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Miguel Ángel Aguilar
"El imaginario problematiza lo que damos por sentado"

   
Miguel Ángel Aguilar Díaz, Investigador de la UAM, MÉXICO

«Una de las ideas centrales del imaginario es la de problematizar aquello que damos por sentado»

 

El psicólogo social se refiere en esta entrevista a esa materia «indeterminable» que son los imaginarios urbanos. Al sentido que tiene su estudio en las ciencias sociales, y a su implicancia en el desarrollo de la ciudad. También habla de los medios de comunicación. Y de la degradación de lo público como consecuencia del neoliberalismo.

 

Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es

 

La idea de los imaginarios como patrimonio radica en el hecho de que, así como puede detectarse un patrimonio visible -en el cual se ubica a los monumentos, las museos, avenidas, etcétera- también existe otro, intangible, pero de ninguna manera menor en importancia. Y la clave de esta importancia es que, como advierte Néstor García Canclini en sus libro Imaginarios Urbanos, «muchos presupuestos que guían la acción y las omisiones de los ciudadanos derivan de cómo percibimos los usos del espacio urbano, los problemas de consumo, tránsito y contaminación, y también de cómo imaginamos las explicaciones a estas cuestiones».
El profesor Miguel Ángel Aguilar Díaz (México, D.F., 1957) respondió ampliamente a la entrevista planteada por teína, vertiendo conceptos clave para entender un tema demasiado abstracto, pero con consecuencias concretas e inobjetables en la vida urbana.
Aguilar Díaz es investigador de la licenciatura de Psicología Social de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-Iztapalapa) e integrante de un grupo de estudios -dirigido por García Canclini- de esa misma casa.

LO IMAGINARIO Y LA CIUDAD

Distintos investigadores se han dedicado a estudiar el imaginario en una sociedad. ¿Cómo lidiar con una materia tan intangible y diversa para obtener resultados que sirvan a los estudios sociales y a formular diagnósticos generales?

El imaginario social como producción de discursos y prácticas fluctuantes de diversa naturaleza y coherencia se resiste a la fijeza, se encuentra en movimiento continuo, como también aquél que participa de su sentido y análisis. Cuando cristaliza y se le puede observar con relativa estabilidad pasaría a ser un imaginario dominante, pensemos en el nacionalismo o en la reiteración contemporánea en la inseguridad, que forman ya parte de los acervos de sentido común colectivos. Así, resulta difícil pensar en un manual para leer imaginarios, o un diccionario que traduzca un sentido en otro. Con todo, tampoco es posible ubicarlo como algo que sólo puede ser abordado por iniciados. Prácticas y discursos tienen que ser abordados en su carácter expresivo, por fragmentarios u opacos que puedan parecer. Los estudios sociales hechos justamente con sensibilidad hacia lo socialmente inestable, hacia lo dicho o realizado que invita a ser interpretado, son una herramienta poderosa para descifrar lo que está más allá del sentido común, para abrir un nuevo sentido ahí en donde lo que se mira parece sólo cotidianidad inexpresiva. Los diagnósticos generales son fotografías de un momento y un espacio social, permiten visualizar la punta del iceberg y preguntarse por el resto.

¿Qué datos se pueden obtener a través de esta investigación, que resulten de interés a la hora de pensar la ciudad y resolver problemas urbanos concretos?

