Entrevista a leonardo martínez
por Rubén A. Arribas y José Emilio Tallarico
Buenos Aires, 12/12/03
(T) José Emilio Tallarico
(R) Rubén A. Arribas
(T) ¿Para quién escribes? ¿Qué esperas
de lo que escribes?
A mí me encanta que lo que yo hago tenga un eco, que llegue a
alguien. Decía Wallace Stevens que miente quien dice que escribe
para otros, pues siempre se escribe para uno mismo. Creo que escribo para
comunicarme, para llegar hasta los otros, para tocar a los otros.
Cierto es que escribo también para mí. Yo estoy dentro de
los otros, yo soy el otro; soy también el primer lector, pero quiero
tocar el corazón del otro y que sea mi corazón el
que esté latiendo ahí. No sé si me doy a entender...
Me encanta que lo que yo hago tenga, no difusión, no éxito
mediático ni ese tipo de cosas, sino que podamos estar acá,
leer un poema y que éste produzca una cierta emoción, una
conmoción.
(R) ¿Tocar al otro es una suerte de pequeña rebelión
frente a lo que nos rodea? Grandes cosas quizás no podemos hacer,
pero pequeñas sí, ¿te parece?
Sí; pero también es el instinto de capturar algo, de agarrar
algo, como para decir que pongo el pie aquí y voy más allá.
Es el apetito, para mí, de trascendencia.
(T) ¿La poesía es siempre un buscarse, un ahondar en
uno mismo?
Sí. Y seguir buscándose porque, en realidad, lo que vemos
es una pequeña faceta. La mirada se posa sobre un pequeño
ángulo, y no en la totalidad. Uno siempre está hambriento
de eso, de ahondar en uno mismo.
(T) Recuerdo que escuché a una escritora nuestra decir que
la poesía, o el ejercicio de la escritura a través del poema,
nubla la realidad, en contraposición a aquella famosa idea de que
la poesía revela, por tanto ilumina y por ello da un mayor conocimiento.
Vos, ¿hacia dónde apuntarías: hacia el poema que
nubla la realidad, que la difumina, o hacia aquella que la pone, artísticamente,
frente a uno?
Pienso que la poesía es revelación. Es revelación,
es develación, es mostración. No creo que la poesía
nuble y vele las cosas, no; creo que escarba y va bien hondo.
(T) Lo que pasa es que hay muchas variantes dentro del poema: el oído,
la frase, la rima interna o una cierta melodía esta palabra
queda mejor que esta otra: ¿sacrifico el sentido y disfruta mi
oído?. ¿Quizás se refería ella a esto?
Fijate vos, tocamos un punto importantísimo. En un poema aparecen
muchos imponderables que uno no maneja muy bien. Cuando uno escribe el
poema se da cuenta de que hay una serie de fallas, de problemas, de ritmos
no logrados, de palabras mal utilizadas, de rimas gratuitas... Luego,
uno comienza a pulir el poema. Es indudable que son factores que no pueden
ser tratados aisladamente. La sonoridad de una palabra intensidad,
timbre, la concatenación de las palabras, la frase en sí
y el sentido de esa palabra dan el tempo al poema. Muchas veces lo que
el autor quiere decir, como en la música, está en ese juego
de intensidades, de luces y de sombras, de acelerandos y retardandos,
acentos, ritmos... ¿Qué quiso decir el tipo? Quizás,
conceptualmente nada, emocionalmente mucho a través de ese juego
de la estimulación física del oído. Muchas veces
lograr esto no es un trabajo consciente, es el resultado de un proceso
extraño.
(R) ¿Una interiorización de un hábito musical?
Sí. El otro día leí un reportaje a Arturo Carrera,
donde éste proponía una cosa muy interesante, pero no sé
hasta qué punto posible. Él proponía hacer poesía
de acuerdo a ciertas estructuras rítmicas libres que interesan
a Oliver Messiaen, compositor francés contemporáneo. Oliver
Messiaen inspira sus composiciones en el canto de los pájaros en
la naturaleza. De acuerdo a ese canto de los pájaros que él
decodifica, arma sus estructuras rítmicas. Y, un poco, eso es lo
que propone Carrera en la poesía.
