El mito de la pureza cultural
Las migraciones internacionales y las desigualdades sociales, productos
de la globalización económica, encienden la mecha de las
reivindicaciones de identidad. Las actuales sociedades plurales llevan
a un primer plano conceptos como cultura, nación e identidad. Y
obligan a rechazar ficciones ideológicas.
Por Juan Pablo Palladino
El significado de las palabras varía con el tiempo, con los contextos
sociales y políticos del momento. Sin embargo, la utilización
de los términos en la vida cotidiana (en todos los niveles) parece
hacer caso omiso a estas diferencias conceptuales, y es por ello que,
de vez en cuando, conviene preguntarse sobre su historia.
Según el campo discursivo e ideológico desde el que se
empleen, los términos toman un contenido, un matiz, diferente.
La educación cumple en este sentido un papel fundamental. El lenguaje,
como conductor de ideas, no es de ninguna manera inofensivo. Las palabras
son cuchillos que esculpen el sentido de la realidad. Decir: «el
exceso de inmigrantes atenta contra la cultura nacional», no es
simplemente una observación descriptiva. Por el contrario, ostenta
una fuerte carga conceptual que exige argumentación.
Se sabe que entre teoría y práctica las distancias son
enormes, y que llevar una a la otra no es una tarea mecánica. Analíticamente
es importante alentar la reflexión, procurando desterrar prejuicios
infundados para que la realidad sea pensada y abordada mediante actitudes
que no se limiten a reacciones irracionales como el miedo a lo diferente.
Parece ser el actual un mundo controvertido donde los límites tradicionales
se desvanecen en manos de un proceso globalizador, que, como bien señala
Alain Touraine1, tiene como característica estar «separado
de toda organización social» de manera que los elementos
globalizados se encuentran alejados de cualquier identidad y, por lo tanto,
no remiten a ninguna. Son los mismos en todas partes.
En esta línea, la economía sin fronteras se desvincula
de las particularidades culturales, dando lugar a lo que denomina una
fragmentación de las personalidades: los individuos del mundo no
pueden establecer un vínculo entre su universo simbólico,
es decir, cultural, y el instrumental, las prácticas técnico-económicas.
Esta fragmentación lleva a dos tomas de posición que para
Touraine son igualmente equivocadas: la posmoderna, que defiende el proceso
en marcha y se inclina por una mayor liberación, que implica acelerar
esa ruptura aceptando el desorden contemporáneo; y otra conservadora,
que reclama la vuelta a modelos sociales del pasado, a comunidades culturales
cerradas.
En medio de esta crisis, que sin duda afecta al orden de las pertenencias,
la falacia terminológica parece posicionarse a la orden del día
(aunque no siempre, hay que admitirlo, con fines conscientes) lo que no
ayuda a resolver lo que al fin y al cabo está en el fondo de la
cuestión: cómo lograr una mejor convivencia entre seres
humanos.
FALACIA DE LO INMUTABLE
Señala el etnólogo francés Denys Cuche2 que el proceso
de hominización iniciado hace 15 millones de años consistió
en pasar de una adaptación genética al medio natural a otra
de tipo cultural, donde la regresión de los instintos dio lugar
a una «adaptación imaginada y controlada» del entorno,
surgiendo así el homo sapiens sapiens.
«La cultura permite que el hombre no sólo se adapte a su
entorno sino que éste se adapte a él, a sus necesidades
y proyectos», haciendo posible la transformación de la naturaleza,
indica.
La naturaleza es interpretada por la cultura, lo que quiere decir que
no existe nada, ni siquiera las necesidades fisiológicas (como
comer, dormir, etcétera), en el ser humano que sea plenamente natural,
y es por ello que las distintas sociedades no dan las mismas respuestas
a esos aspectos.
La implicación directa con el orden simbólico, aquél
donde se determina el sentido de las cosas, explica mejor que nada el
desacuerdo permanente entre las definiciones de la palabra cultura.
Las ciencias sociales han demostrado que ninguna cultura «existe
en estado puro, idéntica a ella misma desde siempre, sin haber
conocido nunca la influencia externa», sentencia Cuché. Al
contrario, todas se encuentran en un permanente proceso de construcción,
reconstrucción y deconstrucción. La cultura es dinámica.
Roger Bastide (1880-1974) llegó a la valiosa conclusión
de que todas las culturas son mixtas y se conforman de continuidades y
discontinuidades, y que la continuidad afirmada en el tiempo pertenece
más a la índole ideológica que a la real. Ninguna
cultura es completamente homogénea.
