La ciudad política en la era audiovisual
La
urbe es antes que nada una comunidad con lazos sociales y políticos.
Fuente de conflictos y forma de encontrarles solución, la política se
ve trastocada como actividad por la lógica mediática. El peso de la
imagen televisiva obliga al poder político a adaptar sus formas a la
carrera por la audiencia.
Por
Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es
¿De qué manera la imagen mediática –sobre todo la televisiva- afecta
a la vida política de la ciudad? Partiendo de la base de que esta última
es sobre todo la gente que la habita, las relaciones intercomunales,
y no sólo el entramado edilicio -la forma física- con que se tiende
a pensar el término.
La gente vive en la ciudad, la construye física e imaginariamente, sueña
a partir de ella, planifica sus vidas y les da sentido (o decide alejarse
hacia otros rumbos) y lo hace ineluctablemente en un marco de interacción
social; es decir, con las otras personas con las que convive. Se trata
del lugar donde se da la existencia misma individual y colectiva.
Al margen de cualquier discusión acerca del tipo de organización, resulta
evidente el hecho de que todas las sociedades tienen algún grado y forma
de orden. Dentro de este orden, y sobre su base, las sociedades ponen
en marcha prácticas o procesos institucionalizados y procedimientos
establecidos para resolver los asuntos públicos; los asuntos que afectan
a toda la sociedad o a una parte de ella, pero que tiene consecuencias
para la generalidad. Estas prácticas encauzan –ordenan y dirigen- las
conductas humanas y establecen el carácter de los sucesos (1).
Las instituciones políticas, que toman decisiones que implican al orden
común, determinan el espacio político; el espacio donde los planes,
ambiciones y acciones de los individuos entran en contacto. Y donde
diferentes mecanismos institucionales impiden que ese contacto se transforme
en fricciones. La actuación de los individuos en pro de sus intereses
y en el marco de aquel espacio es la acción política que se puede desplegar
de diferentes maneras.
En términos de Sheldon Wollin, «la política es tanto una fuente
de conflicto como un modo de actividad que busca resolver conflictos
y promover ajustes» en la sociedad. Así, ésta, por medio de la
política, sufre constantes reajustes.
En
tanto lugar donde se inscribe la sociedad, la
ciudad puede y debe ser pensada en términos de su dimensión política;
esto es, como lugar donde las fuerzas sociales pujan a través de determinadas
prácticas (no necesariamente partidarias) por la concreción de sus intereses.
Al mismo tiempo, como un lugar donde la sociedad construye
sentidos públicos, dotando de significados la realidad social.
La inquietud surge cuando se repara en que lo real es desplazado
por lo virtual. Lo mediático influye determinadamente en la dimensión
política de la comunidad.
Para Jesús Martín Barbero, la televisión, en su rol de mediadora, «transforma
en espectáculo de sí mismo la teatralidad callejera» de la política,
que ahora es consumida por la gente desde el sillón de sus casas. Se
detecta así una suerte de emborrachamiento entre lo privado y
lo público donde los límites no están para nada definidos. Y el espacio
doméstico se transforma en espacio virtual donde, como indicara
Paul Virilo, «todo llega sin que haya que partir» (2).
Los
medios determinan qué es y qué
no es un acontecimiento: una manifestación en una plaza es acontecimiento
sólo si la presencia de una cámara la eleva al nivel de tal; de lo contrario
no existe. La televisión, en su posibilidad de registro y
transmisión en tiempo real y directo, genera la
ilusión de realidad: «El tiempo real anula la distancia espacial
[...] Veo como si estuviera allí», señala la socióloga Beatriz
Sarlo, para quien «hoy la política es en la medida en que sea
televisión» y ya no hay lugar para formas directas de política
(3).
Ahora
bien, aclara la autora, el que la política no pueda desprenderse de
la televisión no significa que no pueda haber cambios en la vídeo-política:
«no hay ningún destino inscrito en la televisión del que no se
pueda escapar». La política, dice, debe presentar públicamente
los conflictos –tarea que no es inmediata y que requiere imaginación
y construcción. Cuando esta función pasa a manos de los medios, los
caminos de resolución señalados son prepolíticos o antipolíticos.
Para
Sarlo, la política tiene dos momentos: uno de diagnósticos y otro de
productividad. En ambos, «la relación de los políticos con los
ciudadanos necesita hoy de los medios como escenarios, pero no inevitablemente
de los animadores massmediáticos como mentores».
LOS
MEDIOS Y EL PODER
La
era de las imágenes ha socavado hondo la formulas del poder. Como afirma
Règis Debray, la dominación del hombre por el hombre (único mamífero
simbólico) implica la intervención de símbolos desde el momento en que
esta dominación no es simple y puramente coercitiva y el que manda debe
«ganar los espíritus y los corazones». Es decir, que el
poder, a lo largo de la historia de la humanidad, para manifestarse
y hacerse evidente, siempre tuvo un carácter simbólico (4).
El
punto es cómo la retórica del poder cambió a partir de la intervención
técnica de los medios de comunicación, especialmente de la TV. Debray
es contundente: «En un mundo donde lo que no pasa por la tele
no existe, un gobierno sin imagen tiene toda la razón en inquietarse».
Así,
el enorme y pesado aparato del Estado sucumbe al veloz ritmo mediático
y el poder político se rinde a los pies de las mediciones de audiencia
de los medios (sicarios del poder económico)
que en definitiva determinan su estado de salud. «La carrera
por la audiencia de los medios será la lógica del gobierno», dice
Debray.
El papel del Estado pasa a ser entonces
el de un seductor. Y sus
riesgos son: la histeria,
donde lo urgente reemplaza a lo importante, porque el Estado simpaticón
debe adaptarse a los deseos de la audiencia; la fragmentación,
donde resalta la política de las personalidades (los problemas son atendidos
por la sociedad en tanto se vinculan con una personalidad y no con una
institución); la banalización,
producida por el efecto impacto de los medios que obliga a los políticos
a cuidar sus palabras y sus actos y, finalmente, a uniformizar
estilos para tratar de no desagradar al público; y la esterilización,
ya que el mensaje por sí mismo tiende a transformarse en dato (algo
es si se transmite mediáticamente: para una reforma, por ejemplo, basta
con su anuncio más allá de los arduos plazos que implique en lo real).
Después
de todo, habría que considerar si la cómoda postura de
espectador televisivo vasta, por sí sola, para cumplir una cuota
de responsabilidad como parte de la comunidad política que habita
la ciudad, con sus problemas y proyectos .
1)
Sheldon Wollin. Política y perspectiva.
Continuidad y cambio en el pensamiento político occidental. Amorrortu
editores, Buenos Aires, 1960.
2)
Jesús Martín Barbero.
Artículo: «La ciudad mediada a la ciudad virtual. Transformaciones
radicales en marcha».
3)
Beatriz Sarlo. Escenas
de la vida postmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina.
Editorial Ariel.
4)
Règis Debray. El Estado seductor.
Las revoluciones mediológicas del poder. Manantial 1995.