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La
Illacta Picchu, la ilusión de un secreto
Por
Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es
Fueron
cuatro días de caminata. Atravesamos montañas tratando de emular el recorrido
que alguna vez los Incas habían hecho: el turismo tiene ese tremendo poder
de despertar en los viajantes la ilusión de ser portagonista de la historia.
Una
inestable camioneta nos transportó a lo largo de una hora hasta
el punto inicial del camino. Éramos ocho, entre mujeres y hombres.
También venía otro grupo, éste sí, con guía turístico incluído.
Descendimos
del vehículo al pie de un río, que nos acompañaría por tramos hasta nuestro
objetivo; corriendo embravecido a un costado -a veces más abajo, a veces
más arriba- fiel al capricho de las montañas.
Nos
alistamos. Habíamos alquilado tiendas de campaña e impermeables, porque
el clima, allí, es fluctuante como el devenir mismo. Las mochilas no debían
ser pesadas: se trataba de un camino de cuestas pronunciadas. Además,
la altura sobre el nivel del mar hace que uno sienta dos veces su propio
peso, pero con las mismas fuerzas de siempre. Recomiendan nada de alcohol,
nada de drogas; si se quiere, sí, hojas de coca, para contrarrestar el
apunamiento, que le dicen: malestar, pesadez, vómitos, mareos.
Comenzamos
a andar. Como hormigas, circulamos por un sendero que alguna vez había
sido inhóspito; al menos al resto del mundo que no tuviera que ver con
los Inca de esa parte del Perú, de Cuzco y alrededores.
Ahora
todo es conocido, todo se sabe, sólo basta con querer informarse y conseguir
las imágenes, las descripciones turísticas y pagar el precio de la aventura.
El descubrimiento, hoy, tiene mucho de autoengaño: «Voy a descubrir
el camino del Inca», ese mismo que los medios reprodujeron mil veces
en la tele y al que los turistas europeos acuden a raudales para conocer
otras formas de vida; para sentir cómo vivían hace siglos
por esos exhóticos lares; para desconectarse de la civilización
occidental y las apabullantes consecuencias del progreso; «para
aprovechar los seis meses de vacaciones antes de comenzar a trabajar en
el puesto para el que ya me contrataron al salir de la universidad»,
me dijo un francés que alucinaba con tanta belleza.
La
travesía del Picchu es explotada hoy por el mercado. Algo no muy diferente
a lo que sucede con el resto de los patrimonios históricos en todo el
mundo a donde la industri del turismo pueda llegar.
Uno
debe cuidarse de no atropellar a los demás aventureros, porque
a medida que avanza hay gente que va a paso de tortuga, otra que descansa
a cada trecho y otra que amaga (inútilmente) con abandonar.
Son
cuatro días de caminata por un verdor intenso que acompaña a una morfología
variable. Difícil de retener por su abundancia y extravagancia. Montañas
imponentes que se aparecen de pronto al alcanzar una loma y que
hacen de todo aquello algo infinito y paradisíaco.
Las
nubes, a veces invitándote a saltar sobre ellas, configuran uno más de
los posibles paisajes extraordinarios que alientan aún más
la necesidad de conservar esos momentos. Y entonces la técnica se pone
al servicio de la memoria. Clic por aquí, clic por allá, y uno va haciéndose
a la idea de que los testimonios fotográficos servirán para justificar
la propia vida, cuando hurguemos en el pasado para ver qué hicimos cuando
éramos.
Son
días de gran esfuerzo físico. Algunos sufren desde el primer día, porque
el camino no es fácil, y el clima no ayuda. Eso, sin embargo, colabora
a sentir que la aventura es más real. Y lo mejor es no traer a colación
referencias que nos indiquen que la exploración es tan artificial como
el peaje que dos uniformados -ubicados por el gobierno- exhigen en un
puesto sobre el final del viaje. Tan artificial como el hecho mismo de
arribar al inicio en un vehículo motorizado hasta un puente que, al cruzárlo
-como si se tratara de un espejo mágico- transporta a los viajeros a otra
dimensión: el inicio de la travesía. Finalmente, tan artificial
como como los rudimentarios puestos de venta de bebidas y comida empaquetada
que algunos lugareños -aislados en el centro de la montaña- atienden por
la ventanita del frente de sus casas.