(T) Pero ¿la naturaleza no te parece un poco monótona?
No, si vos, solo, te ponés a oír en el bosque... Son muchos
pájaros, ¿no? Se produce una yuxtaposición de muchos
sonidos en un momento. Ni siquiera un solo pájaro es monótono.
Un solo pájaro te permite una sola fórmula, que repite;
salvo la calandria, que inventa muchas cosas e imita a otros pájaros,
según me dijo Ivonne Bordelois. Para mí, hay un elemento
fundamental: el contraste. El contraste está dado por las intensidades:
una parte fuerte tiene que ser compensada por una parte suave, débil;
de igual manera los contrastes en el movimiento: un movimiento rápido
debe ser compensado por uno lento. Un poema debe tener esas cosas, esos
contrastes; como en la pintura. Le reprocha Carrera a la poesía
clásica, por ejemplo, la uniformidad en el ritmo; sin embargo,
ésta tiene una gran riqueza de imágenes, de colores, de
contrastes, de tempo. En realidad todo esto, si bien uno ha leído
mucho, ha frecuentado muchos textos, uno lo elabora a través de
la experiencia. Es fundamental escribir, y pensar después sobre
lo que uno escribe. Para mí, toda estética es a
posteriori, no a priori. Está esa pulsión
creadora, esa pulsión que te lleva a sentarte y escribir. Muchas
veces, quizás, necesites un estímulo muy pequeño,
infeliz, y lo que escribes, tras esa provocación, sea una cosa
muy infausta al comienzo. Pero después, es como si se aclarara
y apareciera el poema. Aparece el poema, uno lo trabaja y lo pule hasta
que éste está terminado. Toda preceptiva es castradora si
uno escribe ciñéndose a ella. En todo caso, es una posibilidad,
una indicación, un meterse dentro de la experiencia de otros.
(R) ¿Cómo relacionas la lengua que se habla en España
con la que se habla en Latinoamérica?
Para mí la tradición de la lengua es importantísima.
El otro día leía un artículo de Fernando Savater
en Clarín sobre la maravilla que fue para ellos, jovencitos,
encontrar las voces latinoamericanas: Vargas Llosa, Alejo Carpentier...
Las letras españolas estaba muy sofocadas por el franquismo, y
la visión del mundo, de este mundo, de nuestro mundo, una visión
tan sensual, tan abierta, tan primordial, fue reveladora para ellos. Esas
novelas de Vargas Llosa como La ciudad de los perros, La casa
verde, o Cien años de soledad de García Márquez
llegaban a España y se convertían en trabajos curiosos.
Lo mismo dijo Antonio Gamoneda para mí el poeta español
vivo más grande muy sintéticamente cuando estuvo en
Buenos Aires. Él vino hace tres años, en noviembre, dio
varias charlas sobre su obra y leyó sus versos. Lo primero que
dijo en una de las charlas fue: «He venido a América, al
laboratorio de la lengua.» Es decir, significaba que había
venido al lugar donde se revolucionó la lengua española,
al lugar de Rubén Darío y César Vallejo, que son
los poetas de la nueva expresión.
(T) Tu encuentro con la poesía fue tardío, pues la primera
publicación se dio a edad madura. ¿Por qué tardaste
tanto en publicar si, desde muy joven, ya eras un gran lector de poesía?
Aunque estuve cerca de la poesía, leyendo y frecuentando muchos
textos, en realidad yo me sentía muy identificado con mi trabajo
de músico. Cuando, por razones que son largas de explicar, dejé
a un lado la música, la poesía surgió con fuerza
y comencé a fijarme con más atención en las cosas
que estaba escribiendo; y comencé a trabajar los poemas de una
manera más consciente. Entonces reuní algunos poemas en
un libro y tuve la suerte, todavía viviendo en provincias, de que
Ana Emilia Lahitte fuera a Catamarca, le gustaran mucho mis trabajos y
me propusiera publicarlos. Eso fue en el año 88. En los primeros
meses del 89 apareció mi primer libro.
