AMORES
PERROS/ CIUDAD DE DIOS/ EL BONAERENSE
Una
mirada sobre las ciudades latinoamericanas
Lucio
Latorre
lucioteina@yahoo.es
Aun
a riesgo de sonar un poco traído de los pelos, bien podría tomarse Amores
Perros (México, 2000), Ciudad de Dios (Brasil, 2002) y El
Bonaerense (Argentina, 2003) como parte de un tríptico sobre las megaciudades
latinoamericanas, inabarcables urbes que además de sus señas de identidad
propias tienen otras muchas en común. A punto tal que la ciudad latinoamericana
es asumida y utilizada ya como concepto, como una definición concreta
para explicar unas determinadas realidades sociales.
Se
habla incluso de la latinoamericanización de las ciudades para
describir las transformaciones sufridas por urbes que no poseían
–o no lo reconocían- características como la violencia,
el caos urbano, los marcados contrastes y desigualdades tanto en lo social
como en lo económico, lo cultural y lo estético.
Las
historias que se narran en estas películas bien podrían intercambiarse
de escenarios y, en esencia, funcionaría de igual manera. No perderían
nada de verosimilitud.
El
Bonaerense podría tener lugar en el conurbano de Río de
Janeiro, la ópera prima de González Iñárritu podría desarrollarse en las
calles de Buenos Aires, así como lo de Ciudad de Dios podría
acoplarse a cualquier barrio difícil del D.F. mexicano.
Claro
está que el caos urbano, las disparidades socioeconómicas, los contrastes
estéticos (desde la arquitectura más vanguardista a la ausencia de una
arquitectura pensada), la delincuencia y la violencia, no son rasgos exclusivos
de las ciudades latinoamericanas, como tampoco es real que éstas ciudades
son sólo eso. Pero sí es cierto que en las grandes urbes latinoamericanas
esas señas se ven notablemente acentuadas. Y las mencionadas películas
ponen esos rasgos de relieve.
La
ciudad es punto de encuentro, es el lugar donde todo fluye. El lugar de
las oportunidades, de los sueños, donde las aspiraciones y los imaginarios
se ponen en juego y se sostienen. Pero es también –y quizás con mayor
frecuencia- el lugar de las desilusiones, de los fracasos y la vorágine.
Las ciudades son lugares de resistencia, y también de subsistencia.
Aún
en las peores situaciones, el universo de la ciudad deja al menos algunos
despojos de alternativas que permitan, si no ya la consecución de los
anhelos más elevados, alguna posibilidad para la subsistencia en un entorno
hostil. Aunque las más de las veces, las alternativas más alcanzables
y tentadoras no son justamente recomendables, ya que a menudo tienen que
ver con prácticas ilegales o contrarias a principios éticos.
Tanto
Ciudad de Dios como Amores Perros y El Bonaerense
ofrecen muestras en este sentido.
VERDAD-CONSECUENCIA
Es
importante recordar aquí también que Latinoamérica en general -y estos
tres países (México, Brasil y Argentina) en particular- fue durante los
noventa el principal banco de pruebas de las políticas conocidas como
las del «consenso de Washington», con el Banco Mundial y el
Fondo Monetario Internacional como impulsores. Y una larga década de neoliberalismo
puro y duro dejó, cómo no, enormes consecuencias. Consecuencias
muy negativas no sólo en lo socioeconómico y lo político, sino
también en el plano cultural.
Por
muy en desacuerdo que se esté con el sistema que rige el mundo,
tampoco se le puede atribuir a éste la responsabilidad de todos
los males. Existe toda una serie de condicionantes (económicos, culturales,
históricos...) que han contribuido a que los países latinoamericanos hayan
seguidos determinados caminos. Pero lo que es innegable es que las políticas
a las que literalmente se vieron forzados a aplicar, han sido acicate
de sus interminables crisis.
La
profundización de las desigualdades, la generalización de la marginación
y la pobreza, la falta de perspectivas y las prácticas ilegales como opción
más accesible –cuando no única- que dibujan la realidad de los países
latinoamericanos, no pueden tratar de entenderse si no se los relacionan
con los programas políticos que se fueron poniendo en práctica en esas
latitudes, especialmente en las últimas décadas.
En
Amores Perros, Octavio (Gael García Bernal) vive hacinado
y viendo los días pasar. La única opción que se le presenta (al menos
la más fácil) para aspirar a salir de ese presente tedioso es mediante
las peleas clandestinas de perros, una mafia que mueve una considerable
cantidad de dinero. Ingenuo como muchos que creen tener las cosas claras,
se mete en ello «sólo por ocho peleas», lo cual, piensa, le
dará buen dinero en poco tiempo. Desde su punto de vista las cosas no
tienen por qué salir mal: conseguirá los billetes necesarios para encarar
su nuevo proyecto de vida (irse a vivir a otra ciudad) divirtiéndose y
sin hacer mal a nadie. Como si se tratara de un simple juego. Sin embargo,
rápidamente se encontrará con que las cosas no resultan así de sencillas,
y que no se puede entrar y salir de esos submundos como quien entra y
sale, como si nada, de un centro comercial.