Construir el objeto, como proponía Pierre Bourdieu, significa romper lo establecido en múltiples direcciones: ir más allá del sentido común, pensar relacionalmente, atender la historia de las configuraciones de problemas que nos atañen. Así, un primer conjunto de datos o análisis serían los derivados de «pensar desde otra parte», desde el ámbito de las significaciones que guían acciones y valoraciones a partir de relaciones que usualmente no son causales. La centralidad urbana y sus historias míticas (lugar inmejorable para comenzar a trazar cartografias personales y colectivas), el sentido de lo abierto y lo alteritario en la ciudad (del extraño amistoso y semejante, al amenazante), las maneras de traducir experiencias sensibles en datos que remiten a otra cosa (gris aire-gris construcción, opacidad de lo urbano), pueden ser algunos de los temas que podrían abordarse desde la óptica de lo imaginario. Por otro lado, también hay que considerar la escala del tema a abordar; puede referirse éste a las nociones de la ciudad en su conjunto o bien a algún barrio o espacio particular: desde las atmósferas de la ciudad hasta los gimnasios, jardines o terminales de transporte. En todos estos ámbitos encontraremos socialidades, elementos icónicos portadores de sentido, memoria e historia, aspectos emblemáticos que generen cercanías o deslindes.
Partir de la idea de imaginario para alimentar políticas urbanas, me parece que terminará produciendo (en caso de que sea efectiva) un imaginario de otro orden, cuya verosimilitud podría ser puesta en tela de juicio por el ciudadano. Una de las ideas centrales del imaginario, al menos en la concepción de Castoriadis, es la de problematizar aquello que damos por sentado, esa representación que adquiere el matiz de algo natural a partir de su eficacia simbólica para producir una idea de «realidad». La naturaleza de lo imaginario es lo indeterminado, de aquello visible a través de sus efectos, y cuyas causas no son trazables desde una lógica lineal.  Esto viene a colación ya que las instituciones públicas no producen en sí mismas creatividad cultural; pueden propiciarla, hacerla visible, darle públicos, aliento, pero su materia prima, los sueños, las sensibilidades, el humor, el dolor social, la crítica, no están en ellas. Los problemas urbanos concretos son eso: carencias en servicios y equipamientos, vialidades atascadas, áreas verdes insuficientes. Hacer emerger el imaginario de la ciudad tiene que ver con la manera en que ésta es recreada y actuada por los habitantes. Preguntarse por el imaginario desde las instituciones podría, tal vez, aprovechar las valoraciones existentes para revitalizar espacios y contactos ciudadanos, dotar de un sentido de comunidad a aquello que esté disgregado, por ejemplo, a partir de la idea de fiesta o actividad comunitaria. Pero hay que tener claro que los problemas urbanos concretos tendrían que resolverse de manera concreta, y el imaginario no puede convertirse en tecnología de gobierno.

¿Y de qué maneras concretas influye el imaginario colectivo en el desarrollo de una ciudad?

¿Qué nos atrae o aparta de un lugar? ¿En dónde reside el impulso de un proyecto social? Hay algo que seduce a una colectividad y que no puede explicarse sólo en una lógica de inversión-beneficio, y que remite a un impulso que a veces resulta difícil poner en palabras. En el sentido positivo -del hacer- más de un proyecto urbano está animado por un imaginario de modernidad, contemporaneidad, de actualizar una nostalgia, de participar de una comunidad fugaz o persistente. Estos espacios fácilmente se pueden reconocer si se piensa en proyectos de remodelación urbana de áreas centrales de la ciudad (a manera de volverla a fundar desde el presente), centros comerciales, proyectos de vialidades elevadas, o habitacionales. El imaginario constructor proporciona espacios para actividades que se anticipan como posibles y deseadas, y si existe alguna sensibilidad hacia el público pueden ser exitosos más allá de sus valores estéticos, aún a costa de enfatizar prácticas espaciales que conspiran contra la ciudad, pensada como efervescencia de lo múltiple. En el sentido negativo -dejar de hacer- la invisibilidad social de muchas periferias urbanas latinoamericanas pone de manifiesto su exclusión de un imaginario dominante de modernidad y progreso, que para múltiples habitantes está asociado a una idea de consumo indiscriminado. Al no realizarse éste, se es invisible. A pesar de todo, y como algunos autores han señalado -Lindón y Hiernaux- la periferia se puebla de habitantes que participan del imaginario de la posesión de la vivienda como estrategia de vida. Tener un lugar propio es algo irrenunciable.
¿En dónde está algo que no reconocemos que falta? Es tal vez esto, un deseo más allá del lenguaje, uno de los elementos que estructura el imaginario, y el hacer concreto es una de sus expresiones. Pero, quién nos garantiza que lo realizado fue lo buscado, recordemos una vez más a Castoriadis: el imaginario no refiere a algo, no representa.

COMUNICACIÓN MASIVA E IMAGINARIOS

Se indica que los medios de comunicación, en especial la TV, conectan partes de la ciudad mediante sus discursos audiovisuales. ¿Hasta qué punto esto no conlleva a forjar concepciones ficticias sobre sectores y problemáticas urbanas? Es decir, ¿no determina el fenómeno mediático ciertos sentidos del imaginario colectivo?