(T) ¿Considerás que fueron importantes los estudios
de música para la construcción de tus poemas? Vi que usás
con frecuencia reiteraciones de versos en algunos poemas y que éstas
parecen obrar a modo de estribillo o movimientos que se alternan a pares
dentro de una misma canción. El ejemplo más evidente lo
encontré en el poema Encantamiento, del libro Asuntos
de familia.
En todos los poetas la referencia musical es de rigor, pues música
y poesía son tan parientes, tan cercanas, están tan unidas
por una serie de principios comunes, que no podemos dejar de pensar que
son como madre e hija, o hermanas. No elaboro un poema pensando en una
forma musical. Quizás el tema o la idea del poema genere la forma
musical. Ese poema que vos citás, sí, está compuesto
en la forma tradicional del lied alemán. En Rápido
pasaje hay un poema, Viajando a la noche, que está compuesto,
en cierta medida, como un movimiento sinfónico. Con esto no quiero
parecer pretencioso; tan sólo quiero significar que mis conocimientos
musicales son un recurso más y que fueron apareciendo sin que yo
me propusiera hacerlo.
(R) Tus poemas, a diferencia de los de otros, cuentan cosas. ¿Consideras
que tus poemas son, en efecto, narrativos en tanto en cuanto se
acercan a lo cotidiano y personal y se alejan de lo abstracto (no hay
apenas referencias, por ejemplo, al drama existencial que parecen
tener algunos con la palabra, el cómo se escribe o se desescribe
un poema, si el poema lo escribe uno o se lo escriben más allá,
etc.?
Indudablemente yo cuento cosas en casi todos mis poemas. Quizás
tenga ahora otros poemas donde no cuento cosas, y tengan cierta conceptualidad
que en otros no aparece... Pero creo que, así cuente cosas yo,
estoy metiéndome siempre en el terreno tan riesgoso y tan necesario
que es el de la búsqueda metafísica, el de la búsqueda
de razones, de motivos, de causas que uno necesariamente frecuenta. Si
cuento algo, cuento algo en referencia a un punto que puede ser la muerte,
el amor, o una condición social de opresión, o una exuberancia
de sensualidad y de canto a la vida. No puedo escribir una novela porque
no tengo paciencia para escribirla; la poesía me da la posibilidad
de la síntesis. En los poemas míos aparecen personajes:
mujeres, padres, madres, tías, hermanas que nunca tuve
y hermanos que tampoco tuve, y ahí aparece la fabulación.
Es una fabulación que tiene una raíz de autenticidad, porque
están fundadas en cosas de la infancia, donde yo no distinguía
muy bien qué era ser hermano de qué era ser amigo, o donde
vos encontrás esas muchas madres, abuelas, o hermanas. Cuando vos
sos chiquito hay un mundo donde toda preceptiva que te encasilla, religiosa
o cívica, no existe. Ese paraje de libertad me apasiona, y escribo
desde ahí... no desde la infancia como el momento de la pureza,
sino como el momento de abrirse a la vida, donde el sexo está,
donde está la pulsión amorosa, donde está la sensualidad
plena y el chico es una especie de piojito que se mete en todos lados.
(T) ¿El poeta es testigo de cuanto pasa, antena sensible de
su tiempo? ¿O, por el contrario, actúa y transforma este
mundo mientas lo nombra? Noto en tu voz cierto eclipse del yo,
una actitud de no tocar, de no intervenir en los fenómenos
que se poetizan. Muchos relatos provienen de la infancia; pero, justamente,
no hay una travesura terrible, un verdadero desastre cometido y relatado
por quien poetiza. Quizás esté relacionado con el uso frecuente
de la segunda persona del plural («comimos», «morimos»,
«somos », etc.), hecho éste que resta protagonismo
a la voz del poeta y la relega voluntariamente a un segundo plano («Corazón
metido en la montaña / mirada perdida de alguien / de un no yo
/ de otro», de la serie Habla el héroe, en Rápido
pasaje).
