Diálogo con López Vega
Por Jesús Jiménez
En el prólogo del libro hablas de lugares y distancias,
de la literatura como viaje. Bruce Chatwin, viajero y escritor, dividía
a la humanidad en dos categorías antagónicas: nómadas
y sedentarios. Ello también lo aplicaba a los escritores: los
estables y los itinerantes. Según él, los hay que sólo
funcionan a domicilio: con la silla adecuada, las estanterías
llenas de diccionarios y enciclopedias, y el ordenador. Luego están
los que, como Chatwin, quedan paralizados por el domicilio, sinónimo
del famoso bloqueo del escritor, y que creen que todo estaría
bien con que sólo se hallaran en otra parte. Da la sensación
de que tú, tanto como lector como escritor, te hallarías
en este último grupo, pues has viajado bastante. ¿Cómo
te definirías en este sentido?
La humanidad puede dividirse de muchas maneras... Un
humorista inglés decía que la humanidad se dividía
en dos mitades: la de los que dividen la humanidad en dos mitades y la
de los que no... Como escritor parece que he salido, no sé yo si
viajero, pero sí bastante turista. Eso es reflejo de que, como
ser humano, he salido muy viajero, todo lo que he podido. Por ir a lugares
concretos, sí; hace años que voy, cada verano, unos días
a Nueva York. Es una placentera necesidad. Y he disfrutado conociendo
Praga, Helsinki o Santa Barbara... Pero me mueve, más que el deseo
de llegar a un destino concreto, la necesidad de estar en tránsito.
Esto es un tópico, ya lo sé, pero es cierto. ¡Qué
le voy a hacer! Nunca vivimos como cuando estamos de viaje, con esa intensidad
del que sabe que todo se acabará en unos días, en unas horas.
Hay viajes que valen por una vida entera. Cuanto más viajo, más
vidas siento que he vivido. Mi última vida ha sido de tres meses
en Roma. Ha sido mi mejor reencarnación (tal vez podríamos
decirlo así): he encontrado una ciudad que no conocía a
pesar de haber estado antes allí un par de veces; la Roma de ciertos
cafés del Trastevere, de los poetas dialectales, de los amigos
que he hecho allí, una por encima de todos, una de esas personas
que uno no podría pensar siquiera que existieran en el mundo. Ya
nunca saldré de Roma, como en cierto modo he llegado hasta aquí
sin salir de Estrasburgo, de Braga, de Düsseldorf... Tengo una buena
colección de ciudades felices. Creo que he sido una persona afortunada.
Mis libros hacen los viajes que yo he hecho y quiero llevar conmigo para
siempre.
Todo buen viajero (y la mayoría de los
artistas) es cosmopolita y no tiene más patria que sus zapatos.
Yo creo que en Europa (sobre todo) existe un peligroso, aunque tímido
todavía, auge de los nacionalismos. ¿Se cura viajando el
nacionalismo?
Viajando no se curan los prejuicios, desafortunadamente.
En Francia acaba de editarse el diario de vejez de Paul Morand, donde
se confirma lo que ya sabíamos: que el patrón de los viajeros,
el admirable autor de Venecias, era antisemita, homófobo, misógino,
en fin, que no le faltaba nada. Quien tiene dentro el deseo de viajar,
de conocer, no será nunca un tipo así. Pero Morand, me temo,
como tantos otros, no viajaba; se llevaba en su baúl su mundo portátil.
Es un caso muy curioso, y perdona que me extienda con el ejemplo, porque
luego hace unas recomendaciones a los franceses que viajan muy llenas
de ironía contra cierto chauvinismo muy francés. El auge
de los nacionalismos, por cierto, no me parece nada tímido. Tampoco
algo a reprimir: hay que tener en cuenta que, en muchos casos, se trata
de la reacción natural de pueblos cuyos derechos fundamentales
han sido reprimidos durante mucho tiempo. Otra cosa es que la reivindicación
de unos derechos desemboque en todo lo contrario, en la negación
de los del vecino. Por eso hay que estar vigilantes, y analizar cada caso
de forma concreta, con el menor apasionamiento posible y el máximo
de respeto por todo el mundo. Y acordarse, eso sí, de algo que
dice Savater: que aunque todas las personas sean igual de respetables,
no todas las opiniones lo son.
Muchos de los poemas que aparecen en el libro los has traducido
directamente de otras traducciones. ¿No temes que algunos poemas
hayan quedado desvirtuados después de sucesivas traducciones?