Así lo entiende, por ejemplo, Rosa Cañadel3 quien considera
que la «interculturalidad es un reto de la sociedad en general»
y arroja algunos rasgos que definen la cultura: todos los pueblos ostentan
una; no son estáticas; tampoco homogéneas (hay cultura oficial
y subculturas), son patrimonio de las personas y no de los territorios.
Los discursos de la pureza cultural parecen florecer desde distintos
sectores en esta fértil tierra de migraciones masivas y de grandes
desigualdades incitadas por la lógica del neoliberalismo. Una táctica
empleada con frecuencia es apelar al sentimiento nacionalista que envuelve
la supuesta homogeneidad de una sociedad. No es raro, en este orden, que
se invoquen glorias históricas.
Como lo expone el historiador Eric Hobsbawm, el pasado es una «dimensión
permanente» del ser humano, lo cual obliga a tomar una posición
respecto a él (ya sea de aceptación o de rechazo) en tanto
miembro de cualquier colectividad humana4. Aunque todas las personas,
los grupos y las instituciones necesitan de esta dimensión, sólo
de vez en cuando -advierte el autor inglés- es el que resulta de
la investigación histórica. Y señala al nacionalismo,
precisamente, como el ejemplo típico de una «cultura de la
identidad que se encuentra anclada en el pasado por medio de mitos disfrazados
de historia» 5.
Citando a Ernest Renan, sostiene que las naciones son entidades mucho
más novedosas de lo que se pretenden y que, por lo tanto, la investigación
histórica resulta «demasiado peligrosa» para la nacionalidad.
Así, la «mala interpretación de la historia, plagada
de anacronismos, omisiones y descontextualizaciones», como apunta
Renan, sería un recurso necesario al que echan mano constantemente
esos movimientos para sustentar un armazón de identidad bajo el
cual amalgamar a una colectividad en función de sus intereses ideológicos.
Cuando surgen los Estados-naciones modernos, la cuestión de la
identidad pasó a un primer plano, instaurándose reglamentos
y controles orientados hacia la monoidentificación. Cuadro que
contrastaría con el de las sociedades tradicionales, de identidad
flexible, donde los fenómenos de fusión y escisión
cultural no habrían conllevado problemas graves. La ideología
nacionalista se asienta sobre la base de la «exclusión de
la diferencia cultural postulando una purificación étnica»
6.
Alain Touraine prefiere separar la corriente unificadora de los nacionalismos
del verdadero espíritu que caracterizó a la nación
en su surgimiento como sujeto político moderno -la cual permitió
la consolidación de la igualdad y la libertad política-;
aun cuando reconoce que tal figura no puede más que despertar sentimientos
ambivalentes, toda vez que en su nombre se derribaron feudos y privilegios,
pero al mismo tiempo «se destruyeron culturas regionales y vastos
dominios de la memoria colectiva», al tiempo que la ola igualitaria
aplastó las diferencias de identidad.
Pero sostiene que frente a los desafíos de una economía
globalizada, la nación debe reivindicarse como espacio político
donde se despliegue la comunicación intercultural y la solidaridad,
disminuyendo las desigualdades sociales y la exclusión: «Nada
permite identificar la voluntad de independencia nacional con la construcción
de una sociedad social y culturalmente homogénea», advierte
Touraine. Así, la democratización extrema de las instituciones
y la redefinición de lo que se entiende por cultura nacional son,
en este sentido, requisitos básicos.
Nación no es lo mismo que nacionalismo, como puede constatarse,
y tampoco parece ser un prerrequisito para ella la existencia de una identidad
cultural única. Lo cual dista mucho de los planteos que pregonan
una homogeneidad cultural en defensa de lo nacional, amenazado por hordas
descontroladas de extranjeros.
El caso de los extremismos de derecha en Europa puede resultar ilustrativo.
Ante la transformación que sufre el Estado nacional que pierde
peso frente a distintas problemáticas (desempleo; políticas
monetarias; mercado laboral), los Le Penes acuden a discursos de identidad
para reclamar que la torta se reparta sólo entre los nacionales7.
El sentimiento de identidad nacional que se apoyaba en instituciones
como el Estado -explican los analistas-, se ve vulnerado por un sistema
mundial que va en provecho de entes supranacionales, y «las culturas
nacionales no pueden asimilar a los recién llegados»8.