Por supuesto, las agendas de los medios se tocan en muchos puntos con las agendas ciudadanas, se reflejan continuamente, y esto da un cariz de verosimilitud a los temas que tocan. Los medios sintetizan la información, y al hacerlo comúnmente simplifican un evento, lo traducen al lenguaje de lo previsible, y de ahí se forma un consenso casi inmediato con muchos públicos de que las cosas son así, y no de otro modo. Los énfasis mediáticos reproducen lo ya sabido desde múltiples imaginarios: América Latina es un desastre, ya que la información que difunden es precisamente sobre desastres de toda índole; ser joven es accidentado y peligroso, ya que son ellos los que aparecen en peleas callejeras y percances de automóviles; las drogas invaden las calles, y por supuesto, un grupo de jóvenes en un parque puede ser sospechoso de haber sido invadido por algo. Para qué seguir. La elocuencia de las imágenes mediáticas puede con facilidad reproducir, tal vez más que determinar, muchos de los imaginarios en boga. Esto plantea igualmente un problema metodológico interesante, ¿cómo hacer para no tomar el sentido común como la expresión sin más de un elemento imaginario? Algunos temas están ya tan saturados de referencias que dejan de ser expresivos de algo: lo inevitable de la contaminación atmosférica, la violencia en la ciudad, la corrupción de los políticos, es justamente aquí donde comienza el trabajo de análisis de los elementos simbólicos, expresivos, narrativos, de cada uno de los temas que se quieran tocar.
Con todo, convendría recordar lo que escribió en alguna ocasión Gilbert Durand en el sentido de que la superabundancia contemporánea de imágenes limita la emergencia de imaginarios: su materia predominantemente icónica resta importancia a otros elementos simbólicos y asociativos poderosos. Y en este caso también la monotonía en las agendas mediáticas estaría apuntando algo que ya señaló Mike Davies en City of Quartz, la reducción de la imaginación sobre la ciudad.

Se atribuye a los medios ficcionalizar la realidad, como lo sostuvo Marc Augé, y colaborar con la fragmentación social. ¿Se puede decir entonces que este fenómeno incide en despolitizar los problemas urbanos al quitarles proximidad y veracidad mediante el filtro de las imágenes?

Lo cercano suele ser mirado con mayor complejidad que lo lejano, en donde justamente se recurre a las imágenes preestablecidas para hacerlo comprensible: los motivos que los medios encuentran en una revuelta popular en Asia son bastante más simples que el estado de los parques y jardines en la ciudad desde la que se genera esa información. El conocimiento local, aun en las metrópolis, obliga a sofisticar aunque sea de forma mínima la información y los argumentos que se vierten. Las narrativas de los medios sobre las ciudades (la calidad de vida, las fiestas, el estado de las calles y vialidades, los crímenes, la contaminación atmosférica, las manifestaciones) resultan interesantes no sólo por la trama argumentativa que eligen, sino también porque hacen referencia a formas legitimadas de ver el mundo, lo que les da su carácter de eventos comunicativos. Resulta también sugerente constatar que la ciudad no sólo está presente en la información tradicionalmente adscrita a los temas urbanos. Otros tópicos como deportes, espectáculos, política local, son también importantes; todo esto contribuye a prefigurar un imaginario de la ciudad, en donde ésta se reconstruye a partir de elementos dispersos, pero que se amalgaman de una manera particular desde diferentes lugares de recepción o interpretación.

¿Cuál es el papel positivo que le atribuiría a los medios de comunicación en las grandes urbes?

Para bien o para mal, la mirada de los medios es una de las pocas capaces de restituir la idea de unidad a ciudades cada vez más heterogéneas, dispersas y difíciles de conocer en su totalidad. Y justamente esta sensación de pertenencia común es imaginaria, se elabora desde el trabajo de la memoria y de experiencias cotidianas, que son puestas al día a partir de los medios, y forman constelaciones de sentido a las cuales se apela para atestiguar un cierto orden del mundo. Cabe apuntar que los medios son parte de la urbe, del mismo modo en que los edificios y las calles, sus imágenes e información también son las de la ciudad, localizan temas de diversa índole en un espacio colectivo, integrándose a él. Los medios pueden ser también recursos para la movilización colectiva, a pesar de la dinámica a veces perversa, en donde actores sociales los utilizan para hacer visibles sus demandas, y a su vez son utilizados por los intereses y las inercias mediáticas.

Frente al caos urbano (contaminación, concentración vehicular,  etcétera), Néstor García Canclini señaló que las tácticas personales que los ciudadanos ensayan para sobreponerse a tales conflictos -y que se encuentran muchas veces fuera del marco legal e incluso racional- colaboran en reforzar la corrupción sistémica al formar un ciudadano corrupto. ¿No suena un tanto exagerada esta teoría? ¿Tan profundas son las consecuencias de los problemas urbanos sobre la sociedad política?

