El hervidero humano

Cine latinoamericano

 

  

...............................

...............................

Enlaces con más información sobre:

EL ODIO

Oficial

Cineismo

Golem

Cyclo

Filmafinity

...............................

 

 


El hervidero humano

Un trayecto con dos paradas, en Francia y en la lejana Vietnam, donde percatarnos de ideas comunes con respecto a nuestras amadas —y odiadas— ciudades.

 

Por Óscar S.
oscar_teina@yahoo.es

 

La ciudad. Objeto de deseo de generaciones enteras de individuos a lo largo de la historia. Fruto de migraciones rurales y semilla de discrepancias incorregibles. Discordias que se respiran y vislumbran en esas calles interminables, que enmoquetan con su asfalto el largo y ancho de una estepa, amueblada toda ella con miles de hogares adosados, absorbiendo ya no sólo tierra firme, sino también firmamento y horizonte, que hubo un tiempo en que todavía se imponían.

Hablamos de discordia porque la ciudad, la metrópoli de tráfico y luces de neón sumergida en un mundo de sociedades, se subdivide a su vez en sectores o cascos propiamente urbanos, sin esa connotación de familiaridad y comunidad que aporta el término barrio (comúnmente utilizado). Dichos lugares, lejos de reunir y estrechar lazos, se ven marcados a su vez por estratos sociales diversos que malviven unos con otros. Y éstos, al mismo tiempo, se definen a través de una inmensa red de familias que viven inconexas, unas y otras, en lo real, a pesar del sistema de relaciones que las implican, hipócritas muchas de ellas. Por ello resulta sorprendente la aportación de la urbanidad a la semántica de la democracia actual; lejos de su significado, ligado a la moderación y al buen hacer, su puesta en práctica en las ciudades es tan desigual como inexistente. Lo urbano y la urbanidad son términos ya antagónicos cuya similitud resulta sarcástica, y que no descansan bajo el mismo árbol, a pesar de sus raíces. Esta desunión entre vecinos, bloques de hormigón, barriadas y tráfico incesante, no aporta precisamente bondades a la vivencia en comunidad, y mucho menos a su desarrollo.

Y por supuesto, si buscamos experiencias patentes en el cine, encontramos directores tan dispares como dispersos por el planeta, con estupendos trabajos sobre el tema. En este sentido, haciendo una primera parada en Francia, nos topamos con una excelente película de Mathieu Kassovitz: El odio (La haine, 1995), que nos sitúa en las inmediaciones de París, donde las terribles diferencias entre estratos sociales, grupos étnicos, inadaptados sociales y representantes de la ley nos llevan a una situación frenética, en una constante de enfrentamientos policiales con los habitantes del lugar. Acompañamos durante veinticuatro horas a un grupo de jóvenes, curtidos por un panorama urbano un tanto desesperante, donde el entendimiento entre distintas capas sociales, policía, y sobre todo entre vecinos, se sugiere imposible. Y no anda muy desencaminado Kassovitz cuando pronostica, de un modo pesimista y desolador, una caída en picado para las urbes occidentales, en materia de civismo: transeúntes y policías como dos caras de una misma moneda, enfrentadas las dos sin posibilidad de entendimiento. La locura que se desata alrededor de los tres protagonistas tiene una explicación que va más allá de la clásica culpabilización de los mismos; y tampoco voy a referirme a causas de índole social que parecen obvias, dado que el arrabal en que viven posee todo tipo de deficiencias: La estructura de aquella urbanización parece ser partícipe y generadora de torbellinos y acaloramientos, lejos de la frialdad y la incomunicación. Aquí no se trata de falta de lenguaje, sino de carencia de comprensión. Pero sospechar que se trata de una dialéctica imposible que no permite discusiones civilizadas, no debe dar lugar a pensar en un destino aciago para los urbanitas e inadaptados: habría que tomarse la película como una llamada de atención ante una situación desbocada, no hacia lo irremediable, sino hacia un punto y aparte logrado sólo con los cambios estructurales pertinentes.