Lo que habría que revisar es en qué consiste ese sentimiento
de identidad y si no es utilizado por determinadas lógicas partidarias
(que capitalizan reacciones irracionales pero muy humanas, como impotencia,
miedos, frustraciones) en provecho electoral.
LA IDENTIDAD COMO ESTRATEGIA
Los términos cultura e identidad tienden a confundirse con frecuencia
al hablarse de identidad cultural. Según Cuche, la moda de la identidad
surgió en los 70 como «exaltación de la diferencia».
Pero mientras la cultura se origina en procesos inconscientes, la identidad
lo hace a través de atributos diferenciadores de carácter
conscientes, y que actúan tanto a nivel grupal como individual.
La psicología social utilizó el concepto como una herramienta
para explicar la articulación entre la psicología del individuo
y su entorno social, de tal manera que el primero se ubica en el segundo
a partir de determinados rasgos de pertenencia como el sexo, la nacionalidad,
etcétera. En la dimensión grupal, la identidad actúa
sobre la base de la inclusión (estar dentro del conjunto) y la
exclusión (estar fuera). La identidad cultural se definiría,
en este sentido, a partir de rasgos que se señalan como propios
de individuos que pertenecen a una determinada cultura y que en general
son de tipo objetivo (alimentación, lengua, religión, vestimenta,
etcétera).
Superando a los objetivistas (la identidad cultural era algo preexistente
e invariable reflejado en rasgos externos), y los subjetivistas (se trata
de una simple libre elección personal), surgió la teoría
de Fredrik Barth. Ésta permitió entender que la identidad
es una «construcción social y no algo dado» de una
vez y para siempre. Una construcción que se elabora en el marco
de relaciones interpersonales e intergrupales que dan pie a la categorización.
Así, la identidad sería el resultado de una negociación
que depende de «la identificación que los otros nos imponen
y que cada uno afirma». Lo claro es que se trata de algo fluctuante,
dinámico, difícil de delimitar, que «se construye,
deconstruye y reconstruye según las situaciones».
Una cultura per se no asigna una identidad diferenciada, sino que ésta
surge de la interacción y de los procesos voluntarios de diferenciación
en los intercambios sociales. Identificación y diferenciación
son aspectos indisociables, pero sus límites son siempre variables,
lo que brinda un margen de maniobra a los individuos para tejer sus propias
estrategias (las cuales no son siempre conscientes).
Un ejemplo claro es el de las personas que forman parte
simultáneamente de marcos culturales diferentes (un inmigrante
paquistaní en España, por caso) que construye una identidad
personal propia, sincrética y no doble, a partir de elementos que
toma prestados de la sociedad que lo aloja. La identidad cultural nunca
es pura, y quien pretenda reducirla a esto, como advierte Cuché,
no tiene en cuenta «la heterogeneidad de todo grupo social».
Y es que, de hecho, en todas las sociedades, aunque se propugne que la
colectividad de origen ostenta una cultura única y bien establecida,
existe una diversidad de grupos que manifiestan claras diferencias simbólicas.
Al tiempo que una sociedad puede admitir perfectamente la pluralidad cultural
en su interior, una misma cultura puede manifestarse a través de
diferentes estrategias de identificación.
La identidad cultural imperturbable, ésa a la que se apela en nombre
de la integridad nacional o regional (en realidad desconociendo el proceso
de conformación de las naciones y el verdadero sentido que ésta
tiene como marco político para dirimir las cuestiones colectivas),
no es real, es sólo un mito. Argumento que no debe servir de pretexto,
sin embargo, para ignorar el respeto de la diversidad cultural. Aunque
por encima de cualquier diferencia sobresale la dignidad humana.
1 ¿Podremos Vivir Juntos? El destino del hombre
en la aldea global. Alain Turaine. Fondo de Cultura Económica.
2 El concepto de cultura en las Ciencias Sociales, Denys Cuché.
Paidos.
3 Racismo, cultura y educación, artículo publicado en la
revista El viejo topo.
4 El sentido del pasado en Sobre la historia; Eric Hobsbawm.
5 La historia de la identidad no es suficiente, Idem.
6 El concepto de Cultura en...
7 El ascenso dela extrema derecha en Europa, Ignacio Sotelo. Revista Claves
de la Razón Práctica Nº123.
8 Sobre el ascenso de los partidos de derecha. Jonh Gray, profesor de
pensamiento europeo. Revista Temas para el debate Nº93.
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