a la velocidad a la que quieren hacerla girar. Y si esta degradación de la memoria la unimos con una tendencia a la exclusión de partes fuertes de la población, los estados nacionales la tienen muy complicada; de hecho es imposible que afronten ese proceso. Y es que un Estado no puede decretar que los objetos duren: es un sistema mundial el que lo hace. Indudablemente, eso está ligado a las dimensiones más sombrías de la globalización. EL EJERCICIO DE HACER CIUDAD¿Cómo se relaciona estos procesos de obsolescencia de las cosas y la manera en que se conciben, se piensan, las ciudades actuales? De un lado, está todo el tema de la especulación urbana, de la cual está siendo cómplice la inmensa mayoría de nuestros gobiernos municipales. Es decir: hay una falta de planeación y de leyes conscientes —reglas que impidan la usurpación, destrucción y contaminación—. Y, de otro, la capacidad de aplicar esas leyes, de morder sobre las grandes responsables, se debilita. Vemos atenuarse la capacidad de ejercer control de los gobiernos sobre los grandes depredadores, sobre los grandes conglomerados inmobiliarios, que antes respetaban algunos pequeños espacios públicos y que ahora quieren acabar con todos. Teniendo en cuenta este debilitamiento frente al poder económico de las instituciones estatales, ¿pueden influir los ciudadanos en el trazado de la urbe? Yo creo que sí pueden. De hecho lo he observado en Bogotá, Colombia, donde los ciudadanos han incidido positivamente en este sentido. Por ejemplo, cuando hay un proyecto público que sale del discurso puramente pragmático y afecta a los niveles de desconfianza y agresión cotidianos —entre el chofer del bus y los transeúntes, o entre los conductores—, a lo que volvía caótica la ciudad. O cuando se es capaz de diseñar unos mínimos de proyecto de ordenamiento ciudadano y, también, de cultura ciudadana compartida. La idea que nos supo vender (el ex alcalde de Bogotá) Antanas Mockus es que había que dar forma a la urbe. Y los ciudadanos son los que lo hacen, no las carreteras, los puentes o el hormigón, sino las maneras como convivimos o dejamos de hacerlo. El caso al que me refiero es que, hace varios años, 70 mil contribuyentes bogotanos llegaron a pagar voluntariamente un 10 por ciento más de lo que les correspondía. Lo clave es que esa parte se asigna a aspectos urbanos que repercuten en la vida del contribuyente: quien la brinda la acoge en forma de mejora urbana. Aquí hay un pequeño ejemplo de participación: la gente invierte su dinero en proyectos de transformación del entorno que habita. Así se han construido bibliotecas públicas tanto en barrios del norte como del sur, lugares que ya no son sólo guarderías de libros sino espacios para disfrutar y convivir. Si a la gente se le da la posibilidad de participar, si ve que su inversión de tiempo y de dinero produce cambios a lo largo de la urbe, se movilizará. Así que se puede decir que la tan mencionada crisis del espacio público es directamente proporcional a la crisis de gobernabilidad, a la crisis política. Exacto. Y al revés también: que para rehacer la gobernabilidad en términos de profundización democrática el lugar es la ciudad y sus diferente barrios. Esto implica el respeto a sus culturas, en cuanto a costumbres y formas de organizarse. Sin olvidar que deben dotarlos de medios públicos, como ha estado pasando con las escuelas en Colombia, en las cuales se han instalado emisoras de radio que ejercen de la voz del barrio; una pequeña escuela pública, a veces bien pobre, pero que permite movilizar la cultura no sólo en términos más idealistas, sino de beneficios para la población, porque les permite organizarse e incidir en la toma de decisiones. Así que yo diría que sin duda el lugar para iniciar la renovación de la democracia es la ciudad antes que el Estado. Una ciudad que aún permite tener ciertos elementos de pertenencia, de raigambre; que puede abrirse al mundo y ser atravesada por flujos cibernéticos, claro, pero éstos deben combinarse con la memoria; una muy corroída y viciada, pero existente aún. Todavía hay algunos restos de pertenencia en las urbes.
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