CULTURA MUSICAL
(Multiculturalismo contra Cultura)
Por Javier Sanmartín
La Cultura ha venido pisando fuerte desde que, hace
ahora ocho o nueve mil años, allá en la Mesopotamia, a un
grupo de antepasados nuestros les diera por contar sus reba-ños
de vacas con palitos de arcilla. Se gestaba el inicio de la escritura
como proceso de abstrac-ción sumo, de vuelta de la conciencia sobre
uno mismo, de ideación y construcción de la Realidad. Ocho
o nueve mil años, casi nada si se hace caso de los prehistoriadores,
que se ven obligados a reconocer que gente hablando anda por ahí
desde hace por lo menos qui-nientos mil años.
Pero con qué torpeza ha debido ir avanzando la larva de la Cultura
a tra-vés de los tiempos de la Historia, reculando, gimiendo, retorciéndose
bajo la mirada despreo-cupada de otras criaturas otrora más poderosas:
religiones insaciables, opulentos reina-dos de ególatras analfabetos,
ambos promoviendo entre sí guerras, plagas y pestes diezmadoras
de tantos futuros súbditos y clientes echados a perder. Qué
pacien-cia, siempre dispuesta a ofrecer sus servicios al lado de su hermana,
la Ciencia; y qué larga espera, la de ella, tan moderna, tan higiénica,
tan culta.
Hasta que por fin sobrevino su esplendor, llegando al punto de que cualquier
cosa que se haga no existe si no se hace en su nombre. Tal ha sido el
peso de su éxito. Ha costado muchos siglos, muchos golpes, mucha
sangre, para que se cayese en la cuenta de que la más perfecta
forma de dominación es aquella en que el dominado accede a serlo
por propia voluntad. Era tan fácil. En vez de tantos autos de fe,
verdugos implacables, amedrentadoras leyes, tan sólo había
que fabricar esa voluntad personal, en virtud de la cual quedase obsoleta
la orden reconocible, siempre expuesta a su incumplimiento. Y la Cultura
emergió y dijo: dadme un siglo de desarrollo nada más, y
yo haré que cada cual, sa-biendo lo que quiere, no quiera más
que lo que está mandado que se quiera.
Y parece haberlo cumplido. En esta ciénaga borboteante de Cultura
invasora an-damos en nuestros preciosos y digitales tiempos zambullidos.
Desde lo Alto se le ha dado libre albedrío, como reina que es,
y ya ningún otro Ministerio del Orden puede acer-cársele
ni de lejos: ni el Ejército, ni la Justicia, ni la Policía,
ni todos juntos. En un país desarrollado nada puede compararse
con el dispendio cultural, con el gasto desco-munal que se invierte sólo
entre Educación y Cultura.
La Cultura es hoy día el arma por excelencia del Poder. Nadie puede
escapar a esa evidencia. Todos precisan de ella para hacerse un puesto
en el Sistema. Su materia prima es la gente. Ella forma voluntades, deseos,
necesidades, gustos, opiniones personales a destajo, en cadena, a través
de pantallas televisivas de formación indiscriminada en todos los
hogares (al es-tilo en que los nazis hacían sus expe-rimentos con
lavados de cerebros, aplicando a las víctimas durante intervalos
regulares diarios monitores con emisión de rayos X). Tales pantallas
pasan ahora por ser la base primordial del entretenimiento y modernos
centros de reunión. De ese modo se formatea, se mima, se inicializa,
habitúa, inserta, normaliza y recupera para el tinglado cultural
dominante a la población.
Vivimos en la dinámica del tragárselo todo, del estar informados
a cada minuto, del consumo acelerado de basura (porque nada bueno puede
producirse a tanta veloci-dad). Ahora somos todos buenos chicos, nos han
educado para ello, para que creamos que eso que nos venden, imponen, recomiendan,
suministran como tentaciones para nuestros ojos en incesante oscilación,
puede ser algo placentero, útil, después de haber pa-sado,
sin envene-narse, por la operación del tráfico comercial
y su propaganda.
¿Qué mencionar a tenor de lo dicho acerca del título
del presente artículo? Cul-tura musical debería sonar, no
a hueco, sino a lleno en este caso, para que no sonase a nada. O en todo
caso que sonase a lo que es, a sustituto, a cambiazo, a dinero, ruido
o murga de auri-cular en trayecto de metro al tajo.
La música, cuentan que aquel juego maravilloso de la voz, (más
tarde de tubos so-noros perforados para cambiar los sonidos, de cuerdas
dispuestas en variados soportes de resonancia); aquel juego con los grados
de la melodía y el ritmo de las sílabas, acompañado
a ratos del pulso de los tambores y la danza, como un milagro para hacer
más llevadero el peso de la vida, para celebrarla a veces y aun
otras olvidarse de ella. La música... ¿qué era eso?
Pero todos sabemos, sin embargo, lo que es ahora de ello. Se nos ha informado
bien, lo palpamos a diario. Cualquiera se precia de tener una estimada
dosis de cul-tura musical, de saber el contenido de lo último en
discos digitales (donde ninguna canción se atreve ya a rebasar
los tres minutos de duración); saber sus importes en los grandes
almacenes (regalar un CD musical se ha convertido en una práctica
muy habitual para salir del paso); saber quiénes son los divos
y divas que viven de ellos, cómo visten, cómo cacarean;
estar al tanto de por dónde anda de gira el viejo ídolo;
conocer el estilo al que adscribirse porque hay que ser como todos pero
un poquito diferente; acudir al próximo conciertazo en el superestadio;
es-grimir cuando toque alguna opinión acerca del candelero musical,
los derechos de autor, las lastimadas multinacionales... y así
la lista amenazaría con no acabar nunca.
No veo solución a tan desigual desastre. La Cultura terminará,
por vía de asi-milación, una y otra vez con cualquier asomo
de ocurrencia viva que venga de la gente, de sus bocas cantoras, de sus
dedos tañedores. Pero nada nos cuesta apercibirnos del hecho y
ver cómo es que pasa lo que pasa, por qué este aburrimiento
debajo de la pesada maquinaria cultural.
Lo cierto es que son pocos ya los ingenios y muchas las repeticiones de
lo que ya está hecho, de lo que no sirve más que para venderse
y vender el alma de quien lo hace. Uno se encuentra sin remisión
ante esa tesitura, a pesar de todo. Somos ya de ante-mano sumisos, productos
televisables, hipervínculos económicos. No queda, pues,
más que permanecer al tanto, desde nuestra particular locura, de
la siempre posible brecha (estar vendidos no significa estar del todo
muertos), para hacer algo distinto, para con-templar en otros ese milagro
antes de que vengan y le pongan nombre y abundante celo-fán. Y
si ya no puede ser hacer nada en este mundo sin que caiga dentro de la
misma red, por lo menos estar abiertos a la aparición de múltiples,
escurridizas, disolutivas miniculturas.
Yavison@hotmail.com
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