Ciudades de líneas delgadas entre lo legal y aquello que no lo es, ésa es en muchos casos la materia de la que están hechos los espacios públicos en ciudades con fuertes desigualdades sociales. Frente a un Estado que no encuentra la fórmula para generar empleos y disminuir las inequidades, o de plano no le interesa hacerlo, se opta por la tolerancia a las rupturas suaves de la legalidad como una forma paradójica de evitar conflictividad social.  Pensemos en el caso de los vendedores llamados ambulantes que se instalan en calles céntricas o concurridas para vender su mercancía, que en algunos casos suele ser de dudosa procedencia legal (DVD o CD pirata). Esa actividad no está permitida en reglamentos urbanos, excepto en ciertos casos y zonas particulares, los vendedores afirman hacer esa actividad ya que no hay empleo y estar ahí es mejor que robar. La autoridad urbana amenaza continuamente con el desalojo, los ciudadanos compran la mercancía a pesar de que los espacios para la circulación se ven limitados y la misma imagen urbana se deteriora. La vida colectiva se desarrolla por márgenes diferentes a los definidos como legales, con múltiples y pequeñas negociaciones cotidianas que a la larga degradan los espacios comunes y los ciudadanos brincamos continuamente de un lado a otro de la línea.

También advierte que la gente imagina soluciones a los conflictos urbanos para hacer más habitable el entorno; soluciones ficticias no basadas precisamente en diagnósticos científicos. ¿No resulta peligroso este mecanismo a la hora de plantearse el compromiso social con respecto a solucionar determinados conflictos urbanos? ¿Cómo se puede enfrentar esta especie de autoengaño desde los estamentos encargados de atacar las problemáticas urbanas?

La imaginación y la acción ciudadana probablemente caminan por rutas diferentes. Imaginar un aire más limpio, espacios con mayor sensación de seguridad, calles con una circulación más rápida para vehículos, mejor transporte público, esto está en la esfera del deseo y en algunos sueños rotos de grupos de ciudadanos. En un contexto en que la metrópolis en su conjunto es evocable desde un imaginario que se sabe rebasado por el presente, la acción desde instancias de administración urbana suele apelar a lo monumental, a fijar en una obra pública o una actividad multitudinaria una imagen de la ciudad. Esto es útil en términos de promoción y publicidad para construir otros referentes en torno a una ciudad particular. Esto puede ser necesario, pero no suficiente. Es probablemente en el ámbito de lo local donde se pueden realizar acciones para hacer compatibles sueños legítimos de los ciudadanos con acciones públicas. Todo esto sin dejar de lado que para un grupo amplio de ciudadanos es cada vez más importante pensar la ciudad en términos de lugares privados para uso colectivo, más que en términos de una estructura y una historia que merece ser preservada y actualizada. Es curioso, en estos casos en que las concepciones sobre el sentido de la ciudad son divergentes, pareciera ser que no existe ya conflictividad, que los grupos y actores sociales han asumido su papel y ocupan el lugar que piensan que les corresponde en la distribución del espacio urbano; la ideología de la segregación habría vencido.

CIUDAD, MERCADO Y ESTADO

Autores como Manuel Castells señalan que la ciudad no es sólo una ubicación característica y planificada, sino que su desarrollo se corresponde con procesos sociales, económicos y políticos, donde influyen tanto el mercado, el gobierno como los movimientos sociales. ¿Cómo cree que se concibe la ciudad –si es posible generalizar un panorama occidental- bajo la óptica neoliberal de estos tiempos?

Efectivamente, es difícil generalizar desde experiencias en donde el papel del Estado y del mercado en la configuración de las ciudades contemporáneas ha tenido una historia diferente. En algunos casos el ajuste ha sido más duro que en otros, y la nostalgia por la ciudad del pasado puede serlo también de un régimen urbano que daba a la ciudad una sensación de coherencia a partir del papel del Estado en su desarrollo. Muchos de los diagnósticos en boga me parece que son acertados al poner el énfasis en aspectos como la privatización de la vida y el espacio público, la fragmentación de políticas y actores urbanos, la competencia nacional e internacional entre ciudades para ofrecer mejores servicios, o por lo menos dar esa imagen, y atraer así inversiones. En este contexto no está de más preguntarse si queda alguien a quien le importe la ciudad como tal, como traza, estructura, coherencias múltiples en su interior, discutir y soñar sobre ella en su conjunto. Es claro que el mercado segmenta de acuerdo a posibilidades económicas y simbólicas de acceso a bienes y servicios, y, por otro lado, es el Estado quien con mayor o menor intensidad busca ocuparse de aquello y aquellos no contemplados en la lógica económica del consumo, aunque siempre desde sus intereses particulares. En este sentido me parece que la apuesta más razonable para ir más allá de estas lógicas, mercado-estado, está en lo que no cubren estas dos instancias, es decir, en planes, proyectos y formas de expresión de descontentos por parte de grupos civiles-ciudadanos y sus imaginarios que no se dejan atrapar en una dualidad perversa.