En realidad es las dos cosas. En cierta medida el poeta juega con lo
terrible, con lo innominado. El poeta inaugura la palabra, da nombre a
lo innominado, llamémosle a una nueva visión del mundo,
muy chiquita, propia, individual, muy personal. El poeta es como si comenzara
entonces a nombrar originalmente las cosas. Lo pienso así al poeta.
Uno no puede escapar a la época. Como diría nuestro amigo
Joaquín Giannuzzi: las condiciones de la época te clavan
en un lugar. Por otro lado, el poeta es un tipo que está de manera
permanente en un ritual de la renovación.
(R) No hay signos de puntuación (coma, punto, punto y coma
y dos puntos) en tus poemas. Asimismo, recurres al manejo de la sangría
o espacios en blanco, bien para introducir una segunda voz en el poema
(Mundo amado o Señora de El Yuyal), bien para afrontar
una enumeración (Poema de las estaciones), bien con otros
fines quizás no tan evidentes para el lector (El recuerdo
o Voz de ceniza). ¿Cómo manejas este tipo de recursos
gráficos a la hora de escribir y cómo crees que afectan
(o los interpreta el lector) cuando lee en voz alta tus poemas?
Escribo así por una necesidad de no ceñirme a un discurso
que me invalide cierta forma de expresión. Trabajo con los períodos
los versos escandiéndolos para que cada uno
tenga un valor de proposición, es decir, de imagen, de concepto,
de analogía, de metáfora. Esto es, que cada verso tenga
valor por sí mismo. Escandir sería un producto
de mi voluntad de ceñir cada verso a un propósito, a una
propuesta. Eso te facilita también un poco la lectura. Hay quienes
me critican la ausencia de signos de puntuación y les molesta;
sin embargo, yo lo encuentro más conveniente para mi manera de
escribir, eso sí, respetando las mayúsculas como inicio
de otro período. Es un cosa sencilla, muy simple; no tiene mucha
historia. Otros usan esa necesidad de libertad en la expresión
para escribir en minúsculas, cosa que a veces me dificulta la lectura.
(R) Tus poemarios dan idea de libro como unidad total, esto es, que
el poemario es también una composición donde cada poema
ocupa su lugar y actúa como bisagra respecto de los otros, a fin
de aclarar lo ya dicho o adelantar parte de lo que vendrá. ¿Cómo
trabajas con tus textos hasta armar el poemario? ¿Unos llaman a
otros? ¿Escribes y escribes y luego los agrupas en series? ¿Cuánto
tiempo te ocupa este otro período compositivo dentro de la génesis
del libro?
La unidad es importantísima en un libro: la unidad de tono, la
unidad de voz, no tanto la unidad de tema; los temas pueden ser variados.
El tono, la voz y la intención generan esa posible concatenación,
esa posible unidad del libro. Quizás cada libro mío esté
hecho en base a un momento muy especial en mi vida. Esa unidad está
dada por un recurso surgido de la memoria, que va desgranando momentos,
cosas vividas, determinados períodos. Eso le da cierto tiempo y
cierta atmósfera a lo que está sucediendo mientras yo escribo
mis cosas. Por supuesto, hay muchos textos que descarto; si bien están
escritos en el mismo tiempo, todos estos poemas son siempre, sin embargo,
contemporáneos, actuales y se refieren a un tiempo determinado
no sólo de la memoria que rescata eso, sino al tiempo en que han
sido escritos. Es un hilo emocional que le da unidad, no es una propuesta
mía previa.
