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La
ciudad, ese fenómeno cambiante y contradictorio
La
ciudad ya no puede tratar de explicarse siguiendo una teoría urbana única.
Es un espacio en el que conviven e interactúan múltiples y contradictorias
dinámicas. Y en el cual la fragmentación y las disparidades no dejan de
crecer.
Por
Lucio Latorre
lucioteina@yahoo.es
La
ciudad es, seguramente, la invención, la construcción a nivel colectivo
más fascinante y trascendente de las realizadas por el hombre a lo largo
de la historia. Hoy, como ayer y seguramente mañana, la ciudad continúa
siendo ese espacio vital, polimórfico, inevitablemente lleno de contradicciones
y tensiones, en el que a diario la inmensa mayoría de los habitantes del
planeta ponen en práctica sus vidas y dejan correr sus imaginarios.
Pero
a diferencia de lo que se creía -o se pretendía- hasta algunos años atrás,
en la actualidad se afirma con certeza que la ciudad es de todo menos
un espacio homogéneo, factible de ser definido y explicado bajo un modelo
de ciudad clásico, y capaz de evitar las transformaciones producidas por
las propias dinámicas de la vida moderna. En un mundo en el cual la incertidumbre
es una de las condiciones más constantes y destacables en todos los aspectos,
ésta es una de las pocas certezas que se tiene. Después de décadas
de discusiones acerca de si era mejor el modelo de ciudad difusa o el
de ciudad compacta, hoy la realidad de las ciudades (especialmente de
las llamadas megaciudades) muestra que todos los modelos y variaciones
confluyen en ella.
Está
claro que no se puede apostar por hacer ciudad siguiendo un modelo rígido
que lo pretenda abarcar todo. Un mínimo uso de sentido común evidencia
esa imposibilidad. Y además está la historia reciente que muestra los
fracasos que, en años en los que en nombre de las ideologías se hacían
las cosas, siguieron a los intentos de este tipo.
Como
señala el prestigioso urbanista Jordi Borja, la ciudad actual «puede
ser a la vez ciudad densa y ciudad difusa»(1). Según el investigador
catalán «no existe un modelo formal dominante de ciudad del siglo
XXI. Tanto la concentración que incluye mixtura y alta densidad, como
la dispersión y la segregación por composición social y por funciones
caracterizan la ciudad actual, que puede ser a la vez ciudad densa y ciudad
difusa».
Por
su parte, Néstor García Canclini, uno de los intelectuales latinoamericanos
más destacados del campo de la cultura, sostiene que no hay una teoría
que pueda abarcar la totalidad del fenómeno urbano. Según el filósofo
y antropólogo, todas las existentes «son teorías fallidas. No nos
dan una respuesta satisfactoria, dan múltiples aproximaciones de las cuales
no podemos prescindir [...], pero la suma de todas estas definiciones
no se puede articular fácilmente, no permite acceder a una definición
unitaria, satisfactoria, más o menos operacional, para seguir investigando
las ciudades».(2)
La
ciudad es antes que nada un lugar en el que se encuentran, chocan e interactúan
dinámicas contradictorias. Por ponerlo en palabras de Borja, «es
un fenómeno caliente [...] siempre cambiante».
CIUDAD
DE CIUDADES
Las
ciudades difusas realizan intervenciones para ganar la densidad ausente;
las ciudades antes caracterizadas por su densidad y cohesión, ahora crecen
y se expanden volviéndose difusas. Ya no hay lugar para definiciones categóricas
ni para plantear la relación de estos modelos a manera de enfrentamiento.
«No creo que haya que plantear una disyuntiva entre ciudad compacta
y ciudad difusa, como si sólo una fuese defendible como modelo único.
Yo creo que lo que hay que plantear, porque lo contrario es empeñarse
en algo que no es real, que está fuera de las posibilidades reales, es
una simultaneidad [...] la coexistencia de los dos extremos», comenta
Fernando de Terán.(3)
Ya
hace tiempo que está asumida la noción de que no se puede hablar de ciudad
en un sentido único. No existe la ciudad como totalidad unívoca. Ahora
de lo que se habla es de las megaciudades, de la ciudad de ciudades, de
la ciudad «como archipiélago compuesto de islas, es decir, como
una suma de fragmentos, de elementos flotantes en un magma impreciso,
separados muchas veces por vacíos, por discontinuidades», tal como
explica Terán, quien además agrega que la ciudad así «no es sólo
una fragmentación en pedazos, sino una gran heterogeneidad entre esos
pedazos, y dentro de esos pedazos va a seguir habiendo ciudad compacta
y ciudad difusa».
Pero
esta multiplicidad de ciudades dentro de una no obedece única ni principalmente
a cuestiones de crecimiento y absorción de ciudades vecinas, sino más
bien a los usos que las personas les dan a las ciudades. Los lugares de
trabajo, de vivienda, de ocio, los trayectos y hasta los imaginarios urbanos
de las personas son variados. Los usos y recorridos que se hacen en una
misma ciudad, a veces no tienen ni la menor coincidencia entre unos y
otros. En este sentido García Canclini habla de que «desconocemos
la ciudad entera y ya ni creemos que sea posible abarcarla, nos instalamos
en micrópolis y recorremos fragmentos de las micrópolis de otros».
