Editorial
Espacio público y privatización
Marketing y ciudad
Medios, ciudad y política
La ciudad, ese fenómeno cambiante

Colaboraciones

Multiculturalismo y espacio público
Por Javier De Lucas

Transitar la ciudad
Por Paloma Martínez
Entrevistas

Jordi Borja
"El mercado dejado suelto es destructor de la ciudad"

Saskia Sassen
"Una ciudad global paga un costo social alto..."

Jesús Martín Barbero
"El lugar para renovar la democracia es la ciudad"

Miguel Ángel Aguilar
"El imaginario problematiza lo que damos por sentado"

  
Transitar la ciudad (*)

«...del transitar, que es ahora morada de la vida mecanizada y mercantilizada por el progreso, sólo cabe esperar el máximo olvido: difícil dejar huellas en el transitar mecánico y repetitivo entre la masa anónima de la metrópoli moderna...».

 

Paloma Martínez (**)
Paloma.Martinez@ uv.es

 

Si aceptamos que el lugar del sujeto moderno no es otro que la ciudad, no es extraño que la reflexión sobre la modernidad y el yo escindido, ese yo habitado de parte a parte por la contradicción que le es inherente, se haya dejado guiar por cierta tematización de lo urbano. Es al menos el caso de Walter Benjamin, o así se dejan leer algunos de sus escritos en los que ciudades significativas de su propia biografía–Berlín, su ciudad natal, o muy especialmente París– se tornan espejos, símbolos o arquetipos de lo moderno.

Tal vez en un intento de llevar a la práctica la tarea que Benjamin prescribiera a la filosofía venidera –la disolución de la oposición sujeto-objeto constitutiva de la modernidad–, en Crónica de Berlín (1) la rememoración de los primeros años de su vida se superpone y confunde con la de los escenarios urbanos de su acaecimiento; así se plasma el reconocimiento tácito de que no hay recuerdo de sí desligado de los entornos vividos, de que el ejercicio de autoconocimiento que con ello se pretende debe desplazarse al exterior del sujeto para quebrar la imagen tradicional de una interioridad enfrentada al mundo. Pero decimos mal al hablar de escenarios donde deberíamos mencionar itinerarios y trayectos. Asumamos primero que vivir consiste en ser y afrontar posibilidades de ser. Que la comprensión del trayecto vital que va clausurando, definiendo posibilidades, pasa –admitida su necesaria provisionalidad, si los acontecimientos futuros pueden siempre reinterpretarlo– por la memoria y el relato de ese itinerario. Veremos entonces cómo en el sujeto moderno su narración coincide con la de un determinado recorrido, la de un concreto viaje por la ciudad cuyos hitos son los hitos de su vida. A partir de aquí lo urbano abandona su condición de espacio estático, de marco estable y estructurado de casas y edificios, para devenir en trama de posibilidades, nudo enrevesado de caminos, red laberíntica de itinerarios. Sólo su tránsito ofrece legítimamente a la mirada la multiplicidad de perspectivas, la diversidad inagotable de trayectos que llamamos ciudad. Y es en ese singular recorrido donde se alcanza a ver el complejo diagrama, el trazado gráfico que dibuja cada existencia individual.   

Habitar la ciudad quiere decir ahora transitarla, recorrer las calles y avenidas donde, antes que en el interior de cada morada, la vida moderna se descubre. Esta nueva visión del espacio urbano no es, sin embargo, ajena al progreso técnico intrínseco a la modernidad y a la profunda transformación del mismo que lleva aparejada. En el paso de su infancia a su madurez, Benjamin asiste a toda una serie de cambios que prefiguran la arquitectónica de la actual metrópoli, cambios en los que se testimonia la tendencia a la extinción de ciertas formas de recorrer la ciudad, cuya pérdida parecería abocar a un transitar tal vez más degradado y paradójicamente inhóspito si con él se concibe bajo una óptica renovada el anterior habitar. La proliferación del automóvil no sólo reduce y circunscribe el simple paseo a recintos específicamente destinados a ello, con el consecuente artificio y merma en espontaneidad que así se impone a su experiencia; también convierte al transeúnte en mero peatón. Constreñido, asediado por una multitud de señales ópticas y acústicas, el antiguo propósito de caminar para ver y ser visto carece ya de sentido allí donde el tránsito peatonal es casi asunto de supervivencia frente a la circulación rodada. Ésta es la que decide el haz de trayectorias e itinerarios posibles que revela una ciudad de dinamismos acelerados y cada vez más frenéticos, medidos por una distinta percepción del tiempo y el espacio. Las nuevas y progresivamente mayores dimensiones de la urbe son aquí determinantes, así como las multitudes que condensa. Pues lejos de formar un colectivo, esa multitud errante que ve aumentar día a día las horas invertidas en desplazarse hacia sus objetivos, se identifica como masa, esto es, como aglomeración de individuos aislados en pos de sus intereses privados, en lo que Benjamin anticipa lúcidamente el germen de los estados totalitarios (2). Y lo que atraviesa y aglutina a esa población masificada de la metrópoli moderna es precisamente otra forma de tránsito: la del continuo intercambio de mercancías, los innumerables procesos de compra-venta, que además de gobernar los pasos de viandantes y conductores, acaban por transmutarlos también en mera mercancía circulante. 

Entendemos así, al menos desde uno de sus flancos, cómo el carácter contradictorio de la modernidad estriba en que el horizonte de posibilidades abierto por ella inaugura, asimismo, nuevas formas de dominio y alienación. Si Benjamin distinguía el mero habitar impersonal, donde la morada no deviene expresión de la vida (hausen), del habitar propiamente dicho (wohnen) que deja huellas y genera recuerdos, del transitar que es ahora morada de la vida mecanizada y mercantilizada por el progreso sólo cabe esperar el máximo olvido: difícil dejar huellas en el transitar mecánico y repetitivo entre la masa anónima de la metrópoli moderna, improbable guardar memoria de un recorrer apresurado que hurta a la mirada todo objeto de contemplación. Y puesto que es esa memoria la que permite recoger el hilo de todo trayecto vital y proyectarlo hacia delante, el olvido condena a un presente paralizado cuya inhospitalidad permanece velada tras su aceleración cotidiana.

Por ello, hacer frente a la inhabitabilidad de ese transitar no sería tanto cuestión de detención del movimiento, de retorno, ya imposible, a la ciudad-morada, como de lo que concierne a la orientación: se trataría más bien –en este sentido cabe interpretar ciertas indicaciones de Benjamin– de ejercitarse en el perderse, de reservar espacios y momentos a la práctica de una desorientación buscada, que transforme el recorrer ajetreado en deambular liberado de destino. La confianza en que en ese extravío anide la posibilidad de alumbrar nuevas vías de reencuentro plantea entonces una tarea no exenta de riesgos: aventurarse a la pérdida de sí para reparar otra pérdida aún más radical, la del extrañamiento al que conduce todo itinerario en exceso fijado y dirigido.

 
 

Notas

(*) Manifiesto ya de entrada la deuda de estas reflexiones para con el libro de Manuel E. Vázquez Ciudad de la memoria. Infancia de Walter Benjamin, Edicions Alfons el Magnánim, Colección Novatores, Valencia, 1996.

(**) Paloma Martínez es licenciada en Filosofía por la Universidad de Valencia.

1) Benjamin, W. Escritos autobiográficos, Alianza, Madrid, 1996.

2) Vid. Benjamin, W. Poesía y capitalismo. Iluminaciones II, «El “Flâneur”», Taurus, Madrid, 2001, pág. 79.