Multiculturalismo y diversidad
Mucho es lo que hoy se habla de multiculturalismo, y
mucha es también la confusión. Un debate en el que se cruzan
la inmigración, la diversidad cultural y hasta la posibilidad de
la desmembración de las sociedades.
Por Lucio Latorre
lucioteina@yahoo.es
El término multiculturalismo es usado permanentemente en los ámbitos
políticos, académicos y también sociales. Y la licencia
conceptual que se ha permitido la mayoría de los usuarios ha sido
tal que su sentido se ha ido redefiniendo y readaptando en función
de la ideología propia de cada enunciante. Por ello, lo primero
que hay que hacer es poner un poco de orden entre tantas voces (algunas
hasta parecen gritos) y fijar una base a partir de la cual, sí,
poder adentrarse en el análisis del tema.
Una de las situaciones más comunes es la de entender
multiculturalismo como sinónimo de pluralismo cuando, en rigor,
no son términos equivalentes. Como señala el pensador italiano
Giovanni Sartori «pluralismo y multiculturalismo son concepciones
antitéticas que se niegan la una a la otra». Y sostiene que
es un error considerar la idea sostenida por algunos de que el pluralismo
encuentra una continuación y su ampliación en el multiculturalismo,
puesto que éste es, en realidad, «una política que
promueve las diferencias étnicas y culturales».
Si bien son muchos los que no hacen distinción
alguna entre ambos conceptos, la definición de Sartori se tendrá
aquí como punto referencial en el estudio de la cuestión.
Atención: el hecho de que se tome esta apreciación
de Sartori como punto de partida no significa, ni mucho menos, que se
coincida con la totalidad de lo que el intelectual italiano piensa, dice
y escribe acerca de las sociedades multiculturales.
DIFERENCIAS
Dejando a un lado, de momento, las precisiones teóricas,
se puede coincidir en líneas generales en que la idea de sociedades
multiculturales hace referencia a sociedades heterogéneas cultural,
nacional y étnicamente. En definitiva, sociedades en las que conviven
personas de etnias, razas, culturas y nacionalidades diferentes.
Ésta es, pues, la clave de todo el asunto, el
punto a partir del cual las opiniones difieren y se contraponen. De un
lado están quienes consideran como un hecho positivo tal heterogeneidad
y, del otro, los que piensan que se deben aplicar limitaciones para que
la mezcla se reduzca al máximo posible.
En su polémico libro La Sociedad Multiétnica,
Sartori aborda el tema diciendo que una buena sociedad no debe ser cerrada,
y de inmediato se pregunta: «¿Hasta qué punto debe
ser abierta una sociedad abierta? Se entiende, abierta sin autodestruirse
como sociedad, sin explotar o implosionar. Y, por supuesto, por sociedad
abierta no se entiende una sociedad sin fronteras.»
¿Qué criterios seguir, entonces, para saber
hasta qué punto puede abrirse una sociedad? Sartori propone el
pluralismo como concepto-marco desde el cual considerar toda arista de
esta temática.
PLURALISMO CONTRA MULTICULTURALISMO
Ante tanta insistencia en el pluralismo por parte de
Sartori vale la pena observar qué es lo que entiende por ello.
Dice: «Históricamente la idea de pluralismo está implícita
en el desarrollo del concepto de tolerancia [...]. Se comprende que tolerancia
y pluralismo son conceptos distintos, pero también es fácil
entender que están intrínsecamente conectados [...]. La
diferencia está en que la tolerancia respeta valores ajenos, mientras
que el pluralismo afirma un valor propio». Y añade que -y
aquí radica el sentido total que le otorga al concepto- «el
pluralismo afirma que la diversidad y el disenso son valores que enriquecen
al individuo y también a su ciudad política».
Está claro entonces que Sartori no sólo no se opone a las
diversidades étnico-culturales en las sociedades, sino que reivindica
el pluralismo como la manera óptima para lograr que esas diversidades
no se vean forzadamente alteradas y puedan coexistir y convivir armoniosamente.
Es en este punto donde difiere radicalmente con los multiculturalistas.