La verdad es que no me preocupa tanto la fidelidad al
original como que el resultado sea un buen poema. No sé lo fieles
que son las traducciones del chino de Kenneth Rexroth, pero difieren bastante
de otras que presumen de ser las más fieles. Sin embargo, en las
de Rexroth son poemas magníficos lo que en otras versiones son
sólo vaguedades. Del resultado son responsables, a partes casi
iguales, el autor y el traductor. Yo sólo intento hacer mi parte
lo mejor posible.
Leopoldo Mª Panero, en las traducciones
que ha realizado, no se ha conformado en trasladar simplemente una lengua
a otra, sino que ha reivindicado la per-versión, es decir, que
parte de una lectura para construir un texto nuevo que ha de quedar bajo
su signo. En tu caso, ¿perseguías un fin parecido? ¿No
crees que todo traductor, al fin y al cabo, incorpora algo de sí
mismo (experiencias, perspectiva vital) al texto que traduce?
Al escoger un poema para traducirlo ya estás haciendo
eso. Lo escoges porque podría ser un poema tuyo, o te gustaría
que lo fuera; habla de ti. No sé dónde está la frontera
entre la traducción y un vago haberse inspirado. Todos los poemas
tienen algo que ver con otros poemas, lo quiera el autor o no lo quiera.
Cuando ese algo es demasiado, conviene ser honestos y citar el original...
En el apartado dedicado a los poetas japoneses
aparece un poema atribuido a Marichiko, que en realidad no es sino una
invención del poeta estadounidense Kenneth Rexroth. En este juego
de máscaras en el que a veces se convierte la ficción, ¿te
has sentido tentado en algún momento de la realización de
esta antología a inventarte un alter ego, como Rexroth hace con
Marichiko?
Sólo contestaré a esta pregunta en presencia
de mi abogado. Si le dicen que Fan Yue no está en ninguna antología
de poesía china, o que algunos poemas indios tampoco le suenan
a algún experto, no les haga caso. Yo, por lo menos, pienso negarlo
todo.
Claude Roy, que también aparece en esta
antología, dice que «antes de ser un placer, el arte es una
artimaña de guerra... contra la muerte». ¿Es la poesía
la coartada perfecta para esa clase de muerte en vida que es el aburrimiento
y la apatía? ¿Qué utilidades encuentras en la poesía
de estos pretendidos malos tiempos para la lírica?
Me parece bastante exacto lo que dijo Heidegger acerca
de la creación poética. «El escribir poesía
-dice él en Existencia y ser-, es alegría, es serenificación,
porque el acto de escribir es un regreso a casa. Escribir poesía
significa existir en esa alegría». Yo escribo para llevar
conmigo las alegrías, las felicidades que no quiero dejar atrás.
Al escribir, y también al leer, vuelvo a mis casas: a los momentos
en que fui feliz. Recreándolos, echándolos de menos, pensándolos.
La poesía es mi caparazón de caracol.
Si atendemos a que todo lenguaje es un sistema
de citas, como decía Borges, ¿todo poema es un poema sobre
otro poema? ¿No está todo dicho ya en poesía? ¿Queda
algo nuevo por decir?
Queda todo por decir. Todo se ha dicho ya de mil maneras;
digámoslo de otras mil. Borges, ya que lo citas, se quejaba en
un poema de que no le servía de nada que Cristo hubiese sufrido
por él, si él seguía sufriendo igual. Lo mismo con
la poesía: sí, Catulo amaba a Lesbia, pero yo amo a otra.
Me sirven los poemas de Catulo como consuelo, pero mi experiencia amorosa
es distinta a la suya o a la de Abu Nowas. Yo por lo menos siento que
nada está dicho aún.
Sabemos que el ritmo y la rima eran, en el origen,
procedimientos mnemónicos. ¿No será esa finalmente
la finalidad de la poesía: rescatar al hombre de su propio olvido?
Al hombre, de su propio olvido, no lo salva ni dios...
La poesía, a mí por lo menos, como lector y como autor,
me sirve aquí, y ahora. Me ayuda a ir entendiéndome. No
creo que vaya a acertar tanto como para perdurar. Que lo hace, pues estupendo;
porque habré hecho un poco eternas cosas que me han hecho feliz.
¿Que no? Como ya no estaré para verlo...
Algunos autores, como Bryce Echenique, declaran
que escriben para que les quieran más. Un lector, ¿para
qué, por qué crees que lee? ¿Qué buscas y
qué encuentras tú en un libro cuando lees?