(T) Hay un respeto o incluso una detallada piedad con que se presentan
los seres evocados en tus poemas. Ni siquiera la mirada más agria
que echás sobre alguno de ellos lo despoja de una presencia única,
de una distinción que a veces roza lo arquetípico. ¿Qué
pensás de ello? ¿Hay una intención piadosa o agradecida
o relacionada con lo religioso en el recorte de los perfiles humanos?
Es una pregunta difícil de contestar. Soy un tipo que tiene una
profunda e indestructible fe; soy muy religioso, aunque no cristiano,
católico, etc. Soy un pagano, creo en los dones de la vida y creo
que esos dones están ahí, que los vemos, que los tratamos
y participamos de ellos. Estos dones me dan la posibilidad de poder mirar
con cierta distancia amorosa los personajes que yo trato. No creo ni en
el mal ni en el bien. Esa instancias morales no existen para mí,
en absoluto. Sí creo en el daño, en el dolor, en el sufrimiento.
Si querés llamarle a eso mal, llamale a eso mal. Creo en el goce,
en el placer. Si querés llamarle a eso bien, llamale a eso bien.
Tengo conciencia de especie animal. Yo soy un animal. Antes que hombre
soy un animal. No soy el centro del universo, no soy el centro de nada,
soy un tipo de los que andan por ahí, una cucaracha más
que pulula. Una cucaracha que tiene el sentido de la belleza, o no en
una de ésas quizás las cucarachas también lo tienen,
pero yo no tengo armas para descalificar moralmente a nadie, por eso en
mis versos no hay una descalificación moral. Puede haber una descalificación
amorosa, pero no moral.
(R) Este verso, «La infinita servidumbre de las mujeres»,
aparece al menos dos veces en la serie Las viejas diosas, en el
poemario Asuntos de familia. Te refieres a las mujeres que te criaron
(madres, tías, abuelas, madrinas, primas, sobrinas, novias, etc.)
como tus «viejas diosas». ¿Por qué esa importancia
de las mujeres en tu infancia?
En cierta medida, la mujer siempre fue una especie de veladora universal,
la generatriz. Así lo he sentido yo: la persona que te rodea de
muchas cosas esenciales: calor, una caricia... El hombre siempre estaba
allá, el hombre estaba lejos. Eran dioses abolidos. En cambio,
las mujeres funcionaban como el elemento práctico, cercano, que
te daba calor, que te daba afecto, una sensación de pertenencia;
en cambio el hombre era el dios ocioso, el pavo real, al que uno podía
aspirar a ser pero no serlo. Ahí un poema en que cuento cómo
encontré a mis padres y mis tíos cuando se bañaban
desnudos; para mí era deslumbrante ver esas cosas.
(T) Lo sensorial aparece como elemento develador del recuerdo, sobre
todo en Asuntos de familia, donde la vista y el olfato son los
sentidos que más ponés en juego. Me intrigó el tema
de los olores de la infancia, recobrada a través de la escritura.
En dicho libro encontré 16 veces la relación olfato / memoria.
Marcel Proust, en su En busca del tiempo perdido alcanza la apertura
de su memoria al probar una magdalena. Vos decís: «Persiste
aún / el olor de la cocina»; en otra línea (ya hablando
de la abuela): «su aliento huele a tierra arada»; en otra:
«Los coyuyos muertos en el frescor de la noche / hedían con
un olor / que golpeaba la memoria». Este concepto lo condensás
en estas magníficas líneas: «El olor antiguo de sus
frutos maduros / su dulzor de miel salvaje / es la bellísima emboscada
/ que la memoria nos tiende». ¿Hasta qué punto valorás
este aspecto de lo sensorial en tanto vehículo de acceso o de sostén
a la memoria?
Lo sensorial tiene que ver con lo intelectual. Para mí los sentidos
es el camino que me lleva al conocimiento. El tacto, me lleva al conocimiento.
