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Makbara
Por Rubén A. Arribas
Makbara, Juan Goytisolo
Editorial Mondadori, 1980
(reedición de 1995)
ISBN: 84-397-1995-7
«al principio fue el grito : alarma, angustia, espanto, dolor químicamente
puro? : prolongado, sostenido, punzante, hasta los límites de lo
tolerable : fantasma, espectro, monstruo del más acá venido?
: intrusión perturbadora en todo caso : interrupción del
ritmo urbano, del concierto armonioso de sonidos y voces de comparsas
y actores pulcramente vestidos : onírica aparición : insolente,
brutal desafío : compostura insólita, transgresora : radical
negación del orden existente : índice acusador apuntando
a la alegre y confiada ciudad eurocrataconsumista : sin necesidad de alzar
la vista, forzar la voz»
Así comienza Makbara (1980). Son muchas las lecturas que
ofrece este libro, dada la potencia evocadora del estilo de Juan Goytisolo
(Barcelona, 1931) y la trascendencia de su actitud contestataria. Cada
viaje a las páginas de Makbara amplía y redimensiona
el anterior; el libro crece a cada lectura, como un árbol cuya
raíz busca agua subterránea. El acervo cultural español,
con su transterrado idealista Don Quijote y su mordaz y sensual
Arcipreste de Hita, son objeto del asalto. Según el autor, este
libro funciona como bisagra entre la etapa inicial destructiva
y la actual constructiva.
Dos son los temas principales: la adaptación contemporánea
del trágico amor entre Eloísa y Abelardo (Francia, siglo
XI) y la crisis de la ciudad occidental europea el autor es un apasionado
del urbanismo. En el primero, Goytisolo adapta libremente esta famosa
historia de amor medieval al siglo XX e introduce en ésta la lujuria
como factor desequilibrante. En el segundo, cuestiona la superioridad
cultural y moral del occidente cristiano ante la rica tradición
árabe y el mundo musulmán idealizado éste en
la concurrida plaza de Xemaá-el-Fná de Marraquex y
se pregunta si la ciudad europea es el ágora moderna donde se mestizan
culturas y lenguas. En este contexto, Eloísa y Abelardo son arquetipos
en Makbara que cobran vida en un andrógino, Ángel,
de París, y un desconocido marroquí de virilidad considerable.
Perderse en este libro es tan sencillo como diluirse entre la muchedumbre
de la plaza de Xemaá-el-Fná; la fotografía del libro
evidencia cuán fácil resulta ser tragado por esa multitud
y desaparecer. Este recinto representa en Makbara la ciudad abierta
y plural, el ágora donde se diluyen las jerarquías sociales
en beneficio de la cercanía del cuerpo a cuerpo. A partir de esta
imagen contundente, Goytisolo parece preguntar: ¿Cuál de
nuestras ciudades eurocrataconsumistas conserva y alienta este fermento
popular? La lectura del libro ha de suplantar la realidad, o al menos
eso precisa el narrador; por ello, el libro funciona (o trata de hacerlo)
como una gran alegoría sobre cuanto acontece en dicha plaza, una
suerte de microcosmos a partir del cual conocer lo humano. El autor traslada
estas ideas a la concepción de la novela y trata de que dicha lectura
de la realidad esté, en efecto, contenida en el libro. Escasea
el diálogo y abunda la descripción fotográfica del
entorno y el monólogo interior en ocasiones panfleto o manifiesto,
y cada capítulo puede leerse como una narración independiente
del resto. En el tramo final se explica que un cuentacuentos de Xemaá-el-Fná
es quien ha fabulado los quince capítulos que componen este libro
¿el mismo Goytisolo pero con chilaba?. Si a esto añadimos
el grado de abstracción de la historia entre Ángel y el
marroquí el resultado es que el lector, a buen seguro, naufragará
a las pocas páginas. Hacer perderse al lector y abandonarlo en
un laberinto con un hilo para que busque una hipotética salida:
¿es un recurso o un artificio? Apuesto por el recurso: se busca
emular la sensación corporal experimentada en la plaza en cuestión,
así como cursar una invitación permanente a la relectura.
