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TRANSITAR LA CIUDAD (*)
«...del
transitar, que es ahora morada de la vida mecanizada y mercantilizada
por el progreso, sólo cabe esperar el máximo olvido: difícil dejar huellas
en el transitar mecánico y repetitivo entre la masa anónima de la metrópoli
moderna...».
Por Paloma
Martínez (**)
Si aceptamos que el lugar del sujeto moderno no es otro que la ciudad,
no es extraño que la reflexión sobre la modernidad y el yo escindido,
ese yo habitado de parte a parte por la contradicción que le es inherente,
se haya dejado guiar por cierta tematización de lo urbano. Es al menos
el caso de Walter Benjamin, o así se dejan leer algunos de sus escritos
en los que ciudades significativas de su propia vida –Berlín, su ciudad
natal, o muy especialmente París– se tornan espejos, símbolos o arquetipos
de lo moderno.
Tal
vez en un intento de llevar a la práctica la tarea que Benjamin prescribiera
a la filosofía venidera –la disolución de la oposición sujeto-objeto constitutiva
de la modernidad–, en Crónica de Berlín (1) la rememoración de
los primeros años de su vida se superpone y confunde con la de los escenarios
urbanos de su acaecimiento; así se plasma el reconocimiento tácito de
que no hay recuerdo de sí desligado de los entornos vividos, de que el
ejercicio de autoconocimiento que con ello se pretende debe desplazarse
al exterior del sujeto para quebrar la imagen tradicional de una interioridad
enfrentada al mundo. Pero decimos mal al hablar de escenarios donde deberíamos
mencionar itinerarios y trayectos. Asumamos primero que vivir consiste
en ser y afrontar posibilidades de ser. Que la comprensión del trayecto
vital que va clausurando, definiendo posibilidades, pasa –admitida su
necesaria provisionalidad, si los acontecimientos venideros pueden siempre
reinterpretarlo– por la memoria y el relato de ese itinerario. Veremos
entonces cómo en el sujeto moderno su narración coincide con la de un
determinado recorrido, la de un concreto viaje por la ciudad cuyos hitos
son los hitos de su vida. A partir de aquí lo urbano abandona su condición
de espacio estático, de marco estable y estructurado de casas y edificios,
para devenir en trama de posibilidades, nudo enrevesado de caminos, red
laberíntica de itinerarios. Sólo su tránsito ofrece legítimamente a la
mirada la multiplicidad de perspectivas, la diversidad inagotable de trayectos
que llamamos ciudad. Y es en ese singular recorrido donde se alcanza a
ver el complejo diagrama, el trazado gráfico que dibuja cada existencia
individual.
Habitar
la ciudad quiere decir ahora transitarla, recorrer las calles y avenidas
donde, antes que en el interior de cada morada, la vida moderna se descubre.
Esta nueva visión del espacio urbano no es, sin embargo, ajena al progreso
técnico intrínseco a la modernidad y a la profunda transformación del
mismo que lleva aparejada. En el paso de su infancia a su madurez, Benjamin
asiste a toda una serie de cambios que prefiguran la arquitectónica de
la actual metrópoli, cambios en los que se testimonia la tendencia a la
extinción de ciertas formas de recorrer la ciudad, cuya pérdida parecería
abocar a un transitar tal vez más degradado y paradójicamente inhóspito
si con él se concibe bajo una óptica renovada el anterior habitar. La
proliferación del automóvil no sólo reduce y circunscribe el simple paseo
a recintos específicamente destinados a ello, con el consecuente artificio
y merma en espontaneidad que así se impone a su experiencia; también convierte
al transeúnte en mero peatón. Constreñido, asediado por una multitud de
señales ópticas y acústicas, el antiguo propósito de caminar para ver
y ser visto carece ya de sentido allí donde el tránsito peatonal es
casi asunto de supervivencia frente a la circulación rodada. Ésta
es la que decide el haz de trayectorias e itinerarios posibles que revela
una ciudad de dinamismos acelerados y cada vez más frenéticos, medidos
por una distinta percepción del tiempo y el espacio. Las nuevas y progresivamente
mayores dimensiones de la urbe son aquí determinantes, así como las multitudes
que condensa. Pues lejos de formar un colectivo, esa multitud errante
que ve aumentar día a día las horas invertidas en desplazarse hacia sus
objetivos, se identifica como masa, esto es, como aglomeración de individuos
aislados en pos de sus intereses privados, en lo que Benjamin anticipa
lúcidamente el germen de los estados totalitarios (2). Y lo que atraviesa
y aglutina a esa población masificada de la metrópoli moderna es precisamente
otra forma de tránsito: la del continuo intercambio de mercancías, los
innumerables procesos de compra-venta, que además de gobernar los pasos
de viandantes y conductores, acaban por transmutarlos también en mera
mercancía circulante.
Entendemos así, al menos en uno de
sus flancos, cómo el carácter contradictorio de la modernidad estriba
en que el horizonte de posibilidades abierto por ella inaugura, asimismo,
nuevas formas de dominio y alienación. Si Benjamin distinguía el mero
habitar impersonal, donde la morada no deviene expresión de la vida (hausen),
del habitar propiamente dicho (wohnen) que deja huellas y genera
recuerdos, del transitar que es ahora morada de la vida mecanizada
y mercantilizada por el progreso sólo cabe esperar el máximo olvido:
difícil dejar huellas en el transitar mecánico y repetitivo entre la masa
anónima de la metrópoli moderna, improbable guardar memoria de un recorrer
apresurado que hurta a la mirada todo objeto de contemplación. Y puesto
que es esa memoria la que permite recoger el hilo de todo trayecto vital
y proyectarlo hacia delante, el olvido condena a un presente paralizado
cuya inhospitalidad permanece velada tras su aceleración cotidiana.
Por ello, hacer frente a la inhabitabilidad de ese transitar no sería
tanto cuestión de detención del movimiento, de retorno, ya imposible,
a la ciudad-morada, como de lo que concierne a la orientación: se trataría
más bien –en este sentido cabe interpretar ciertas indicaciones de Benjamin–
de ejercitarse en el perderse, de reservar espacios y momentos a la práctica
de una desorientación buscada, que transforme el recorrer ajetreado en
deambular liberado de destino. La confianza en que en ese extravío anide
la posibilidad de alumbrar nuevas vías de reencuentro plantea entonces
una tarea no exenta de riesgos: aventurarse a la pérdida de sí para reparar
otra pérdida aún más radical, la del extrañamiento al que conduce todo
itinerario en exceso fijado y dirigido.
2) Vid. Benjamin, W. Poesía y capitalismo. Iluminaciones II, «El
“Flâneur”», Taurus, Madrid, 2001, pág. 79.
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