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EL
HERVIDERO HUMANO
Un
trayecto con dos paradas, en Francia y en la lejana Vietnam,
donde percatarnos de ideas comunes con respecto a nuestras amadas, y odiadas,
ciudades.
La
ciudad. Objeto de deseo de generaciones enteras de individuos a lo largo
de la historia. Fruto de migraciones rurales y semilla de discrepancias
incorregibles. Discordias que se respiran y vislumbran en esas calles
interminables, que enmoquetan con su asfalto el largo y ancho
de una estepa, amueblada toda ella con miles de hogares adosados, absorbiendo
ya no sólo tierra firme, sino también firmamento y horizonte,
que hubo un tiempo en que todavía se imponían.
Hablamos
de discordia porque la ciudad, la metrópoli de tráfico y
luces de neón sumergida en un mundo de sociedades, se subdivide
a su vez en sectores o cascos propiamente urbanos, sin
esa connotación de familiaridad y comunidad que aporta el término
barrio (comúnmente utilizado). Dichos lugares, lejos de reunir
y estrechar lazos, se ven marcados a su vez por estratos sociales diversos
que malviven unos con otros. Y éstos, al mismo tiempo, se definen
a través de una inmensa red de familias que viven inconexas, unas
y otras, en lo real, a pesar del sistema de relaciones que las implican,
hipócritas muchas de ellas. Por ello resulta sorprendente la aportación
de la urbanidad a la semántica de la democracia actual; lejos de
su significado, ligado a la moderación y al buen hacer,
su puesta en práctica en las ciudades es tan desigual como inexistente.
Lo urbano y la urbanidad son términos ya antagónicos cuya
similitud resulta sarcástica, y que no descansan bajo el mismo
árbol, a pesar de sus raíces. Esta desunión entre
vecinos, bloques de hormigón, barriadas y tráfico incesante,
no aporta precisamente bondades a la vivencia en comunidad, y mucho menos
a su desarrollo.
Y
por supuesto, si buscamos experiencias patentes en el cine, encontramos
directores tan dispares como dispersos por el planeta, con estupendos
trabajos sobre el tema. En este sentido, haciendo una primera parada en
Francia, nos topamos con una excelente película de Mathieu
Kassovitz: El odio (La haine,
1995), que nos sitúa en las inmediaciones de París, donde
las terribles diferencias entre estratos sociales, grupos étnicos,
inadaptados sociales y representantes de la ley nos llevan a una situación
frenética, en una constante de enfrentamientos policiales con los
habitantes del lugar. Acompañamos durante veinticuatro horas a
un grupo de jóvenes, curtidos por un panorama urbano un tanto desesperante,
donde el entendimiento entre distintas capas sociales, policía,
y sobre todo entre vecinos, se sugiere imposible. Y no anda muy desencaminado
Kassovitz cuando pronostica, de un modo pesimista y desolador, una caída
en picado para las urbes occidentales, en materia de civismo: transeúntes
y policías como dos caras de una misma moneda, enfrentadas las
dos sin posibilidad de entendimiento. La locura que se desata alrededor
de los tres protagonistas tiene una explicación que va más
allá de la clásica culpabilización de los mismos;
y tampoco voy a referirme a causas de índole social que parecen
obvias, dado que el arrabal en que viven posee todo tipo de deficiencias:
La estructura de aquella urbanización parece ser partícipe
y generadora de torbellinos y acaloramientos, lejos de la frialdad y la
incomunicación. Aquí no se trata de falta de lenguaje, sino
de carencia de comprensión. Pero sospechar que se trata de una
dialéctica imposible que no permite discusiones civilizadas, no
debe dar lugar a pensar en un destino aciago para los urbanitas e inadaptados:
habría que tomarse la película como una llamada de atención
ante una situación desbocada, no hacia lo irremediable, sino hacia
un punto y aparte logrado sólo con los cambios estructurales pertinentes.
