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Invitación
al viaje
Por
Valeria Iglesias
viglesias@datafull.com
Salí
de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba,
sin saber cuándo vendría.
Llegué
hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que
la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto
de legua arriba.
Entreverada
entre sus palos, se manea la porción de agua del río que
entre ellas recae.
Con
su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía,
con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto.
El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que
él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua
quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó
entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él,
por irse y no, y ahí estábamos.
Ahí
estábamos, por irnos y no.
Siempre
se ha puesto la lupa sobre los resultados de los viajes: ese cúmulo
de sensaciones y descubrimientos que irremediablemente nos cambian. Todo
viaje externo supone un viaje interno en el que uno, fuera del contexto
habitual, se descubre otro.
Ahora
bien, rara vez nos paramos a pensar en los cambios previos a una partida,
aquellas mutaciones necesarias que propiciarán tanto el arrojo
hacia otros mundos, como el deseo de atravesar sustancias diferentes para
recibir ese bautismo regenerador. El mono tuvo que convertirse en cadáver
para aceptar la invitación. Aun así, deberá dejarse
mecer por los brazos del río y los palos del muelle antes de encontrar
para qué, por dónde y cuándo viajar.
Entonces,
quizás, lo que vemos como resultado es algo que empezó a
gestarse mucho antes de reparar siquiera en nuestras intenciones. Cuando
finalmente salimos del cascarón dispuestos a explorar el mundo,
ya no somos un mono que teme al agua, sino que hemos acumulado una energía
capaz de consumir la vida de este simio en un instante.
La
muerte en esta imagen no tiene necesariamente una connotación negativa.
La descomposición que le sigue podría traducirse en signo
de ebullición vital. Todo depende de cómo empleemos esa
fuerza.
Como
sea, una vez que hemos salido de casa, el que regresa del viaje no es
nunca uno mismo, pues no ha sido uno mismo el que ha partido. Mucho antes
de habernos hecho a las aguas, empezamos con nuestro proceso interior
y todo lo que éramos cambió de sitio haciendo que la explosión
del deseo matara al mono hidrófobo.
El
texto del principio está tomado de Zama, Antonio Di Benedetto
Alianza Bolsillo, 1990
ISBN: 950-40-007-X
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