Aunque no niega que éstos puedan a veces estar movidos por buenas
intenciones, los acusa de ser creadores de diferencias en las sociedades,
ya que insisten en hacer visibles e intensificar las diferencias de quienes
las integran y que, con ello, llegan incluso a multiplicarlas. Lo cual
?considera?, sólo conseguirá que a la larga el proyecto
multicultural desemboque en un sistema de tribu, en una balcanización
que implicará «el desmembramiento de la comunidad política
en subgrupos de comunidades cerradas y homogéneas».
No se puede negar que los augurios de Sartori tienen
cierto tufillo apocalíptico. No hay nada que certifique que inevitablemente
las cosas vayan a terminar así si se sigue el rumbo marcado por
los multiculturalistas. Aunque también es cierto que si se contrastan
con las historias y experiencia de países verdaderamente multiculturales
como la antigua Yugoslavia, India, Irak o Irlanda, por citar a unos pocos,
con sus conocidas tragedias políticas, los dichos de Sartori cobran
una dimensión mucho más realista y verdaderamente a tener
en cuenta.
En similar sintonía se expresa Julio Carabaña,
catedrático de Sociología de la Universidad Complutense
de Madrid, quien sostiene que «las sociedades políticas deberían
constituirse por la integración de culturas, entendiendo por integración
un estado que supera las tendencias contrarias a la asimilación
y a la segregación de las comunidades culturales».
Carabaña expone así, con acierto, los extremos
a los que no se deben llegar y con ello apunta el equilibrio que sí
debe ser procurado. Por decirlo en otras palabras: no sería justo
ni ético ni conveniente para ninguna sociedad, promover la asimilación
forzosa de las minorías, sean éstas étnicas, culturales
o nacionales, a la clase mayoritaria. Cada minoría, cada grupo,
tiene derecho a conservar las prácticas étnico-culturales
que deseen, siempre y cuando no estén en conflicto directo con
las de los demás ni afecten a quienes no comparten esas prácticas
y características. Es obvio que este derecho se les debe ser reconocido
aunque también lo es que ello no implica que deban estar obligados
a permanecer en la diferenciación absoluta, ni tampoco que se les
niegue la posibilidad de asimilar valores, prácticas y características
propias de otros grupos.
RIZAR EL RIZO
Para poder analizar todo esto con situaciones más
concretas hay que atender a lo que ocurre con los inmigrantes, cuya creciente
presencia en los países desarrollados es la verdadera razón
de tanto debate y polémica acerca del multiculturalismo. (Ver en
este mismo dossier Parias de este Mundo)
Que al inmigrado se le permita mantener lo que define
su identidad (con las excepciones lógicas de las prácticas
y costumbres que vayan en contra de lo establecido, sobre todo de las
leyes, en el país de acogida) no es algo que deba admitirse, sino
que es obligatorio, desde lo ético, otorgar ese derecho. Pero tanto
reclamo en ese sentido lleva en algunos casos a situaciones contraproducentes.
Es lo que ocurre con los multiculturalistas, al menos con los más
acérrimos. Lo que éstos pretenden es que los inmigrantes
se constituyan en comunidades claramente definidas por su condición
de origen, y que recién a partir de ahí, y sin abandonar
su pertenencia a la comunidad, se relacionen con el resto de la sociedad.
No se puede decir que a los multiculturalistas no los
animan buenas intenciones ni que sus exigencias no tengan por objetivo
más que facilitarles las cosas a los inmigrantes. Sin embargo con
eso no siempre basta y hasta puede tener consecuencias no deseadas.
Tanto insistir con las diferencias se puede tornar rápidamente
un arma de doble filo y terminar propiciando lo que en principio se busca
evitar. Como indica el profesor de Ciencias Políticas de la Universidad
Pompeu Fabra, Ricard Zapata-Barbero, lo que hay que evitar «es que
la cultura y la procedencia nacional se conviertan en distinción
social, en nuevas formas de exclusión». Es decir, conseguir
que el multiculturalismo no se convierta «en una nueva fuente de
desigualdad social», aunque ésa parece ser su tendencia actual.
En tanto, Carabaña considera que la insistencia
en agrupar a los inmigrantes en comunidades diferenciadas esconde, en
realidad, «un paternalismo de otro signo. Seguimos siendo superiores,
sólo que ahora en vez de civilizarlos, los conservamos».
Y advierte que esa perpetuación política del nosotros y
del ellos, y la innecesaria construcción de comunidades «es
una aventura más bien irresponsable a la luz de la experiencia
de los países originalmente multiculturales».
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