Segunda
parada. Nos sumergimos en plena avenida atestada de tráfico. Pero
no hablo de coches, sino de una estampida de bicicletas y motos. Estamos
en Vietnam, concretamente en Ho Chi Minh (antaño Saigon), panorama
urbano de auténtica asfixia, donde acompañamos con expectación
el trayecto de un cyclo. Este taxi a pedales, en realidad
una bicicleta bastante rudimentaria con una montura delantera donde cliente
y equipaje se acomodan, nos introduce en la ciudad, en su griterío
y su masificación. Con esta puesta en escena Tran Anh Hung
nos presentó, casi paralelamente a Kassovitz, una crónica
urbana sobre la inmersión de un chico en el mundo del hampa del
barrio en que vive, donde el afán diario es la supervivencia (suya
y de su familia), a pesar del entorno que rodea a los personajes: ciertamente
nada propicio para la vida misma.
Y
es que con Cyclo (Xich lo, 1995) vamos
directos al bullicio, al interior de una jungla suburbana en donde la
corriente humana avanza caóticamente, como un río sin cauce.
Todo ello contrastado con momentos de auténtica calma que en ocasiones,
se tuercen en tremenda tensión, pero que logran dar respiro al
espectador ante ese sobrecogedor ambiente. La vida en la ciudad no es
fácil, y menos cuando la familia carece de recursos materiales
y personales: tres hermanos y su abuelo trabajan sin descanso por mantener
una situación para la que aparentemente no hay salida. Ni más
ni menos. La rutina y la supervivencia arrasan con todo atisbo de liberación.
La atadura a la calle, a los concurridos mercados, no permite ni un solo
sollozo de amargura, ya que los personajes asumen con entereza su destino
y la decadencia de su ambiente. De hecho, la violencia, la que surge del
muchacho y de los maleantes que le rodean, aparece como único camino
de salvación e incluso redención. Pero este exquisito retrato
del renacimiento personal no es nuevo: recordemos al Martin Scorsese de
antaño, en películas como Malas Calles
(Mean Streets, 1973), o en la asombrosa Taxi Driver
(1976), donde la mezcla del posmodernismo con el ideario católico
ocasiona una auténtica explosión (incluso literal) en las
viciadas calles de la archiconocida ciudad de Nueva York. El trazo que
nos dibuja el director sigue en la línea del resto de sus trabajos,
muy recomendables, y fáciles presas de ciclos y retrospectivas
socioculturales. Es la obra que mayor revuelo causó, dado que el
retrato de la vida en la ciudad queda revestido de un sentido infernal,
de auténtico eterno retorno, que el director achaca a la rutina
y la funcionalidad misma de la metrópoli, en este caso, Ho Chi
Minh.
Cada
uno de los personajes de las distintas películas vive sumergido
en un mundo cultural y simbólico distinto, con diferentes escalas
de valores, aunque en absoluto opuestas. Es por ello que comparten ese
enfrentamiento con las jerarquías de poder que se establecen en
la sociedad, y en concreto en la ciudad (aunque los pueblos no quedan
exentos de este estigma, por desgracia). Podríamos alargar nuestro
viaje todavía más, y recorrer ciudades como Nueva York (con
Scorsese), o incluso Edimburgo, donde los personajes de Trainspotting
(de Danny Boyle, 1996) se hunden en un mundo que no es el suyo: alienados
de sí mismos, no encuentran salida, tal y como les ocurre a Vinz,
Saïd o Hubert (de la película de Kassovitz), aunque tomando
como escapatoria diversas evasiones psicotrópicas. Unos y otros
luchan contra su ciudad, contra sus habitantes. Y digo luchan porque no
se comprenden; no comparten los mismos significados, ni las formas sociales.
Y donde, como siempre, la mayoría aplasta sin temor a la minoría.
Para terminar con el discurso con el que nos deleitan todos ellos, cabe
comentar que la tendencia al determinismo de todas estas películas
no nos debe subyugar y sumir en la desesperanza. Bien saben estos directores
que conocemos las bondades de la urbanidad; apliquémoslas y revivamos
las raíces de su significado. Sea tal el apunte final que deberían
sugerirnos todos estos ejemplos.
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