El adocenado europeo contemporáneo asiente cuando la voz del Gran
Hermano le explica que «sostener el futuro brillante de nuestro
modelo de sociedad será la mejor forma de asegurar la brillantez
de tu propio futuro», saliva cuando domina la terminología
asociada: «el individuo como consumidor integral», «imperativos
de la producción» o «polos de la alternancia consumo/producción»,
y se regocija en ello. La normalidad es sospechosa de acumular
muchas antiguallas, demasiado silencio cómplice; por algo ésta
es un ambiente enrarecido y muchos viven oprimidos por ella. Es natural
entonces que aparezca la figura del marginal, quien necesita de la misantropía
para soportar el entorno en el capítulo Eloísa
y Abelardo se refiere la existencia de una tribu urbana que vive bajo
Business Distric. Llevados estos marginales al borde de la
asfixia, no les queda sino la expectoración y arramblar con el
maniqueísmo moral arrastrado desde el medievo. Makbara es
precisamente eso: «liberación del discurso, de todos los
discursos opuestos a la normalidad dominante : abolición del silencio
implacable infligido por leyes, supersticiones, costumbres : en abrupta
ruptura con dogmas y preceptos oficiales». De ahí que unos
temas llamen a los otros y éstos acaben por entrelazarse, tal y
como sucede con la abigarrada humanidad que pulula por Xemaá-el-Fná.
Incluso se produce una cercanía en los temas no sé
si como la de los cuerpos que llama la atención: la lujuria,
pecado capital; el progreso, pecado capitalista.
El erotismo, omnipresente en el libro, busca en la mayoría de
las ocasiones provocar más que seducir (este libro fue publicado
cinco años después de la muerte de Franco). Los pasajes
donde se recrea explícitamente, por ejemplo, una penetración
anal o una felación en un cine reflejan una vida privada más
cercana a la realidad; y por ello transgrede la hipocresía moral
de una sociedad ñoña y no liberada sexualmente, como es
la española. Recordemos que Goytisolo cambió de filiación
sexual mientras vivía en Marruecos, donde la homosexualidad tiene
mejor aceptación. Posiblemente parta de ahí el carácter
andrógino de Ángel y los 26 cm. de virilidad de un marroquí,
cuyo nombre es desconocido. Tampoco conviene olvidar que la referencia
árabe alude al sesgo de la identidad sexual española provocado
por la insistencia y perseverancia de la Iglesia Católica en su
encorsetada doctrina. La curia romana, partidaria del cinturón
de castidad y adalid del espíritu cruzado contra el infiel mahometano,
enquistó su visión negativa y privativa del goce del cuerpo
en la sociedad española y europea. Así, dicho placer es
pecado capital para el cristianismo: la lujuria. La castración
emocional de los amantes medievales la de Abelardo fue física
se debió al sentimiento de culpa fomentado desde las huestes judeocristianas.
Dicha castración es un pesado fardo arrastrado por siglos y renovado
en España Dios mediante durante el franquismo. En Makbara
encontramos tanto la referencia explícita al deleite lujurioso
como la caricaturización de las reacciones del ofendido coro social
cuando éste constata, envidioso, el evidente placer que les causa
al marroquí y a Ángel gozar lujuriosamente de sus cuerpos.
Entrégate al placer, oh mortal, sin recelos:
nadería es el mundo y nadería la vida
y nadería esa bóveda hecha de nueve cielos.
Amar y beber es cierto, ¡y lo demás mentira!
Omar Jayam, (traducción de Juan Goytisolo, artículo Culturas
y Argumentos)
La reivindicación de la tradición árabe en la cultura
española es permanente en Goytisolo la tradición árabe
y no una visión muerta y mítica de Al-Andalus, según
aclara en una entrevista . Ésta fue decisiva para alumbrar
un arte único, singular y exclusivamente español: el mudéjar,
fruto de la convivencia de las tres grandes religiones monoteístas
en la península. La fecha medieval del amorío adaptado (siglo
XI) no es fortuita, sino que coincide con el florecimiento de dicho arte.
Goytisolo ve en ese exclusivismo el germen de la identidad española,
e insiste en defender el mudéjar como fuente principal de nuestra
identidad y como el gran aporte español a la cultura europea. El
libro del buen amor y La lozana andaluza, ambas mudéjares,
son alabadas en la obra de Goytisolo por, entre otras cualidades, su erotismo.
La referencia al Arcipreste es literal en Makbara:
añadir,
homenaje a Juan Ruiz,
a la lista heteróclita
la presencia simbólica
de su libro-matriz
El Arcipreste abandonó lo histórico y religioso en su
poética, tan propio de la épica de entonces, para ser pionero
en abordar la temática personal. Asimismo, fue precursor en el
uso de la sátira y el humor dentro del poema para caricaturizar
los hábitos religiosos de la época. Además, en el
curso de su libro intercala fábulas o einsemplos. Por si
fuera poco, se cree que escribió El libro del buen amor
durante su cautiverio de trece años. Por tanto, no es difícil
extrapolar estas características (pionero, caricaturizar los usos,
cautiverio, erotismo, etc.) sobre lo ya comentado en Makbara, y
comprender por qué el Arcipreste es uno de los referentes de Goytisolo.