Mirar, el color, el olor... Tengo un poema acá nuevo:
Caminábamos gozosos palmo a palmo
Los senderos abiertos bifurcados
juntos escondidos en los ojos tibios
mis ojos tus ojos veían por las yemas de los dedos
estallábamos en leches y gemidos cada vez
y cada vez mi lengua cababa agonías
cada vez mi lengua fuego pétalo
cada vez mis jugos tus aguas
cada vez
Es decir, ¿ves?, para mí las yemas de los dedos son ojos.
En la noche oscura de los sentidos, las yemas, al transitar la geografía
de un cuerpo, están viendo ese cuerpo; y yo soy capaz de reconocer
ese cuerpo por el tacto. Los fenómenos sensoriales me catapultan
hacia experiencias intelectuales muy fuertes.
(R) En Asuntos de familia hay dos referencias que llaman la
atención. Por un lado, la ya comentada sobre los olores unos,
específicos: alfalfa, comino o cilantro y otros evocativos: a siesta,
tierra arada, cocina o siega; por otro lado, las referencias al
color negro: «ollas negras», «las mujeres con trapos
negros», «gasas negras», «cocinas negras»
e incluso hablas de la «perra negra» que te amamantó
y que sustituyó a tu madre, como a Rómulo y Remo. ¿Cómo
interpretas este tipo de marcas que aparecen en tus poemas? ¿Eres
conscientes de ellas?
El color negro es el color de la desgracia, del luto. Es el color de
la frustración. En el poema de la perra negra se trastoca ese color
para transformar la imagen de la perra en una imagen maternal y diabólica,
pues a través de su leche te da su fuerza, te da el vigor y te
da la sabiduría. No era muy consciente de la proliferación
del negro en mis poemas. En cuanto a la perra negra, ésta tiene
ese sentido, como te digo, demoníaco; no en cuanto a mal sino en
cuanto a fuerzas oscuras y muy mezcladas. Es como la imagen de la diosa
madre, que es blanca, roja, negra; ésta es la perra negra, la diosa
negra, lustral, jodida, sepulcral, dañina, pero a su vez creadora
y fuerte, como Deméter.
(R) ¿Qué es o qué entiendes por el patchwork
de la eternidad? ¿Por qué el anglicismo (creo que el único
que encontré en tus poemas)? (Ya el verano: «Somos retazos
en el gran patchwork de la eternidad / Sin embargo florecemos es el destino
común»)
Abjuro de ese anglicismo... Las viejas mujeres de nuestras casas juntaban
retazos, retazos y retazos de géneros y más retazos de géneros,
de corbatas, de esto, de aquello, y hacían unos cubrecamas con
unos colorinches tremendos. Entonces, es un poco como la abuela, que hacía
esos trabajos deliciosos de collage con trocitos de género,
¿me entendés?, a veces minúsculos, ínfimos...
¡Y eran unas cosas maravillosas! La eternidad es como si la abuela
estuviese percibiéndolo todo. Ése es mi punto de vista.
Aunque quizás sugiera otro tipo de cosas... como que la multiplicidad
es inmanente, ¡ponele vos!, y que no nos libramos de ella ni en
un futuro eterno, ni en un posible eternidad, ni ahora.
(R) Según la imagen que aparece en uno de tus poemas, las ratas
se alimentan del barco de la memoria y comen folios de añorados
besos. Asimismo, dices que los recuerdos son mudos y que parecen habitar
una suerte de invierno, a la espera de la primavera.
Quizás el asunto de la libertad sea una constante en mis poemas.
En mi libro El señor de Autigasta, el poema que da título
al libro habla de un español que tiene una merced real, la de Autigasta,
de 5.000 hectáreas, la hace funcionar, tiene muchos indios en su
encomienda y que un día, por una razón que se me escapa,
se escapa al monte y comienza a vivir con los indios, se pintarrajea y
hace vida de salvaje y procrea con los salvajes. Ahí está
la libertad. La libertad está al margen de la sociedad. La sociedad
es represora. Yo siempre he visto a la vida natural como el receptáculo
de la libertad.