Cuando leo, en un libro me busco a mí mismo. Busco
mis intereses y mis preocupaciones, las cosas que amo y las que me mantienen
alerta.
Jacques Derrida ha escrito que «un poema
corre el riesgo siempre de no tener sentido, y no sería nada sin
ese riesgo». ¿Es ese riesgo el que ha llevado a la poesía
a un gueto en la sociedad actual, al contrario de lo que ocurrió
en otras sociedades históricas?
La poesía tal vez tenga menos prestigio que en
otras épocas, pero no menos lectores. Y, desde luego, si no tiene
más, no es porque lo que se escribe no tenga sentido (eso ocurre
ahora en Francia, donde sí parece que las ventas de autores actuales
son ridículas). Si de algo peca la última poesía
española es de exceso de sentido común. Es una poesía
perfectamente legible incluso por quien nunca ha leído poesía.
Incluso ha tenido sus best-sellers: José Hierro, García
Montero. Pero muchos lectores siguen en aquello de «no lo voy a
entender» sin intentarlo realmente. Se sorprenderían de lo
bien que se entiende la poesía española contemporánea.
Se habla en estos tiempos de la desaparición
en el futuro del libro como objeto que ahora conocemos (con sus páginas,
sus solapas, su portada...). ¿Crees que el ciberlibro congeniará
bien con la poesía? ¿Cuál es tu postura e inquietudes
al respecto?
No creo que el libro vaya a desaparecer, y si lo hace
será porque habrá aparecido algo mejor. Nada que temer,
pues. Los soportes que de momento han aparecido como pretendidos sucesores
no parecen serlo realmente. Pero no hay que cerrar las puertas a nada...
Hay catedráticos que se empeñan
en sus clases en diseccionar los poemas como si fueran tejidos muertos.
¿Crees, como ellos, que todo poema tiene un sentido unívoco,
o piensas por el contrario que un poema es a la vez muchos poemas, tantos
como lectores se acerquen a él?
Un poema puede leerse de muchas maneras, pero no de cualquier
manera. Cada lector aporta su experiencia personal, pero hay algo que
el autor quería decir. La lectura proporciona un punto intermedio.
Por mucho que se empeñe un lector, el Cántico espiritual
no habla de un partido de fútbol ni de los bigotes de Fumanchú.
¿Dónde te posicionarías
en lo que se refiere a la polémica entre críticos de nuestro
país en lo que se ha dado en llamar poesía de la experiencia?
¿No crees que se intenta por parte de la crítica canonizar
ciertas tendencias en detrimento de otras? Al fin y al cabo, toda poesía
parte de una experiencia, sea ésta del tipo que sea, ¿no?
Desde luego que cualquier poesía es de la experiencia.
Y no me parece que haya un intento de canonizar nada. No había
un grupo que se hacía llamar Poetas de la experiencia y los críticos
les han dado por vencedores, sino que ha habido cierto consenso en aplicar
esa etiqueta a los poetas más sobresalientes de cierto período.
Eso ha pasado siempre. Pero es algo que debe hacerse dentro de mucho más
tiempo. Mientras tanto, hablemos de autores concretos. Los críticos
que me interesan hablan de poetas con nombre y apellidos, no de tendencias.
Me interesan los poetas por separado, no por lo que tienen en común.
Y todo ese rollo de la poesía de la experiencia para aquí,
la poesía de la experiencia para allá, me parece el coñazo
de la década. Y perdón por lo de década.
¿Cómo publicaste en Acuarela libros?
¿Qué te parecen como editores?
Es una larga historia... En 1996 yo estaba viviendo en
Portugal, y desde allí enviaba unas crónicas semanales al
periódico de Sevilla El Correo de Andalucía, que luego reuní
en un libro llamado Cartas portuguesas. En esas crónicas, que tenían
algo de diario, hablaba de un libro de traducciones variadas que estaba
preparando entonces y que en principio iba a publicar en una editorial
asturiana de la que Xuan Bello era editor literario. Xuan dejó
la editorial y sus proyectos quedaban estancados a la vez que Jesús
Llorente, que había leído Cartas portuguesas, me hablaba
de una editorial que estaba montando con Abel H. Pozuelo y Amador Fernández-Savater
y me preguntaba por el libro de traducciones del que le hablaba. Hablamos
más y más, les envié el original, lo corregimos entre
todos (recuerdo las oportunísimas sugerencias de Abel) y el libro
salió... Estoy muy contento de haber publicado en Acuarela.
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