Durate
las cuatro jornadas de caminata me adelanté al resto, por lo que generalmente
viajaba solo. La naturaleza era imponente y me despegaba obligadamente
de mi universo simbólico ordinario. Así, me mantenía absorto
tratando de digerirme a mí mismo: problemas, sueños, necesidades. Un escape.
Mentalmente
se sugieren formas futuras en que ese momento trascenderá: ¡Las cosas
que tengo para contar! (¿Se podrá transmitir tanta belleza en palabras
o en imágenes? ¿Tiene algún sentido?).
De
noche nos juntábamos en los puntos de asentada. Allí todos, grupos con
guías concertados -que explicaban cada tramo como si se tratara de un
manual viviente, de una clase práctica- o independientes -pero igualmente
presos de la inevitable ilusión mercantil del explorar-, desplegábamos
las tiendas de campaña. Cenábamos, reíamos, y descansábamos pensando en
el itinerario del día siguiente.
Se
sabía qué día era el más difícil, las características del camino, los
tiempos que teníamos que manejar, los riesgos que debíamos evitar. Sabíamos
que en la cuarta jornada arribaríamos al alguna vez grandilocuente
Machu Pichu -las ruinas de una ciudad inca, ahora mil veces diseccionada
por la explotación turística- y el ritual habría terminado.
Sabíamos
el final del viaje, sabíamos el final de la aventura. Nada era incierto,
salvo los pequeños momentos, los más íntimos, los ligados a la forma de
vivir las cosas y de darles sentido en el fuero interno.
El
escenario de la naturaleza y la ilusión del viaje indeterminado, libre
de guías, nos brindaba la posibilidad de sentirnos únicos exploradores
en tierras vírgenes.
Pero,
aunque queríamos creerlo así -y mayormente lo conseguíamos (como, probablemente,
a lo largo de nuestra vida)-, en nada había realmente secreto.
La
era de la información habría desterrado de cualquier tipo de enigma la
distancia. Todo estaba por confirmarse con la propia experiencia
(quizá esto último, en el fondo, es un aliciente de que la información
no ha logrado matar todo encanto a la vida).
Confirmaríamos
algo que incluso en mi caso había estado planeando desde hacía un año
y medio: averiguando precios de desplazamiento y alojamiento; itinerarios
posibles; etcétera.
El
contrarrelato de la recreación artificial de la aventura es la propia
historia, con sus verdades inescrutables.
La
Illacta (ciudad) del Picchu, contra lo que se imagina ahora, un
lugar de convergencia de turistas internacionales, fue, durante el corto
pero poderoso imperio Inca (alrededor de 90 años), un «genuino
secreto militar», según el historiador Waldermar Spinoza Soriano.
Picchu,
verdadero nombre de esta Illacta, fue redescubierta en 1911 por Hiram
Bingham, quien la rebautizó con el nombre de Machupicchu.
Su
recóndita ubicación, a la que se llegaba (en su momento) por confidenciales
caminos que sólo un grupo determinado de incacunas conocía, y sobre
todo el hecho de que los cronistas españoles no la mencionaran, hace pensar
que los colonizadores europeos no supieron de su existencia.
De
hecho, a diferencia del resto de las Illactas Incas que se encontraban
en vías troncales del imperio (como el propio Cuzco) con el fin de ejercer
un control económico, político y militar del resto de las tribus, Picchu
estaba remota.
Durante
la invasión española fueron escondidas allí las acllas (voz quechua
que significa muchacha escogida o seleccionada) del
Cuzco. Las acllas eran mujeres a las que se concentraba en edificios
para «entrenarlas y tecnificarlas en manufactura que beneficiara
al Estado». Como prueba se indica que los esqueletos exhumados en
Picchu fueron más de mujeres que de hombres.
Picchu
cumplió el papel de ser un escondite, un secreto imperial. Ahora todos
queríamos revivirlo, sentir que también eramos parte de la impredecibilidad
histórica.
Recorreríamos
un par de horas las ruinas intentando imaginar cómo se había erigido en
el pasado una ciudad hecha para durar (quizá antípoda de las ciudades
actuales) a lo largo de los siglos. Luego bajaríamos a Aguas Calientes,
un pequeño poblado a la vera del Machupicchu, para buscar albergue, tomar
un baño y arroparnos. La aventura habría finalizado. La ilusión se habría
cumplido una vez más.
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