(R) Tu poética deja constancia de la huella de la naturaleza
en tu ojo: ríos, vientos, árboles, caballos, pájaros,
inviernos, primaveras, arroyos, pastizales, hierbas, coyuyos (cigarras)...
incluso redactaste un glosario para Poemas con árboles,
donde hablas del quebracho, el yuchán, el jacarandá y otros
árboles que ahí aparecen. Esta marca de la naturaleza se
aprecia con nitidez en El señor de Autigasta, Rápidos
pasaje y Asuntos de familia, los cuales evocan tu infancia
en Catamarca (noroeste de Argentina). ¿Cambió tu poética
desde que vives en Buenos Aires? ¿La naturaleza dejó paso
a la ciudad en poemas más recientes?
No, en absoluto. Mi circunstancia sigue siendo mi país natal;
desde ahí escribo. Vivo en Buenos Aires y estoy muy contento y
feliz porque tengo aquí a mis amigos, quizás en la provincia
me sentiría un ser extrañísimo ahora. Mi país
poético es mi país natal. Quizás haya habido algún
cambio en algunos poemas más actuales... Me contaminó
mucho nuestro común amigo, de José y mío, Joaquín
Giannuzzi. Quizás tenga que ver con una ausencia de la sensualidad
habitual en mí y con una mayor presencia la conceptualidad en esos
poemas, no sé; pero lo que estoy escribiendo ahora es pura sensualidad.
(R) Juan José Hernández, en la contratapa de tu libro
El Señor de Autigasta, habla sobre la división artificiosa
y esquemática entre la literatura urbana y regional. Según
Hernández, «sólo hay literaturas regionales, y en
el caso de existir una literatura nacional, ha de estar necesariamente
integrada por un conjunto de regiones, no sólo de la pampa húmeda
y su ciudad-puerto [Buenos Aires]». Ésta es una buena oportunidad
para explicar a los lectores no argentinos qué sucede en un país
inmenso como la Argentina con la producción literaria generada
en Buenos Aires y la generada en el resto del país. ¿Consideras
que tu poesía es regional?
No quiero ponerme en pugna con nadie, porque no vale la pena. Yo vine
a Buenos Aires y encontré las puertas abiertas, sin ningún
tipo de prejuicio ni nada. Me recibieron muy bien. Fui amigo, casi de
inmediato, de los grandes poetas argentinos: Olga Orozco, Enrique Molina,
Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Joaquín Giannuzzi... Tuve esa
facilidad y nunca me sentí discriminado; pero te puedo decir que
siempre se refieren a mí como Leonardo Martínez, poeta catamarqueño.
Y los poetas porteños son poetas, ¿entendés? Nadie
dice poetas porteños, sino sólo poetas. Sin embargo: Julio
Salgado, poeta santiagueño; Leopoldo Castilla, poeta salteño.
Todos los que somos del interior tenemos nuestra referencia regional;
en cambio, los poetas de Buenos Aires son poetas, a secas. No quiero entrar
en las políticas culturales ni en las políticas en la poesía;
lo único que te puedo decir es que siempre es muy mezquina la mirada.
Aquí existía una poeta enorme, Amelia Biagioni, otro enorme
Francisco Madariaga, y tuvieron escasa repercusión. En Argentina
fuiste a la tumba, moriste y desapareciste. Si dejás de frecuentar
los círculos donde se lee y se hace poesía, no existís
más. Si no publicás un libro cada cuatro años por
lo menos, no existís más. Hay que estar en el candelero,
siempre, de la vida social de la poesía; lo cual me parece un asco.
(R) Para finalizar, recomiéndanos algunas lecturas de otros
escritores argentinos contemporáneos.
Joaquín Giannuzzi, Juan José Hernández, Rodolfo
Godino. ¿De los muertos también? Francisco de Madariaga
y Amelia Biagioni.
|