Segunda parada. Nos sumergimos en plena avenida atestada de tráfico. Pero no hablo de coches, sino de una estampida de bicicletas y motos. Estamos en Vietnam, concretamente en Ho Chi Minh (antaño Saigon), panorama urbano de auténtica asfixia, donde acompañamos con expectación el trayecto de un cyclo. Este taxi a pedales, en realidad una bicicleta bastante rudimentaria con una montura delantera donde cliente y equipaje se acomodan, nos introduce en la ciudad, en su griterío y su masificación. Con esta puesta en escena Tran Anh Hung nos presentó, casi paralelamente a Kassovitz, una crónica urbana sobre la inmersión de un chico en el mundo del hampa del barrio en que vive, donde el afán diario es la supervivencia (suya y de su familia), a pesar del entorno que rodea a los personajes: ciertamente nada propicio para la vida misma.

Y es que con Cyclo (Xich lo, 1995) vamos directos al bullicio, al interior de una jungla suburbana en donde la corriente humana avanza caóticamente, como un río sin cauce. Todo ello contrastado con momentos de auténtica calma que en ocasiones, se tuercen en tremenda tensión, pero que logran dar respiro al espectador ante ese sobrecogedor ambiente. La vida en la ciudad no es fácil, y menos cuando la familia carece de recursos materiales y personales: tres hermanos y su abuelo trabajan sin descanso por mantener una situación para la que aparentemente no hay salida. Ni más ni menos. La rutina y la supervivencia arrasan con todo atisbo de liberación. La atadura a la calle, a los concurridos mercados, no permite ni un solo sollozo de amargura, ya que los personajes asumen con entereza su destino y la decadencia de su ambiente. De hecho, la violencia, la que surge del muchacho y de los maleantes que le rodean, aparece como único camino de salvación e incluso redención. Pero este exquisito retrato del renacimiento personal no es nuevo: recordemos al Martin Scorsese de antaño, en películas como Malas Calles (Mean Streets, 1973), o en la asombrosa Taxi Driver (1976), donde la mezcla del posmodernismo con el ideario católico ocasiona una auténtica explosión (incluso literal) en las viciadas calles de la archiconocida ciudad de Nueva York. El trazo que nos dibuja el director sigue en la línea del resto de sus trabajos, muy recomendables, y fáciles presas de ciclos y retrospectivas socioculturales. Es la obra que mayor revuelo causó, dado que el retrato de la vida en la ciudad queda revestido de un sentido infernal, de auténtico eterno retorno, que el director achaca a la rutina y la funcionalidad misma de la metrópoli, en este caso, Ho Chi Minh.

Cada uno de los personajes de las distintas películas vive sumergido en un mundo cultural y simbólico distinto, con diferentes escalas de valores, aunque en absoluto opuestas. Es por ello que comparten ese enfrentamiento con las jerarquías de poder que se establecen en la sociedad, y en concreto en la ciudad (aunque los pueblos no quedan exentos de este estigma, por desgracia). Podríamos alargar nuestro viaje todavía más, y recorrer ciudades como Nueva York (con Scorsese), o incluso Edimburgo, donde los personajes de Trainspotting (de Danny Boyle, 1996) se hunden en un mundo que no es el suyo: alienados de sí mismos, no encuentran salida, tal y como les ocurre a Vinz, Saïd o Hubert (de la película de Kassovitz), aunque tomando como escapatoria diversas evasiones psicotrópicas. Unos y otros luchan contra su ciudad, contra sus habitantes. Y digo luchan porque no se comprenden; no comparten los mismos significados, ni las formas sociales. Y donde, como siempre, la mayoría aplasta sin temor a la minoría.

Para terminar con el discurso con el que nos deleitan todos ellos, cabe comentar que la tendencia al determinismo de todas estas películas no nos debe subyugar y sumir en la desesperanza. Bien saben estos directores que conocemos las bondades de la urbanidad; apliquémoslas y revivamos las raíces de su significado. Sea tal el apunte final que deberían sugerirnos todos estos ejemplos.