Por último, me gustaría llamar la atención sobre
una palabra fundamental para entender este libro y cuya presencia en éste
es casi obsesiva:
heteróclito, ta: adj. Dícese de la voz cuya declinación
se realiza a partir de diversos temas. || Dícese de todo lo que
parece oponerse a las reglas gramaticales. || fig. Irregular, extraño,
ajeno a la norma. | biología. Dícese del organismo distinto
a los otros de su misma especie.
La riqueza verbal del texto muestra el compromiso del autor con la lengua.
La riqueza visual y sonora de lo escrito es capaz de transportar al lector
al sudoroso tráfago de la plaza marroquí; parece haber,
además, una intensa búsqueda de la oralidad. El autor se
sirve de la eufonía de palabras de raíz árabe (halaquí,
alcuzcucero, alfanje, halca, alfaquíes, jaima, almalafa, zámil,
almuédanos), así como del uso de palabras poco frecuentes
en el lenguaje coloquial, pero de timbre cálido (panoplia, jayán,
lucífugo, hisopo, ergástula, burilar, palimpsesto). También
hay castellanizaciones de términos, como sándwiches por
sángüiches, o neologismos como eurocrataconsumista
o eurosuciedad. Incluso hay referencias a los factores diacrónicos
y sincrónicos en la lengua (Saussure). Esta riqueza del texto contrasta
con aquellas partes donde los personajes hablan en otros idiomas (marroquí,
francés e inglés), hecho que dificulta la tarea al lector.
En descargo de Goytisolo, asumo el riesgo de defender que se trata de
un recurso. Según un ensayo de Matt Laufer, se trata de «el
lenguaje, traducir ideas y la cultura como desafío epistemológico
en un entorno urbano multicultural», y viene a demostrar «la
incapacidad de la urbe occidental para admitir cualquier otro idioma o
punto de vista diferente del propio».
La estética rupturista de Goytisolo tensiona hasta el límite
las posibilidades del lenguaje y contraviene cualquier expectativa vulgar
respecto al género novelístico los incondicionales
decimonónicos abominarán de Makbara. Me refiero
a la composición de la novela, no a la persistente ausencia de
mayúscula al principio de oración ni al uso vanguardista
de una puntuación mínima (comas, dos puntos, y signos de
interrogación o exclamación que sólo se cierran).
La seducción de su palabra, virulenta e intempestiva «lanzallamas
mis ojos», dice y el talento narrativo del autor son innegables;
sin embargo, muchos serán los que abandonen la lectura de Makbara
debido a cómo está escrita. La respuesta a «¿Para
quién escribo?» es una decisión que toma cada escritor.
Goytisolo entrevió el riesgo de escribir así; por eso lo
asumió: por el peligro que conlleva. Paradójicamente, el
libro está dedicado «A quienes la inspiraron y no la leerán»
y hacia el final el narrador habla de «literatura al alcance de
analfabetos, mujeres, simples, chiflados [...]». Quiero creer que
se refiere a la literatura que nosotros, como personajes en la vida real,
escribimos.
La visión ofrecida de Marruecos y el Islam es romántica
y plantea soterradamente elecciones o confronta dos realidades que bien
pudieran ser personales, conocido que el autor vive (al menos vivía)
entre Marraquex y París: el abigarrado y bullicioso enjambre humano
de la plaza de Xemaá-el-Fná o la solitaria multitud parisina
y sus empresas multinacionales, la calidez de un auditorio de chilabas
o el asqueante ritmo urbano, la seducción de la palabra del cuentacuentos
o la del dinero del cuentacuentas, el erotismo natural de los sentidos
o la sensibilidad huera del cine pornográfico. Resuena lo apátrida
y la necesidad de mestizaje en este heteróclito literario y humano,
contador de cuentos con chilaba, que busca el goce en lo diverso para
encontrar sus señas de identidad. Goytisolo, cervantino de pro,
pertenece al grupo de los «españoles sin ganas», como
decía Luis Cernuda de sí mismo en su exilio mexicano. Su
visión es la de un transterrado, prófugo de la
cultura y sociedad donde fue educado, y que se refugia en el lenguaje
para subsanar la mutilación impuesta por el exilio.
«lectura en palimpsesto : caligrafía que diariamente se
borra y retraza en el decurso de los años : precaria combinación
de signos de mensaje incierto : infinitas posibilidades de juego a partir
del espacio vacío : negrura, oquedad, silencio nocturno de la página
todavía en blanco».
Así termina Makbara. Leemos su texto; pero lo borramos
al escribir lo leído. Bajo el texto borrado yacen otros anteriores.
Sucede ahora y sucederá más tarde. El códice se alimenta
de cada lectura; la imprecisión inherente al lenguaje no alcanza
para mucho más ante este tablero infinito que es cuanto sentimos.
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