Por
lógicas de este tipo es por las que muchos se meten en prácticas ilegales
(especialmente el narcotráfico) pensando que se involucrarán sólo
de manera puntual y momentánea. En Ciudad de Dios se aprecian
las ventajas que da el narcotráfico: autoridad sobre los demás,
(mucho) dinero fácil, estatus y respeto en el entorno y también más allá.
En
cierta manera da a quienes han sido excluidos del sistema la posibilidad
de ser alguien. Asimismo, se advierte lo difícil y hasta poco conveniente
que resulta la idea de abandonar ese estilo de vida para aquéllos
que están inmersos en ella.
También
se ve que no todos en las favelas siguen la opción del narcotráfico
y la delincuencia. Hay gente que se resiste a ello y persigue ideales
más nobles, como el narrador de la película, que tiene como meta convertirse
en reportero gráfico del principal periódico de Río de Janeiro, lo cual
le da un aire de personaje quijotesco que desafía a los molinos de viento
de la favela. Sí, las buenas causas y los objetivos nobles demandan
mucha fuerza, convicción y paciencia para perseguir algo que nunca se
sabe si se llegará a conseguir.
Lo
que ocurre en El bonaerense no es menos inquietante. Mendoza,
el personaje central, es un simple cerrajero que trata de ganarse la vida
en un pequeño pueblo del interior de la Argentina. Sin darse cuenta, impulsado
por su patrón y mentor en eso de la cerrajería, participa de un robo.
Sabiendo
que estuvo implicado, la policía local lo detiene. Pero también saben
que el chico fue engañado y que los verdaderos culpables del delito son
los que se fugaron con todo el botín. Además, el chico tiene trato con
la Policía, por lo que deciden hacer la vista gorda y dejarlo en libertad.
Pero el chico no puede quedarse en el pueblo y pasear libremente su impunidad
por las calles ante los ojos de todos. ¿La solución?: su tío, un ex comisario,
lo envía a Buenos Aires para que ingrese nada menos que en la Bonaerense,
la policía provincial. La intención es, de paso, que el chico encuentre
algo en qué ocuparse y se aleje de las tentaciones de salir a robar. Esto
no deja de ser una idea un tanto temeraria y paradójica, si se tiene en
cuenta que el pasar por la Bonaerense ha sido para muchos la puerta de
entrada al mundo de las bandas criminales.
Lo
de policías corruptos y más malos que los delincuentes a secas podrá sonar
a cliché. Pero en este caso se trata de clichés verdaderos. Para situar
al lector basta señalar que hablar de la Bonaerense en Argentina
es como hablar de la Cossa Nostra. Desarmaderos clandestinos
de automóviles, sofisticadas bandas de secuestradores, traficantes de
armas y de drogas han estado comandadas por altos cargo de la Bonaerense,
a la mayoría de los cuales se les descubrieron propiedades y cuentas millonarias
imposibles de justificar con sus sueldos. De hecho, a mediados de marzo
de este año fue frustrado un intento de robo a un camión de caudales.
El grupo de asaltantes estaba liderado por un comisario de la Bonaerense
que se dedicaba a ese tipo de «trabajos extras» en sus días
de franco.
Por
eso, cuando en la película el comisario que tiene que decidir si acepta
a Mendoza como nuevo miembro de la fuerza, le pregunta, casi que lo increpa,
varias veces diciéndole «¿Vos sabés donde te metés», y lo
remata con un compasivo «Bienvenido a la Bonaerense», la escena
significa mucho más que esas palabras; está cargada de significados y
de verosimilitud.
Lo
mismo ocurre con los muchos entresijos y muestras de corrupción de alto
nivel, corruptela menor, precariedad e incompetencia que se suceden en
el día a día de las comisarías del conurbano bonaerense. En ningún
momento se aclara el lugar específico del conurbano en el que tiene
lugar la historia. No hace falta, puede ocurrir en cualquier punto. Ocurre
en cualquier punto.
Vale
destacar la pericia del director Pablo Trapero, quien evita subrayar en
exceso las situaciones que narra, y tampoco baja línea llenando
de moralina fácil los diálogos de sus personajes. De hecho,
hay muy poco diálogo en la película; la gran virtud es la subjetividad
de la cámara que hace que el espectador, sin necesidad de soportar aspavientos,
se sienta como un testigo directo del funcionamiento de una fuerza que,
en teoría, tiene la función de velar por la seguridad pública.
Ninguna
de las películas reseñadas en este artículo tiene como objetivo central
hablar de las ciudades. Al menos no buscan teorizar sobre lo urbano y
cosas así. Pero está claro que Buenos Aires, México DF y Río de Janeiro
son el elemento que amalgama las historias narradas y que las hace posible.
Y aunque las miradas que ofrecen de esas urbes son fragmentadas y parciales,
sirven para tomar una aproximación generalista, a la vez que detallada,
sobre unas realidades concretas, a las megaciudades latinoamericanas y
a sus rasgos más prominentes.
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