MERCADO
Ahora
bien, el reconocer la entropía y la diversidad como señas claras de identidad
de las ciudades no implica, ni mucho menos, que la gestión y el devenir
de las ciudades deban ser librados a sus propias dinámicas. Especialmente
cuando uno de los principales actores (y con protagonismo en alza) al
momento de hacer ciudad es el mercado. Los años noventa han dado
muestras más que suficientes de que el libre albedrío de mercado es irrefutablemente
negativo en cualquier ámbito que se aplique (para más detalles ver
nota de Juan Pablo). Sobre esta cuestión, G. Canclini sostiene que
«sin políticas públicas para la ciudad, una suma de privatizaciones
y de defensas aisladas no puede resolver los problemas urbanos. Hay problemas
que son estructurales, compartidos o tienen que ser resueltos en forma
compartida».
No
se trata de criticar per se la intervención de actores privados
en los procesos urbanos ni de utilizar pirotecnia verbal contra el mercado
porque sea algo que pueda sonar bien a algunos oídos. La cosa es bastante
más simple: la libre actuación del mercado sin pautas que lo limiten tiende,
por su propia lógica capitalista, a la desigualdad, a beneficiar a unos
pocos en detrimento de las mayorías. Y eso es algo en que los principales
investigadores e intelectuales que se ocupan de lo urbano a nivel mundial
coinciden.
En
el caso de Jordi Borja, éste no se opone a que se haga negocio en las
ciudades ya que justamente éstas «son lugares de intercambio y donde
se hacen negocios». Pero sí rechaza de forma contundente lo que
llama la ciudad-negocio y lo que califica como virus maligno.
Según Borja, lo que las ciudades necesitan «es imaginación cultural
con sentido de lo público y no arrogancia ignorante con obsesión de lucro.
La reinvención de la ciudad allí donde se ha perdido es una labor política
e intelectual, no un resultado mecánico del mercado más destructor que
creador de nueva vida urbana».
Es
en la ciudad donde se reflejan quizás más claramente las disparidades
y contradicciones propias del sistema. Volviendo a García Canclini, éste
destaca que en las ciudades, en especial en las de países periféricos,
se aprecia «la tensión entre impulsos a la participación más competitiva
en un mercado mundial de innovaciones tecnológicas, culturales y sociales
y, por otro lado, políticas hacia adentro que segmentan cada vez más desigual
y asimétricamente la población. Se permite que un cinco o un diez por
ciento de los ciudadanos se vincule con estas innovaciones internacionales
y se beneficie de vivir en las grandes ciudades, y una enorme población,
cada vez en situaciones más degradadas, es excluida o semiincorporada
bajo discriminaciones».
EL
FUTURO YA LLEGÓ
Justamente
en la lectura de estas características que, en mayor o menor medida, se
repiten en todas las ciudades, varios intelectuales ven una tendencia
que, de no modificarse, podría desembocar en una vida urbana de velocidades
muy dispares, de llegar a lo que Manuel Castells define como «una
vida en universos paralelos»(4). Ya hace unos años Paul Virilio
advertía de que «existirán individuos que vivirán en el tiempo real
de la ciudad mundial, de la comunidad virtual, y otros que vivirán en
un tiempo pospuesto, abandonados a la ciudad, a sus calles...»(5).
Consultado
por teína respecto a si esos universos paralelos
es lo que nos espera, Jordi Borja (ver entrevista) no duda en señalar
que «esto no es lo que nos espera, esto es lo que es. En general,
en nuestras ciudades, hay sectores que viven en condiciones de exclusión
como si no se hubiesen enterado de que la economía y de que el mundo han
cambiado porque quedan excluidos y están viviendo con estrategias de supervivencia».
Así
las cosas, con la imposibilidad de aferrarse a un único modelo, a una
única teoría de lo urbano; con las evidentes y crecientes disparidades
que se dan dentro de ciudades cuyas poblaciones no dejan de crecer en
número y diversidad (étnica, cultural, económica, de nacionalidad, etcétera),
pensar en cómo hacer ciudad de cara al futuro resulta, cuando menos,
un ejercicio nada sencillo y de resultados no tan fáciles de prever.
Ante
esta situación, lejos de apostar por fórmulas mágicas, lo más sensato
parece ser trabajar combinando los objetivos deseados con datos y tendencias
de la realidad actual.
En
diálogo con esta revista, Borja explicó que el camino a seguir es el de
diseñar lo que comúnmente se conocen como planes estratégicos e
ir volcando en ellos las líneas respecto a cómo queremos que sea la ciudad
en los próximos años. «La incertidumbre existe siempre en los procesos
sociales y por lo tanto en el desarrollo de la ciudad. De lo que se trata
es de fijar unos escenarios de futuro deseables, a través de un proceso
de debate ciudadano entre muchos actores. Decir hacia dónde queremos
ir fijando, pues, unos elementos tanto físicos como de actividades, de
las funciones de la ciudad... saber un poco cómo queremos que sea la ciudad
del año 2010, la ciudad de 2020, y sobre todo, concretar algunos
proyectos importantes y algunos criterios para avanzar en esa dirección».
Ni más ni menos que de eso se trata.
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