Vivimos en sociedades multiculturales pero, a la vez, asistimos a lo que varios teóricos advierten como una privatización de la vida, una reducción de los espacios públicos, un atrincheramiento de los ciudadanos en sus casas, una desurbanización... ¿Se trata de un estilo de vida que vuelve más volátiles los problemas sociales y que mella la cohesión social de las ciudades actuales?

Aquí hay varias cosas en juego. Por un lado, la privatización de lo público se da en el contexto de gobiernos locales que buscan mayores ingresos, de manera que servicios y equipamientos colectivos que antes eran de libre acceso o de costo reducido requieren ahora de un mayor pago para acceder a ellos, o de plano desaparecen. En este énfasis en la ciudad autofinanciable, los programas sociales que funcionaban como un mecanismo de redistribución del ingreso (salud, educación, transporte, por mencionar algunos) se ven seriamente afectados. Del mismo modo la cultura, las políticas culturales, pasan a un segundo plano, si es que bien les va. Con esto, una de las más poderosas herramientas para difundir mundos simbólicos, lenguajes colectivos, sentido de comunidad, y al mismo tiempo crear públicos para ofertas no mercantiles, se ve seriamente afectada. Así, la reducción de lo público, en su acepción de acción del Estado, incide significativamente en lo público como esfera de la vida en común. Frente a la ausencia de un espacio social aglutinante, emerge de manera constante la estrategia de «sálvese el que pueda», lo que dificulta acuerdos entre iguales.
El acento puesto en los últimos años en la emergencia y funcionamiento de centros comerciales, lo mismo que en la aparición efervescente de urbanizaciones cerradas son otro aspecto del mismo tema. Se suele pensar que éstos representan una nueva espacialidad que tiene como punto en común la negación de la calle, espacio público por excelencia, y que indican también una forma de concebir las relaciones sociales a partir de la exclusión, o autoexclusión, y llegan a constituirse en un imaginario de espacio deseable. Resulta de esto una forma de socialidad restringida, cuya premisa puede ser algo así como «sólo entre semejantes a mí mismo puedo relacionarme», este recorte sobre el mundo social vuelve a todo extraño sospechoso de algo difuso, nunca explicitado cabalmente, más que en caso de conflicto abierto.
Otra vertiente de la erosión de lo público tiene que ver con la imagen urbana. Cada vez con mayor intensidad, el espacio público es comercializado, sea en el mobiliario, o para la realización de fiestas y celebraciones colectivas a través de sponsors.  De entrada no parece estar mal el que empresas privadas participen en la activación de espacios públicos. Sin embargo, ¿no cambia la naturaleza de lo público la incesante intervención de lo comercial?, ¿todo tiene que tener un nombre o una imagen corporativa?, ¿cómo participan los ciudadanos en el uso que se le da a lugares significativos de la ciudad? Parece como si algo importante se hubiera expropiado y todavía no se sabe cómo reaccionar, más allá del fastidio ante la mutación súbita de escenas y escenarios cotidianos.

¿Está de acuerdo en que se pierde el sentido de las fronteras y la identidad en estas urbes tan convulsionadas por flujos de todo tipo (migratorios, económicos, mediáticos)?

No se pierde, se reconfigura. Si pensamos que la cultura está fija en un lugar, entonces, al salir, ahí ya está extraviada, queda atrás.  Esta concepción localista es insuficiente para entender lo contemporáneo, y además remite a un aspecto unidimensional de lo social, en donde parece afirmarse que sólo importa una pertenencia, lo demás es maquillaje, y que las personas son incapaces de crear nada nuevo. El reto es entender qué le hacen a las nociones de identidad y fronteras los desplazamientos y los innumerables referentes que pueden configurarlas.

 
 

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